Breves reflexiones teológicas a la luz de Rubem Alves1
En tiempos de dolor corremos el riesgo de hablar de esperanza como un subterfugio, un escape momentáneo de la realidad con fines anestésicos, un esconder la cabeza en tierra. Hablar de esperanza en tiempos de guerra, cuando el mundo se cae a pedazos, cuando resurgen los autoritarismos y supremacías, cuando las desigualdades se manifiestan más que nunca, cuando los ídolos religiosos se descubren a partir del apoyo de las iglesias a las acciones violentas de las naciones, hablar de esperanza así puede ser motivo de vergüenza. ¿Dónde sostenemos esta esperanza cuando todo parece incierto? ¿Cómo mantenemos una esperanza sin que esta nos ciegue o paralice? ¿Cómo tener una esperanza que no avergüence?
Pablo escribe en Romanos esta declaratoria para todos aquellos que han abrazado la fe en el Jesús resucitado: “y esta esperanza no avergüenza; porque Dios derramado su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro 5:5). Para Pablo existía una esperanza que no era motivo de vergüenza, que de ninguna manera podría quedar defraudada a pesar de las condiciones imperantes, una esperanza que no corre el riesgo de la desilusión. Rubem Alves definió esta esperanza como “la sospecha de que la realidad es mucho más compleja que el realismo quiere que creamos, que las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites de lo real, y que de una manera milagrosa e inesperada la vida está preparando el evento creativo que abrirá el camino de libertad y resurrección”.2 Alves percibía la esperanza como un más allá de lo real, una posibilidad de resurrección en el mismo instante de la muerte. Pareciera entonces que, en los momentos de sufrimiento, bajo la mediación de la esperanza, la barrera entre lo real y lo imaginable es mucho más porosa; los cauces que van desde lo tangible a lo milagroso se vuelven más fluidos.
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Sin embargo, persiste la pregunta: ¿cómo esta esperanza puede acompañarnos sin que se vuelva un analgésico utópico? ¿Cómo no ser paralizados por esta esperanza? En primer lugar, Pablo habla de una esperanza que se fundamenta en una realidad pasada: “Dios ha derramado su amor en nuestros corazones”. De la misma manera que los profetas veterotestamentarios que volvían su vista a las tradiciones del Éxodo para encontrar luces de esperanza, Pablo vuelve su vista al evento de Jesús, quien, a pesar de todas las barreras que dividían a las personas, había derramado su amor sin distinción (al judío primeramente y también al griego). Pablo da cuenta de cómo este amor puede hermanar lo que ha sido separado, puede acoger a quien ha sido olvidado, puede unir en una sola comunidad aquello que estaba roto. ¿No es esa la fuente de nuestra esperanza también? ¿No hemos visto a lo largo de los años cómo el actuar divino ha transformado nuestras cotidianidades? ¿No hemos presenciado y disfrutado el poder esperanzador del amor? ¿No hemos reconocido el amor divino que se ha colado por las persianas de nuestra existencia y ha llenado de luz aquellas sombras que parecían eternas? Para Pablo, la esperanza estaba fundamentada en la memoria, porque a veces la memoria constituye el último rezago de la esperanza. Es la memoria la que reviste de ilusión a la esperanza a pesar de las violencias cotidianas. Es la memoria, pero no cualquiera, sino aquella que apunta al amor que permea todo. Como bien lo reconocía Alves, “uno espera el futuro porque ha visto el evento creativo tomando lugar en el pasado”.3
En segundo lugar, la esperanza para Pablo descansaba en la realidad presente del cristiano. El escritor le recuerda a la iglesia de Roma que sus miembros han sido justificados, es decir —más allá de la ficción legal protestante—, que están participando en la manifestación de la justicia del Reino de Dios. Estos cristianos ahora pueden trabajar por un mundo más humano porque, utilizando la metáfora de Alves, han escuchado la melodía del futuro (esperanza) y han decidido danzarla en fe (Ro 5:1).4 Participar e incorporarnos en la justicia del Reino nos proporciona en el presente el shalom divino (paz, pacificación), y la práctica de esta justicia se convierte en la invitación que hacemos a todos para que participen junto con nosotros de este estado de bienestar integral. Por supuesto, en medio de tanta adversidad, injusticia, opresión y maldad, el shalom no puede percibirse en su totalidad, por lo que toda búsqueda de la justicia que el Reino demanda será una actualización de esa paz que debe ser disfrutada por todos. Es por ello que marchamos en pro de la paz, por ello es que compartimos, por ello nos solidarizamos, porque la esperanza está hundida en la vivencia histórica de la comunidad y en su opción por la justicia del Reino. Esta esperanza, entonces, no es pasiva ni ciega, sino activa, de ojos abiertos y brazos extendidos para abrazar toda aquella causa que refleje la misión de pacificación divina. Ahora bien, si bailamos por la justicia no es por nuestra capacidad rítmica, sino porque nos unimos al evento creativo de aquel que nos ha invitado a participar por gracia: Jesucristo (Ro 5:2). Es Jesucristo quien nos pregunta: ¿se mueven en el presente por la desesperanza, la apatía y el pesimismo, o se mueven impulsados por la esperanza de mi justicia?
