Cuando se publica una encíclica papal, muchos evangélicos y protestantes reaccionan con cierta distancia. Algunos por razones históricas comprensibles. Otros porque piensan que se trata de un asunto interno del catolicismo romano. Y otros, simplemente, porque la palabra “encíclica” suena a documento largo, solemne, inaccesible y escrito para gente que tiene demasiado tiempo libre.
Pero Magnifica humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, merece una lectura más amplia. No porque todos deban compartir la autoridad magisterial del Papa. No porque las diferencias entre católicos, evangélicos y protestantes hayan desaparecido. Y no porque una encíclica deba funcionar como palabra final para todas las iglesias cristianas.
Merece atención porque trata un asunto que ya está cambiando nuestras vidas: la inteligencia artificial. Y lo hace desde una pregunta que no pertenece sólo al catolicismo, sino a toda la tradición cristiana: ¿qué significa custodiar la dignidad humana cuando la tecnología empieza a definir cómo trabajamos, pensamos, creemos, nos informamos, nos relacionamos y ejercemos poder?
La encíclica tiene como tema “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” y organiza su reflexión en torno a la dignidad humana, la Doctrina Social de la Iglesia, la verdad, el trabajo, la libertad, la guerra, la paz y la esperanza cristiana. El texto no presenta la IA como demonio ni como salvadora. La ubica dentro de una disputa más profunda: si el progreso tecnológico servirá para cuidar la vida o para construir nuevas formas de dominio.
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Primero: ¿qué es una encíclica?
Una encíclica es una carta solemne del Papa dirigida a la Iglesia católica y, muchas veces, también a todas las personas de buena voluntad. Suele abordar temas doctrinales, sociales, éticos o pastorales de gran importancia.
Desde una perspectiva evangélica o protestante, una encíclica no tiene autoridad normativa sobre la conciencia de la iglesia. No es Escritura. No es confesión de fe protestante. No sustituye el discernimiento bíblico, comunitario y teológico propio de cada tradición.
Pero tampoco debe ser descartada por reflejo. A lo largo de la historia, documentos católicos han aportado reflexiones significativas sobre temas que también interesan a otros cristianos: el trabajo, la pobreza, la paz, la dignidad humana, la justicia social, la creación, la migración, la economía y ahora la inteligencia artificial.
Leer una encíclica no significa “volverse católico”. Puede significar algo más simple y más sano: escuchar cómo otra tradición cristiana está intentando discernir los signos de los tiempos.
La gran imagen: Babel o Jerusalén
Uno de los aciertos de Magnifica humanitas es que no comienza con lenguaje técnico, sino con dos imágenes bíblicas: Babel y Jerusalén.
Babel representa una humanidad fascinada con su propio poder. En Génesis 11, los seres humanos quieren construir una ciudad y una torre que llegue al cielo. No buscan comunión, sino control. No buscan bendición, sino nombre propio. No celebran la diversidad, sino que desean una sola lengua, una sola dirección, una sola obra grandiosa. La encíclica lee Babel como símbolo de todo proyecto humano que absolutiza la eficiencia, sacrifica la dignidad y pretende alcanzar el cielo sin Dios.
Jerusalén, en cambio, aparece desde el relato de Nehemías. La ciudad está herida, los muros destruidos y el pueblo vulnerable. Nehemías no reconstruye solo. Ora, observa, convoca, escucha, distribuye responsabilidades y permite que cada familia asuma un tramo de muralla. La ciudad renace no por la genialidad de un individuo, sino por una obra compartida.
Esa es la alternativa central de la encíclica: no se trata de decir sí o no a la tecnología, sino de decidir si construiremos Babel o reconstruiremos Jerusalén.
Para evangélicos y protestantes, esta imagen es poderosa porque no depende de una categoría exclusivamente católica. Es Biblia. Es Génesis y Nehemías. Es la vieja tentación del poder humano sin Dios y la antigua vocación de reconstruir la vida común desde la oración, la responsabilidad y la justicia.
