Primera parte
Christopher Nolan está en boca de medio mundo. Bueno… en realidad, de medio mundo, literalmente. Solemos creer que aquello que ocupa nuestras conversaciones ocupa también las de toda la humanidad. Pero nunca vemos el mundo completo; como mucho, vemos apenas el fragmento que nos rodea.
Hay una frase del Nuevo Testamento que siempre me ha intrigado. Cuando habla del regreso de Cristo, afirma que «todo ojo le verá». Desde niño me pregunté cómo podría ser eso posible. Incluso si Jesús descendiera cruzando el cielo como un relámpago imposible o un bólido centelleante, unos interpretarían el fenómeno como una señal divina; otros, como un meteorito; otros, como un efecto óptico; millones ni siquiera levantarían la vista. Ver nunca ha sido solamente abrir los ojos. Ver es interpretar.
Así que mi primer acercamiento etimológico a la Odisea —amenazo con escribir uno o dos más— tiene que ver precisamente con la vista y la ceguera.

La Odisea
La Odisea narra el largo regreso de Odiseo a Ítaca, atravesado por cíclopes, sirenas, hechiceras y pruebas que han marcado la imaginación occidental. Homero convierte esa travesía en un relato perdurable sobre el ingenio, el deseo de volver y las motivaciones humanas que siguen siendo cercanas hasta hoy.
Una antigua tradición asoció a Homero (Ὅμηρος) con la figura de un poeta ciego. El sustantivo griego ὅμηρος significa «rehén» o «garantía», aunque la etimología del nombre propio sigue siendo discutida. Así, quien habla tanto de ver el mundo podría ser un ciego, o quien narra un viaje extraordinario pudo haber sido una persona cautiva.
Hay quien compara a Homero con Borges. Jorge Luis Borges escribió algunas de sus páginas más luminosas cuando la oscuridad iba conquistando lentamente su vista. Para Borges, la ceguera terminó convirtiéndose en una forma distinta de conocimiento. Umberto Eco también comprendió esa paradoja cuando creó a Jorge de Burgos —nombre que remite deliberadamente a Borges—, el anciano monje ciego de El nombre de la rosa, guardián de una biblioteca infinita y convencido de que ciertos libros eran demasiado peligrosos para ser leídos. Un ciego custodiando el conocimiento.
Pero si Homero representa la ceguera aparente, la Atenea de la que él habla representa exactamente lo contrario. Representa la mirada.
Desde Homero, la diosa llevará el epíteto γλαυκῶπις (glaukôpis), traducido de distintas maneras: «de ojos brillantes», «de ojos glaucos» o «de ojos de lechuza». Su campo semántico se relaciona con γλαυκός (glaukós), «brillante», «gris azulado» o «verdoso», y con ὤψ (ṓps), «ojo» o «rostro». No es casual que la lechuza quedara asociada a Atenea. Así que la llamaban la de ojos resplandecientes. Pero esa era también una manera de llamarla sabia.
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Casualmente, la letra griega phi (Φ), inicial de philosophía, parece el rostro de una especie de lechuza. La asociación no es etimológica, claro, pero la imagen funciona: una lechuza tiene ojos enormes, capaces de ver en la oscuridad.
Los griegos llamaban γλαυκός (glaukós) a aquello que brillaba con una transparencia difícil de describir: el reflejo del mar, ciertos ojos grises, verdes o azulados, el destello de algunos metales. De esa misma familia léxica procede γλαύξ, «lechuza». También procede de allí γλαύκωμα, origen de «glaucoma», nombre asociado al tono gris verdoso que los antiguos observaban en algunos ojos enfermos.
Para mí, los γλαυκῶπιδες (glaukópides) son, en cierto sentido, los verdaderamente sabios: quienes aprenden a mirar dentro de la oscuridad. Saben aceptar las sombras de la existencia sin huir de ellas. Comprenden que la inteligencia consiste menos en acumular respuestas que en acostumbrar la mirada a la penumbra. Y Atenea era exactamente eso.
Y esto me encanta: Atenea no queda definida como esposa de nadie ni necesita legitimarse por medio de un hombre. Sí, los mitos dirán que nació de Zeus, pero eso es tan poco definitorio como decir que todos somos hijos de Dios. Atenea era, simple y llanamente, mujer. Diosa de la sabiduría, de las artes y también de la guerra.
Ἀθηνᾶ Παρθένος (Athēnâ Parthénos) dominaba el interior del Partenón desde una colosal estatua criselefantina de unos doce metros, diseñada por Fidias y terminada hacia el 438 a. C. No aparecía recluida junto a un telar, sino con casco, lanza y escudo. La más hermosa: férrea, dura, guerrera. En la mano izquierda sostenía un inmenso escudo decorado con escenas de la Gigantomaquia y la Amazonomaquia; en la derecha levantaba su Νίκη (Nikḗ), la Victoria. Pero no en los tenis.
Y todavía tengo otra etimología escondida en la historia de Odiseo para hoy.
No existe compañera más sincera que la blanca luna: la que ilumina durante la noche, en medio de la oscuridad. Ilumina la mirada; sin ella, volveríamos a estar ciegos en plena madrugada. Así quiero leer también a Leuco, el fiel compañero de Odiseo que muere junto a las murallas de Troya, atravesado por la lanza de Ántifo, hijo de Príamo:
τοῦ μὲν ἅμαρθ’, ὃ δὲ Λεῦκον Ὀδυσσέος ἐσθλὸν ἑταῖρον
βεβλήκει βουβῶνα, νέκυν ἑτέρωσ’ ἐρύοντα·
«A él le falló, pero a Leuco, valeroso compañero de Odiseo, que arrastraba el cadáver en dirección opuesta, acertó en la ingle» (Ilíada, IV, 491-492).
Λευκός (leukós) significa «blanco», «luminoso». De esa raíz procede también «leucocito», la célula blanca. El amigo de Odiseo lleva, entonces, el nombre del «blanco», del que ilumina como la luna en medio de la noche.
Ojalá la amistad siga siendo justamente eso.

