FRANCISCUS es una serie de crónicas sobre la visita de un grupo de pastores y teólogos evangélicos (del Movimiento de La Viña) al Vaticano y su reunión con el Papa Francisco. Una serie que poco a poco irá desgranando, en formato literario, una experiencia con muchas enseñanzas y que reafirma la urgencia, el clamor, por un mundo menos dividido.
Primera parte: Franciscus, Via della Conciliazione | Por José Chacón
Volvamos sobre nuestros pasos. Por la mañana habíamos desayunado algo liviano. Un par de tazas de café bien hecho y una rebanada de pan con marmellata di fragole fue todo lo que comí. Si, dos tazas de café bien hecho, doble ración de cafeína para un día en que debía estar doblemente despabilado. Despabilar era una buena palabra para ese día. Significa quitar pabilo, es decir la parte carbonizada de la mecha de una vela o una lámpara, para avivar la llama, para que se alumbre más, para que haya más luz. Y ciertamente nos esperaba un largo día en el que el carbón que empañaba una parte de nuestra llama, el tizne que opacaba parte de nuestra voz, iba a ser removido, comisionándonos como antorchas nuevas que iluminan, alumbran, dan a luz, cosas nuevas o hacen brillar, más bien, lo que era desde el inicio, lo que debió ser desde tiempos pretéritos. ¡Qué bueno y agradable es que los hermanos habiten en armonía! (Salmo 133:1).
Para el creyente anónimo, esos millones de seres que pueblan nuestras iglesias, ese ser que padece urgencias tan acuciantes como la sed o el hambre; el frío o la injusticia, la luz llega parpadeante y exigua, la voz de la justicia llega pálida y temblorosa, temerosa y débil. Para los cientos de millones de seres a quienes la fe no les ha llegado para iluminar sus laceradas pisadas terrenales y se les ha inculcado la penitencia de “cargar su cruz” mientras aguardan el fin de su existencia carnal para, por fin, saborear la paz y el gozo prometidos por el Maestro en su Evangelio; para ellos que siembran con lágrimas, es que la Iglesia debe “despabilar y despabilarse” constantemente y alzar la antorcha, más brillante que nunca, de la cooperación, la misericordia, el amor y la ternura.
Porque una casa dividida contra sí misma (Lucas 11:17) se derrumba, se apaga, enmudece, mengua, se extingue o se vuelve irrelevante. Y no lo digo yo, son palabras del Maestro. El griego del Nuevo Testamento usa la palabra piptó (πίπτω)que significa caer o derrumbarse.
Pero ahora se había abierto la puerta de la sala de audiencias. El Papa nos esperaba del otro lado. Para entonces ya intuíamos la sencillez del encuentro. Después de todo, nos sabíamos hombres y mujeres comisionados desde hacía muchísimos años, al servicio de nuestro Dios, cada uno desde su propia tierra. El grupo estaba conformado por pastores y teólogos de diferentes partes del mundo, representantes del Movimiento de La Viña: África, Asia, Europa, Latinoamérica, Norteamérica. Teníamos la certeza del mensaje que llevábamos. Porque conversar no significa transigir, porque dialogar no significa menguar. Antes bien, quien dialoga crece, quien sabe escuchar es escuchado. Porque ninguna paz, nunca, se ha logrado sin dialogo, sin escucha mutua o desde la trinchera del silencio y la separación.
La puerta de la sala de audiencias estaba abierta. Fuimos invitados a ingresar uno por uno, para que el Papa nos saludara de forma individual y ordenada, y para que cada uno tuviera tiempo de conversar con cierta privacidad. Él se apresuró a extenderme su mano. No, no hubo que inclinarse ni besar su mano ni su anillo. Él mismo evitó astutamente toda genuflexión. Mi mano derecha estrechó la suya, firme como la de un amigo. Su pesado anillo estaba cálido, signo de que muchas manos lo envuelven, quizás, con demasiada regularidad. Una mirada llena de vida y de intensidad, parecía expresar verdadero interés por saber quien era yo. No ensayé mi saludo, no aprendí frases ni salmodié elogios. Y ahí estaba yo, frente a Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco, en su tercer año de pontificado.
Y antes de poder proferir alguna palabra, una sobrecogedora sensación de amor profundo y nítida confianza me envolvió. Sé que Dios mismo, su amor multiforme, estaba con todos nosotros en ese lugar. El Papa sonrió. Yo sonreí. Dios sonrió. No es una exageración, creo firmemente que cuando las personas están dispuestas a imitar a Jesús en todos sus extremos, ahí está Dios sonriendo con su Phos Hilarón (Φῶς Ἱλαρόν), su luz gozosa. Indudablemente la luz que brillaba era la de Dios, opacando todo lo demás. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos (Efesios 4:6).
