El desafío de discernir la misión cristiana hoy
“… la Iglesia no existe para sí misma ni para sus miembros,
sino como señal, agente y anticipo del reino de Dios…”Lesslie Newbigin
Toda generación cristiana —evangélica, católica, ortodoxa, protestante u otra— necesita preguntarse de nuevo cómo vivir y anunciar el Evangelio en la cultura que le corresponde habitar. Esa pregunta ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes y seguirá acompañándola mientras las sociedades cambien y surjan nuevos desafíos para comprender al ser humano. No basta con confesar que Jesucristo es Señor; también es preciso discernir qué significa esa confesión en medio de las realidades culturales, sociales y políticas de cada tiempo.
En las últimas décadas, esta reflexión se ha vuelto más urgente. La creciente polarización política, los cambios antropológicos y los debates sobre identidad, familia, educación, sexualidad, derechos y libertad religiosa han llevado a muchos cristianos a preguntarse cuál debe ser su presencia en la vida pública. En ese contexto ha ganado fuerza una expresión que no nació en la teología ni en la misión de la Iglesia, pero que hoy circula con sorprendente naturalidad en púlpitos, congresos y redes sociales: batalla cultural.
No me refiero al necesario discernimiento cristiano de la cultura ni a la responsabilidad profética de denunciar cuanto amenaza la vida y la dignidad humana. Hablo de una narrativa que interpreta la sociedad como un escenario de confrontación permanente entre bandos irreconciliables, en el que el otro deja de ser un conciudadano con quien dialogar para convertirse en adversario, amenaza o enemigo. Esta visión, promovida inicialmente desde ámbitos políticos e ideológicos, ha encontrado eco en algunos sectores cristianos y con frecuencia se presenta como la forma más fiel de defender la fe, la familia o la civilización occidental.
No es difícil comprender su atractivo. En tiempos de incertidumbre ofrece certezas; frente a la complejidad, simplifica los conflictos; allí donde se perciben pérdidas, identifica responsables y convoca a la resistencia. Sin embargo, su capacidad para movilizar personas no demuestra su fidelidad al Evangelio. Lo que importa no es si esta estrategia produce influencia cultural o réditos políticos, sino si refleja el modo en que Jesús comprendió su misión, ejerció el poder y anunció el Reino de Dios.
Las palabras nunca son inocentes. La manera en que nombramos la realidad termina modelando también nuestra espiritualidad. La forma en que describimos la misión revela la imagen de Dios que llevamos dentro, la comprensión que tenemos de la Iglesia y el modo en que nos relacionamos con quienes piensan distinto. Antes de aceptar que la comunidad cristiana ha sido llamada a librar una batalla cultural, conviene preguntarse qué clase de Dios imaginamos cuando hablamos de guerras, qué tipo de Iglesia se forma en las trincheras y qué ocurre con el Evangelio cuando el adversario político termina siendo presentado como enemigo de la fe.
La tesis de este ensayo es sencilla. La misión cristiana no se comprende desde la lógica de la confrontación cultural, sino desde la encarnación, el discernimiento y el Reino de Dios. La Iglesia está llamada a participar activamente en la vida pública, denunciar cuanto deshumaniza, defender la dignidad de toda persona y anunciar con valentía el Evangelio. Pero debe hacerlo siguiendo a un Señor que no conquistó el mundo mediante la imposición, sino haciéndose carne; que no reunió discípulos para organizar una guerra cultural, sino para anunciar y encarnar la justicia, la paz, la ternura y la reconciliación del Reino de Dios.
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La misión no se comprende como una batalla
Las metáforas son también formas de interpretar la realidad, ordenar nuestras prioridades y definir nuestra manera de actuar. Hablar de batalla cultural no consiste simplemente en adoptar una expresión llamativa; implica asumir una forma de comprender el mundo, de mirar a quienes piensan diferente y de entender la misión de la Iglesia. En este caso, tras el lema ideológico se esconde una cosmovisión que moldea la comprensión del poder, la verdad, el adversario y, finalmente, la propia misión de la Iglesia.
En el lenguaje de la batalla predominan los enemigos, los territorios por recuperar, las victorias y las derrotas. La sociedad termina dividida en bandos irreconciliables y el éxito se mide por la capacidad de neutralizar al adversario o conquistar espacios de influencia. Poco a poco, esa lógica deja de ser únicamente política y comienza a modelar también la espiritualidad.
