Encontrar a Dios en lo cotidiano puede sonar demasiado simple para quienes han aprendido a imaginar la espiritualidad como una experiencia elevada, silenciosa, casi apartada de la vida real. Pero ahí está precisamente la fuerza del Hermano Lorenzo: su camino espiritual no nació en una cátedra, ni en una biblioteca, ni en una celda de aislamiento, sino entre ollas, encargos, cansancio físico, trabajos repetidos y conversaciones sencillas.
El Hermano Lorenzo de la Resurrección nació como Nicolas Herman, en Lorena, Francia, hacia 1614. Fue soldado, sirviente y, más tarde, hermano lego carmelita descalzo en París. Entró al Carmelo en 1640, recibió el nombre religioso de Lorenzo de la Resurrección y pasó buena parte de su vida trabajando en la cocina del monasterio; en sus últimos años, por problemas de salud, fue destinado a reparar sandalias. Murió el 12 de febrero de 1691. Su influencia no vino de grandes tratados escritos por él, sino de sus conversaciones, cartas y máximas espirituales, reunidas después de su muerte por Joseph de Beaufort en el libro que conocemos como La práctica de la presencia de Dios.

La práctica de la presencia de Dios
La práctica de la presencia de Dios, del Hermano Lorenzo, es un clásico de la espiritualidad cristiana sobre vivir cada momento en comunión consciente con Dios. Desde la sencillez de las tareas cotidianas, el autor muestra que la cocina, el trabajo y la oración pueden convertirse en un mismo acto de amor, alabanza y adoración. Es una obra breve y profunda para quienes desean descubrir a Dios no lejos de la vida diaria, sino en el corazón mismo de ella.
La fuente más conocida de su espiritualidad es precisamente esa pequeña obra: The Practice of the Presence of God —en español, La práctica de la presencia de Dios—, compuesta por conversaciones, cartas y máximas. La edición de Project Gutenberg la presenta como una recopilación de conversaciones y cartas vinculadas a Nicolas Herman, “Brother Lawrence”, mientras que los Carmelitas de Boston señalan que sus máximas y cartas fueron recogidas y editadas después de su muerte. También recomiendan la edición crítica en inglés Writings and Conversations On The Practice of the Presence of God, traducida por Salvatore Sciurba, OCD, publicada por ICS Publications.
Su propuesta no fue “hacer más cosas religiosas”, sino aprender a vivir toda la vida ante Dios. No separaba radicalmente la oración del trabajo, ni la cocina de la capilla, ni los quehaceres humildes de la vida espiritual. Para él, la presencia de Dios podía ser buscada en medio de las ocupaciones ordinarias, no a pesar de ellas.
1. Convertir las tareas ordinarias en lugar de encuentro
El Hermano Lorenzo no encontró a Dios huyendo de la cocina, sino aprendiendo a estar con Dios en ella. Esto es decisivo. Su espiritualidad no desprecia lo cotidiano; lo toma en serio. Lavar platos, preparar alimentos, ordenar una habitación, caminar hacia el trabajo, responder mensajes, esperar en una fila o cuidar de alguien también pueden convertirse en espacios de atención espiritual.
Esto no significa romantizar el cansancio ni fingir que toda tarea es agradable. Hay trabajos pesados, rutinas injustas, jornadas agotadoras y responsabilidades que drenan el alma. La clave del Hermano Lorenzo no está en negar esa realidad, sino en abrir dentro de ella una pequeña grieta de presencia: “Señor, también aquí estoy contigo”.
La vida espiritual no comienza cuando todo queda en silencio. Muchas veces comienza cuando dejamos de dividir la vida entre momentos “sagrados” y momentos “perdidos”. Para el Hermano Lorenzo, el tiempo de la acción podía ser también tiempo de oración. La tradición carmelita resume bien su intuición: no se trata de apartar la atención de la acción, sino de convertir las acciones mismas en oración.
