Babel, Magnifica Humanitas y la maravilla irreductible de lo humano

Hombre reflexiona en una biblioteca antigua frente a manuscritos y una laptop, evocando el diálogo entre inteligencia artificial, fe y humanidad.

Confieso que Robert Francis Prevost, papa León XIV, empezó su pontificado generándome expectativas más bien modestas. La fumata blanca se elevó desde el tejado de la Capilla Sixtina el 8 de mayo de 2025. Un par de gaviotas habían elegido la chimenea vaticana como hogar. Yo observaba expectante. Quería saber quién sería el nuevo papa, pero también sentía nostalgia por Jorge Mario Bergoglio, papa Francisco, a quien conocí en persona durante una audiencia privada que se extendió por varias horas. Ese 8 de mayo, en el que fue electo el primer papa estadounidense, yo escuchaba a los comentaristas y recordaba la sensación que tuve al estrechar la mano de Francisco. Esperaba con curiosidad mientras recordaba la palmada que Francisco me dio mientras me sonreía al despedirse de mí. Eso ocurrió en 2016, su tercer año de pontificado. Francisco dejó en mí una huella profunda. Su ternura, con ciertos arranques de enojo; sus intentos de apertura; sus frases que desconcertaban a los más conservadores, pero, sobre todo, lo que me hizo sentir, como protestante que soy, al recibirme en el palacio papal.

Al día siguiente de la elección del nuevo papa, el 9 de mayo, publiqué sobre una sola expectativa que se me ocurría en ese momento al saber el nombre que había elegido:

Sí, como ya se ha confirmado, el papa León XIV eligió el nombre pensando en Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, papa León XIII, entonces debemos empezar a pensar en un asunto al que parecería que la Iglesia es ajena. Me refiero a la inteligencia artificial. Si León XIII y su encíclica Rerum Novarum (Acerca de las nuevas cosas) supusieron un punto de inflexión para la Iglesia y la justicia social mundial, criticando duramente la acumulación de poder de «un puñado de gente muy rica» y la pauperización de millones de personas explotadas, en esta primera mitad del siglo XXI León XIV tiene ante sí el reto que tiene el mundo entero. La inteligencia artificial requiere una nueva Rerum Novarum (Acerca de las nuevas cosas). Esas nuevas cosas de la IA también impactarán en el empleo de forma contundente. También esas nuevas cosas impactan la fe. Pensar en un ser que emula una mente, que resuelve problemas, responde dudas y guía a las personas en sus decisiones, supone un reto de dimensiones colosales para las religiones.

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Mi sorpresa fue enorme cuando, justo un año después, el pasado 18 de mayo, supe que su primera encíclica tocaría, de manera medular, el tema de la inteligencia artificial. Una vez publicada, vinieron cientos de artículos. Con sus cinco capítulos y más de 40.000 palabras —depende de la traducción, puede tener entre 40.000 y 43.000 palabras, siendo la versión castellana la más extensa—, Magnifica Humanitas es una de las encíclicas papales más voluminosas. La leí, me encantó y pensé que ya estaba todo dicho. El contundente y afilado perdón por el papel de la Iglesia en la esclavitud o la no tan insólita cita de J. R. R. Tolkien —el escritor fue creyente y católico—. Pero ahora pienso que hay algunas reflexiones que quiero compartir acerca de Magnifica Humanitas.

A lo largo de los últimos ciento treinta años, la Iglesia ha reflexionado sobre los grandes cambios del mundo. La Revolución Industrial fue abordada por León XIII en Rerum Novarum (1891); el capitalismo y el marxismo, por Pío XI en Quadragesimo Anno (1931) y Divini Redemptoris (1937); la guerra y la paz, por Juan XXIII en Pacem in Terris (1963); la globalización, por Benedicto XVI en Caritas in Veritate (2009); y el cuidado de la Casa Común, por Francisco en Laudato Si’ (2015). Ahora dirige su atención a una tecnología que, en pocos años, ha comenzado a transformar la educación, la economía, la política, la ciencia y hasta la forma en que los seres humanos buscan consejo, compañía y significado. Y que, además, afecta a todos los temas de las encíclicas anteriores. Sin embargo, quizá lo más sorprendente del documento no sea su interés por la inteligencia artificial, sino por la misma humanidad. León XIV no comienza hablando de ChatGPT, sino que nos recuerda lo verdaderamente asombroso que sigue siendo el ser humano y su maravillosa creatividad.

