5 ideas para vivir la devoción sin huir del mundo

Francisco de Sales escribiendo, rodeado de escenas de oración, trabajo, servicio y vida cotidiana inspiradas en su espiritualidad cristiana.

Durante siglos, la vida espiritual cristiana estuvo asociada con frecuencia a monasterios, conventos, largos tiempos de oración y formas de vida apartadas de las ocupaciones ordinarias. Francisco de Sales quiso hablar precisamente a quienes no podían abandonar la ciudad, la familia, el trabajo o sus responsabilidades para dedicarse a una vida contemplativa.

A comienzos del siglo XVII escribió Introducción a la vida devota pensando en personas que vivían, como él mismo explicó, «en las ciudades, en las familias, en la corte» y que, por su condición, convivían diariamente con otras personas. Su propósito era mostrar que la devoción cristiana también podía cultivarse allí.

Francisco consideraba un error expulsar la vida devota del taller, de la casa, de las responsabilidades públicas o de cualquier profesión legítima. Cada persona debía vivirla de acuerdo con su vocación y sus circunstancias.

Más de cuatro siglos después, esa intuición conserva su vigencia. Todavía podemos imaginar la espiritualidad como algo que comienza cuando conseguimos silencio, cerramos una puerta, entramos a una iglesia o dejamos momentáneamente nuestras obligaciones. Francisco de Sales propone algo más amplio: aprender a amar a Dios dentro de la vida que efectivamente tenemos.

Estas cinco ideas pueden ayudarnos.

Portada del libro

Tratado del amor de Dios

Tratado del Amor de Dios (1616), de Francisco de Sales, es un clásico de la espiritualidad cristiana que ofrece una visión amplia de la vida espiritual y del camino para crecer en el amor y servicio a Dios. Con consejos prácticos y una mirada profundamente pastoral, presenta la vida cotidiana como una sucesión de actos de amor ofrecidos a Dios y orientados hacia una relación más profunda con él.

1. Deja de esperar otra vida para comenzar tu vida espiritual

Una de las convicciones centrales de Francisco de Sales aparece casi al comienzo de Introducción a la vida devota: la devoción debe adoptar una forma distinta según la vocación, las capacidades y las responsabilidades de cada persona.

Utiliza una imagen sencilla. Así como cada árbol produce su fruto según su especie, cada cristiano está llamado a producir frutos espirituales desde su propia vida. La espiritualidad de una persona casada no será idéntica a la de alguien que vive en un monasterio; la de quien trabaja diez horas al día tampoco podrá organizarse como la de quien dispone de amplios períodos de silencio.

El problema comienza cuando pensamos que nuestra verdadera vida espiritual ocurrirá algún día: cuando tengamos menos trabajo, los hijos crezcan, termine una etapa difícil, podamos levantarnos más temprano o encontremos finalmente la rutina perfecta.

Ese día puede no llegar.

Francisco invita a formular otra pregunta: ¿cómo puedo amar a Dios desde la vida que tengo ahora?

Tal vez tu espiritualidad tendrá que convivir con reuniones, transporte público, tareas domésticas, correos electrónicos, personas que requieren tu atención y jornadas que rara vez salen como fueron planificadas.

Eso no la convierte en una espiritualidad inferior. Es el terreno donde te corresponde vivirla.

La oración seguirá siendo importante. También el silencio, la lectura de las Escrituras, la comunidad cristiana y otros ejercicios espirituales. Pero ninguno de ellos debería hacernos despreciar la vida ordinaria como si fuera una interrupción de nuestra relación con Dios.

Práctica: al comenzar el día, identifica una responsabilidad concreta que normalmente consideras una carga —trabajo, cuidado de alguien, una tarea doméstica, un trámite— y pregúntate cómo podrías realizarla hoy con atención, amor y generosidad.

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2. Aprende a reconocer a Dios en las cosas pequeñas

Tenemos cierta fascinación por los grandes momentos espirituales: decisiones trascendentales, experiencias intensas de oración, retiros, conversiones, llamados extraordinarios.

Francisco de Sales desconfiaba de una espiritualidad demasiado pendiente de lo excepcional.

En el capítulo 35 de la tercera parte de Introducción a la vida devota, dedicado a la fidelidad en las cosas grandes y pequeñas, señala que las grandes oportunidades para servir a Dios son poco frecuentes, mientras que las pequeñas aparecen todos los días.

Su lista resulta sorprendentemente doméstica: pequeñas molestias, contratiempos familiares, objetos que se rompen, dificultades cotidianas, responsabilidades sencillas. Incluso presenta a Catalina de Siena trabajando en la cocina como ejemplo de una vida orientada hacia Dios mientras realiza tareas aparentemente insignificantes.