En tercer lugar, la esperanza paulina alza su mirada al futuro, a la espera de la gloria de Dios (Ro 5:2). Quizá esta sea la dimensión de la esperanza que la escatología más ha enfatizado, la que se alza en el horizonte de la historia atrayéndonos con su fuerza transformadora. Esta esfera, sin embargo, corre el peligro de tornarse en una perspectiva lejana e irreal, sin el peso del dolor que nos golpea y, como diría Roque Dalton, sin los tropiezos con “las piedras que son rotundamente terrenales”.5 Por ello, sugiero, esta gloria no es la que se limita a su proyección utópica, sino aquella que también se va disfrutando paso a paso en el camino. Es la gloria de la mesa compartida, del abrazo sincero, de la apertura de espacios para todos y todas, del servicio a los pies del necesitado; es la gloria del seguimiento al Jesús manso y humilde, al Jesús que bendice a los pacificadores. Pablo reconoce que esta espera no avergüenza, que esta espera nunca defraudará, pues es la espera del caminante que se sabe acompañado por quienes también han experimentado el amor divino y que, a pesar de las adversidades, se encuentran en espacios “graciosos” de afecto compartido. La gloria futura es la gloria de la mañana siguiente, del milagro cotidiano, del giro creativo, de la posibilidad próxima, una gloria nunca definitiva, pero siempre un paso adelante.
Por último, ¿qué de las tribulaciones? Pablo señala que de las tribulaciones obtenemos el cimiento firme y la tierra fértil de donde brota y se construye la esperanza (Ro 5:4). Por ello, Rubem Alves afirma que “sufrimiento y esperanza deben vivir el uno para el otro. Sufrir sin esperanza produce resentimiento y desesperación. La esperanza sin sufrimiento crea ilusiones, ingenuidad y embriaguez”.6 La esperanza, entonces, no es una vía de escape al sufrimiento, sino una categoría de resignificación. Es en la esperanza donde el sufrimiento puede encontrar su sentido último, un sentido que, como hemos descrito, está anclado en la vivencia comunitaria pasada, presente y futura. Por ello, si sufrimos, sabemos por qué sufrimos, y sabemos que el sufrimiento no es el estado último. El sufrimiento solo es el dolor previo al momento en que el shalom divino es dado a luz. Además, la realidad del sufrimiento evita los triunfalismos vanos, las esperanzas colonizadoras y los supremacismos escatológicos. El sufrimiento reubica nuestra espera recordándonos qué es lo que esperamos y cómo lo esperaremos. En palabras de Pablo, esta espera es en resistencia y con entereza de carácter. Por tanto, aunque es una esperanza en sufrimiento, podemos gloriarnos en ella. Es la esperanza fácil la que avergüenza, pero nuestra esperanza es de dolor, sudor, de marcha y resistencia. Es la esperanza impuesta la que avergüenza, pero nuestra esperanza es de trabajo, de lucha y carácter.
En momentos en que la violencia tiene postradas a las naciones, es bueno recordar que el amor de Dios ha hecho posible una esperanza que no será defraudada. Una esperanza que no es pasiva, sino que camina por la senda de la justicia a la que se nos ha llamado. Una esperanza que se proyecta hacia la gloria divina, la cual se manifiesta en nuestra cotidianidad, en los espacios diarios. Esta esperanza hace de nuestros sufrimientos momentáneos su fuerza y nos sostiene en las tribulaciones pasajeras que nos aquejan. He aquí la fusión de horizontes, he aquí el milagro cotidiano. ¡Que esta esperanza guíe nuestro siguiente paso! ¡Que esta esperanza ilumine nuestro transitar de amor, justicia y paz!
- Tomado del libro Miguel Reyes, ¿El Reino de los cielos sufre violencia?: teologías y hermenéuticas en contextos de violencia (Florida: Kairos, 2026). Una versión anterior de este artículo está publicada en Miguel Reyes, “Esperanza que no avergüenza, reflexiones a partir de Romanos 5”, en Entre crisis y versos, repensando la fe en cuarentena (Guatemala: FTL Guatemala, 2020). ↩︎
- Rubem Alves, Tomorrow’s Child: Imagination, Creativity and the Rebirth of Culture (New York: Harper & Row, 1972), 194. ↩︎
- Ibíd., 196. ↩︎
- Ibíd., 195. ↩︎
- Roque Dalton, “Atalaya”, en Poemas Clandestinos (San Salvador: UCA, 2000), 35. ↩︎
- Ibíd., 203. ↩︎

