La mesa como pedagogía pastoral: servir donde otros no entran

Mesa pastoral abierta con pan y alimentos, personas excluidas acercándose por caminos hacia una casa acogedora, inspirada en Lucas 14 y Zaqueo.

Este artículo forma parte de la serie “De la mesa al camino”, una memoria editorial de MISSIO DEI III rumbo a MISSIO DEI IV, que se realizará del 11 al 13 de agosto de 2026 en la Casa de Encuentros De la Salle, Rionegro | Medellín, Colombia.

Hay una pregunta que me acompaña con más fuerza cuanto más tiempo llevo en el ministerio: ¿a quién le estoy sirviendo la mesa? No en sentido litúrgico, sino en sentido real. ¿Quiénes son las personas que encuentran en mi pastoral un lugar, una escucha, una presencia? ¿Y quiénes son los que nunca van a llegar porque, de alguna manera, ya saben que no hay espacio para ellos?

Estas preguntas no nacen de la teología abstracta. Nacen de lo que veo en América Latina: iglesias activas, pastores comprometidos, calendarios llenos de actividades, y comunidades enteras que nunca cruzan la puerta de ningún templo porque nadie ha ido a sentarse con ellas.

La mesa, como imagen bíblica y práctica pastoral, me ha obligado a replantear muchas cosas. No porque sea un concepto novedoso, sino porque, cuando uno la toma en serio, lo primero que hace es revelar los límites de la propia práctica. Y eso, en el ministerio, siempre duele un poco.

Lo que Lucas 14 nos pone delante

Jesús le habla a quien lo ha invitado a comer. Y lo que le dice rompe la lógica de cualquier celebración: “Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos”. Lo que viene después es la lista de los que sí deberían estar: los pobres, los mancos, los cojos, los ciegos. Los que no pueden devolver la invitación.

Lucas 14 no está hablando de un ideal inalcanzable. Está describiendo una práctica concreta que subvierte el orden natural de la hospitalidad. Invitamos a quienes nos pueden corresponder, a quienes comparten nuestros códigos, a quienes ya pertenecen a nuestro círculo. Jesús propone exactamente lo contrario: convocar a quienes no tienen cómo ser parte del sistema de reciprocidades que sostiene cualquier comunidad.

Para la pastoral, esto tiene implicaciones que van mucho más allá de la generosidad. Señala algo estructural: la mesa que convoca Jesús no es la mesa del éxito ni la del reconocimiento. Es la mesa del servicio sin retorno. Y eso exige una revisión profunda de cómo entendemos el ministerio.

Recibe nuestras lecturas por WhatsApp y Telegram

Acompaña las nuevas publicaciones de El Blog de Bernabé desde tu celular. Únete a nuestros canales de WhatsApp y Telegram y recibe artículos, ensayos, lecturas para la vida espiritual y recursos sobre fe, Biblia, misión y sociedad.

Una radiografía que nos incumbe

Si miramos con honestidad la pastoral latinoamericana, encontramos patrones que se repiten con demasiada frecuencia. Pastorales que imponen reglas sin fundamento bíblico sólido. Modelos de liderazgo gerencial donde el ministerio exitoso importa más que las personas concretas. Estructuras piramidales que concentran el poder en quien convoca, decide y narra. Iglesias que atienden a sus adultos y descuidan a sus jóvenes. Comunidades que han cerrado la puerta a quienes no comparten sus códigos religiosos y culturales.

Y hay algo más difícil de nombrar: pastorales que han protegido a los agresores y condenado a los agredidos. Que han usado el lenguaje del cuidado para ejercer control. Que han abusado del capital emocional de sus congregaciones para mantener un liderazgo que no rinde cuentas a nadie.

Esta no es una crítica desde afuera. Es el espejo que necesitamos sostener si queremos hablar con seriedad de una pastoral de la mesa. Porque, mientras sigamos organizando el ministerio alrededor del poder de convocatoria —de quién incluye y quién excluye—, seguiremos reproduciendo exactamente el tipo de mesa que Jesús cuestionó en Lucas 14.

Muchas de nuestras iglesias están en modo mantenimiento. Sobreviven dentro de su zona de confort, atentas a sus propios rituales y a los indicadores internos de éxito, mientras comunidades enteras en sus territorios esperan una presencia que no llega.

La intencionalidad de Jesús en casa de Zaqueo

Lucas 19 ofrece una escena que siempre me detiene. Jesús entra a Jericó y, en medio de la multitud, levanta la vista hacia un árbol. Arriba está Zaqueo: jefe de publicanos, hombre rico, colaborador del sistema de ocupación romana. Alguien que no debía estar en ninguna mesa respetable. Y Jesús le dice: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”.