Preparar comida para alguien, responder con paciencia, cumplir una promesa, escuchar cuando preferiríamos mirar el teléfono, hacer bien nuestro trabajo, lavar los platos, pedir perdón, cuidar un cuerpo cansado o tratar con dignidad a quien presta un servicio pueden ser lugares de formación espiritual.

Buena parte de la vida cristiana se juega allí.

Podemos imaginar que amaríamos heroicamente a Dios si alguna vez enfrentáramos una situación extraordinaria y, al mismo tiempo, fracasar una y otra vez en las pequeñas oportunidades de amar que tenemos delante.

Francisco invierte esa lógica. La fidelidad cotidiana va formando el corazón.

La espiritualidad deja así de medirse solamente por lo que sentimos durante la oración. También se hace visible en la manera en que vivimos después de ella.

Práctica: al terminar el día, recuerda tres momentos pequeños que normalmente pasarían inadvertidos. Pregúntate en cuál de ellos pudiste amar mejor y en cuál podrías haber respondido de otra manera.

3. Busca momentos de silencio, pero vuelve siempre a la gente

Vivir la espiritualidad dentro del mundo tampoco significa permanecer ocupados todo el tiempo.

Francisco de Sales conocía el valor del retiro. Recomienda encontrar momentos para recogerse, leer, pensar y recuperar interiormente el corazón. Pero en el capítulo dedicado a la sociedad y la soledad mantiene un equilibrio: considera equivocadas tanto la búsqueda compulsiva de compañía como la huida sistemática de los demás.

Podríamos decirlo de esta manera: aprende a estar solo sin aislarte; aprende a estar con otros sin perder tu interioridad.

Ese equilibrio resulta especialmente pertinente en una vida atravesada por pantallas.

Podemos pasar buena parte del día conectados y disponer, sin embargo, de muy poco silencio real. Notificaciones, mensajes, noticias, videos y conversaciones ocupan casi cualquier espacio vacío. Recuperar momentos de quietud puede ser una práctica espiritual importante.

También existe el movimiento contrario: usar la espiritualidad como refugio frente a personas difíciles, conflictos comunitarios o responsabilidades sociales.

Jesús buscaba lugares apartados para orar y después regresaba a los caminos, las aldeas, las mesas y las multitudes.

La oración cristiana conserva ese movimiento: entramos al silencio para escuchar y regresamos a la vida compartida para amar.

Francisco de Sales quería una interioridad capaz de mantenerse incluso «en medio de la mayor multitud». Esa aspiración resulta valiosa para nuestro tiempo: conservar un espacio interior donde podamos volver a Dios sin necesitar escapar permanentemente de la realidad.

Práctica: reserva diez minutos diarios sin pantalla, música ni conversación. No intentes producir ninguna experiencia especial. Permanece delante de Dios y vuelve después conscientemente a tus responsabilidades y relaciones.

4. Trabaja con responsabilidad, pero no conviertas la ansiedad en virtud

Uno de los consejos más actuales de Francisco de Sales aparece en el capítulo 10 de la tercera parte de Introducción a la vida devota: debemos ocuparnos diligentemente de nuestros asuntos, pero sin caer en agitación y ansiedad.

Francisco distingue entre cuidado y preocupación ansiosa. Considera bueno prestar atención a las responsabilidades y realizar con seriedad el trabajo que nos corresponde. Lo que cuestiona es la inquietud interior que termina dominando la mente y dificultando precisamente aquello que queremos hacer bien.

Cuatro siglos después vivimos dentro de una cultura que premia la velocidad.

Respondemos mensajes mientras hacemos otra cosa, convertimos el descanso en culpa, llenamos cada espacio de productividad y terminamos confundiendo agotamiento con responsabilidad.

Francisco ofrece otra posibilidad: diligencia sin agitación.

Trabajar bien sin entregar nuestra identidad al rendimiento. Preparar seriamente una tarea sin creer que todo depende de nosotros. Reconocer nuestros límites. Detenernos. Pedir ayuda. Aceptar que una vida fiel también necesita ritmos humanos.

La confianza en Dios no elimina la responsabilidad; la libera de la pretensión de controlarlo todo.

Esta perspectiva tampoco debería usarse para romantizar el estrés ni para ignorar condiciones laborales injustas que producen agotamiento. Algunas cargas no se resuelven con mejores hábitos espirituales. Requieren cambios reales en las condiciones en que las personas viven y trabajan.

