Raíces y horizontes: mi primera Bienal de AETH y las preguntas que deja

Participantes de la Bienal AETH 2026 durante una plenaria en Columbia Theological Seminary, Decatur, Georgia, por el 35.º aniversario de la asociación.

Del 15 al 17 de octubre de 2026 participé por primera vez en la Bienal de la Asociación para la Educación Teológica Hispana (AETH), celebrada en Columbia Theological Seminary, en Decatur, Georgia, Estados Unidos. Llegué a un encuentro que conmemoraba 35 años de historia y que reunía a docentes, pastores, investigadores, estudiantes y personas vinculadas con la formación teológica de las comunidades hispanas y latinas.

Para quienes participamos por primera vez, una Bienal como esta ofrece algo más que un programa académico. Permite conocer una trayectoria, acercarse a las conversaciones que han acompañado a varias generaciones y reconocer el trabajo de quienes han defendido el lugar de la reflexión teológica hispana en instituciones donde su presencia no siempre fue reconocida.

El lema de este año, Raíces y horizontes, expresaba bien esa doble tarea: recuperar una historia y preguntarse qué hacer con ella.

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Volver al lugar donde comenzó todo

La historia de AETH se remonta a finales de la década de 1980, cuando comenzó a tomar forma una iniciativa para fortalecer la educación teológica de las comunidades hispanas en Estados Unidos.

En 1988, un estudio sobre la situación de esa educación contribuyó a impulsar varias iniciativas, entre ellas la propia asociación, el Programa Hispano de Verano y la Iniciativa Teológica Hispana. En 1991 se celebró el primer encuentro en Columbia Theological Seminary, donde se decidió crear AETH. Un año después, en su primera asamblea, Justo L. González fue elegido presidente y Pablo A. Jiménez asumió la dirección ejecutiva.

Desde entonces, AETH ha acompañado procesos de formación, promovido publicaciones, fortalecido institutos bíblicos, desarrollado programas de certificación y establecido relaciones con seminarios, iglesias y otras instituciones educativas.

Que su decimoctava Bienal se celebrara nuevamente en Columbia tenía, por tanto, un significado particular. El mismo espacio que acogió los primeros pasos de la organización recibía ahora a una comunidad mucho más amplia y diversa.

La historia también permite reconocer algo que podría perderse entre las celebraciones: la educación teológica hispana no conquistó espacios de reconocimiento por simple evolución de las instituciones. Detrás hubo personas que investigaron, escribieron, consiguieron recursos, organizaron encuentros y sostuvieron una convicción compartida: las comunidades hispanas necesitaban participar en la producción del conocimiento teológico, no limitarse a recibirlo.

Entre esas figuras, el nombre de Justo L. González ocupa un lugar fundamental. Su trabajo como historiador y teólogo ha contribuido a comprender el cristianismo desde las experiencias y particularidades del mundo hispano. Esa preocupación por reconocer la historia, los contextos y las voces que durante mucho tiempo permanecieron al margen sigue formando parte de la identidad de AETH.

Academia, iglesia y comunidad: una relación todavía pendiente

El programa de la Bienal se articuló alrededor de tres grandes espacios: academia, iglesia y comunidad. Su relación puede parecer evidente, pero basta observar cómo funciona buena parte de la educación teológica para descubrir que no siempre han conseguido trabajar juntas.

En algunos ambientes académicos, la investigación teológica corre el riesgo de alejarse de las preocupaciones de las congregaciones. En determinadas iglesias, por su parte, persisten sospechas hacia la formación rigurosa, como si el estudio y la experiencia de fe fueran actividades enfrentadas. Las comunidades, entretanto, plantean preguntas sobre migración, desigualdad, violencia, pertenencia, cuidado y futuro que no siempre encuentran lugar en los programas formativos.

