Etimologías en torno a la Odisea

Hombre regresa a casa con una bolsa de viaje, imagen que evoca el nóstos, el hogar y las etimologías de la Odisea.

Tercera parte

Me he divertido mucho escribiendo estos pequeños (o no tan pequeños) textos de exploración etimológica. Y es que, en mi humilde y profana opinión, Christopher Nolan es el Umberto Eco del cine. Ya sé que habrá quienes me lapiden por esa sentencia, pero me fascinan la erudición y la precisión del lenguaje en ambos, cada uno en su campo. Los dos textos anteriores también están publicados en El Blog de Bernabé. Y, como no recibí suficientes insultos para detenerme, aquí va una tercera entrega.

Podría hacer hasta tres textos más. Pero he decidido reunir varios étimos en un solo artículo para no ser tan cansino ni abusar del tema. Hablemos de algunas palabras que encontramos en la Odisea y que, ellas mismas, se me antojan como una ruta, un camino para regresar a casa.

Portada del libro

La Odisea

La Odisea narra el largo regreso de Odiseo a Ítaca, atravesado por cíclopes, sirenas, hechiceras y pruebas que han marcado la imaginación occidental. Homero convierte esa travesía en un relato perdurable sobre el ingenio, el deseo de volver y las motivaciones humanas que siguen siendo cercanas hasta hoy.

Empecemos por νόστος (nóstos). Normalmente se traduce como «regreso» o «regreso a casa». En la Odisea, sin embargo, es más que el simple acto de volver: tiene que ver con recuperar un lugar propio después de haber estado lejos. Odiseo encarna ese viaje arquetípico de regreso a casa.

Muchos siglos después, en 1688, el estudiante de medicina suizo Johannes Hofer acuñó una nueva palabra para describir una dolencia asociada al alejamiento del hogar, célebre por los casos entre soldados suizos y que entonces podía llegar a considerarse mortal. Hofer combinó dos raíces griegas: nóstos (regreso), la palabra homérica, y álgos (dolor). Así nació nostalgia: ese dolor por no poder regresar a lo que consideramos hogar.

¿Pero regresar a dónde? Ahí aparece la segunda palabra de nuestra ruta: οἶκος (oîkos). Solemos traducir oîkos como «casa», aunque para los griegos abarcaba mucho más que un edificio: la familia, el patrimonio, la vida doméstica; y, en la experiencia humana, también la memoria, el lugar donde alguien conocía tu nombre antes de que llamaras a la puerta.

Odiseo no lucha únicamente por recuperar un palacio; lucha por recuperar su lugar en el mundo. Solo imaginemos abrir la puerta de la casa luego de un largo viaje, escuchar el viejo chirrido de las bisagras, entrar y oler ese aroma único y característico del lugar donde nos sentimos seguros. Es dejar de buscar. Es, por fin, estar en nuestro lugar.

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Hay otra palabra demasiado importante en la Odisea y que quienes vean la película van a encontrar fascinante. Quien abandona su oîkos puede convertirse en ξένος (xénos). La palabra puede significar «extranjero», «forastero», «huésped» e incluso «amigo huésped», según el contexto. De xénos deriva ξενία (xenía), esa relación de hospitalidad sagrada que encontramos a lo largo de toda la Odisea.

En la Odisea, la forma de acoger al extranjero funciona como una medida de civilización. Importa más cómo recibimos al migrante que el trato que dispensamos a los poderosos y famosos que nos rodean.

Durante el reciente Mundial de fútbol, tanta polémica ha habido alrededor de selecciones europeas llenitas de color, menos pálidas, menos blancas. Vemos ahí una contradicción horrible. Por un lado, el aplauso a héroes cuyas familias llegaron a Europa hace apenas una o dos generaciones. Casi como el aplauso de los romanos a muchos de sus gladiadores esclavos venidos de afuera. Y, al mismo tiempo, la idea de que ellos, nacidos en España, Portugal, Francia o Bélgica, son menos españoles o menos franceses solo por el color de su piel. El Mundial de 2026 volvió a mostrar con claridad esa tensión entre identidad nacional, migración y racismo.

Y peor todavía: buena parte del Mundial se disputó en un país que detiene a migrantes y a menores de edad y ha vuelto a separar familias; y el presidente de ese mismo país terminó entregando la copa con una sonrisa casi macabra.

Este tiempo de auge racista y de coros ultras requiere de la Odisea y del regreso de la ξενία (xenía). Dicho sea de paso, xénos también está en el origen de nuestra palabra xenofobia. Y, aunque no comparte raíz con ella, aparece cerca otra palabra terrible: genocidio, formada a partir de γένος (génos: «raza», «linaje» o «tribu») y -cidio.

El último étimo de hoy es πολύτροπος (polýtropos). No, no se trata de un policía con un trompo. Literalmente puede entenderse como «de muchos giros» o «de muchas vueltas». Es uno de los epítetos más famosos de Odiseo y aparece ya en el primer verso del poema. Odiseo es polýtropos: un hombre de muchos giros o posibilidades.

Pensemos en nosotros mismos. Como decía Neruda: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Nadie llega a viejo siendo exactamente la misma persona. Emprendimos un viaje largo y en él luchamos por construir lo que consideramos nuestra casa, nuestro hogar. Pero, al llegar a lo que creemos que es nuestro hogar, nosotros ya no somos los mismos.

Todos hemos tenido que aprender otros idiomas, hemos tenido pérdidas, múltiples trabajos, despedidas; hemos mutado y hemos sido muchas versiones de nosotros mismos. Todos nos hemos visto obligados a cambiar de rumbo más veces de lo planeado, si es que teníamos algún plan.

«Cambia, todo cambia», cantaba Mercedes Sosa en la canción del chileno Julio Numhauser. Y la canción termina diciendo, en otras palabras, que tampoco es extraño que uno cambie.

LEE LOS OTROS ARTÍCULOS DE LA SERIE:

Etimologías en torno a la Odisea — Parte 1

Etimologías en torno a la Odisea — Parte 2

Etimologías en torno a la Odisea — Parte 3

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