“Busco un espíritu bondadoso al lidiar con las injusticias en el mundo. No confundo esto con la debilidad, ni con el miedo, ni con la cobardía, ni con el sentimentalismo. Debo comprender claramente la maldad del mal y reconocerla tal y como es: cruda, brutal, aterradora. Debo oponerme a eso, poner todo el peso de las fuerzas que poseo en su contra. Al mismo tiempo, no puedo eludir el hecho de que todo juicio es un juicio sobre uno mismo, que incluso mientras me resisto al mal comparto la culpa del mal. Es este sentido de compartir la culpa del mal lo que debería inspirar el espíritu misericordioso al enfrentarme a la injusticia. No quiero admitir, ni siquiera ante Dios, la necesidad de este espíritu. Temo que me haga blando y débil. Es desde lo más profundo de mis propias imperfecciones que me atrevo a buscar el espíritu misericordioso mientras espero en la presencia de Dios este día”.1 — Howard Thurman
Pocas veces aparece en los informes oficiales de la historia la gran riqueza que brota de las comunidades heridas. Son las narrativas de quienes han aprendido a vivir con poco, a hacer chistes de su desgracia o cantos de su cansancio, a criar hijos bajo amenaza, a orar con el cuerpo entero y a sostener la dignidad a expensas de su propia vida. Esa riqueza pertenece a los desheredados. La labor más conocida de Howard Thurman consistió en escuchar el alma de estos.
Después de una primera entrega de esta serie, en la que contemplamos la infancia y la temprana juventud de Thurman, su relación con la naturaleza, su abuela y las heridas de la religión, este segundo movimiento nos lleva al corazón de una de sus preguntas más decisivas: ¿qué ocurre dentro de quienes viven con la espalda contra la pared?
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Para 1923, en su natal Daytona Beach, Thurman fue ordenado como pastor bautista por su iglesia y, durante su último año de estudios, fue invitado a pastorear la Iglesia Bautista Mount Zion en Oberlin, Ohio. En junio de 1926, pocos días después de casarse con Kate Kelley, llegó allí como pastor principal, en lo que sería su primer llamado oficial para el ministerio cristiano. En el otoño de 1928, fue contratado por su alma máter, Morehouse, como profesor de religión. En 1929, llegó al Haverford College con una beca para estudiar durante seis meses con una de las figuras clave del misticismo cuáquero del siglo XX, Rufus Jones.
En diciembre de 1930, su esposa, Katie Kelley, falleció de tuberculosis, enfermedad que había comenzado a padecer unos años antes. En el verano de 1931, viajó a Londres, Escocia, París y Génova para descansar y renovarse. Continuó su largo viaje predicando y dando conferencias en diversas universidades e iglesias del suroeste de Estados Unidos, y en junio de 1932 se casó con Sue Bailey, una de las líderes juveniles nacionales de la Asociación Cristiana Femenina Mundial (YWCA, por sus siglas en inglés).
En 1935, Howard y Sue realizaron una importante peregrinación por Birmania, Ceilán —actual Sri Lanka— y la India, durante la cual conocieron a Rabindranath Tagore y a Mahatma Gandhi. Estos encuentros, junto con sus reflexiones personales sobre los viajes, influyeron profundamente en su pensamiento. Una de las frases que más impactó a Thurman y, a través de él, a toda una generación que luchó por los derechos civiles en los Estados Unidos, fue la que Gandhi le dijo: «Quizás sea a través de los negros como el auténtico mensaje de la no violencia se transmita al mundo» (Thurman, 1979, p. 21).
Esta visita y sus reflexiones sobre la injusticia lo llevaron a escribir su conocido libro Jesús y los desheredados (1949). En él, Thurman se acerca a Jesús desde la experiencia de quienes viven bajo poderes dominantes. Mira la realidad concreta de los pobres, los oprimidos, los racialmente despreciados, los que cargan sobre su cuerpo y su espíritu el peso de sistemas que organizan la vida bajo la fórmula de “unos contra otros”.