No es casual que este lenguaje haya encontrado eco en una época marcada por la polarización. Las redes sociales recompensan la indignación, el debate público se alimenta del enfrentamiento y muchos liderazgos construyen su identidad señalando adversarios. En ese ambiente resulta fácil que la Iglesia termine respirando el mismo aire que pretende transformar.
El problema no radica en reconocer que existen profundas diferencias éticas, antropológicas o religiosas. Sería ingenuo negarlas. La dificultad aparece cuando la confrontación deja de ser una circunstancia y se convierte en la categoría desde la cual interpretamos toda la realidad. Entonces comenzamos a ver adversarios donde hay personas, amenazas donde existen oportunidades de diálogo y trincheras donde el Evangelio nos llama a tender puentes.
Toda comprensión de la misión nace de una determinada imagen de Dios. Si imaginamos a un Dios cuyo propósito principal consiste en derrotar adversarios culturales, organizaremos la vida cristiana alrededor del combate. Si contemplamos al Dios revelado en Jesucristo, que se acerca, escucha, sirve y entrega su vida por amor, nuestra presencia en el mundo adquirirá otro rostro. El criterio principal no es qué estrategia resulta más eficaz, sino qué imagen de Dios inspira nuestro testimonio.
Por eso, el debate sobre la batalla cultural no es, en el fondo, un debate político. Es un juicio teológico. Nos obliga a preguntarnos si la metáfora de la batalla expresa el corazón del Evangelio o si termina sustituyendo la lógica del Reino de Dios por la del antagonismo permanente. La respuesta solo puede encontrarse volviendo, una vez más, a la persona y a la misión de Jesús.
La misión comienza con la encarnación
El Evangelio no comienza con una declaración de guerra, sino con una presencia. «El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros» (Jn. 1:14). Dios no decidió transformar el mundo desde la distancia ni imponer su voluntad desde fuera de la historia. Entró en ella, asumió la fragilidad humana, habló nuestro lenguaje y recorrió los caminos de una cultura concreta.
La encarnación revela mucho más que el misterio de quién es Jesús; muestra también el modo en que Dios actúa y, por tanto, la forma de la misión de la Iglesia. La comunidad cristiana no ha sido enviada a situarse por encima de la sociedad, pero tampoco a confundirse con ella o aceptar sin discernimiento todo cuanto ocurre. Su vocación consiste en hacerse presente, escuchar, comprender y anunciar, desde dentro de la historia, la buena noticia del Reino. La cercanía no debilita la dimensión profética; al contrario, le impide convertirse en desprecio y evita que la fidelidad al Evangelio derive en hostilidad hacia las personas.
Jesús vivió en una sociedad atravesada por profundas divisiones religiosas, políticas y sociales. Sin embargo, nunca organizó su ministerio alrededor de la defensa de una identidad amenazada. Se acercó a quienes otros evitaban, compartió la mesa con personas consideradas impuras y devolvió dignidad a quienes habían sido excluidos. Su presencia no legitimó todas las prácticas de su tiempo, pero tampoco convirtió a las personas en enemigos culturales. Las confrontó con la verdad mientras las acogía con misericordia y las invitaba a la conversión.
Por eso prefiero hablar de discernimiento y evangelización de la cultura antes que de batalla cultural. Discernir significa reconocer que en toda cultura conviven signos de la gracia y manifestaciones del pecado, semillas del Reino y dinámicas que deshumanizan. Evangelizarla no consiste en conquistarla, sino en servirla con el Evangelio: acompañar sus búsquedas, denunciar sus injusticias y anunciar, mediante palabras y acciones, la vida nueva revelada en Jesucristo.
La autoridad de la Iglesia no nace de su capacidad para conquistar espacios de poder, sino de su disposición a encarnar aquello que proclama. Antes de preguntarse qué territorios debe recuperar, necesita preguntarse entre quiénes está llamada a vivir y qué sufrimientos humanos está llamada a compartir. Allí comienza, todavía hoy, la misión de Dios.
El Reino no se anuncia desde las trincheras
El centro de la predicación de Jesús no fue una ideología, un programa político ni una cruzada moral. Fue el Reino de Dios. “El reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” (Mr. 1:15). Desde ese horizonte comprendió su misión y dio sentido a cada uno de sus gestos.
