El Pentecostés tiene fecha

Comunidad cristiana latinoamericana reunida alrededor de la Biblia en una reflexión sobre Pentecostés, la predicación y la vida compartida.

Las iglesias evangélicas observan infaliblemente dos celebraciones especiales cada año: la Navidad y Semana Santa. Pero hay dos sucesos más, también sumamente importantes, con fecha del mes y del día, que nunca se celebran. Son el domingo de Ascensión y el domingo de Pentecostés. ¿Cuántos de nosotros nos hemos dado cuenta de que este domingo se cumplirán los cincuenta días después de la Pascua? Es tal nuestro olvido de las bases históricas de nuestra fe que ni las iglesias pentecostales acostumbran celebrar el día de Pentecostés. Hermanos y hermanas, ¡recordemos que el Pentecostés es una fecha y no solo ciertas experiencias especiales!

Portada del libro

Pneumatología: Doctrina del Espíritu Santo

Pneumatología: Doctrina del Espíritu Santo, de Samuel Pérez Millos, ofrece una exposición amplia y rigurosa sobre la persona y obra del Espíritu Santo desde la teología bíblica, sistemática e histórica. Con apoyo exegético en los idiomas originales, referencias a la tradición teológica y una extensa bibliografía, el autor articula doctrina y aplicación pastoral. Es una obra de gran valor para lectores, pastores y estudiantes que buscan una comprensión sólida, evangélica e iberoamericana de la pneumatología.

Eso levanta una pregunta importante para hoy: ¿qué significa, bíblicamente, ser pentecostal? Para responder a esa pregunta, tenemos que volver al día de Pentecostés, en que Cristo fundó la iglesia en el Espíritu y marcó su carácter para siempre. Es obvio, entonces, que ser pentecostal es vivir de acuerdo con el modelo que nos da el capítulo dos de los Hechos.

El Pentecostés, según este capítulo, ocurrió en tres momentos, tres fases, y los tres son indispensables para una auténtica pentecostalidad. En primer lugar, experimentaron los poderosos dones del Espíritu Santo (Hch 2:1-13). En segundo lugar, Pedro proclamó el evangelio con un mensaje profundamente bíblico (2:14-41). En tercer lugar, una comunidad transformada practicó el evangelio en todas sus consecuencias (2:42-47). ¡Eso es ser pentecostal, todo eso y nada menos!

Los discípulos tenían por delante una gran tarea de comunicación, y el Espíritu los calificó para ella con el extraordinario don de idiomas extranjeros. El texto hasta identifica la larga lista de pueblos en cuyas lenguas los apóstoles hablaron «las maravillas de Dios» (2:11), y todos oyeron «en su propio dialecto» (2:6, griego), «en nuestra lengua en que hemos nacido» (2:8). Lo interesante es que enseguida Pedro les predicó en una lengua común, probablemente un griego medio machucado porque no era su lengua materna. Pero entendieron muy bien su mal griego, tanto que tres mil personas entregaron sus vidas a Cristo. Entonces, ¿para qué hacían falta las lenguas? ¿Cuál fue la intención del Espíritu en impartir ese don, si de todas maneras entendían el sermón de Pedro?

Creo que el propósito y el sentido del don de lenguas en el Pentecostés era doble. Primero, el Señor quería decirnos que todos los pueblos tienen el derecho de escuchar el evangelio en su propio «dialecto» en que han nacido, en los tonos auténticos de su propia cultura. En el día de Pentecostés el Espíritu demostró que el evangelio no tiene ningún idioma oficial, ni el latín ni el inglés ni el hebreo ni el griego. Para nuestros hermanos y hermanas bribrí, el lenguaje del evangelio es el bribrí. Tampoco tiene el evangelio una cultura oficial. El evangelio está llamado a encarnarse en los «acentos» auténticos de cada cultura, como Jesús mismo se encarnó plenamente en la cultura suya.

Creo que San Pedro da otra razón del don de lenguas cuando explica en su sermón lo que había pasado (2:17-18). En esta cita de Joel 2:28-32, debemos observar dos detalles: aquí ni Joel ni Pedro mencionan el don de lenguas como tal, pero todos los dones mencionados son de tipo profético: profetizar, ver visiones, soñar. Además, según Joel y Pedro, los dones se reparten entre todos los creyentes, sin discriminación alguna, ni de edad —hijos, ancianos—, ni de sexo —hijos, hijas—, ni de clase social —siervos, siervas—. En otras palabras, el don de lenguas aquel día significaba que, de ahí en adelante, la iglesia entera estaría llamada a ser una comunidad profética en medio de las naciones (2:9-11). En el Antiguo Testamento, solo unos pocos recibieron el Espíritu y el llamado profético. Ahora, el Espíritu profético, que vino sobre Elías e Isaías y todos aquellos antiguos portadores de su presencia y su poder, ha venido sobre toda la comunidad.

Pero no basta solo la experiencia de los dones del Espíritu para ser pentecostal. El segundo momento, la predicación fiel de la Palabra con exposición bíblica clara y cuidadosa (2:14-41), es esencial a la pentecostalidad, igual que el tercer momento, una nueva comunidad que llega aun hasta compartir todos sus bienes (Hch 2:42-47; 4:31-35).

Voces que permanecen nace del deseo de mantener encendida la voz de quienes hicieron de la teología un acto de amor, justicia y servicio. Es una serie para escuchar a quienes ya partieron, pero cuyo pensamiento sigue desafiando a creer, reformar y construir esperanza.

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Voces que permanecen

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