La IA no es el tema final: el tema final somos nosotros
La encíclica habla de inteligencia artificial, pero en realidad habla de la persona humana. La IA es el escenario donde aparece una pregunta más antigua: ¿qué creemos que vale una vida?
La lógica tecnológica contemporánea suele medir a las personas por rendimiento, productividad, eficiencia, datos, rapidez, utilidad y capacidad de adaptación. Bajo esa lógica, los fuertes avanzan, los lentos estorban, los pobres quedan rezagados, los ancianos son carga, los niños son mercado, los trabajadores son costos, los cuerpos son datos y la atención humana se convierte en mercancía.
Frente a eso, Magnifica humanitas afirma que la dignidad humana no depende de lo que alguien produce, logra, sabe, posee o aporta al sistema. La dignidad pertenece a toda persona por el hecho de existir, de haber sido querida y creada por Dios.
Aquí hay terreno común para muchas tradiciones cristianas. La doctrina de la imago Dei —la convicción bíblica de que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios— no es un asunto secundario. Es una de las bases más fuertes para hablar de derechos humanos, justicia, cuidado de los vulnerables y límites éticos al poder.
Por eso esta encíclica importa fuera del catolicismo: porque coloca la discusión sobre IA donde debe estar. No en la fascinación por la máquina, sino en la defensa de lo humano.
La tecnología no es neutral
Uno de los puntos más importantes del documento es su rechazo a una ingenuidad muy común: pensar que la tecnología es neutral y que todo depende simplemente del uso que le demos.
La encíclica no acepta esa simplificación. Toda tecnología lleva inscritas decisiones: qué mide, qué ignora, qué optimiza, qué premia, qué castiga, qué considera valioso, qué vuelve invisible. Un sistema de IA no cae del cielo. Es diseñado, entrenado, financiado, comercializado y aplicado dentro de estructuras de poder.
Esto es especialmente relevante cuando la IA afecta decisiones sobre empleo, crédito, educación, acceso a servicios, reputación, vigilancia, consumo, información y participación política. Si un algoritmo decide quién recibe una oportunidad y quién queda fuera, la pregunta ya no es sólo técnica. Es moral. Es política. Es espiritual.
Aquí la encíclica ofrece una advertencia que evangélicos y protestantes deberían tomar en serio: el poder digital está concentrado en pocas manos. Plataformas, datos, infraestructura, algoritmos y capacidad de cómputo pertenecen principalmente a grandes actores privados transnacionales. Eso significa que parte importante de la vida común está siendo moldeada por intereses que no siempre rinden cuentas democráticas.
No estamos sólo ante herramientas útiles. Estamos ante ambientes de formación humana. Y quien controla esos ambientes puede influir en nuestra imaginación, nuestros hábitos, nuestros deseos y nuestras decisiones.
Desarmar la IA
Una de las expresiones más fuertes de Magnifica humanitas es “desarmar la IA”.
No significa destruirla. No significa volver a una vida sin tecnología. No significa sospechar de todo avance científico. Significa quitarle a la IA su lógica de dominio.
Desarmar la IA es impedir que quede atrapada en la carrera por el control económico, militar, cognitivo y político. Es hacerla auditable, discutible, corregible, plural, responsable. Es evitar que quienes poseen más datos, más dinero y más infraestructura impongan su visión de humanidad al resto del mundo.
Esta idea debería interesar a las iglesias evangélicas y protestantes porque toca una preocupación bíblica central: el poder necesita límites. La Biblia desconfía de los imperios sin freno, de los ídolos que exigen sacrificios, de las ciudades construidas sobre opresión, de los faraones que convierten personas en fuerza de trabajo, de los sistemas que devoran a viudas, huérfanos, migrantes y pobres.