La conferencia inaugural de Ana Cepero, dedicada al servicio como eje formativo en la academia, abordó precisamente esa tensión. Su propuesta situó la vinculación comunitaria en el centro del proceso educativo y recuperó aportes de la investigación-acción participativa latinoamericana, especialmente de Orlando Fals Borda y Paulo Freire.

La distinción importa: llevar estudiantes a realizar actividades en una comunidad es diferente de reconocer que sus integrantes poseen conocimientos, interpretaciones de la realidad y capacidades para participar activamente en su transformación.

Desde esa perspectiva, la comunidad deja de ser destinataria de iniciativas diseñadas desde la academia y se convierte también en sujeto del proceso formativo.

Esa preocupación estuvo presente en otros espacios de la Bienal, entre ellos el panel En la encrucijada de la Academia, con Alexia Salvatierra, Ana Cepero, Frank Yamada, Javier Viera, Leslie Díaz y Octavio Esqueda. Fue uno de los momentos que más llamó mi atención, precisamente porque puso en el centro la relación entre la formación teológica, sus instituciones y las realidades a las que pretende responder.

La reflexión alcanza directamente a las iglesias. Si la educación teológica pretende acompañar la misión cristiana, necesita escuchar la experiencia de quienes viven su fe en situaciones concretas. La calidad académica y la pertinencia comunitaria pueden enriquecerse mutuamente.

Una formación teológica excelente no puede medirse exclusivamente por la calidad de sus contenidos, sus publicaciones o sus títulos académicos. También debe examinar su capacidad para dialogar con la realidad y preparar personas que sepan acompañarla, interpretarla y transformarla.

Las nuevas generaciones también hacen teología

Entre las actividades de la Bienal, la plenaria de Jeffry Bamaca, Encountering the Body of Christ: The Importance of New Generations in Theological Work (Encontrarse con el cuerpo de Cristo: la importancia de las nuevas generaciones en el quehacer teológico), fue una de las que más me hizo pensar.

Su propuesta invitó a superar las estrategias genéricas con las que frecuentemente se aborda a las generaciones emergentes. En lugar de considerarlas únicamente como un grupo al que las instituciones deben atraer, retener o preparar para el futuro, Bamaca propuso reconocer sus experiencias y aportes como parte del propio trabajo teológico.

Para desarrollar su reflexión, recurrió a la historia del cristianismo y a las contribuciones de Justo L. González, Gustavo Gutiérrez y Ada María Isasi-Díaz. Desde perspectivas diferentes, estos autores han insistido en la importancia de la historia, los contextos sociales y la vida cotidiana para comprender y elaborar la teología.

Uno de los momentos más sugerentes de su exposición fue la lectura de Marcos 5:25-34, el encuentro de Jesús con la mujer que padecía hemorragias. Bamaca examinó la vulnerabilidad del cuerpo, las fronteras sociales y la manera en que la acción de Jesús desafía estructuras de exclusión.

El relato presenta a una mujer que, marcada por su condición y por las restricciones de su entorno, toma la iniciativa de acercarse a Jesús. Su gesto atraviesa barreras y cuestiona los límites establecidos. El encuentro abre para ella una posibilidad de sanación y reconocimiento.

A partir de esa lectura, Bamaca relacionó el quehacer teológico con las experiencias de quienes viven situaciones de vulnerabilidad y con la responsabilidad de las comunidades cristianas frente a las estructuras que producen exclusión.

Su planteamiento ayuda a revisar la manera en que hablamos de las nuevas generaciones en las iglesias.

Durante años hemos insistido en la necesidad de incorporarlas a nuestras comunidades. Sin embargo, con frecuencia esa incorporación consiste en invitarlas a participar en estructuras, programas y decisiones previamente definidos por los adultos.

Se les ofrecen espacios, pero no siempre se les reconoce suficiente autoridad para plantear preguntas, cuestionar prácticas o contribuir a la elaboración de nuevas respuestas.