“La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación.” (Magnifica Humanitas)

Portada del libro

Magnifica humanitas

Magnifica humanitas, de León XIV, sitúa la dignidad de la persona humana en el centro de los desafíos abiertos por la inteligencia artificial, en continuidad con la doctrina social de la Iglesia y en diálogo explícito con la herencia de Rerum Novarum. La encíclica advierte que la IA no es solo un asunto técnico o económico, sino una cuestión moral que afecta el trabajo, la educación, la cultura, la libertad y la responsabilidad humana. Es un texto necesario para pensar una tecnología al servicio del bien común, sin permitir que ningún algoritmo sustituya el discernimiento ni la conciencia de la persona.

Una herramienta necesaria

Como no soy experto, no podría afirmarlo, pero hay una publicación titulada Claude, Author of the Humanitas: Evidence that the first papal encyclical on AI was substantially written by AI (The Linchpin, en Substack). Leí el artículo con cierto rechazo; sin embargo, luego pensé: ¿y por qué el papa y sus asesores no podrían usar Claude como una herramienta?

Lo cierto es que la IA está ayudando al cristianismo y a la humanidad a resolver problemas milenarios. Durante casi dos mil años, los papiros de Herculano permanecieron ilegibles tras quedar carbonizados por la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. Gracias al proyecto Vesuvius Challenge, que combina tomografía computarizada, visión artificial y aprendizaje automático, los investigadores lograron leer el interior de los rollos sin abrirlos físicamente. En 2024 comenzaron a recuperarse palabras, frases y fragmentos completos de textos filosóficos griegos. Nature describió el logro como uno de los avances más importantes de la arqueología textual contemporánea.

Algo semejante está ocurriendo con las tablillas cuneiformes de Mesopotamia. Durante generaciones, la traducción del acadio y del sumerio estuvo reservada a un reducido grupo de especialistas capaces de descifrar cientos de signos grabados en arcilla. Hoy, proyectos como Oracc (Open Richly Annotated Cuneiform Corpus), junto con investigaciones desarrolladas en instituciones como la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, bajo la dirección del asiriólogo Enrique Jiménez, utilizan inteligencia artificial para identificar signos, reconstruir fragmentos y acelerar la traducción de textos escritos hace cuatro mil años.

Hace solo unas semanas, un equipo encabezado por Garrick V. Allen, profesor de Divinidades y Crítica Bíblica de la Universidad de Glasgow, anunció la recuperación de cuarenta y dos páginas perdidas del llamado Codex H, un manuscrito griego del siglo VI que contiene las cartas paulinas. La historia parece salida de una novela detectivesca. Durante la Edad Media, el códice fue desmontado y reutilizado. Sus hojas fueron raspadas y empleadas como material de encuadernación para otros libros en el Monasterio de la Gran Lavra, en el Monte Athos. Lo que parecía una pérdida irreversible terminó convirtiéndose en un hallazgo extraordinario. Gracias a imágenes multiespectrales, análisis computacional, inteligencia artificial y técnicas de reconstrucción digital desarrolladas en colaboración con la Early Manuscripts Electronic Library, los investigadores lograron identificar rastros químicos invisibles de la tinta original. Aquellas marcas permitieron reconstruir digitalmente un auténtico “texto fantasma” oculto durante siglos.

El resultado fue la recuperación de cuarenta y dos páginas que contienen variantes textuales, anotaciones y antiguas divisiones de las cartas paulinas desconocidas hasta ahora. La inteligencia artificial al servicio de la investigación bíblica y, en última instancia, de la fe.

Otro caso fascinante procede de Qumrán. En 2021, un equipo dirigido por Mladen Popović, de la Universidad de Groningen, publicó en PLOS One un estudio basado en inteligencia artificial sobre el Gran Rollo de Isaías. Durante décadas se había asumido que el manuscrito había sido copiado por una sola persona. Sin embargo, el análisis de miles de trazos mediante redes neuronales reveló la presencia probable de dos escribas distintos. La diferencia era prácticamente invisible para los especialistas. La máquina permitió detectar patrones paleográficos que escapaban a la observación humana.