La IA puede ser útil. Puede ayudar a educar, diagnosticar, organizar, investigar, traducir, comunicar y resolver problemas complejos. Pero sin límites éticos, sin justicia social y sin rendición de cuentas, también puede convertirse en una nueva arquitectura de dominio.
La IA puede hablar, pero no puede amar
La encíclica insiste en una diferencia decisiva: la IA puede imitar funciones de la inteligencia humana, pero no es inteligencia humana en sentido pleno.
Puede generar lenguaje, responder preguntas, producir imágenes, redactar textos, simular empatía o acompañamiento. Pero no tiene cuerpo, memoria vivida, conciencia moral, relación con Dios, experiencia de dolor, capacidad de perdón, responsabilidad interior ni amor.
Esto importa mucho para iglesias y comunidades cristianas. La fe no se transmite sólo por información. Se transmite por testimonio, presencia, comunidad, cuerpo, mesa, cuidado, oración, conflicto, reconciliación y vida compartida.
Una IA puede resumir Romanos. Puede producir una guía bíblica. Puede redactar una oración. Puede ayudar a preparar una clase. Pero no puede llorar con los que lloran. No puede partir el pan. No puede acompañar a una familia en duelo desde una historia compartida. No puede ejercer discernimiento espiritual como miembro del cuerpo de Cristo.
Puede ser herramienta. No puede ser comunión.
La verdad como bien común
Otro punto central de la encíclica es la verdad. La IA no inventó la mentira, pero la vuelve más rápida, más barata, más sofisticada y más difícil de detectar.
Imágenes falsas, videos manipulados, voces clonadas, titulares diseñados para indignar, contenidos generados masivamente, campañas coordinadas de desinformación: todo esto afecta la vida democrática, pero también la vida espiritual. Porque una comunidad incapaz de distinguir verdad y falsedad queda expuesta a la manipulación.
Para cristianos evangélicos y protestantes, esto debería ser especialmente serio. Somos comunidades formadas por la Palabra. Creemos que la verdad no es un lujo intelectual, sino una dimensión de la fidelidad a Dios.
La encíclica habla de la verdad como bien común. No como propiedad de los poderosos. No como arma para humillar. No como consigna tribal. La verdad sostiene la confianza social. Sin verdad, la democracia se debilita, la comunicación se corrompe y la vida comunitaria se vuelve rehén de sospechas, rumores y propaganda.
En tiempos de IA, una iglesia que comparte contenido sin verificar, que se alimenta de teorías conspirativas o que confunde viralidad con fidelidad no está siendo profética. Está participando en la erosión de la verdad.
Trabajo humano frente a la máquina
La preocupación por el trabajo conecta esta encíclica con una larga tradición de pensamiento social cristiano. Desde Rerum novarum, la cuestión laboral ha sido una preocupación central de la enseñanza social católica. Pero el tema no pertenece sólo al catolicismo. También atraviesa la ética protestante, la teología de la vocación, la justicia bíblica y la vida concreta de millones de familias.
La IA promete productividad, automatización y eficiencia. Pero la encíclica pregunta: ¿a qué costo? ¿Quién se beneficia? ¿Quién queda fuera? ¿Qué pasa cuando el trabajador debe adaptarse a la velocidad de la máquina? ¿Qué ocurre cuando la tecnología desespecializa, vigila, precariza o reemplaza personas?
El trabajo no es sólo ingreso. Es dignidad, creatividad, pertenencia, responsabilidad, servicio, vocación y construcción de comunidad. Una sociedad donde pocos trabajan y muchos quedan descartados puede tener más tecnología, pero menos humanidad.
Este punto debería tocar directamente a iglesias evangélicas y protestantes en América Latina. Nuestras comunidades están llenas de trabajadores informales, jóvenes precarizados, migrantes, mujeres sobrecargadas, personas endeudadas, profesionales agotados, familias enteras tratando de sobrevivir en economías inestables. La IA no llegará a ese mundo como una nube abstracta. Llegará a las oficinas, call centers, escuelas, bancos, iglesias, hospitales, medios, fábricas, plataformas de reparto y servicios públicos.