Una práctica concreta: antes de iniciar una tarea repetida, detenerse unos segundos y decir interiormente: “Esto también puede ser hecho en tu presencia”. No cambia mágicamente la tarea, pero cambia la manera de habitarla.
2. Hablar con Dios de manera sencilla durante el día
La espiritualidad del Hermano Lorenzo tiene algo profundamente liberador: no exige un lenguaje sofisticado. No pide fórmulas complejas, largos discursos ni una técnica reservada para iniciados. Propone conversar con Dios de manera humilde, constante y amorosa.
Los Carmelitas de Boston explican esta práctica como un hábito de “estar con Dios”, hablando con Él en todo momento, especialmente en tiempos de tentación, sufrimiento, sequedad, cansancio e incluso pecado. Esta descripción es importante porque baja la espiritualidad del pedestal. No se practica la presencia de Dios solo cuando uno se siente bien, puro, inspirado o estable. También se practica cuando la mente está dispersa, cuando el cuerpo está cansado, cuando el ánimo no acompaña.
En la vida cotidiana, esto puede tomar formas muy simples: una frase breve al despertar, una oración mientras se camina, una palabra de gratitud antes de comer, una súplica silenciosa antes de una reunión difícil, una confesión honesta después de responder mal, una pausa para respirar antes de caer en la ansiedad.
No todo diálogo con Dios tiene que parecer liturgia. A veces basta una frase desnuda: “Ayúdame”. “Estoy aquí”. “No sé cómo hacerlo”. “Gracias”. “No me sueltes”.
La oración, en este sentido, deja de ser solo una actividad programada y se convierte en una relación sostenida.
3. Volver a Dios cada vez que uno se distrae
Uno de los errores más comunes en la vida espiritual es creer que la distracción anula la oración. Si me distraigo, fallé. Si pierdo la concentración, ya no estoy orando. Si paso horas sin pensar en Dios, entonces no tengo vida espiritual.
El Hermano Lorenzo ofrece una pedagogía más humana. La presencia de Dios se aprende por repetición, no por perfección. Se vuelve a Dios una y otra vez. Con torpeza, con paciencia, sin dramatizar cada caída de atención. La tradición carmelita describe esta práctica como traer frecuentemente la mente de regreso a la presencia de Dios hasta que se forme un hábito.
Esto es muy actual. Vivimos con la atención fragmentada: notificaciones, mensajes, pantallas, urgencias, trabajo, noticias, responsabilidades familiares. Pretender una concentración continua puede volverse una carga más. Pero volver, aunque sea por segundos, ya es una forma de fidelidad.
El punto no es vivir en tensión religiosa permanente. El punto es entrenar el corazón para regresar. Como quien vuelve a mirar a una persona amada en medio de una sala llena de ruido. Como quien recuerda que no está solo.
Una práctica concreta: elegir momentos del día como “puertas de retorno”: al tomar agua, al abrir el computador, al entrar al auto, al lavarse las manos, al cerrar una puerta. Cada gesto puede convertirse en una señal: volver a Dios, aunque sea brevemente.
4. Hacer las cosas pequeñas con amor
La espiritualidad del Hermano Lorenzo no mide la grandeza por la visibilidad de la tarea. Una acción mínima puede tener densidad espiritual si está orientada por el amor. Esa es una de sus intuiciones más potentes: no todo lo importante se ve grande.
Esto confronta una espiritualidad atrapada por la productividad, el impacto y la visibilidad. También dentro de la iglesia hemos aprendido a valorar más lo que se anuncia, se publica, se mide o se aplaude. Pero la vida cristiana no ocurre solo en plataformas, púlpitos, reuniones y eventos. Ocurre también en gestos que nadie registra: preparar comida, cuidar a un enfermo, escuchar sin prisa, limpiar lo que otros ensuciaron, sostener una conversación difícil, hacer bien un trabajo que nadie verá.