El Reino cuestionó las estructuras religiosas, sociales y políticas que negaban la vida. Jesús denunció la hipocresía, desenmascaró los abusos del poder y defendió a los más vulnerables. Su mensaje fue, sin duda, profundamente contracultural. Pero existe una diferencia decisiva entre esa actitud y la lógica de la batalla cultural. Jesús nunca organizó su ministerio alrededor de la oposición a determinados grupos humanos. Su propósito no era imponerse a los adversarios, sino hacer presente una nueva manera de vivir bajo el señorío de Dios.
Por eso, la identidad de la Iglesia no puede definirse únicamente por aquello que rechaza. Existe, ante todo, para anunciar una buena noticia. Cuando el combate desplaza al anuncio, la confrontación termina eclipsando la esperanza y la defensa de determinados valores corre el riesgo de ocupar el lugar del Evangelio.
El Reino de Dios continúa interpelando las idolatrías de todas las épocas —y a sus pretendidos dioses—. Denuncia el consumismo, el individualismo, la violencia, la corrupción, la explotación y toda forma de desprecio por la dignidad humana. También cuestiona aquellas visiones antropológicas que reducen o distorsionan el valor de la persona. Pero lo hace con una lógica distinta a la del antagonismo permanente. Su propósito no es vencer enemigos, sino abrir caminos de conversión, reconciliación y vida.
Importa, entonces, discernir qué Reino está llamada la Iglesia a hacer visible en medio de la sociedad. Cuando ese horizonte orienta su misión, cambia también el tono de su presencia pública. La comunidad cristiana deja de definirse por las amenazas que denuncia para reconocerse por la esperanza que anuncia.
Una Iglesia que discierne
La alternativa a la batalla cultural no es el silencio, la indiferencia ni la renuncia a las propias convicciones. La Iglesia está llamada a participar activamente en la vida pública. Sin embargo, su primera tarea es discernir: escuchar antes de responder, comprender antes de juzgar y buscar la acción de Dios en una realidad siempre más compleja que nuestros propios esquemas.
Ninguna cultura puede identificarse plenamente con el Reino de Dios, pero tampoco es completamente ajena a él. En todas conviven semillas de gracia y expresiones del pecado, signos de esperanza y dinámicas que necesitan ser transformadas. Por eso, el discernimiento exige humildad. Quien solo busca enemigos termina viendo amenazas por todas partes; quien aprende a discernir descubre también los anhelos, las preguntas y las búsquedas donde el Espíritu ya está obrando.
La Iglesia no llega al mundo como quien posee respuestas para una sociedad incapaz de ofrecer verdad alguna, sino con la convicción de que el Evangelio ilumina toda la realidad y, precisamente por ello, puede escuchar sin miedo, dialogar sin perder su identidad y dar testimonio de la vida nueva en Cristo.
El libro de los Hechos ofrece una imagen elocuente de este camino. Ante una de las mayores tensiones de la comunidad cristiana, los discípulos no respondieron con una guerra contra quienes pensaban distinto. Se reunieron, dialogaron, escucharon sus diferentes voces y buscaron juntos la dirección del Espíritu, hasta poder afirmar: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hch. 15:28). El discernimiento comunitario precedió a la decisión.
Uno de los testimonios que más hacen falta en nuestro tiempo consiste, precisamente, en recuperar esa práctica. En una sociedad donde abundan las trincheras ideológicas, la Iglesia está llamada a convertirse en un espacio donde sea posible escuchar sin descalificar, disentir sin romper la comunión y buscar juntos la voluntad de Dios. Una comunidad así no solo anuncia el Reino; lo hace visible.
Una misión más grande que cualquier batalla
La Iglesia no puede renunciar al discernimiento crítico de la cultura ni permanecer indiferente frente a las ideologías, las estructuras o las prácticas que lesionan la dignidad humana. Su vocación profética sigue siendo indispensable allí donde la vida es despreciada, la verdad manipulada y la justicia convertida en privilegio.
Pero una cosa es ejercer el discernimiento profético y otra muy distinta dejar que la misión quede atrapada en la lógica de la confrontación permanente. De ser así, quienes más se benefician son los proyectos políticos que necesitan alimentar esa polarización, mientras el Evangelio pierde su libertad profética y la Iglesia corre el riesgo de quedar subordinada a intereses ajenos a su misión.
Jesús nunca llamó a sus discípulos a conquistar una cultura. Los envió a ser sal de la tierra, luz del mundo y levadura en la masa. Son imágenes de una presencia que transforma desde dentro, no de una ocupación del espacio público mediante la imposición. El Reino crece como la semilla, fermenta como la levadura e ilumina como la luz: su fuerza no reside en el dominio, sino en la capacidad de generar vida.
