Hombre sentado entre ruinas mira un campamento devastado al atardecer, evocando la dignidad humana, Primo Levi y la parábola del rico y Lázaro.

Primo Levi fue uno de los pocos judíos que pudieron sobrevivir a Auschwitz, uno de los tantos campos de concentración nazis que más exterminios llevó a cabo —más de un millón de personas— en la Segunda Guerra Mundial. La primera obligación que Levi se autoimpuso fue dar a conocer al mundo los horrores del genocidio, la inhumanidad y las muchas formas de exterminio que se aplicaron en los campos de concentración. En sus relatos no solo se encuentra su propia historia, sino la historia de polacos, comunistas, católicos, protestantes, homosexuales y demás disidencias a quienes se les arrebató toda dignidad humana.

A pesar de no ser un literato, sino químico de profesión, Primo Levi, con una excelente pluma, logró publicar en 1947 su libro Si esto es un hombre. Hojas que testimonian una de las épocas más oscuras de la historia. El libro inicia con un poema que interpela al lector y lo invita a plantearse la pregunta: ¿qué es el hombre y la mujer? ¿Qué significa ser humano? ¿Existe eso llamado humanidad? ¿Y dónde se encuentra en medio de la masacre?

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
*Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.*1

Portada del libro

Si esto es un hombre

Si esto es un hombre, de Primo Levi, es un testimonio sobrio y devastador sobre Auschwitz, escrito desde la urgencia de que el horror vivido no fuera negado ni olvidado. Sin estridencias, Levi devuelve realidad e inteligibilidad a una atrocidad que parecía inconcebible por su propia monstruosidad. Es una obra imprescindible sobre la memoria, la deshumanización y la frágil resistencia de la razón frente al abismo.

La pregunta por lo humano, al parecer, exigirá a cada generación una respuesta más amplia y más responsable, ya que los paradigmas serán nuevos y espaciosos. El desarrollo de tecnologías, inteligencias artificiales e inéditas formas con que el hombre ha comenzado a vincularse demandará de nosotros volver a plantearnos una y otra vez la pregunta de Primo Levi: ¿qué es el hombre? O, buscando una respuesta aún más concreta, ¿cuáles serán las nuevas lecciones de humanidad que aprenderemos?

La realidad vivida por Primo Levi no es diferente a la que el pueblo palestino hoy está experimentando. El genocidio que ha cobrado la vida de niños, mujeres y hombres, a su vez, ha provocado en sus habitantes constantes desplazamientos, traumas y la incertidumbre sobre el porvenir. Entonces surge nuevamente la pregunta que exige una respuesta honesta: ¿se ha olvidado el mundo de los palestinos? ¿En qué punto los países comenzaron a guardar silencio ante la inhumanidad? ¿Tan culpables como el Estado de Israel somos nosotros también?

Desde la propuesta cristiana, corresponde volver no solo la mirada, sino todo el ser, a la persona más significativa, la cual abrió una nueva posibilidad de humanidad en la historia: a Jesús de Nazaret. El verdadero hombre o, más precisamente, la expresión plena de lo que significa ser verdaderamente humano. Jesús, el judío de la Galilea marginal, se ha convertido para muchos, creyentes y no creyentes, en un portavoz sobresaliente de la virtud humana. Su propuesta, a través de su itinerante tarea de anunciar el Reino, ha ofrecido al mundo una ética nueva y una comprensión más elevada de lo que significa humanidad. Así lo evidencia su opción preferencial por los marginados y pobres, a quienes ha posicionado como los primeros destinatarios del proyecto del Reino de Dios.

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Con una fortuita profundidad teológica lo pudo verbalizar Pilatos cuando, frente a la multitud de autoridades judías, señala a Jesús y lo llama como el Ecce Homo: “He aquí el verdadero hombre”. En palabras modernas, el filósofo esloveno Slavoj Žižek reafirma esta expresión y comenta de dicha escena: “El significado no es ‘Miren a esa miserable criatura…’, sino ‘¡He aquí a Dios en persona!’”.2 Dios encarnado en humanidad. La kenosis completada. El trascendente Dios hecho carne, formado pueblo y revestido de humanidad. El Reino de Dios que se acerca al humano —empezando por los últimos— propone una verdadera antropología, revelándonos la plenitud de lo que somos.