Las nuevas generaciones no son solamente destinatarias de la educación teológica que producen las generaciones mayores. También interpretan las Escrituras, reflexionan sobre Dios, desarrollan experiencias comunitarias y formulan preguntas que merecen ser tomadas en serio.

Escuchar a las nuevas generaciones implica reconocer que también tienen algo que enseñarnos sobre la fe, la Iglesia y el mundo que compartimos.

Bamaca planteó, además, una distinción pertinente para nuestro tiempo: las generaciones emergentes no necesariamente están abandonando la teología, sino buscando formas de reflexión que respondan a sus experiencias concretas y contribuyan a la vida.

Esta distinción merece atención en un contexto donde las búsquedas espirituales se expresan de maneras que no siempre coinciden con las formas tradicionales de pertenencia religiosa. La distancia respecto de una institución eclesial no equivale necesariamente a la ausencia de inquietudes espirituales, preguntas teológicas o interés por el sentido de la vida.

Para quienes trabajamos en la formación y la comunicación de la fe, esta realidad plantea desafíos importantes. Necesitamos escuchar antes de elaborar respuestas, reconocer lenguajes distintos de los nuestros y comprender que las experiencias de las nuevas generaciones también pueden enriquecer la tradición que hemos recibido.

El futuro de la educación teológica exige preparar a quienes algún día asumirán responsabilidades y reconocer a quienes, desde sus propias experiencias, ya están contribuyendo a pensar y vivir la fe en el presente.

Una conversación que también le pertenece a América Latina

Aunque AETH nació para responder a necesidades específicas de la educación teológica hispana en Estados Unidos, sus preocupaciones encuentran numerosos puntos de contacto con América Latina y el Caribe.

La migración, las identidades culturales, las desigualdades educativas, las transformaciones religiosas y el surgimiento de nuevos liderazgos atraviesan las experiencias eclesiales a ambos lados del continente.

El diálogo sobre los orígenes y el futuro de la educación teológica latina, con Luis Rivera, Elizabeth Conde-Frazier y Harold Segura, fue especialmente significativo en ese sentido. La presencia de estas voces permitió reconocer una historia compartida de producción teológica y considerar las posibilidades que se abren para las próximas generaciones.

En 2014, AETH amplió formalmente su alcance hacia América Latina. Esa decisión adquiere especial relevancia cuando consideramos que buena parte de las comunidades latinas estadounidenses mantiene vínculos familiares, culturales, religiosos e históricos con nuestros países.

Sin embargo, compartir idioma o determinadas tradiciones no significa vivir las mismas realidades. Las iglesias hispanas de Estados Unidos enfrentan preguntas relacionadas con la migración, la pertenencia cultural, las generaciones nacidas en ese país y su lugar en una sociedad donde las relaciones entre religión, identidad y poder poseen características propias.

Las iglesias latinoamericanas, por su parte, tienen historias, instituciones, movimientos y experiencias teológicas que tampoco pueden reducirse a una sola realidad continental.

Por eso, el diálogo entre el norte y el sur del continente debería superar la circulación ocasional de conferencistas o materiales. Existe una oportunidad para construir relaciones donde el conocimiento se produzca conjuntamente, las experiencias se escuchen con reciprocidad y las diferencias sean reconocidas como parte de la riqueza de ese intercambio.

Mi participación en esta primera Bienal, que fue posible gracias al apoyo de CBF fAMILIA, reforzó mi interés por ese diálogo. Desde América Latina tenemos mucho que aportar a estas conversaciones y también mucho que aprender de las experiencias de las comunidades latinas en Estados Unidos.

Treinta y cinco años después, ¿qué sigue?

Los aniversarios institucionales ofrecen oportunidades para reconocer trayectorias y celebrar logros. También permiten evaluar qué aspectos de una misión siguen siendo pertinentes y cuáles necesitan nuevas respuestas.