La pregunta cristiana no puede ser sólo: “¿cómo usamos IA para ser más eficientes?”. También debe ser: ¿a quién deja atrás esta eficiencia?
Infancia, juventud y atención capturada
La encíclica dedica atención especial a niños, adolescentes y jóvenes. Habla de exposición temprana a dispositivos, redes sociales, contenidos violentos, pornografía, manipulación, ciberacoso, chantaje, explotación sexual digital y algoritmos que capturan la atención.
Este punto es urgente. No basta con decir que los jóvenes “viven pegados a la pantalla”. La pregunta más profunda es quién diseñó esas pantallas para capturar tiempo, deseo, ansiedad, comparación y vulnerabilidad.
Muchas iglesias han tratado el mundo digital como simple herramienta de evangelización: subir reels, transmitir cultos, hacer devocionales, abrir canales de WhatsApp, viralizar frases. Todo eso puede tener valor. Pero Magnifica humanitas invita a ir más hondo: el entorno digital no sólo comunica mensajes; forma personas.
La pastoral juvenil, la educación cristiana y el acompañamiento familiar necesitan una reflexión seria sobre hábitos digitales, atención, cuerpo, descanso, silencio, lectura, comunidad y afectividad.
No se trata de apagar pantallas como acto nostálgico. Se trata de formar libertad interior en una economía diseñada para capturarla.
Libertad y control invisible
Uno de los aportes más inquietantes del documento es su análisis del control social. La vigilancia contemporánea no siempre se presenta como censura. Muchas veces aparece como comodidad.
Cada búsqueda, compra, desplazamiento, conversación, preferencia, pausa, reacción o clic puede alimentar sistemas que perfilan nuestra conducta. Con esos datos se puede predecir, orientar, premiar, castigar, vender, excluir o manipular.
La encíclica lo expresa con claridad: el control no pasa sólo por prohibiciones explícitas, sino por la arquitectura de la visibilidad. Lo que se amplifica o se vuelve invisible termina moldeando opiniones y decisiones.
Para evangélicos y protestantes, esta reflexión debería activar una conversación sobre libertad cristiana. La libertad no es sólo ausencia de prohibición. También implica capacidad de discernir, resistir, atender, elegir el bien y no ser gobernados por deseos fabricados.
En términos bíblicos: no todo Faraón usa látigo. Algunos usan notificaciones.
Guerra, IA y civilización del amor
La encíclica no se limita al uso cotidiano de la IA. También habla de guerra, armas, multilateralismo y paz. Esto es decisivo porque la tecnología no se desarrolla sólo en laboratorios universitarios o empresas de productividad. También se desarrolla en industrias militares, sistemas de vigilancia, conflictos geopolíticos y estrategias de seguridad.
La IA puede volver la guerra más distante, más automatizada, más impersonal. Puede ayudar a decidir objetivos, procesar datos militares, ejecutar ataques, manipular información o intensificar conflictos. Por eso el documento contrasta la cultura del poder con la civilización del amor.
La expresión “civilización del amor” puede sonar suave. Pero en la tradición social cristiana no significa sentimentalismo. Significa una forma de organizar la vida pública desde la dignidad, la justicia, la paz, la solidaridad y el cuidado de los vulnerables.
Para iglesias evangélicas y protestantes, este punto es importante porque nos obliga a recuperar una teología pública de la paz. No basta orar por la paz mientras bendecimos lógicas de violencia, nacionalismos agresivos o discursos de odio. La paz cristiana no es ingenuidad. Es obediencia al Crucificado.
Por qué esto importa a evangélicos y protestantes
Esta encíclica importa fuera del catolicismo por al menos siete razones.
