I. Generalidades del libro
El Cantar de los Cantares (Shir ha-Shirim, en hebreo) se presenta desde su título como una expresión poética de intensidad singular. La expresión “Cantar de los cantares” puede entenderse como una fórmula superlativa que alude al más excelso de los cantos, tradicionalmente atribuido a Salomón. Sin embargo, más que un simple poema escrito, el libro se configura como una trama de voces que dialogan, se buscan y se evocan mutuamente. Todo en el texto es expresión directa: un “yo” que se dirige apasionadamente a un “tú”, o que lo invoca desde la interioridad del deseo y de la memoria. El poema se abre, además, con la voz de una mujer, hecho excepcional dentro de la literatura bíblica antigua. Como señala Anne-Marie Pelletier, el Cantar despliega una tonalidad femenina intensa y profundamente significativa, aunque constantemente dialoga y se entrelaza con la voz masculina dentro de la dinámica poética del texto (Pelletier, 1995).

Cantar de los Cantares: Sendas del amor
Cantar de los Cantares: Sendas del amor, de Jesús Luzarraga Fradua, ofrece una lectura actualizada de uno de los textos bíblicos más permanentes: el amor. La obra ayuda a decodificar sus metáforas desde el trasfondo cultural original, acercando su belleza y profundidad al lector contemporáneo.
Algunos estudiosos, como Jesús Luzarraga y Pablo Andiñach, consideran que, aunque no de todo el poema, sí hubo una mujer que formó parte, por el alto grado de sensibilidad que posee.
Según Luzarraga:
“Otra de las razones que se aducen en favor de la autoría femenina del Cantar es que en general las reacciones de la mujer están muy bien presentadas. Pero tal conocimiento de las actuaciones femeninas tampoco se le puede atribuir exclusivamente a la mujer; así lo afirman de modo explícito dos mujeres, Athalya Brenner y C. Ellen Walsh (Erotic, 146). Lo que queda claro es que, si un hombre fue el autor del Cantar, supo captar en la relación erótica también el matiz típicamente femenino: la belleza en cuanto ternura en la relación, más que el aspecto meramente sexual” (Luzarraga, 2001, p. 146).
A lo largo de la historia, El Cantar de los Cantares ha sido interpretado de diferentes formas. Por ejemplo, en la tradición judía, El Cantar de los Cantares forma parte de la tercera sección del Tanaj, la Biblia hebrea, conocida como los Ketuvim, “Escritos”. Su inclusión en el canon no estuvo exenta de debate. A finales del siglo I d.C., en el Sínodo de Yamnia, se discutió si el Cantar “manchaba las manos”, una expresión para referirse a si un libro era considerado sagrado e inspirador. Rabí Akiba defendió su santidad, afirmando que “todo el canon es santo, pero el Cantar de los Cantares es el Santo de los Santos”. Tradicionalmente, se leía durante la Pascua, interpretándose alegóricamente en relación con el Éxodo y la relación entre Dios e Israel.
Por otro lado, en la tradición cristiana fue adoptado en el Antiguo Testamento cristiano, siguiendo el canon de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento. Su aceptación fue influenciada por su presencia en la tradición judía y por las interpretaciones alegóricas que lo veían como una representación del amor de Cristo por la Iglesia, basándose en pasajes del Nuevo Testamento como Efesios 5:25-33, o del amor de Dios por el alma individual.
II. El Cantar de los Cantares desde una mirada teológica feminista
a) El amor como teología
Hoy, encendemos una luz para mirar un libro distinto, uno que canta el deseo, la piel, la búsqueda y el gozo: El Cantar de los Cantares.
Un libro donde la voz de la mujer se eleva sin miedo, sin mediaciones, sin culpas.
Un canto donde Dios no aparece con nombre… pero vibra en cada roce, en cada jardín, en cada beso.
“¡Que me bese con los besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.”
— Cantar de los Cantares 1,2
El Cantar de los Cantares es la Biblia erotizada, la Palabra hecha deseo.
Como escribe Pablo Andiñach (2003):
“Este libro no necesita alegorías para hablar de Dios; el amor humano, en su plenitud, ya es revelación divina” (p. 27).
b) Una rebelión poética
El Cantar de los Cantares es una rebelión poética dentro de la Biblia.