El Hermano Lorenzo fue conocido por su paz y por la sabiduría que transmitía a quienes lo buscaban, aunque ocupaba un lugar humilde dentro del monasterio. Su autoridad espiritual no dependía de un cargo alto, sino de una vida unificada por la presencia de Dios.
Esto no significa conformarse con estructuras que invisibilizan o explotan. Hay una diferencia entre amar en lo pequeño y justificar que otros carguen siempre con lo pequeño. La espiritualidad cotidiana no debe volverse anestesia social. Pero sí nos enseña algo: ninguna tarea hecha con amor está fuera del alcance de Dios.
Una práctica concreta: escoger una tarea menor del día y realizarla deliberadamente como acto de amor. No para sentirse superior. No para acumular mérito espiritual. Solo para recordar que el amor también se encarna en lo mínimo.
5. Dejar de separar oración y vida
Tal vez esta sea la gran herencia del Hermano Lorenzo: dejar de imaginar la oración como un compartimento aislado. Para él, la vida con Dios no ocurría solo en los momentos formalmente religiosos. Se podía estar con Dios en la capilla, sí, pero también en el trabajo, en la cocina, entre interrupciones, demandas y cansancio.
Los Carmelitas de Boston recogen una de las ideas más conocidas de sus cartas: no es necesario estar siempre en la iglesia para estar con Dios; el corazón puede convertirse en un oratorio donde la persona conversa con Él de manera humilde y amorosa.
Esto no elimina la importancia de la oración formal, la liturgia, la lectura bíblica o el silencio. Sería una mala lectura del Hermano Lorenzo usarlo como excusa para abandonar toda disciplina espiritual. Más bien, su aporte consiste en ensanchar la oración. La oración no termina cuando termina el devocional. La presencia de Dios no queda encerrada en el templo. La vida entera puede ser educada para la comunión.
Aquí hay una palabra necesaria para nuestro tiempo: no todos pueden retirarse, hacer largas pausas, asistir a retiros o construir una rutina espiritual ideal. Hay madres y padres criando hijos, personas con dos trabajos, cuidadores agotados, jóvenes ansiosos, trabajadores precarizados, pastores saturados, adultos mayores solos. El Hermano Lorenzo no ofrece una espiritualidad de lujo. Ofrece una práctica posible: volver el corazón hacia Dios en medio de lo que hay.
No es poco.
Encontrar a Dios donde ya estamos
El Hermano Lorenzo no nos entrega una espiritualidad espectacular. Nos entrega algo más difícil y más necesario: una espiritualidad habitable. Una forma de buscar a Dios sin abandonar la vida concreta. Una manera de orar que cabe en la cocina, en el transporte público, en el escritorio, en el mercado, en la sala de espera, en el cuidado de los hijos, en el cansancio de la tarde.
Su vida nos ayuda a corregir una sospecha muy extendida: que Dios está siempre en otra parte. En otro lugar, en otro estado emocional, en otra etapa de la vida, en otra versión más ordenada de nosotros mismos.
El Hermano Lorenzo diría, con su propia vida, que Dios puede ser encontrado aquí. No cuando todo esté resuelto. No cuando seamos más contemplativos. No cuando tengamos una rutina perfecta. Aquí: en la tarea que toca hacer, en la conversación pendiente, en la mesa que hay que limpiar, en el trabajo que espera, en la respiración que todavía sostiene el cuerpo.
La presencia de Dios no vuelve fácil la vida. Pero la vuelve acompañada.
Y eso, para muchos de nosotros, ya sería una forma concreta de salvación cotidiana.
Fuentes:
Hermano Lorenzo. La práctica de la presencia de Dios. Whitaker House.
Brother Lawrence of the Resurrection. Writings and Conversations on the Practice of the Presence of God. Critical edition by Conrad De Meester. Translated by Salvatore Sciurba. Washington, DC: ICS Publications, 1994.
Carmelites of Boston. “Brother Lawrence of the Resurrection” y “The Practice of the Presence of God.”
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