AETH llega a sus 35 años con una red de más de 440 miembros, más de 50 institutos bíblicos afiliados y distintos programas dedicados a la formación, certificación, investigación y desarrollo de capacidades.

Son avances significativos, especialmente cuando se considera la historia de una organización surgida de la necesidad de abrir espacios para una población históricamente subrepresentada en la educación teológica estadounidense.

La visión presentada por su directora ejecutiva, Jessica Lugo Meléndez, durante esta Bienal apunta precisamente a fortalecer las relaciones entre instituciones, ampliar las oportunidades de formación y construir las capacidades para sostener ese trabajo durante las próximas décadas.

La organización también ha impulsado iniciativas de formación y recursos digitales, así como programas de apoyo a pastores y comunidades. Su apuesta por conectar la academia y la Iglesia constituye una contribución relevante en un escenario educativo y religioso que atraviesa transformaciones importantes.

El futuro, sin embargo, no depende únicamente del crecimiento organizacional.

Las instituciones de educación teológica enfrentan cambios en las formas de aprender, los perfiles de quienes estudian, las posibilidades de acceso al conocimiento, las relaciones con las iglesias y las expectativas de las nuevas generaciones. A ello se suman los desafíos económicos, la inteligencia artificial, las nuevas culturas digitales y las distintas maneras de comprender la espiritualidad y la pertenencia religiosa.

El encuentro entre academia, iglesia y comunidad tendrá que responder a esas transformaciones sin renunciar al rigor intelectual ni perder su compromiso con la vida de las personas.

La Bienal incluyó reconocimientos a trayectorias relevantes mediante los premios Justo y Catherine González, entre ellas las de Joanne Rodríguez, por su contribución al desarrollo de líderes e instituciones de educación teológica, y Daniel Schipani, por sus aportes a la teología práctica, la educación y el cuidado pastoral.

Estos reconocimientos permiten apreciar una dimensión fundamental de la historia de AETH: las instituciones se construyen a partir de relaciones, mentorías, colaboraciones y esfuerzos cuyos frutos muchas veces tardan décadas en hacerse visibles.

Lo que me deja esta primera Bienal

Regreso de esta primera participación con mayor conocimiento de la historia de AETH y con varias preguntas sobre el futuro de la educación teológica.

Me interesa particularmente la posibilidad de fortalecer conversaciones entre América Latina y las comunidades hispanas de Estados Unidos, ampliar la participación de nuevas generaciones y explorar formas de aprendizaje que vinculen la reflexión bíblica y teológica con los problemas de nuestras sociedades.

También considero fundamental que la educación teológica encuentre maneras de circular más allá de sus espacios habituales. Buena parte del conocimiento producido por nuestras instituciones permanece dentro de aulas, revistas especializadas o encuentros académicos, mientras las conversaciones públicas sobre religión y espiritualidad se desarrollan en otros lugares, con otros lenguajes y protagonistas.

Tender puentes entre esos mundos representa una tarea para quienes trabajamos en la comunicación, la formación y la reflexión teológica.

La historia de AETH demuestra que las redes de colaboración pueden abrir oportunidades y sostener procesos durante décadas. Su próxima etapa tendrá que discernir cómo ampliar esos vínculos, incorporar nuevas voces y responder a contextos diferentes de aquellos que dieron origen a la organización en 1991.

De los tres días en Columbia me llevo especialmente la convicción de que el futuro de la educación teológica no se construirá únicamente desde las instituciones ni exclusivamente desde las generaciones que hoy las dirigen. También necesita de quienes están formulando nuevas preguntas, explorando otros lenguajes y buscando maneras de vivir la fe en circunstancias que cambian constantemente.

Treinta y cinco años después, regresar a Columbia permitió reconocer lo construido. El desafío continúa cuando las celebraciones terminan y cada participante vuelve a su trabajo, sus comunidades y sus responsabilidades.

De eso depende que las raíces sigan alimentando nuevos horizontes.

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