En tiempos donde la mujer era silencio, aquí ella habla, busca, nombra, desea.
El texto es un diálogo, pero la voz que guía, la que inicia y sostiene el canto, es la de la amada.
“En mi lecho, por las noches, busqué al amor de mi alma;
lo busqué, y no lo hallé. Me levantaré y recorreré la ciudad,
por las calles y las plazas; buscaré al amor de mi alma.”
— Cantar 3,1–2
Ella busca, no espera.
Ella desea, no teme.
Su cuerpo y su palabra se vuelven lugares de teofanía.
Como dice Anne-Marie Pelletier (1992):
“El Cantar es el único libro de la Biblia donde la mujer no es objeto de discurso, sino sujeto de palabra. Ella interpreta el mundo a través del amor, no del poder” (p. 61).
En esta poética del deseo, no hay dominio ni sumisión.
El amor se da en reciprocidad, como el encuentro de dos presencias que se reconocen.
Jesús Luzarraga (2001) escribe:
“La viña, el jardín, el perfume, el viento y el agua son símbolos del cuerpo,
pero también de la divinidad que habita lo humano” (p. 89).
c) El cuerpo como templo: teología del cuerpo
Durante siglos, la teología separó cuerpo y espíritu.
Nos enseñaron a mirar el cuerpo con sospecha, como si lo sagrado estuviera solo en el alma.
Pero el Cantar nos devuelve la carne como sacramento.
“Tus ojos son como palomas, tus labios, como hilo de escarlata;
tus mejillas, como mitades de granada.”
— Cantar 4,1–3
Aquí, el cuerpo no es vergüenza, sino revelación.
Como afirma Marilú Rojas Salazar (2018):
“El cuerpo femenino es el lugar primero de la teología.
Dios se encarna en las huellas, los dolores y los placeres del cuerpo.
Sin cuerpo no hay fe posible” (p. 112).
El deseo, lejos de ser pecado, es búsqueda de comunión.
Ivone Gebara (2000) diría:
“En el placer habita una sabiduría del cuidado, una ética de la ternura que transforma la vida” (p. 145).
d) La voz de la amada: hermenéutica feminista del Cantar de los Cantares
El Cantar de los Cantares es un texto donde la palabra femenina reordena el cosmos.
La amada se nombra a sí misma, y al hacerlo, nombra a Dios.
“Yo soy de mi amado, y mi amado es mío,
él apacienta entre los lirios.”
— Cantar 6,3
Esta reciprocidad, esta alianza amorosa, nos revela un rostro de Dios que no domina, sino acompaña.
Margarita Vílchez (2015) afirma:
“La mística del Cantar nos invita a una teología de la reciprocidad,
donde el amor no es jerarquía, sino encuentro” (p. 78).
En la voz de la amada resuena la voz de todas las mujeres que fueron silenciadas.
Cada palabra es una vindicación.
Cada beso, una profecía.
Marilú Rojas Salazar (2019) escribe:
“Nombrar el cuerpo, hablar del deseo, es romper el silencio teológico.
Es escribir a Dios desde la piel” (p. 95).
e) Amar como resistencia
El amor del Cantar no es evasión, es resistencia.
Frente al poder que divide y controla, el amor igualitario se convierte en acto político.
“Ponme como un sello sobre tu corazón,
como un sello sobre tu brazo;
porque fuerte es el amor como la muerte.”
— Cantar 8,6
El amor que libera no se reduce al romance.
Es la energía que sostiene la vida, la que nos llama a cuidar, a sanar, a transformar.
Marcela Althaus-Reid (2003) recordaba:
“El cuerpo erótico es un espacio teológico de subversión;
en él se gesta una fe que no teme a la piel,
una fe que baila y resiste” (p. 54).
El Cantar de los Cantares nos enseña que amar es resistir al miedo.
Es reconocer que en el beso y en la justicia, Dios tiene el mismo rostro.
f) El amor es más fuerte: espiritualidad del deseo
El amor es más fuerte que la muerte.
Más fuerte que los dogmas, más fuerte que las fronteras del miedo.
El Cantar de los Cantares nos revela que Dios no solo se dice en los templos, sino también en los cuerpos que aman y se reconocen.
“Las muchas aguas no podrán apagar el amor,
ni los ríos lo ahogarán.”
— Cantar 8,7
El amor que libera, el amor que nombra, el amor que besa y resiste, ese amor… también es teología.
El Cantar de los Cantares nos revela que el amor puede ser un espacio teológico donde se desmantelan las jerarquías que históricamente han separado cuerpo y espíritu, razón y deseo. En esta lectura, el amor que libera se convierte en una experiencia de redención no moralista, sino profundamente encarnada. Como afirma Ivone Gebara (2000), el cuerpo y el placer no son lugares de pecado, sino territorios donde la vida divina se comunica en su plenitud:
“En el placer habita una sabiduría del cuidado, una ética de la ternura que transforma la vida” (p. 145).
El amor que libera, entonces, es una teología del cuerpo reconciliado, del gozo compartido como acto de justicia y de fe.
El amor que nombra nos devuelve la palabra que el patriarcado arrebató. En el Cantar, la voz femenina no solo expresa deseo, sino que construye conocimiento teológico desde la experiencia. Anne-Marie Pelletier (1992) subraya que:
“La mujer del Cantar no es objeto de discurso, sino sujeto de palabra; ella interpreta el mundo a través del amor” (p. 61).
Esa palabra encarnada es ya una forma de teología poética, una hermenéutica que afirma que el lenguaje del amor es también un lenguaje de sabiduría. Nombrar el amor es resistir al silencio; es reconocer que Dios habla también con la voz de la amada, con la voz de todas las mujeres que aman, que buscan, que preguntan y que crean.
Por último, el amor que besa y resiste se manifiesta como una praxis teológica de subversión y esperanza. En palabras de Marcela Althaus-Reid (2003):
“El cuerpo erótico es un espacio teológico de subversión; en él se gesta una fe que no teme a la piel, una fe que baila y resiste” (p. 54).
Ese amor insurgente se encarna en la reciprocidad del Cantar, donde la amada y el amado se pertenecen sin dominarse:
“Yo soy de mi amado, y mi amado es mío” (Cantar 6,3).
Así, el amor que libera, nombra, besa y resiste no es metáfora, sino experiencia real del Reino: una teología que brota de la carne, del deseo y de la palabra poética, donde Dios se revela no como mandato, sino como ternura compartida.
Referencias bibliográficas
Althaus-Reid, M. (2003). The Queer God. Routledge.
Andiñach, P. (2003). El Cantar de los Cantares: Comentario teológico y literario. Buenos Aires: Lumen.
Gebara, I. (2000). Teología ecofeminista: Ensayo para repensar el conocimiento y la religión. Madrid: Trotta.
Luzarraga, J. (2001). Poesía y teología en el Cantar de los Cantares. Bilbao: Desclée de Brouwer.
Pelletier, A.-M. (1992). Lectura del Cantar de los Cantares: Del deseo al don. Madrid: Ediciones Cristiandad.
Rojas Salazar, M. (2018). Teología erótica: Cuerpo, placer y espiritualidad femenina. México: Universidad Iberoamericana.
Rojas Salazar, M. (2019). Erotismo y fe: Ensayos teológicos feministas. México: Siglo XXI.
Vílchez, M. (2015). Mística femenina y reciprocidad divina: Relecturas del Cantar. Lima: Fondo Editorial PUCP.


3 respuestas
Excelente análisis y reflexión del texto.🙏🙌🙌🙌
Francamente es muy buen trabajo que nos emancipa a las mujeres y más todavía ahora que en una mirada internacional, las mujeres nuevamente somos cada día vulneradas desde los espacios académicos y sobre todo, en los espacios de lucha por causas por la vida, la dignidad, la territorialdad, El cuidado de la Casa Común ejemplo Pueblos Originarios, liderezas de Pueblos Originarios de Perú, Bolivia, Ecuador, México, Centro América y….
Muchas gracias por tan hermosa reflexión sobre todo para aquellas mujeres que por mucho tiempo han sentido culpa y vergüenza de su cuerpo, por sentir deseo, porque hemos creído que Dios no está ahí en el cuerpo. Esta poesía nos libera y ayuda en entender que Dios en su plenitud está en todo nuestro ser y en la expresión de nuestras palabras al poder decir libremente lo que sentimos y queremos.
Hermosa y liberadora Poesía Lic. Brenda !