Imagen: ilustración de Pandereta Milenial.
La experiencia de Dios es abrumadora, nos deja sin palabras. Y en ese encuentro con lo divino surge lo inefable, lo que no puede decirse. Después del silencio aparece un murmullo, un grito, una pregunta: ¿qué es esto que siento? ¿Cómo es Dios?
Los poetas de la Biblia compararon a Dios con lo que tenían delante, con todo aquello a lo que pudiera parecerse. Como dice el poeta brasileño Rubem Alves: Dios se me presenta con el rostro de mi más profunda carencia, y cuando necesito una madre, Dios se me presenta como tal, me abraza, me arrulla.
Eso es lo que vivieron los poetas bíblicos y retrataron su sentir de Dios en varias formas, a veces diciendo que Dios se viste de mamá para tomarnos en brazos. Los profetas imaginaron a Dios como a una madre que consuela con su propio pecho, ese seno de Dios en el que anhelamos meternos a veces; y también le describieron como a una madre que sienta en su regazo a los niños dolidos, ese lugar seguro al que corremos después de un porrazo que nos dejó con raspones en brazos y piernas.
Y nos acogemos a esa idea de Dios que consuela, que nos sienta en su falda para hacernos cariños en el pelo y decirnos que todo va a estar bien, aunque afuera el mundo se caiga a pedazos.
Es el Dios maternal que recuerda con ternura habernos cargado en brazos cuando éramos niños y recuerda nuestros primeros pasos cuando nos enseñaba pacientemente a caminar.
Es el Dios que, como una madre, no puede olvidar al hijo que salió de sus entrañas.
Y es el Dios del que nos cuenta Jesús, que es como una mamá gallina que quiere juntar a sus pollitos bajo sus alas amorosas.
Es que el amor eterno de Dios tiene muchas formas y a veces se viste con los amores que conocemos en nuestra humanidad. Entonces nuestro Padre Maternal nos acoge como una gallina a sus pollitos, alimenta al mundo con los pechos de sus consolaciones y no puede olvidarse de los que dio a luz.
Y sí, cuando hablamos de madres y de maternidad, hablamos también de Dios. No en vano, para la mayoría de seres humanos, el amor más parecido al de Dios es el de una madre o una abuelita.
Para esta reflexión se emplearon los siguientes pasajes bíblicos:
Isaías 49,15; 42, 13-14
Isaías 66, 12-13
Oseas 11:1-4
Mateo 23: 37
Lucas 13: 34
Lucas 15: 8-10