La expresión “los desheredados” tiene una fuerza espiritual muy particular en Thurman. No cabe del todo en etiquetas como “los de clase baja”, “los pobres”, “los desplazados” o “los de esta u otra raza”. Habla de personas a quienes se les ha arrebatado una herencia de dignidad intrínseca, de pertenencia. Para Thurman, ese despojo se manifiesta en leyes, costumbres, instituciones y violencias visibles.
En ese punto, el líder afroamericano inquiere por el alma del oprimido. En su lectura, el ser humano socialmente desfavorecido recibe constantemente una respuesta negativa a preguntas fundamentales para su salud interior: “¿Quién soy? ¿Qué soy?”. Esa pregunta atraviesa toda experiencia humana de marginación. Cuando una sociedad responde durante años que una persona vale menos, pertenece menos, merece menos y puede esperar menos, la injusticia hace nido en las emociones y en la voluntad. La dominación busca habitar la conciencia.
Para Thurman hay tres fuerzas que persiguen a los desheredados: el miedo, el engaño y el odio, impulsos que actúan como verdaderos “sabuesos del infierno”. Persiguen sin descanso a quienes ya viven bajo cargas económicas, raciales o sociales. Son fuerzas que buscan devorar el espíritu humano desde dentro: el miedo que encorva a la gente que debe andar erguida; el engaño que quiere suplantar la sinceridad y lo genuino; y el odio, que busca protegernos de la desintegración moral y termina endureciendo el alma y convirtiéndonos en revanchistas amargos.
¿Y dónde está Jesús en todo esto? Thurman dice que Jesús está en ese mismo territorio. Él es uno de los pobres de la tierra, miembro de un pueblo sometido, parte de una minoría bajo dominio político, social y económico. Desde esa ubicación histórica, la pregunta que nace de Jesús es: ¿cómo vivirás bajo dominio sin entregar el alma al miedo? ¿Cómo serás genuino en medio de sistemas que premian la falsedad? ¿Cómo resistirás la violencia sin permitir que el odio se adueñe del corazón? ¿Cómo cultivarás la esperanza y el gozo en medio de esas circunstancias?
La respuesta de Jesús es el amor. El mensaje y la religión de Jesús se basan en una ética centrada en el amor, y el primer paso es compartir la sensación de que ambos, opresores y desheredados, valemos lo mismo.
Esta lectura de Jesús halla su propio eco en la teología latinoamericana que emerge en las décadas posteriores a la redacción de Thurman. Nuestros pueblos, víctimas de violencia, desplazamientos, esclavitud y toda clase de heridas coloniales, conocen bien a estos sabuesos del infierno. Hemos aprendido a vivir bajo el miedo, rodeados de engaños y convidados al odio, pero, como Thurman enseña, la respuesta cristiana nace de una recuperación radical: somos hijos e hijas amados de Dios, tenemos valor, y el amor comienza con el reconocimiento compartido de la dignidad. Entonces, quienes hemos vivido con la espalda contra la pared, ¿cómo vamos a responder en amor?
Aquí está la riqueza de los desheredados. Si bien la opresión hiere, agota y deforma, la presencia de Dios en el centro del alma, en quienes siguen a Jesús, despierta una autoridad interior capaz de transformar el miedo en valor, el cansancio en resistencia y el odio en una fuerza no violenta de solidaridad, reconciliación y amor. Y esto nos hace ricos, nos devuelve a nuestra verdadera herencia.
Referencias
Thurman, H. (1949). Jesus and the disinherited. Abingdon Press.
Thurman, H. (1979). With head and heart: The autobiography of Howard Thurman. Harcourt Brace Jovanovich.
- Howard Thurman, Meditations of the Heart (Boston: Beacon Press, 1981), 170. Traducción por el autor
del artículo. ↩︎
ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:
Un sueño en el corazón: Howard Thurman y el sentido de una vida fecunda
Ricos desheredados: Howard Thurman, intérprete de la realidad de su tiempo