Primero, porque la inteligencia artificial no distingue denominaciones. Afecta por igual a católicos, pentecostales, bautistas, metodistas, reformados, anglicanos, luteranos, independientes, creyentes y no creyentes.
Segundo, porque la pregunta por la dignidad humana es profundamente bíblica. No pertenece a una sola tradición cristiana.
Tercero, porque la IA ya está transformando la educación teológica, la predicación, la comunicación de las iglesias, la consejería pastoral, la producción de contenidos y el acceso a información religiosa.
Cuarto, porque las iglesias necesitan criterios más robustos que el entusiasmo tecnológico o el miedo apocalíptico.
Quinto, porque América Latina no puede leer la IA desde Silicon Valley. Debe leerla desde sus desigualdades, juventudes, democracias frágiles, sistemas educativos, informalidad laboral, migraciones y comunidades de fe.
Sexto, porque la encíclica permite una conversación ecuménica real. No exige negar diferencias doctrinales. Invita a discernir juntos un desafío común.
Séptimo, porque la Biblia misma nos obliga a preguntar por los frutos del poder. ¿Produce justicia? ¿Cuida al vulnerable? ¿Sirve a la verdad? ¿Protege la vida? ¿Humaniza el trabajo? ¿Fortalece la comunión? ¿O construye otra Babel?
Una lectura protestante posible
Una lectura protestante de Magnifica humanitas no tiene que empezar por la autoridad papal. Puede empezar por la Escritura.
Desde Génesis, el ser humano aparece creado a imagen de Dios, llamado a cultivar y guardar la creación. Desde Éxodo, Dios se revela como quien escucha el clamor de los oprimidos frente a sistemas de explotación. Desde los profetas, la verdadera adoración no puede separarse de la justicia. Desde los evangelios, Jesús toca cuerpos, restaura vínculos, dignifica excluidos y denuncia poderes religiosos y políticos que aplastan la vida. Desde Pablo, la comunidad cristiana es cuerpo, no plataforma; comunión, no algoritmo; diversidad reconciliada, no uniformidad impuesta.
Leída desde ahí, la encíclica no es una rareza católica. Es una contribución cristiana a una conversación urgente.
No todos los evangélicos y protestantes compartirán todas sus formulaciones. Es normal. Pero sería pobre descartarla por venir de Roma. La madurez ecuménica también consiste en recibir, discernir, retener lo bueno y dialogar con honestidad.
No estamos ante el futuro, sino ante el presente
Una de las trampas de la conversación sobre IA es hablar como si todo perteneciera al mañana. Pero la IA ya está aquí. En los buscadores, teléfonos, bancos, escuelas, oficinas, iglesias, redes sociales, campañas políticas, sistemas de seguridad, diagnósticos médicos, publicidad, traducciones, selección de personal y producción de contenidos.
Por eso Magnifica humanitas no es un texto para especialistas. Es una invitación a recuperar una pregunta cristiana básica: ¿qué estamos haciendo con el poder que hemos recibido?
La torre de Babel no se construyó de golpe. Se levantó ladrillo a ladrillo. Tampoco Jerusalén fue reconstruida en un instante. Se levantó tramo a tramo, con oración, discernimiento, trabajo y responsabilidad compartida.
La inteligencia artificial será lo que nuestras sociedades, gobiernos, empresas, comunidades, iglesias, universidades y familias permitan que sea. Puede servir a la vida. Puede acelerar la injusticia. Puede ayudar a cuidar. Puede aprender a descartar. Puede abrir oportunidades. Puede profundizar desigualdades. Puede apoyar la búsqueda de la verdad. Puede inundar el mundo de falsedad.
La pregunta cristiana no es si la IA puede hacer muchas cosas. Claro que puede. La pregunta es si nosotros seguiremos siendo suficientemente humanos para ponerla al servicio de la vida.
Y ahí, católicos, evangélicos y protestantes tenemos más en común de lo que a veces queremos admitir.