Vale la pena citar ampliamente a Felicísimo Martínez Díez:

“Jesús es el símbolo de la plenitud del hombre. Es el paradigma del ser humano. Esta es la conclusión más recurrente de quienes se han interesado por estudiar la figura de Jesús. Por eso se insiste en la importancia de fijar los ojos en Jesús, de regresar a su persona para conocer y reconocer al ser humano, para saber quiénes somos y cuál es nuestra vocación humana. En él se ha revelado lo humano de verdad, lo humano verdadero, el ser humano verdadero. Por eso, hablando de las razones que hoy invitan a volver a la humanidad de Jesús, Jon Sobrino escribe: ‘Hoy sigue existiendo un clamor por la aparición de eso humano verdadero… Y la respuesta no es simplemente la confesión de la verdadera humanidad de Jesús, sino poder ofrecer al ecce homo, poder decir “he aquí al ser humano.”3

En este punto quisiera introducir una parábola que ayudará a entender la significación de humanidad en el proyecto del Reino de Dios.

La parábola del hombre rico y Lázaro (Lucas 16:19-31)

Rápidamente debemos estar atentos a no llevar a cabo la errada interpretación de asumir que esta parábola tiene relación con una propuesta doctrinal sobre la vida después de la muerte. La audiencia de Jesús se conformaba de mujeres y hombres judíos que ya contaban con una noción profunda sobre el destino del ser. Por tanto, pareciera que la intención de Lucas al incorporar esta parábola no buscaba confirmar una pedagogía escatológica, sino más bien proponer una ética para la humanidad.

El hombre rico —sin nombre— es presentado como el arquetipo de la insensibilidad social, la inhumanidad y la profunda distancia con la que se relaciona con su entorno. Prontamente, la parábola sitúa al rico totalmente desligado de la desfavorable y desventurada realidad de Lázaro. En otras palabras, el evangelista quiere ponernos a la vista que el rico encarna la pérdida de afectividad y el desentendimiento hacia la condición de los marginados.

El hecho de que el acaudalado hombre “haga cada día banquete” estando Lázaro “echado a la puerta” nos orienta a acentuar que Jesús está planteando una innegable verdad: el ser humano puede llegar a vivir exclusivamente para sí mismo. De hecho, pareciera que Jesús intencionalmente tensa aún más la narración, llevando al oyente a darse cuenta de que la inhumanidad del rico incluso traspasa al plano de la otra vida, poniendo en su boca —del rico— la siguiente petición: “Envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”.

El rico sigue manteniendo una actitud de apatía social, donde Lázaro sigue siendo para él un instrumento al servicio de sus propias necesidades, alguien cuya existencia solo adquiere valor en la medida en que puede beneficiarlo. La parábola reivindica a Lázaro diciendo que “Lázaro ahora está siendo consolado aquí…”. La desdicha no es eterna para el pobre. En el Reino de Dios no existe posibilidad de ver al hombre quitado de toda dignidad.

¿Pero la reivindicación es consecuencia de algún acto de arrepentimiento de parte de Lázaro? Las lecturas cristianas proponen, en ocasiones, que este es salvado y redimido por una especie de obra penitente que haya realizado, o alguna conversión hacia Jesús. Pero la parábola no dice nada sobre esto. El futuro de consuelo y plenitud de Lázaro no se fundamenta en ninguna obra propia o meta alcanzada, sino que maravillosamente es causa de que la inhumanidad, en el Reino de Dios, no tiene la última palabra.

La desventura que persiguió a Lázaro por la indiferencia del hombre rico no es el fin de su historia. Lo que Jesús propone a sus primeros oyentes y hoy a nosotros, que hemos decidido vivir de acuerdo a su evangelio, es que en su proyecto humanizador no hay espacio para la inhumanidad. Para Jesús, como profeta de la compasión, la dignidad humana está por sobre todo y en el centro de su Reino. El relato no es una propuesta doctrinal sobre el más allá, sino más bien una propuesta de cómo vivir fraternalmente.

Es por eso que la teología cristiana tiene y debe ser siempre antropológica. En otras palabras, tiene que ser humanista. No puede haber cristianismo sin la búsqueda de una urgente humanización. Nuestras comunidades de fe tienen que convertirse en verdaderos centros humanitarios, en el sentido más pleno de la expresión. El teólogo ecuatoriano René Padilla así lo propuso en su misión integral, en la que la dignidad de cada ser humano ocupa un lugar irrenunciable. Porque, entre todos los significados que propone el Reino de Dios, el fundamental es que a Dios se le vive/encuentra siendo humanos entre todos.

Notas

  1. Primo Levi, Si esto es un hombre, Ediciones Península, 2019, p. 9. ↩︎
  2. Slavoj Žižek, Visión de paralaje, 1.ª ed. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 153-154. ↩︎
  3. Felicísimo Martínez Díez, Creer en el ser humano. Vivir humanamente, Verbo Divino, 2012, p. 47. ↩︎

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