Esta postura no implica ingenuidad. La fidelidad al Evangelio produce tensiones y, con frecuencia, despierta la oposición de quienes se benefician de la injusticia. La Iglesia está llamada a denunciar con valentía cuanto degrada la vida humana. Sin embargo, el conflicto aparece como consecuencia de esa fidelidad, no como el punto de partida de su misión. Jesús no salió en busca de enemigos; fueron los poderes amenazados por el Reino quienes terminaron enfrentándose a él.
También nuestra generación necesita discernir cómo habitar la vida pública. No se trata de escoger entre la presencia y la ausencia, ni entre el compromiso y la indiferencia, sino entre dos maneras de comprender la misión: la lógica de la confrontación o la lógica del Reino. De esa elección dependerán el tono de nuestro testimonio, la calidad de nuestra presencia y la credibilidad del Evangelio que anunciamos.
Estoy convencido de que la Iglesia seguirá siendo profundamente contracultural cuando defienda la dignidad de toda persona, cuide de los más vulnerables, denuncie la injusticia y anuncie la esperanza del Reino de Dios. Pero esa vocación no necesita apropiarse del lenguaje de la guerra para ser fiel a Jesucristo.
El proyecto de Jesús no consistió en organizar una batalla cultural, sino en anunciar la llegada del Reino de Dios. Un Reino que transforma sin imponerse, confronta sin deshumanizar, reconcilia sin uniformar y vence no por la fuerza del poder, sino por el poder del amor. Esa sigue siendo, dos mil años después, la misión de la Iglesia. El camino que conduce al Reino pasa por la cruz antes que por la conquista.


19 respuestas
wow!!!! bien dicho. que claridad!
muchas gracias profesor Harold.
mucho material para «masticar», para seguir pensando, orando, buscando.
Saludos, Luis y gracias por leerlo y comentarlo.
Esclarecedora alternativa que impacta no solo la narrativa, sino el plan de acción en cómo interpretamos lo que vemos y vivimos.
Gracias por esta nota, una puerta a analizar/nos desde lo que sale de cada corazón, a la luz del ejemplo de Jesús.
Nada más lejos de la «tibieza» y nada más cerca de la verdadera transformación.
Gracias Harold!
Un texto muy bien logrado y de inspiración. Creo mantenerlo ampliando tres aspectos (a) las denominadas batallas culturales y la captura denominacional de las iglesias; (b) las ideologías de extrema derecha y el carácter conservador de la predicación evangélica. No es iglesia confesante ni es iglesia profética; (c) Es batalla porque pretende recrear un enemigo (político) y es cultural porque su bandera es destruir cualquier manifestación de cambios.
Aprecio mucho tu comentario y tomo atenta nota de los tres asuntos que destacas.
Gracias por el gran aporte, la Iglesia no esta llamada a ganar adeptos, sino hermanos de camino que descubren día a día lo rico del Reino
Excelente análisis de la eclesiologia que más necesitamos !
Me queda claro que esto es un llamado urgente y necesario. La Iglesia no puede emular la lógica de las trincheras políticas sin traicionar el Evangelio. Reducir la misión a una «batalla cultural» cambia la cruz por la confrontación y al prójimo por el enemigo, olvidando que el Reino de Dios se instaura desde la encarnación, la gracia y el amor, no desde la imposición.
Apreciado Dr. Harold: ¿Por qué las iglesias se sienten tan seducidas hoy por la «batalla cultural»? ¿Es una reacción de miedo ante la pérdida de relevancia social y la complejidad moderna, o un síntoma de haber adoptado la polarización política del mundo actual?
Gracias por tan desafiante y edificante artículo.
Muchas gracias por tus palabras y por la pregunta, que me parece muy pertinente.
Creo que intervienen varios factores. Sin duda existe una preocupación genuina por cambios culturales que muchos cristianos perciben como una amenaza para convicciones fundamentales de la fe. Ese temor no debe ser descalificado ni ignorado. Pero, al mismo tiempo, me parece que también hemos terminado respirando el aire de una época profundamente polarizada, donde casi todo se interpreta en términos de amigos y enemigos, vencedores y vencidos.