Lo que me llama la atención no es solo a quién eligió Jesús, sino el modo en que lo hizo. No fue un encuentro fortuito. Fue una decisión deliberada: Quiero pasar. Quiero entrar. Quiero conocer dónde vives. Esa intencionalidad es el corazón de lo que podríamos llamar una pastoral de la mesa: no esperar que las personas lleguen al espacio litúrgico, sino ir hacia ellas. Ir a donde otros no van. Sentarse donde otros se niegan a sentarse.

Y la transformación ocurrió en la mesa, no antes. “Hoy ha venido la salvación a esta casa”. No en el templo. No después de que Zaqueo cumpliera los requisitos de ingreso. En el espacio concreto de un encuentro que nadie habría organizado, con alguien a quien nadie habría invitado.

Las mesas que nadie quiere servir

Una de las intuiciones que más me ha acompañado en el ministerio es que las mesas no son solo de comida. Son espacios de escucha, de confraternización, de acompañamiento en el dolor y de provocación de cambio. Cada vez que un pastor o una pastora sale del templo y se sienta con alguien en su contexto real —en su casa, en su barrio, en su lugar de trabajo—, está sirviendo una mesa. Y esa acción puede tener el mismo efecto transformador que las mesas de Jesús.

América Latina está llena de mesas que nadie quiere servir. Comunidades marcadas por el crimen organizado o la violencia estructural. Personas con necesidades especiales a quienes la iglesia raramente llega. Migrantes y refugiados que viven en los márgenes de nuestras ciudades. Jóvenes que salieron de la iglesia y a quienes nadie ha buscado. Líderes comunitarios y autoridades locales con quienes solo nos sentamos cuando queremos algo de ellos.

Y también hay mesas adentro de nuestras propias comunidades que hemos descuidado: los jóvenes a quienes no abrimos espacio de liderazgo real, las mujeres cuyo ministerio hemos minimizado durante décadas, quienes cargan heridas que nunca encontraron acompañamiento pastoral honesto. Servir esas mesas también es misión. Y exige exactamente la misma intencionalidad que tuvo Jesús en Jericó.

Una pastoral que sale del templo

Lo que propone una pastoral de la mesa no es simplemente añadir un programa de alcance a nuestro calendario. Es un cambio de centro de gravedad. La pastoral deja de organizarse alrededor del espacio litúrgico y del poder de convocatoria, y empieza a organizarse alrededor de la pregunta: ¿dónde están las personas que necesitan presencia, escucha y compañía?

Esto tiene implicaciones muy concretas. Significa tomar tiempo para despedir a las personas después del culto y conversar con ellas sin apuros. Significa abrir la mesa de la casa a quien llega, sin condiciones previas. Significa salir hacia grupos vulnerables en la comunidad, no como proyecto de beneficencia, sino como presencia real. Significa invitar a personas de otras tradiciones de fe a compartir un espacio sin agenda de conquista. Significa definir, con claridad y oración, cuál es la mesa específica que cada comunidad está llamada a servir en su territorio.

La pregunta que me parece más urgente no es si esto es posible, sino si estamos dispuestos a empezar. Porque el problema rara vez es de capacidad. Es de voluntad y de disposición para salir de la comodidad de las mesas que ya controlamos.

Lo que MISSIO DEI IV nos convoca a discernir

En Bogotá aprendimos que la mesa nos confronta antes de unirnos. Nos muestra nuestras exclusiones, nuestros patrones de poder, los grupos que hemos invisibilizado. Pero también señala una dirección: la de una pastoral que sale, que camina hacia quienes otros evitan, que hace del encuentro su método y de la presencia su forma de misión.

MISSIO DEI IV propone exactamente ese paso siguiente. La comunión que nació alrededor de una mesa compartida no puede quedarse quieta. Tiene que ponerse en movimiento. Y ese movimiento exige pastores e iglesias dispuestos a revisar sus modelos de liderazgo, a identificar las mesas que Dios les pide servir en sus territorios, y a caminar hacia ellas con la misma intencionalidad deliberada con que Jesús levantó la vista hacia el árbol de Zaqueo.

La salvación llegó a una casa en Jericó porque alguien decidió ir. La pregunta que nos lleva a Rionegro es si estamos listos para hacer lo mismo.

En Bogotá fuimos convocados a la mesa. En Rionegro seremos invitados a discernir el camino. La mesa nos reunió. Ahora la comunión debe volverse misión.

En MISSIO DEI III reflexionamos sobre la espiritualidad y teología de la mesa compartida. En MISSIO DEI IV queremos dar un paso más: de la mesa al camino, la comunión que se vuelve misión.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar