El Amado de Cantares: alteridad, eros y nuevas masculinidades

Ilustración del Amado de Cantar de los Cantares en un jardín, evocando eros, alteridad, deseo y nuevas masculinidades.

En textos anteriores hemos recorrido la figura de la Sulamita, acercándonos a su voz, su cuerpo, su deseo y su capacidad de nombrar aquello que durante mucho tiempo fue silenciado o interpretado desde otras voces. Este recorrido nos ha permitido detenernos en distintos aspectos de una mujer que, dentro del poema, no permanece en silencio, sino que desea, busca, habla y toma la palabra. Después de este acercamiento, resulta sugerente desplazar ahora la mirada hacia otra figura central del Cantar: el Amado.

La intención no es abandonar a la Sulamita ni sustituir su voz por la masculina, sino continuar el diálogo con el texto desde otra perspectiva. ¿Qué posibilidades ofrece la figura del Amado para una lectura contemporánea de la masculinidad?

Esta pregunta nos lleva a mirar la masculinidad no como una realidad única, fija o natural, sino como una construcción atravesada por contextos históricos, culturales, sociales y religiosos. Hugo Cáceres, desde una aproximación bíblica a la masculinidad, muestra la importancia de considerar los modelos culturales que configuran las formas de ser varón y las expectativas que recaen sobre los hombres.¹ 1Esta perspectiva nos permite acercarnos al Amado sin convertirlo en un modelo universal de lo masculino.

Portada del libro

Cantar de los Cantares: Sendas del amor

Cantar de los Cantares: Sendas del amor, de Jesús Luzarraga Fradua, ofrece una lectura actualizada de uno de los textos bíblicos más permanentes: el amor. La obra ayuda a decodificar sus metáforas desde el trasfondo cultural original, acercando su belleza y profundidad al lector contemporáneo.

Cantar de los Cantares no es un tratado sobre masculinidades, y sería anacrónico atribuirle categorías contemporáneas. Sin embargo, su lenguaje poético presenta una relación en la que ambos personajes hablan, desean, buscan, contemplan y son contemplados. El Amado no ocupa únicamente el lugar de quien mira y desea; también es mirado, nombrado y deseado por la Sulamita. El poema permite, así, observar una dinámica de reciprocidad que resulta sugerente para interrogar nuestras propias formas de comprender las relaciones entre hombres y mujeres.

Acercarnos al Amado supone, entonces, detenernos en aquello que el poema dice —y también en aquello que nos permite preguntar— sobre el cuerpo, el deseo, la relación y las formas de vincularse con otra persona. No buscamos encontrar en Cantares una respuesta anticipada a las discusiones actuales sobre masculinidades, sino poner su lenguaje poético y teológico en conversación con nuestro presente.

La figura del Amado nos permite aproximarnos a la masculinidad desde un lugar distinto al de los modelos que la vinculan de manera exclusiva con la autoridad, la fuerza o el dominio. El Cantar de los Cantares presenta a un varón que participa de una relación en la que el deseo, la mirada y la palabra no circulan en una sola dirección. Es también un hombre contemplado, deseado y nombrado por la mujer, cuya presencia se configura dentro de una relación de mutua búsqueda y reconocimiento. Como señala Luzarraga, el poema no limita su atención al cuerpo femenino, sino que incorpora también el cuerpo del varón en la dinámica del deseo.²2

Sostenemos, por tanto, que la figura del Amado abre una posibilidad para leer la masculinidad desde la relación con el otro y no únicamente desde el ejercicio del poder sobre el otro. Esta afirmación no pretende convertir al Amado en un modelo contemporáneo de masculinidad ni atribuir al Cantar categorías que pertenecen a nuestro tiempo. Queremos explorar qué elementos de su configuración poética pueden entrar en diálogo con las preguntas actuales sobre lo masculino, particularmente aquellas relacionadas con el cuerpo, el deseo, la reciprocidad y las formas de vincularse.

A partir de esta tesis, recorreremos distintos momentos del Cantar para observar cómo se construye la figura del Amado y qué posibilidades interpretativas emergen de ella. Posteriormente, pondremos estas aproximaciones en diálogo con aportes filosóficos y teológicos contemporáneos.

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1. El cuerpo del Amado: de la representación masculina a la pregunta por la masculinidad

Cantar de los Cantares 5,10.16

«Mi amado es apuesto y rubio, se distingue entre diez mil» (Cant 5,10).

«Su paladar es dulcísimo, y todo él es una delicia» (Cant 5,16).

El Cantar construye al Amado a través de una extensa descripción de su cuerpo. Sus rasgos son recorridos poéticamente hasta configurar una imagen masculina excepcional, bella y deseable. Luzarraga identifica este pasaje como el segundo wasf del poema y señala que el Cantar manifiesta interés por «todo el cuerpo del otro», de modo que la corporalidad no queda restringida a la representación del cuerpo femenino.³3

Este dato nos interesa porque el cuerpo masculino también es una construcción cultural. La historia de las masculinidades ha asociado el cuerpo del varón con ideales de fuerza, vigor, belleza, capacidad y poder. Por ello, no queremos apresurarnos a presentar al Amado como una ruptura con esos modelos. Su representación participa también de un imaginario en el que el cuerpo masculino se distingue, sobresale y concentra atributos de excelencia.

Lo significativo es que el poema coloca ese cuerpo masculino dentro del lenguaje del deseo. El Amado no es solamente quien contempla y desea; su cuerpo puede ser contemplado, nombrado y deseado. Esta inversión de la mirada no elimina las construcciones culturales de lo masculino, pero sí permite interrogarlas: ¿qué ocurre cuando el varón deja de ocupar exclusivamente el lugar de quien mira y pasa también por la experiencia de ser mirado?

Aquí comienza nuestra búsqueda sobre las nuevas masculinidades. No pretendemos encontrar en el Amado un «nuevo hombre» ni convertirlo en un modelo ideal. Nos interesa poner en tensión la representación masculina que el poema ofrece con aquellas formas de masculinidad que se han construido desde la autosuficiencia, el control y la invulnerabilidad. El cuerpo del Amado nos permite abrir esa pregunta sin cerrarla todavía. Lo que encontraremos en los siguientes momentos —su deseo, su capacidad de desplazarse de los modelos tradicionales y su manera de relacionarse— nos permitirá determinar si estamos ante una configuración diferente de lo masculino.

2. El Amado: deseo y expresión afectiva

Cantares 2,10-14

«¡Levántate, amada mía,
hermosa mía, y ven!» (Cant 2,10).

Después de observar la representación corporal del Amado, el poema nos permite avanzar hacia otra dimensión de su configuración: el modo en que expresa su deseo. En Cantares 2,10-14, el Amado toma la palabra, nombra a la mujer y formula una invitación al encuentro. Su presencia masculina no queda reducida, por tanto, a la corporalidad o a la iniciativa de la acción; también se construye mediante la palabra con la que manifiesta aquello que desea.

Este aspecto resulta relevante para pensar las masculinidades porque la expresión del deseo y de los afectos también está atravesada por construcciones culturales sobre lo que significa ser varón. Cáceres advierte precisamente que las formas de masculinidad no pueden comprenderse al margen de los modelos culturales que establecen expectativas sobre los hombres.⁴4 Desde esta perspectiva, nos interesa observar qué sucede cuando el texto bíblico presenta a un varón que hace explícito su deseo mediante la palabra, en lugar de dejarlo únicamente en el terreno de la acción o de la posesión.

El Cantar tampoco permite reducir este deseo a una dimensión puramente sentimental. Como muestra Morla, el lenguaje del poema está profundamente atravesado por el cuerpo, el eros y el deseo, elementos que forman parte de su propia configuración poética.⁵5 El Amado desea desde un cuerpo y habla desde una experiencia erótica concreta. Por eso, no proponemos aquí la imagen de un hombre «sensible» como alternativa ideal al hombre fuerte. Reemplazar un estereotipo por otro dejaría intacta la reducción de la masculinidad a categorías rígidas como la autosuficiencia, el control o el dominio.

Lo que el texto nos permite afirmar es más preciso: el deseo forma parte de la experiencia masculina y puede ser expresado mediante la palabra. El Amado no aparece únicamente como alguien que actúa sobre el otro, sino como un sujeto que manifiesta lo que desea y cuya palabra se dirige hacia otro sujeto. Esta dimensión amplía la comprensión de lo masculino porque incorpora la expresión afectiva y erótica sin convertirla, por ello, en una negación de la masculinidad.

3. El Amado: masculinidad, autoridad y desplazamiento

Cantar de los Cantares 1,8

«Si no lo sabes,
¡oh, la más hermosa de las mujeres!,
sigue las huellas del rebaño
y lleva a pastar tus cabritas
junto a las tiendas de los pastores.»

En este pasaje encontramos una representación del Amado vinculada a la figura del pastor. No es un detalle secundario. En el contexto cultural del poema, el pastoreo estaba asociado principalmente a la actividad masculina, particularmente en su dimensión trashumante. Luzarraga señala que la metáfora reúne aquí la masculinidad del dodí y la feminidad de la kalá, dentro de una imagen cargada además de connotaciones eróticas.⁶6

Esta referencia permite reconocer que el Amado participa de un imaginario masculino determinado culturalmente. Es pastor, conoce las huellas del rebaño y aparece situado en un espacio tradicionalmente asociado al varón. Por ello, una lectura de nuevas masculinidades no debería borrar estas marcas culturales para presentar inmediatamente al Amado como un personaje igualitario según nuestros criterios actuales. El texto conserva una determinada organización simbólica de lo masculino y lo femenino.

Sin embargo, el pasaje introduce un desplazamiento significativo. El Amado no utiliza su posición para mantener a la mujer fuera de ese espacio. Por el contrario, la invita a participar de la actividad asociada a su propio ámbito masculino. Luzarraga observa que la mujer no solamente debe seguir las huellas del rebaño, sino entrar también en la actividad del pastoreo; de este modo, la metáfora erótica reúne las posiciones masculina y femenina en una actividad compartida.⁷7

Aquí encontramos una clave para nuestra lectura de las nuevas masculinidades. La diferencia no tiene por qué convertirse necesariamente en separación, jerarquía o dominio. El Amado continúa ocupando una posición masculina reconocible, pero esa posición no requiere que la mujer permanezca fuera de su mundo. El espacio que tradicionalmente identifica al varón puede convertirse también en espacio de participación.

Esto resulta especialmente importante porque nos permite evitar una concepción superficial de las nuevas masculinidades. No estamos buscando en el Amado simplemente atributos considerados hoy «positivos» —ternura, sensibilidad o apertura— para reemplazar con ellos los atributos tradicionales. La transformación que interesa es más profunda: la masculinidad deja de sostenerse exclusivamente en la preservación de fronteras rígidas entre lo que corresponde al varón y lo que corresponde a la mujer.

En este sentido, el Amado puede ser leído como una figura en la que la identidad masculina permanece, pero se desplaza. No desaparece el pastor ni desaparece la diferencia sexual presente en la metáfora; lo que cambia es la manera en que esa diferencia se relaciona. El propio Luzarraga observa que la mujer es invitada a participar de la actividad del Amado y a acompañarlo tanto en el trabajo como en el descanso.⁸8

Este desplazamiento es fundamental para nuestra tesis: una masculinidad relacional no necesita construirse contra el otro para afirmarse. El Amado no deja de ser masculino al compartir su espacio; su masculinidad adquiere una dimensión relacional precisamente porque puede incorporar al otro sin perder por ello su propia identidad.

Así, el tercer momento nos permite avanzar un paso más: si el primer apartado mostró un cuerpo masculino representado, y el segundo, un sujeto masculino capaz de expresar su deseo, aquí encontramos una posición masculina capaz de abrir su propio espacio al otro. La masculinidad comienza a comprenderse no solamente desde lo que distingue al varón, sino también desde su capacidad de establecer una relación en la que la diferencia no tenga que traducirse en dominio.

4. El Amado ante la alteridad: cuando el otro descentra al yo

Cantares 4,9-10

«Prendiste mi corazón, hermana, esposa mía;
has apresado mi corazón con uno de tus ojos,
con una gargantilla de tu cuello.
¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía!»

Hasta aquí hemos observado al Amado desde su cuerpo, su deseo y la manera en que construye su posición masculina. En este pasaje aparece una dimensión distinta: el Amado reconoce que el otro tiene la capacidad de afectarlo y de desplazarlo de la seguridad de sí mismo. «Prendiste mi corazón» expresa algo más que admiración; muestra a un sujeto que reconoce que su experiencia no está enteramente bajo su propio control. Luzarraga interpreta estos versos como la expresión del enamoramiento del dodí y relaciona esa experiencia con la presencia concreta de la otra persona.⁹9

Esta experiencia puede ponerse en diálogo con Emmanuel Levinas. En Totalidad e infinito, la alteridad designa aquello que no puede ser absorbido por la identidad del yo. El Otro no es una realidad que el sujeto pueda simplemente incorporar a sus categorías o convertir en objeto disponible; su presencia desborda al Mismo y abre una relación que no se resuelve en apropiación.¹⁰10 Desde esta perspectiva, el Amado resulta significativo porque su experiencia muestra que el encuentro con otro sujeto puede descentrar al yo sin anularlo.

Leído desde aquí, el Amado no aparece como un sujeto absolutamente cerrado sobre sí mismo. Conserva iniciativa, deseo y palabra, pero puede reconocer que el encuentro con el otro lo afecta. Esto no implica convertirlo en un hombre «débil» o «sensible» según categorías contemporáneas; implica cuestionar la idea de que la masculinidad deba sostenerse necesariamente en la autosuficiencia y en el dominio de aquello que la rodea.

Byung-Chul Han lleva esta cuestión al problema contemporáneo del eros. En La agonía del Eros, critica una cultura en la que la experiencia del otro se debilita cuando la diferencia es sustituida por la mismidad y por formas de deseo que terminan buscando únicamente aquello que puede ser reconocido, apropiado o consumido. Para Han, el eros requiere una alteridad que no pueda ser reducida enteramente al sujeto.¹¹11

Desde esta perspectiva, el lenguaje del Amado adquiere una fuerza particular: desea a alguien que no puede reducir completamente a sí mismo. El deseo no lo conduce solamente hacia la apropiación; también lo descentra. Aquí aparece una posibilidad importante para nuestra lectura de las nuevas masculinidades: mantener en el varón su deseo, su iniciativa y su capacidad de acción, pero preguntar qué ocurre cuando esas capacidades dejan de estar asociadas a la necesidad de controlar al otro.

Así, el Amado nos permite pensar una masculinidad que no se afirma mediante la autosuficiencia absoluta. Es un sujeto que desea, pero también un sujeto que puede ser afectado por la alteridad. Esta tensión introduce una dimensión relacional en lo masculino: el otro no es simplemente aquello sobre lo que el sujeto actúa, sino alguien cuya presencia modifica al propio sujeto.

Por ello, la alteridad introduce un límite a la autosuficiencia masculina. El Amado no deja de ser sujeto de deseo ni pierde su iniciativa; lo que aparece cuestionado es la idea de que afirmarse como varón implique mantenerse intacto frente al otro. La masculinidad puede implicar también la capacidad de reconocer que existe alguien que no puedo reducir a mis propias categorías y cuya presencia transforma mi experiencia. El Amado no es aquí un modelo acabado de una nueva masculinidad, sino una figura poética que permite interrogar críticamente la relación entre masculinidad, deseo y alteridad.

5. El Amado: deseo y masculinidad relacional

«¡Ninfa de los jardines!
Los jóvenes desean tu voz.
¡Házmela oír!» (Cant 8,13).

El Cantar de los Cantares termina la intervención del Amado con una petición que resulta significativa: quiere escuchar la voz de aquella a quien desea. Después de haber hablado de su belleza, de su cuerpo y de sus amores, el Amado no clausura el encuentro en su propia palabra, sino que permanece orientado hacia la palabra del otro. Luzarraga observa que este deseo de escuchar constituye la última intervención del dodí y que el verbo expresa precisamente estar atento, querer oír. Por ello, no entiende este imperativo como una expresión posesiva, sino como una actitud de atención amorosa.¹²12

Este detalle permite releer al Amado desde otro lugar. A lo largo del poema lo hemos encontrado contemplando, deseando, invitando y hablando. Ahora aparece también dispuesto a recibir. No porque renuncie a su deseo, sino porque el encuentro amoroso no queda agotado en lo que él siente o expresa. Hay algo que espera del otro y que solo puede recibir de su voz.

Aquí la alteridad, trabajada anteriormente con Levinas, adquiere una forma concreta. El otro no es alguien que pueda ser comprendido o poseído completamente; permanece como alguien que puede decir algo que el propio sujeto no posee. La escucha supone precisamente aceptar esa distancia. El Amado continúa siendo sujeto de deseo, pero su deseo no lo encierra en sí mismo.¹³13

Esta lectura entra también en diálogo con Byung-Chul Han. Su reflexión sobre el eros muestra que el deseo pierde su fuerza cuando el otro deja de ser verdaderamente otro y termina reducido a algo disponible, familiar o apropiable. En el Cantar, en cambio, el deseo del Amado permanece abierto a una presencia que no se agota en aquello que él contempla. Quiere escuchar porque el otro todavía tiene algo que decir.

Desde la teología del cuerpo de Marilú Rojas podemos dar un paso más. Si el cuerpo y el deseo constituyen lugares legítimos de experiencia humana y teológica, entonces el eros del Amado no tiene que ser separado de la relación para adquirir significado. El cuerpo, el deseo y la palabra aparecen unidos en una experiencia que no termina en la posesión, sino que permanece abierta al encuentro.¹⁴14

Es desde aquí donde podemos hablar de una masculinidad relacional. Más que un nuevo modelo masculino que debamos colocar junto a otros, se trata de una manera de comprender lo masculino desde el vínculo. El Amado desea, pero también escucha; toma la iniciativa, pero deja espacio para la respuesta; habla, pero no pretende que su palabra sea la última.

De este modo, el recorrido realizado adquiere su sentido final. Hemos pasado del cuerpo del Amado a su deseo; del deseo, a las formas culturales que configuran su masculinidad; de allí, a la experiencia de la alteridad; y, finalmente, a una relación en la que el otro conserva su voz. Lo relacional no aparece como una cualidad añadida al Amado, sino como la perspectiva desde la cual podemos releer todo lo anterior.

El Cantar de los Cantares no nos entrega una teoría de las nuevas masculinidades ni pretende responder a nuestras preguntas contemporáneas. Su fuerza está en otra parte: en permitirnos mirar al Amado fuera de una masculinidad definida exclusivamente por el poder, la autosuficiencia y el dominio. El poema nos presenta un varón cuyo cuerpo puede ser contemplado, cuyo deseo puede ser expresado, cuya posición puede desplazarse, cuya experiencia puede ser afectada por el otro y cuya palabra puede terminar convertida en escucha. Desde ahí, la masculinidad deja de aparecer como una identidad que necesita imponerse sobre el otro y puede comprenderse como una forma de estar en relación. Esta lectura no convierte al Amado en un modelo perfecto; lo devuelve a la riqueza de la poesía bíblica y abre una posibilidad crítica para nuestro presente: pensar lo masculino desde la capacidad de encontrarse con el otro sin dejar de ser uno mismo.

Notas

  1. Hugo Cáceres, Jesús, el varón: aproximación bíblica a su masculinidad (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 2011). ↩︎
  2. Jesús Luzarraga, Cantar de los Cantares: Sendas del amor (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005), 84. ↩︎
  3. Luzarraga, Cantar de los Cantares, 441. ↩︎
  4. Cáceres, Jesús, el varón. ↩︎
  5. Víctor Morla, Poemas de amor y deseo: Cantar de los Cantares (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 2004). ↩︎
  6. Luzarraga, Cantar de los Cantares, 189–91. ↩︎
  7. Luzarraga, Cantar de los Cantares, 191. ↩︎
  8. Luzarraga, Cantar de los Cantares, 191. ↩︎
  9. Luzarraga, Cantar de los Cantares. ↩︎
  10. Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad, trad. Miguel García-Baró (Salamanca: Sígueme, 2024). ↩︎
  11. Byung-Chul Han, La agonía del Eros, trad. Raúl Gabás (Barcelona: Herder, 2014). ↩︎
  12. Jesús Luzarraga, Cantar de los Cantares: Sendas del amor, comentario a Cantar de los Cantares 8,13. Luzarraga destaca el carácter atento y no posesivo del deseo del dodí de escuchar la voz de la kalá. ↩︎
  13. Levinas, Totalidad e infinito. ↩︎
  14. Marilú Rojas Salazar, Teología er ↩︎
Serie
Cuerpo, deseo y alteridad en el Cantar de los Cantares

Explora los artículos de Brenda García sobre la Sulamita, el Amado, el cuerpo, el eros y las relaciones que atraviesan uno de los textos más intensos de la poesía bíblica.

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