Mi preocupación es que, sin advertirlo, la Iglesia adopte esa lógica como si fuera el lenguaje natural del Evangelio. Cuando eso ocurre, el riesgo no es solo político; es también teológico. La manera como concebimos la misión termina modelando la imagen de Dios que comunicamos y el tipo de comunidad cristiana que formamos.
Estoy convencido de que la Iglesia debe participar con valentía en la vida pública y defender sus convicciones. La cuestión no es si debe hacerlo, sino desde qué espíritu, con qué lenguaje y siguiendo a qué modelo. Mi convicción es que Jesús nos llama a una presencia firme y profética, pero configurada por la encarnación, la cruz y el Reino de Dios, no por la lógica de las trincheras.
Gracias nuevamente por enriquecer esta conversación.
Excelente artículo, no porque concuerde con mi opinión sino porque concuerda con el evangelio que veo en la biblia. Crecí en el evangelio y continuamente escuchaba nombre Harold Segura. Hoy, muchos años después me place leer sus publicaciones y artículos. Dios lo bendiga profesor.
Encuentro intertextualidad entre su artículo y una canción llamada «Por la tierra» de Medio pálpito.
Saludos desde Colorado.
Excelente exposición y enseñanza que confirma la misión de la iglesia en medio de la diversidad cultural
Interesante artículo. Leía a Bob Moffitt en Evangelismo sin Discipulado, y habla precisamente de esta batalla cultural que la iglesia está perdiendo a causa de no vivir el discipulado a la manera de los primeros siglos que él señala la encarnación como el énfasis misiologico que posteriormente con el tiempo. Menciona la disciplina del amor como el estilo de vida que la iglesia debe de llevar para hacer realidad las intenciones y propósitos que Dios tiene para con el mundo. Gracias tu artículo que me da una mayor perspectiva sobre esto. Saludos Harold desde Santa Cruz, Bolivia.
Muchas gracias querido Harold. Leerte es siempre un viento fresco para el alma. En este tema más aún, porque lo que dices tan bien y con tanta claridad espiritual, nos hace sentir que no estamos solos quienes pensamos y sentimos lo mismo. Son tiempos complejos en mi país, Argentina, donde esta «batalla cultural» está atravesando la eclesiología de nuestras comunidades. Del mismo modo nuestra participación social con otras confesiones cristianas. Lo que hace siete años llamé «el ecumenismo del odio» fue una profecía que anhelaba no se cumpliera. Abrazo fuerte y sigue adelante. Lo necesitamos hermano. Marcelo Figueroa
Querido Marcelo, cuánto me alegra siempre saber de nuestras coincidencias. Estos son malos tiempos. Eso que dijiste, del ecumenismo del odio, infortunadamente se está cumpliendo. Duele saberlo. Abrazo agradecido.
Excelente disertación acerca de la misión, que podamos seguir adelante, que hablemos lo que es necesario, que confiemos en el poder del Evangelio, un fuerte abrazo desde México
He leído con bastante atención lo escrito, en el cual me siento plenamente identificado. Siempre he manifestado que la fé en Jesucristo y en su Evangelio, o sea el Cristianismo no se puede abanderizar con ninguna ideología política, sea ésta de derecha y izquierda, debe mantener la libertad que nos da el evangelio para ser fieles a Jesucristo.
Valoro su esfuerzo por centrar la misión de la Iglesia en Cristo y el Reino de Dios. Coincido en que el Evangelio no puede reducirse a un proyecto político ni la Iglesia definir su identidad por la confrontación.
Sin embargo, terminé la lectura con una profunda frustración.
Una vez más encuentro una reflexión teológicamente bien elaborada que evita enfrentar los problemas concretos que vivimos quienes servimos en los Estados Unidos. Tengo la impresión de que usted escribe como si la batalla cultural siguiera siendo un debate académico. Aquí dejó de serlo hace mucho tiempo.
Quizá esa diferencia se deba al contexto desde el que escribe. No cuestiono su teología, pero sí me pregunto si es posible analizar este fenómeno sin experimentar diariamente las presiones que enfrentamos quienes ministramos aquí. Como director de una escuela cristiana, debo responder a padres preocupados por la ideología de género, proteger la identidad bíblica de nuestra institución y preparar a jóvenes que ingresarán a una sociedad cada vez más hostil a la cosmovisión cristiana.
