“Mientras un hombre tenga un sueño en su corazón, no puede perder el sentido de la vida”. – Howard Thurman
Dice Parker Palmer, en su clásico Deja que tu vida hable, que “el alma es como un animal salvaje: fuerte, resistente, astuto, autosuficiente y, sin embargo, desmesuradamente tímido. Si se quiere ver a un animal salvaje, lo último que hay que hacer es ir andando ruidosamente por la selva, gritando para que la fiera salga de su escondite. Pero si estamos dispuestos a andar sigilosamente y sentarnos, callados, una o dos horas junto al tronco de un árbol, es posible que salga el animal que esperamos y por el rabillo del ojo podamos ver su hermoso estado salvaje”.
Hay vidas que comienzan en medio de la selva de los tiempos, en lo salvaje de las sinrazones de la humanidad. Y para contemplarlas y extasiarnos con la belleza de sus historias, necesitamos la quietud de la contemplación y la reflexión. La vida de Howard Washington Thurman (1899-1981) pertenece a ese territorio. Pastor de tradición bautista, teólogo, profesor y místico cristiano, Thurman fue formado desde niño en un mundo en el que la dignidad de las personas negras era negada sistemáticamente. Su historia comenzó en el sur segregado de los Estados Unidos, a principios del siglo XX, pocas décadas después de la abolición de la esclavitud. Nieto de personas esclavizadas, creció en Daytona Beach, Florida, bajo las leyes de Jim Crow, en un ambiente social que restringía el acceso digno a la educación, al transporte, a la vivienda y a los espacios públicos.
Hablar de Thurman exige entrar despacio en ese salvaje espacio. Antes de sus libros, de su influencia en los líderes del movimiento de derechos civiles, de su encuentro con Gandhi y de su lugar en la historia religiosa de los Estados Unidos, es necesario mencionar la infancia de un niño introvertido que disfrutaba de la soledad en las tardes tempestuosas frente al océano Atlántico o bajo un gran árbol en el patio de su casa. Un pequeño que aprendió a resistir sin perder la calidez del corazón.
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Su padre, Saul Solomon Thurman, murió cuando Howard tenía apenas siete años, y la herida de esa pérdida quedó unida a una experiencia religiosa profundamente dolorosa. Varios ministros se negaron a oficiar el funeral porque su padre no era miembro regular de la iglesia. La familia finalmente encontró a un predicador itinerante, quien, de paso, usó el sermón para condenar al padre de Thurman por su falta de asistencia a los servicios regulares. Esa escena marcó al pequeño Thurman, quien decidió que, cuando fuera adulto, no tendría nada que ver con la iglesia.
Tras la muerte de su padre, su abuela materna, Nancy Ambrose, se mudó a vivir con la familia y su presencia fue decisiva. En ella, Thurman encontró una profunda sabiduría espiritual y una figura de autoridad moral y cuidado. Y también estaba la naturaleza. La cercanía del océano, las caminatas en silencio frente a un árbol, la brisa de la noche y eventos como las estaciones o incluso el paso del cometa Halley. Todo esto fue formando en Thurman una percepción grandiosa e inextinguible de la presencia de Dios. La creación se convirtió en parte de su lenguaje espiritual, y Dios, desde la hondura de la vida y en todo su misterio, rodeaba a este niño y le ofrecía una forma de pertenencia más profunda que la que podía recibir de las estructuras sociales de su tiempo.
