Mientras nosotros estamos ocupados preparando el sermón del domingo, resolviendo el conflicto de la semana, administrando reuniones, visitando enfermos y haciendo todo lo posible para que la maquinaria institucional de la iglesia no se detenga, nuestros adolescentes y jóvenes también están siendo formados. Ellos no han puesto pausa a su vida. No esperan a que terminemos nuestro culto para aprender cómo se vive en este mundo. Todos los días reciben respuestas a preguntas profundas: ¿Quién soy realmente? ¿Qué significa tener éxito? ¿Qué debería desear mi corazón? ¿Dónde encuentro aceptación? ¿Y qué lugar tiene Dios en mi vida cotidiana?
Y la tragedia es esta: muchas de esas respuestas no están viniendo de la Biblia ni de la iglesia. Están llegando a través de sus amigos, de los algoritmos de las redes sociales, de los videos que consumen, de la música que escuchan y de los personajes que admiran. Nosotros pensamos: “Solo se están entreteniendo con el teléfono”. Mientras miran esa pantalla, construyen las columnas sobre las cuales interpretarán toda su vida. El problema no es que estén distraídos, sino que están siendo formados por alguien más.
Recibe nuestras lecturas por WhatsApp y Telegram
Acompaña las nuevas publicaciones de El Blog de Bernabé desde tu celular. Únete a nuestros canales de WhatsApp y Telegram y recibe artículos, ensayos, lecturas para la vida espiritual y recursos sobre fe, Biblia, misión y sociedad.
Nosotros también tenemos nuestros distractores
Es fácil hablar de los distractores de los jóvenes. Lo difícil es mirar hacia adentro y reconocer los nuestros. La vida pastoral está saturada de asuntos legítimos, santos y necesarios: predicar, administrar, aconsejar, acompañar a las familias en sus crisis y armar la agenda. Terminamos el domingo exhaustos, satisfechos de haber hecho muchísimo. Pero escuchemos bien: hacer muchas cosas no significa haber hecho lo más importante.
Podemos estar exageradamente ocupados “haciendo iglesia” y, al mismo tiempo, estar abandonando a quienes serán la iglesia del mañana. Quizá uno de nuestros mayores errores sea pensar que pastorear a las nuevas generaciones es tarea del líder de jóvenes. Abrimos un departamento, nombramos un encargado, organizamos un campamento y decimos: “Listo, asunto resuelto”. Pero pastorear no es organizar eventos. Pastorear es acompañar vidas.
El Salmo 78 nos lanza una advertencia que sigue vigente. El salmista habla de contar a la siguiente generación las obras poderosas de Dios, para que pongan en él su confianza y no olviden sus maravillas. Hay un mandato allí: una generación tiene la responsabilidad de traspasar el fuego a la que viene atrás. Por eso, no basta con que los jóvenes se sienten en nuestras sillas. ¿Les estamos ayudando a edificar un fundamento espiritual suficientemente firme para resistir el mundo que les tocará enfrentar?
Antes de enseñarles, necesitamos conocerlos
Pastorear a una nueva generación empieza por un acto de humildad: conocerla. No hablo de saberse sus nombres en la lista o quiénes son sus padres. Hablo de conocer sus luchas, sus temores, sus sueños, sus dudas más profundas y aquello que jamás se atreverían a confesar. A veces conocemos de memoria la agenda de actividades, pero ignoramos su mundo interior.
¿Qué preguntas reales tienen sobre Dios? ¿Qué pasa por su mente cuando les leemos la Biblia? ¿Qué les cuesta creer de lo que predicamos? ¿Qué están consumiendo en la soledad de su habitación? ¿De qué hablan con sus amigos cuando nadie los ve? ¿Qué les produce temor acerca del futuro? Un pastor no puede sanar ni guiar lo que no conoce. Necesitamos volver a lo básico: sentarnos a conversar.
No siempre necesitamos un programa ostentoso. A veces solo necesitamos una mesa, un café, una caminata o diez minutos sinceros al terminar la reunión. El joven necesita descubrir que en la iglesia hay adultos dispuestos a escucharlo, además de señalarle lo que debe hacer. Preguntémonos con honestidad: ¿podría un adolescente de nuestra congregación decir sinceramente: “Mi pastor me conoce; no solo sabe mi nombre, conoce mi historia, mis miedos y mis luchas”?
Escuchar antes de responder
Tenemos una enfermedad común entre los adultos: queremos responder demasiado rápido. Un adolescente levanta la mano con una duda y de inmediato le damos un versículo bíblico para cerrar la conversación. Expresa una inquietud y sentimos urgencia de corregirlo. Pero acompañar espiritualmente exige aprender el arte de escuchar. Algunas preguntas necesitan tiempo y escucha antes de una respuesta.
