Nunca imaginé que las preguntas más importantes de mi vida nacerían mientras escuchaba a mi padre predicar desde la primera banca de una pequeña iglesia. Crecí acompañándolo en su labor pastoral por distintos rincones del Perú. Cada viaje despertaba mi admiración por la inmensa riqueza cultural de nuestro país, la belleza de sus paisajes y las tradiciones que daban identidad a cada comunidad. Todo parecía distinto, pero había una realidad que nunca cambiaba: detrás de muchos rostros se escondían historias profundamente marcadas por el dolor.
Cada campaña evangelística concluía con un momento que todavía me conmueve. Personas de todas las edades respondían al llamado de Cristo con lágrimas en los ojos y la esperanza de comenzar una nueva vida. Contemplar aquellos bautismos era presenciar, una y otra vez, la gracia de Dios abriéndose paso en el corazón humano. Sin embargo, mientras todos celebraban, una pregunta comenzaba a tomar forma en silencio.
Jesús declaró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Aquellas palabras volvían una y otra vez a mi mente. Si esa era la promesa del Buen Pastor, ¿por qué tantas personas seguían viviendo prisioneras de heridas que parecían acompañarlas desde la infancia? ¿Cómo podía experimentarse esa vida abundante cuando el abandono, la violencia, la pobreza o el maltrato continuaban marcando la historia de familias enteras?
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Con el paso de los años comprendí que esa promesa debía leerse a la luz de quien la pronunció. En Juan 10, Jesús se presenta como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, las protege y entrega su vida por ellas. La vida abundante de la que habla no es la ausencia de dificultades, sino la plenitud que nace de una relación restaurada con Dios y comienza a transformar todas las dimensiones de la existencia. Es una vida en la que la dignidad es recuperada, las relaciones empiezan a sanar y la esperanza vuelve a florecer en medio de las cicatrices.
Durante mucho tiempo llevé esas preguntas conmigo. Intuía que el evangelio era mucho más grande de lo que alcanzaba a entender y que la misión de la Iglesia no podía limitarse únicamente a preparar personas para la eternidad. La Iglesia también estaba llamada a acompañarlas en el proceso de restauración que Dios desea iniciar aquí y ahora.
Años más tarde, Dios me permitió servir como psicólogo en diferentes despachos del Gobierno. Durante años recorrí el Perú profundo y, en cada viaje, descubría la fortaleza y la resiliencia de nuestra gente, pero también la profundidad de heridas que, por generaciones, habían permanecido en silencio. Una imagen se repetía una y otra vez: sin importar cuán distante estuviera una comunidad o lo difícil que hubiera sido llegar hasta ella, siempre encontraba una iglesia.
Comprendí que Dios ya había colocado en cada comunidad el recurso más valioso para la restauración humana: una Iglesia llamada a reflejar el corazón del Buen Pastor. Para hacerlo, necesita ser sensible al dolor silencioso de las personas que acompaña; aprender a escuchar más allá de las palabras, mirar más allá de las apariencias y discernir las necesidades profundas que muchas veces no se expresan.
Esta convicción no nace solo de una inquietud personal. Responde también a una urgencia para la Iglesia de nuestro tiempo, que enfrenta tres realidades que ponen a prueba su vocación. Por un lado, persisten estructuras gubernamentales que, a pesar de sus esfuerzos, no siempre logran responder de forma eficaz a las necesidades de las poblaciones más vulnerables. Por otro, habitamos en una sociedad marcada por la acelerada transformación tecnológica, el debilitamiento de los vínculos humanos y el progresivo distanciamiento de muchas personas que aún anhelan un espacio seguro donde ser acogidas. Finalmente, la propia Iglesia enfrenta el reto de no limitar su misión a la proclamación del evangelio, sino de edificar comunidades que formen, acompañen y restauren integralmente la vida de las personas, con especial atención a las nuevas generaciones.
La Pastoral de la Ternura surge como una respuesta al tiempo que estamos viviendo. No reemplaza la misión de la Iglesia; la conduce de regreso a su esencia. Nos invita a liderar como Jesús, a acompañar como Jesús y a cuidar como Jesús. Cuando la verdad del evangelio camina de la mano con la ternura de Cristo, la Iglesia deja de ser únicamente un lugar donde se predica la esperanza y se convierte en el lugar donde esa esperanza comienza a hacerse vida.
El mayor desafío de nuestro tiempo no consiste en encontrar nuevos métodos para alcanzar a las personas, sino en volver a reflejar el corazón del Buen Pastor. Las personas no solo necesitan escuchar que Dios las ama; necesitan encontrar comunidades donde ese amor pueda tocarse, respirarse y experimentarse.
Y entonces la pregunta deja de ser qué más puede hacer la Iglesia y se vuelve mucho más personal: cuando alguien herido cruce las puertas de nuestra comunidad de fe, ¿encontrará simplemente un templo o se encontrará con Jesús?
Serie especial
Pastoral de la Ternura
Continúa explorando reflexiones sobre el cuidado, la protección y las comunidades de fe donde la vida puede florecer.
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