Dios, el Bajísimo: conocer a Dios desde la niñez

Un adulto agachado conversa a la altura de los ojos con una niña sentada en un patio soleado, ilustrando la teología de la niñez.

Algunos libros nos hacen detenernos. Leemos una frase, la subrayamos y permanecemos allí, como si seguir fuera perder algo que apenas comenzamos a comprender. Eso me sucede al leer El Bajísimo (España, El Gallo de Oro, Ediciones), de Christian Bobin, y encontrar estas palabras: “Nada puede conocerse del Altísimo, sino por el Bajísimo, por ese Dios a la altura de la infancia”.

Vuelvo a leerlas. Pienso en cuánto hemos hablado de Dios mirando hacia arriba y cuánto podríamos aprender si prestáramos más atención a lo que sucede abajo: donde los pequeños juegan, preguntan, tropiezan y extienden sus manos esperando encontrar las nuestras.

El Bajísimo es una evocación poética y espiritual de Francisco de Asís. Bobin se acerca a su vida con una prosa delicada, capaz de reunir belleza y provocación. Aparecen la pobreza, la alegría, la libertad frente a la posesión y la fraternidad con las criaturas. Francisco nos conduce hacia una manera de vivir en la que lo pequeño merece atención y la fragilidad puede abrirnos al misterio de Dios.

El título recoge la intuición de que Dios se deja conocer en su cercanía con lo humilde. El Bajísimo susurra, se aproxima, comparte nuestra tierra. En la página que he subrayado, esa cercanía adquiere un rostro particular: el de la infancia.

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Aquí encuentro una intuición fecunda para la teología de la niñez. Entiendo esta teología también como una manera de hablar de Dios desde la niñez y junto a ella. Los niños y las niñas tienen experiencias, preguntas y formas de relacionarse que pueden enriquecer nuestra comprensión de la fe. Reconocerlo exige concederles un lugar como interlocutores, con la posibilidad de que sus palabras modifiquen las nuestras.

Estamos acostumbrados a preguntarnos cómo enseñarles acerca de Dios. Es una pregunta válida. Pero también necesitamos preguntarnos qué podemos aprender de Dios cuando los escuchamos. ¿Qué nos revela su necesidad de afecto? ¿Qué cuestionan sus preguntas sobre la injusticia? ¿Qué ocurre con nuestras explicaciones religiosas cuando una niña nos cuenta que tiene miedo o un niño pregunta por qué Dios permite que otros pasen hambre?

Son preguntas teológicas. Nacen de la vida y merecen algo más que respuestas apresuradas. Los evangelios nos ofrecen una escena iluminadora. Los discípulos discuten acerca de quién es el mayor y Jesús coloca a un niño en medio de ellos. En Marcos, además, lo abraza y vincula su acogida con la acogida de él mismo y de quien lo envió (Mc. 9:33-37). El niño entra en una conversación sobre grandeza y autoridad, y su presencia cambia los términos de la discusión.

Me admira ese gesto. Jesús pide a sus discípulos que aprendan a recibir a alguien a quien su sociedad concedía escaso reconocimiento. En esa acogida se juega su relación con Dios. La niñez queda situada en el centro de una enseñanza que los adultos necesitan comprender.

Desde allí leo la expresión de Bobin: “Dios a la altura de la infancia”. Es una imagen que nos invita a revisar la altura desde la cual hablamos, enseñamos y ejercemos el poder. Quien se acerca a un niño sabe que muchas veces necesita agacharse para mirarlo a los ojos. Ese movimiento corporal puede expresar una disposición espiritual: estar disponible, prestar atención, renunciar por un momento al dominio de la conversación.

También la teología necesita aprender ese movimiento. Hablar de Dios desde la niñez exige acercarnos a las infancias reales. Algunos niños juegan y crecen rodeados de afecto; otros viven bajo el peso de la violencia, la pobreza, el desplazamiento o el abandono. Muchos conocen esas experiencias mezcladas: alegría y miedo, cariño y desprotección. Sus vidas no caben en una imagen idealizada de inocencia.

Por eso, la ternura tiene consecuencias éticas. Nos compromete a escuchar sus voces, proteger sus cuerpos, respetar sus derechos y revisar las prácticas que los silencian. Una comunidad cristiana puede hablar con gran entusiasmo sobre el amor de Dios y, al mismo tiempo, necesitar cambios profundos en su manera de tratar a la niñez.

Poner a un niño en medio, como hizo Jesús, nos obliga a examinar nuestras prioridades. ¿Qué lugar tienen los niños y las niñas en las decisiones que les afectan? ¿Pueden expresar desacuerdo? ¿Encontrarán protección si cuentan algo doloroso? ¿Tomamos en serio su experiencia de fe?

A mi juicio, parte de la hondura de una teología se reconoce en la vida que ayuda a cuidar y en las relaciones que contribuye a transformar. Bobin me devuelve a esa cercanía. Su Francisco de Asís encarna la libertad de una vida atenta a las criaturas, abierta al asombro y desprendida de la necesidad de imponerse. Al leerlo desde la teología de la niñez, encuentro una invitación a conocer a Dios junto a quienes tantas veces han quedado al margen de nuestras conversaciones religiosas.

Tal vez necesitemos interrumpir algunas discusiones sobre quién sabe más, quién manda y quién merece ocupar el primer lugar. Hay un niño en medio. Jesús lo abraza. Y desde esa altura comienza a enseñarnos.

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