Esto no significa diluir la verdad de la Palabra; todo lo contrario. Significa preparar la tierra del corazón para que esa verdad pueda echar raíces. Miremos a Jesús. Jesús preguntaba, escuchaba, caminaba con la gente y la llevaba a descubrir la verdad en medio de sus crisis cotidianas. Los discípulos no fueron transformados por recibir un manual de doctrinas, sino porque caminaron con el Maestro. Necesitamos menos distancia pastoral y mucho más acompañamiento real.
Enseñarles a pensar desde la Biblia
Nuestros jóvenes no necesitan únicamente memorizar más textos bíblicos para ganar un concurso. Necesitan aprender a mirar toda la realidad a través de las Escrituras. Estamos en una época en la que miles de voces compiten por definir la verdad. Por eso, además de decirles qué dice la Biblia, debemos enseñarles a discernir qué significa para sus decisiones, relaciones y presiones cotidianas.
Tenemos que atrevernos a hablar con ellos, sin tabúes, sobre el dinero, el sexo, la identidad, las redes sociales, el cuerpo, el éxito, el sufrimiento, el trabajo y su vocación. Debemos hacerlo sin convertir cada charla en un regaño moralista. Pablo le recuerda a Timoteo que desde niño conocía las Sagradas Escrituras; no para acumular datos teológicos, sino porque de ellas brotaba sabiduría para la vida práctica. Ese tiene que ser nuestro norte: que sepan hablar de Dios dentro del templo y caminar con Dios en un mundo complejo.
Darles un lugar, no solo un programa
Hay otra dimensión del pastoreo: la confianza. Los jóvenes necesitan espacios para servir, asumir responsabilidades, equivocarse, aprender y levantarse. Necesitan entender que no son “la iglesia del futuro”; son la iglesia de hoy. Cuando les decimos que “algún día” servirán, les estamos diciendo sutilmente que hoy no importan. Hay que sentarlos a la mesa, escuchar sus ideas y delegarles tareas reales.
Esto requiere paciencia. Moldear el carácter de un discípulo toma años; organizar un evento toma un par de semanas. Por eso debemos apostar por procesos cuyos frutos tal vez no veamos pronto. Cuando un joven tropieza, la reacción no puede ser desecharlo, sino restaurarlo. Cuando hace algo bien, hay que celebrarlo. Así es como se forman los verdaderos líderes.
La responsabilidad es de toda la iglesia
No cometamos el error de descargar todo el peso sobre el líder de jóvenes. Una iglesia puede tener un líder extraordinario y, aun así, ser incapaz de abrazar a las nuevas generaciones. Nuestros muchachos necesitan adultos a su alrededor: pastores, maestros, padres, madres y creyentes maduros dispuestos a involucrarse en sus vidas. Pastorear a una generación es una tarea comunitaria.
Debemos derribar los muros generacionales. Los jóvenes necesitan la sabiduría de quienes recorrieron el camino antes, pero los adultos también necesitan escuchar la frescura y las preguntas de quienes vienen detrás. La iglesia no es una fila india donde cada generación espera su turno; es un cuerpo donde todas las edades se nutren mutuamente.
La pregunta que no podemos posponer
Tarde o temprano, cada generación entrega un legado. A veces entregamos una vida espiritual firme; otras veces, vacíos gigantescos. Por eso, con el corazón en la mano, preguntémonos hoy: ¿qué fundamento estamos edificando en los jóvenes que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado? En unos años, tomarán decisiones en sus hogares, en la sociedad y en las iglesias. Algunos serán pastores, profesionales o padres de familia; otros, tristemente, se habrán alejado.
No podemos controlar cada una de sus decisiones futuras, pero sí podemos decidir qué vamos a hacer hoy. Tal vez no necesitamos multiplicar actividades, sino más pastores y líderes dispuestos a quitarse el reloj y caminar con ellos; adultos sin todas las respuestas, pero dispuestos a permanecer a su lado mientras buscan la verdad.
Porque una generación distraída solo puede ser alcanzada por una generación adulta disponible: disponible para escuchar, para enseñar, para corregir con amor, para confiar y para caminar juntos.
Más que contar cuántos jóvenes llenan nuestros templos los fines de semana, necesitamos preguntarnos: ¿quién los está pastoreando mientras se convierten en los adultos del mañana? La respuesta a ese interrogante definirá el futuro espiritual de nuestras comunidades. No pospongamos más esta tarea. Mientras ellos están creciendo, asegurémonos de estar lo suficientemente cerca para mostrarles que seguir a Jesús sigue siendo el camino más apasionante, profundo y hermoso que un ser humano puede transitar.