Los algoritmos también están comenzando a identificar lo que algunos investigadores llaman “firmas ocultas” en los textos bíblicos. Equipos de la Universidad de Tel Aviv han utilizado modelos estadísticos para analizar patrones léxicos y estilísticos en el hebreo bíblico, contribuyendo a identificar tradiciones redaccionales, capas editoriales y posibles escuelas literarias detrás de diversos textos del Antiguo Testamento.

La maravilla irreductible de lo humano

La pregunta central de la encíclica no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué significa seguir siendo humanos en una época de máquinas cada vez más sofisticadas. Y, más aún, qué significa seguir creyendo en Dios en la era de la inteligencia artificial. De manera contundente, esta encíclica arremete contra los nuevos fascismos, la meritocracia y la amenaza contra la dignidad de la vida humana. Por eso lanza un llamado para la salvaguarda de nuestra hermosa falibilidad, vulnerabilidad, fragilidad y el rescate de nuestra casi infinita creatividad.

¿Babel?

“Evitemos el ‘síndrome de Babel’: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles”. (Magnifica Humanitas)

Magnifica Humanitas dialoga con la Torre de Babel. Génesis 11:1-9 comienza afirmando que «toda la tierra tenía una sola lengua y unas mismas palabras». La ruptura llega cuando las lenguas se confunden y los seres humanos se dispersan. Los llamados LLM (Large Language Models), como ChatGPT, Claude o Gemini, están construidos precisamente sobre el lenguaje humano. Alimentados por miles de millones de palabras producidas durante generaciones, representan la mayor acumulación lingüística de la historia.

Filósofos como Wittgenstein, Heidegger o Gadamer comprendieron que el lenguaje no es solo un instrumento para expresar pensamientos, sino que participa en su formación. Si esto es cierto, Babel puede entenderse como algo más profundo que una crisis comunicativa. La encíclica alerta sobre los sesgos de cada inteligencia artificial. Geoffrey Hinton, Yoshua Bengio y Stuart Russell han advertido que los grandes modelos de lenguaje no comprenden el mundo como los seres humanos. Generan respuestas plausibles, pero no necesariamente verdaderas. La Babel digital podría consistir precisamente en una abundancia de discursos aparentemente coherentes que termine erosionando nuestra capacidad para distinguir entre verdad, ficción o propaganda.

Cada vez más personas buscan en la inteligencia artificial consejo moral, orientación existencial, compañía emocional e incluso respuestas espirituales. La tendencia resulta comprensible. Los sistemas conversacionales ofrecen disponibilidad permanente, respuestas rápidas y una notable capacidad para adaptarse a las necesidades del usuario. Es como tener un pastor, un sacerdote, un médico, un motivador y un psicólogo juntos, siempre disponibles, siempre amables y sin cobrar; o, al menos, eso es lo que creemos. Pero la IA no puede ayudarnos a resolver nuestras necesidades más profundas. En las cuestiones del alma no puede ofrecer experiencia, compasión ni amor. Puede simular compañía, pero no reemplazar un beso o las cosquillas.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a recuperar una carta de Pablo, puede traducir una tablilla sumeria, puede reconstruir un manuscrito carbonizado por el Vesubio o puede identificar la mano de un escriba de Qumrán. La Iglesia podría beneficiarse de ella; la humanidad podría beneficiarse de ella. Pero la IA sigue siendo incapaz de realizar aquello que constituye el núcleo de la experiencia religiosa. O sea: amar, arrepentirse, tener verdadera compasión o conmoverse.

Al terminar este artículo vuelvo a recordar la audiencia con Francisco. En ella volví a escuchar de sus labios una de las expresiones más duras de Pablo: stolti galati, gálatas estúpidos. La expresión describe a quienes dejan de comprender algo que ya sabían. Ese riesgo también nos acompaña hoy. Podemos construir herramientas extraordinarias, recuperar textos perdidos durante dos mil años y ampliar como nunca antes el acceso al conocimiento. Pero no deberíamos olvidar aquello que ya sabemos: que nuestra capacidad de amar, de hacer el bien, de acoger al otro y de buscar la verdad sigue siendo el tesoro más grande que poseemos. Conviene cuidarlo.

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