Pero dentro de aquello que sí nos corresponde hacer, vale la pena distinguir qué pertenece a la responsabilidad y qué pertenece al miedo.

Práctica: cuando sientas que muchas tareas compiten por tu atención, detente un minuto. Elige una sola. Hazla con toda la atención disponible y, durante ese tiempo, renuncia a resolver mentalmente las demás.

5. Mide tu devoción por la manera en que tratas a las personas

Francisco de Sales comienza Introducción a la vida devota desmontando varias caricaturas religiosas.

Describe a quien ayuna, pero conserva amargura en el corazón; a quien repite muchas oraciones, pero utiliza palabras hirientes; a quien entrega dinero a los pobres, pero se niega a perdonar; y a quien perdona ciertas ofensas mientras descuida obligaciones elementales de justicia. Esas prácticas, por religiosas que parezcan, no bastan para hablar de verdadera devoción.

Para Francisco, la devoción nace del amor de Dios y hace que ese amor se vuelva activo, disponible y diligente.

Esto obliga a mirar la espiritualidad desde otro lugar.

Podemos preguntarnos cuánto oramos. Francisco probablemente añadiría otras preguntas: ¿cómo hablamos de las personas cuando no están presentes?, ¿cómo reaccionamos cuando alguien nos contradice?, ¿qué ocurre con nuestra paciencia dentro de casa?, ¿cumplimos nuestras obligaciones?, ¿somos capaces de perdonar?, ¿tratamos con respeto a quien tiene menos poder que nosotros?

En otro capítulo aconseja cultivar la mansedumbre precisamente en las relaciones próximas y advierte contra una espiritualidad que parece amable fuera de casa mientras se vuelve áspera con quienes viven más cerca.

La devoción también se prueba en la calidad de nuestras relaciones.

Y hay lugar para el disfrute.

Francisco de Sales no propone una espiritualidad sombría. Habla favorablemente de la conversación amable, la amistad, los paseos, la música, los juegos y la recreación cuando ocupan su lugar adecuado. Incluso considera un error negarse todo descanso.

La santidad que imagina tiene espacio para la alegría, porque una espiritualidad cristiana no debería volvernos menos humanos.

Práctica: elige una relación cotidiana —familia, trabajo, iglesia, vecindario— y presta atención durante una semana a una sola dimensión de tu trato: escuchar sin interrumpir, evitar hablar mal de otros, responder sin agresividad o expresar gratitud.

Una espiritualidad que cabe dentro de la vida

Francisco de Sales murió en 1622. Sus categorías pertenecen a otro tiempo y algunas de sus aplicaciones concretas llevan inevitablemente las marcas culturales y eclesiales del siglo XVII. Sin embargo, la intuición que atraviesa Introducción a la vida devota conserva una enorme fuerza.

Dios no nos espera únicamente fuera del mundo.

Puede encontrarnos en una oficina y en una cocina, en una conversación y en el silencio, durante el trabajo y durante el descanso, en una iglesia y en una casa.

Francisco de Sales defendió que la verdadera devoción debía adaptarse a las capacidades, responsabilidades y vocación de cada persona. Por eso podía afirmar que una espiritualidad auténtica no destruye nuestras obligaciones, sino que ayuda a vivirlas mejor.

Ese principio también protege frente a una tentación frecuente: utilizar a Dios como argumento para desentendernos de la vida.

La oración que nos vuelve indiferentes al prójimo necesita ser revisada. La disciplina religiosa que vuelve insoportable nuestra convivencia también. Lo mismo ocurre con una búsqueda de pureza espiritual que desprecia el cuerpo, la alegría, el trabajo o las relaciones humanas.

Vivir devotamente puede ser mucho más cotidiano y, al mismo tiempo, mucho más exigente.

Volver el corazón hacia Dios mientras hacemos aquello que nos corresponde.

Cuidar bien.

Trabajar bien.

Descansar.

Orar.

Escuchar.

Cumplir la palabra.

Tratar al prójimo con dignidad.

Tal vez nunca fue necesario abandonar el mundo para aprender a encontrar a Dios en él.

Referencias

Sales, Francisco. Introducción a la vida devota.

Sales, Francisco. Tratado del amor de Dios.

Papa Francisco. Totum amoris est (2022), carta apostólica con motivo del cuarto centenario de la muerte de Francisco de Sales.

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Espiritualidad cristiana cotidiana

Una serie de El Blog de Bernabé sobre maestros, prácticas y caminos que ayudan a vivir la fe con hondura, presencia y esperanza en la vida diaria.

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