La comunidad bautista Mount Bethel fue la iglesia de su infancia. Ahí, a los doce años, hizo profesión de fe en un servicio de avivamiento para niños. En 1913, en otra experiencia desfavorable con el sistema eclesiástico, fue convocado a una entrevista previa al bautismo. Lo enviaron de vuelta a casa sin aceptarlo porque no fue capaz de dar las respuestas correctas que el comité esperaba. Su influyente abuela tuvo que intervenir para garantizar que lo bautizaran, y Thurman relata este episodio en su autobiografía:
«Me examinaron y respondí a sus preguntas. Cuando terminaron, el presidente me preguntó: “Howard, ¿por qué te presentas ante nosotros?”. Yo respondí: “Quiero ser cristiano”. Entonces el presidente dijo: “Pero debes presentarte ante nosotros después de haberte convertido y de haberte hecho ya cristiano. Vuelve cuando puedas contarnos tu conversión”. Me fui directamente a casa y le dije a mi abuela que los diáconos se habían negado a admitirme en la iglesia. Ella me tomó de la mano —todavía puedo verla balanceándose a mi lado— y juntos volvimos a la reunión, llegando antes de que levantaran la sesión. Dirigiéndose a Mose Wright, que era el presidente, le dijo: “¿Cómo te atreves a rechazar a este chico? Es cristiano y lo era mucho antes de venir aquí hoy. Quizá no entendisteis sus palabras, pero qué vergüenza si no conocéis su corazón. ¡Acepten a este joven en la iglesia ahora mismo, antes de que termine esta reunión!”. Y así lo hicieron. Me bautizaron en el río Halifax». (Thurman, 1979, p. 18)
Con el apoyo de su madre, sus familiares, la comunidad religiosa y la labor de una pionera de la integración racial, Mary McLeod Bethune, Thurman destacó en sus estudios de secundaria y se convirtió en el primer graduado negro de octavo curso en la historia de su ciudad. Dada la falta de oportunidades educativas en la zona y en medio de muchos desafíos económicos, el joven Thurman se trasladó a la ciudad de Jacksonville para cursar estudios superiores y allí, en 1919, se graduó como el mejor alumno del Florida Normal and Industrial Institute.
Su excelente rendimiento como estudiante le valió una beca para estudiar en el prestigioso Morehouse College de Atlanta, una institución de gran importancia para la comunidad negra en los Estados Unidos. Thurman destacó en sus estudios y en las actividades extracurriculares, fue editor del primer anuario de la universidad y recibió una beca de Morehouse para el estudiante con el mejor expediente de la promoción de primer año.
Aquí aparece una enseñanza importante que la vida de Thurman nos ofrece: el propósito y la presencia de Dios pueden encontrarse aun en los lugares más oscuros y heridos de la historia. A la vez que los sistemas injustos son realidades históricas que deben enfrentarse, en la interioridad descubrimos que existe un centro sagrado que ninguna fuerza externa puede destruir por completo. Persistir en esa Presencia y desde allí cultivar la libertad espiritual es el centro que hace posible resistir al odio, actuar con valentía y amar con una dignidad invencible ante las fuerzas que buscan deshumanizar.
La vida de Thurman conduce de regreso al centro, a la importancia de la experiencia del encuentro con Dios. La callada y fecunda vida de este líder cristiano muestra que la formación del liderazgo comienza mucho antes de que se prendan las luces del escenario público. Inicia en el silencio del alma, donde se entrena la capacidad de escuchar a Dios y de reconocer la propia dignidad cuando otros la niegan.
Así, la primera entrega de esta serie de artículos comienza en el niño Thurman lleno de sueños silentes frente al océano, en una abuela que custodia una fe profunda, en el dolor de heridas religiosas que despiertan preguntas, en las segregaciones que amenazan la vida, y en una Presencia, un centro que sostiene desde dentro. Desde ese lugar, no perdemos el sentido de la vida porque los márgenes son escuelas espirituales.
Allí, donde la historia parece oscurecerse, hacerse selva, Dios sigue llamando por nombre, formándonos desde adentro para descubrir el alma como un precioso animal salvaje que contemplar. Entonces, en palabras de Thurman: “Mantén vivo el sueño; pues mientras un hombre tenga un sueño en su corazón, no puede perder el sentido de la vida”.
Referencias
Ortiz, R. N. (2025). Howard Thurman’s Mystical Theology as a Framework for Latino Leadership Formation from the Margins. IBTS Amsterdam.
Palmer, P. J. (2017). Deja que tu vida hable: Escucha la voz de tu vocación (R. Filella Escolá, Trad.). Sirio. Obra original publicada en 1999.
Thurman, H. (1979). With head and heart: The autobiography of Howard Thurman. Harcourt Brace Jovanovich.