Por eso me resulta insuficiente leer que la respuesta consiste simplemente en «encarnar el Reino», «discernir la cultura» o evitar el lenguaje de la confrontación. Todo eso es correcto, pero no responde la pregunta fundamental: ¿qué hacemos? ¿Cómo protegemos a nuestros hijos? ¿Cómo defendemos la autoridad de los padres? ¿Cómo preservamos la libertad de nuestras escuelas e iglesias para permanecer fieles a las Escrituras?
Lo que más me preocupa es que, aunque seguramente no sea su intención, el efecto práctico del artículo es desarmar a la Iglesia precisamente cuando más necesita claridad y valentía. Después de leerlo, uno sabe muy bien lo que la Iglesia no debe hacer, pero sigue sin saber qué debe hacer cuando la cultura y, en ocasiones, el propio Estado desafían principios fundamentales de la fe cristiana. Llevado a la práctica, el mensaje parece ser que toda resistencia firme frente al avance de una cosmovisión anticristiana corre el riesgo de convertirse en una «batalla cultural» y, por tanto, debe evitarse. Eso termina pareciendo una invitación a resignarse mientras la sociedad redefine la familia, la sexualidad, la vida y la autoridad de los padres.
También percibo en su línea editorial una crítica constante hacia sectores del evangelicalismo, especialmente en los Estados Unidos, que intentan responder al deterioro moral y cultural de nuestra sociedad. Sin duda existen excesos que deben denunciarse, pero da la impresión de que la preocupación principal termina siendo la reacción de la Iglesia y no el avance de ideologías que contradicen abiertamente la antropología bíblica.
La Escritura presenta un cuadro diferente. Los profetas confrontaron la idolatría de su tiempo; Juan el Bautista confrontó a Herodes; Jesús denunció el pecado y Pablo habló de derribar argumentos que se levantan contra el conocimiento de Dios. El conflicto nunca fue el propósito de la misión, pero sí una consecuencia inevitable de proclamar la verdad.
El verdadero debate no es si existe una batalla cultural, sino cómo debe responder la Iglesia cuando la cultura exige que los cristianos abandonen sus convicciones. Esa es la pregunta que enfrentamos cada día quienes servimos en escuelas, iglesias y ministerios en los Estados Unidos, y es precisamente la pregunta que su artículo vuelve a dejar sin responder.
Como director de una escuela cristiana necesito más que una elegante reflexión teológica. Necesito una teología que tenga el valor de entrar en el campo de batalla donde hoy están nuestros hijos, nuestras familias y nuestras iglesias. La misión de la Iglesia no consiste en rendirse ante la cultura, sino en permanecer fiel a Jesucristo, aun cuando esa fidelidad tenga un costo creciente.
Muchas gracias Guillermo por tomarse el tiempo de leer el artículo con tanta atención y por compartir una reflexión. Valoro especialmente que haya reconocido que mi propósito no es diluir la identidad cristiana ni reducir el Evangelio a un proyecto político. También agradezco que describa el contexto en el que desarrolla su ministerio. Escuchar esas experiencias siempre enriquece la conversación.
Coincido con usted en algo fundamental: la Iglesia no puede resignarse frente a aquello que contradice el Evangelio o vulnera la dignidad humana. La fidelidad a Jesucristo exige claridad, valentía y, en ocasiones, afrontar conflictos. Los profetas, Juan el Bautista, Jesús y los apóstoles son testimonio de ello.
Precisamente por esa convicción escribí el artículo. Mi preocupación no es que la Iglesia confronte el pecado o defienda sus convicciones, sino que termine adoptando una categoría nacida en la lucha ideológica y política para definir su misión. Creo que no es lo mismo resistir desde el Reino de Dios que organizar la misión desde la lógica de una guerra cultural. Esa diferencia, a mi juicio, no es secundaria, porque la forma como luchamos también revela la imagen de Dios que comunicamos.
Comprendo, sin embargo, su observación. Quizá este artículo responde más a la pregunta desde dónde debe actuar la Iglesia que a la pregunta cómo hacerlo en situaciones concretas. Esa segunda cuestión merece un desarrollo propio y agradezco que su comentario me ayude a reconocerlo. Espero abordarla en un próximo artículo.
Gracias, de nuevo, por contribuir a una conversación que considero necesaria para todos los que deseamos servir a Cristo con fidelidad en contextos cada vez más complejos.
Interesante articulo querido Harold, solo que creo que existe una duda obligada, que referencias tienes sobre el termino batalla cultural y como lo defines tú en pocas palabras, considero que posiblemente se esté hablando de lo mismo pero tal vez el termino batalla sea escandaloso para muchos oídos.