Aún recuerdo el día en que fue elegido. Yo me encontraba en mi oficina y seguía el proceso con entusiasmo. El cónclave inició el 12 de marzo del 2013 justo a las 5:40 de la tarde, hora romana. Un mes antes, el 11 de febrero, Benedicto XVI había anunciado su renuncia. El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, declaró que la renuncia tomó por sorpresa hasta a los colaboradores más cercanos del Papa. El mundo, católico y no católico, asistía con asombro y no poca curiosidad, al desarrollo histórico de la inusitada renuncia y la consecuente elección del sucesor de un Papa emérito. El 28 de febrero Joseph Ratzinger, Papa emérito Benedicto XVI, salió en helicóptero hacia Castel Gandolfo, el palacio veraniego de los papas. Desde ahí esperaría como cualquier otro creyente. Ratzinger no fue el primer Papa en dimitir, pero sí el primer Papa emérito.
El martes 12 de marzo, casi a las ocho de la noche, hora romana, hubo humo sobre la Capilla Sixtina. Esta vez fumata negra. Al día siguiente, 13 de marzo, en la tercera votación, hubo humo nuevamente. Eran las 11:40 de la mañana, hora de Roma. Fumata negra. Millones de personas, Papa emérito incluido, estaban en vilo. Quinta votación. A las 7:05 de la tarde se produjo la esperada fumata blanca sobre la Capilla Sixtina. Jorge Mario Bergoglio era tres veces primero. Primer Papa latinoamericano, primer Papa americano y primer jesuita en ser electo Obispo de Roma. El protodiácono, de apellido Tauran dio el anuncio oficial:
Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam
La multitud reunida en la Plaza de San Pedro explotó en júbilo. Los medios de comunicación mostraban a las personas abrazándose llenos de esperanza. Los comentaristas habían hecho sus cábalas sobre los papables. La gran multitud hizo silencio a la espera de que el anuncio continuara.
Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Eccleasiae Cardinalem Bergoglio Qui sibi nomen imposuit Franciscum.
La sorpresa fue mayúscula. Su nombre ni siquiera había sido mencionado. Los especialistas no lo habían incluido en la lista de los favoritos. Ninguneado por periodistas y expertos, Bergoglio elegía el nombre de Francisco, haciendo referencia a Francisco de Asís, quien habiendo nacido en la riqueza, decidió vivir bajo una estricta y humilde austeridad. Eligió la pobreza como forma de vida.
José Pablo Chacón –Le dije mientras seguíamos con las manos unidas- vengo de Costa Rica. ¡Ahh, Costa Rica! –dijo como en un susurro-. Le traje un pequeño obsequio. Es un libro que escribí hace un tiempo. Habla de la vida, del dolor, de la fe, de la falta de fe. Es una edición especial, para usted. Dentro también hay una carta, escrita a mano por mi esposa. Si no puede leer el libro, lea la carta. –Dije, mientras abría el libro y extraía la carta-. La carta mostraba una fotografía que mi esposa había pegado. En ella aparecíamos nosotros dos junto a nuestros hijos. El Papa miró la fotografía con atención. Lo haré.
Cuando todos estuvimos sentados el Papa avanzó y tomó asiento. Lo hizo de ultimo. El lugar era acogedor. Todas las sillas estaban a la misma altura, dispuestas en forma de rectángulo, sobre una enorme alfombra, de tal manera que todos podíamos vernos, como en la sala de una casa. En el fondo dos grandes bibliotecas repletas de libros de pasta blanca, separadas por una gran pintura en la que aparecía un Cristo resucitado y suspendido en el aire siendo adorado por dos ángeles. Justo debajo de él, un sarcófago abierto y junto al sarcófago, cuatro soldados romanos. Al principio creí que eran seres cansados, hastiados o aburridos. Pero luego observé que tres estaban dormidos y uno apenas despertaba mientras sucumbía al asombro del milagro. Se trata de La Resurrección, del pintor Pietro Perugino. Una obra que data del año 1499 y de la que se dice que la mayoría fue ejecutada por el famoso pintor Rafael, siendo aún asistente de Perugino. El nombre completo de la pintura es La Resurrección de San Francesco al Prato.
Fue John Mumford, el británico, quien primero tomó la palabra. Nos presentó y explicó brevemente el espíritu que nos motivaba a realizar esta visita. A la derecha del Papa estaba un sacerdote joven que le traducía al oído. El Cardenal Koch estaba al lado izquierdo de Francisco. El Cardenal Kurt Koch ha sido uno de los artífices del diálogo franco de la Iglesia católica con la Iglesia luterana y con las iglesias ortodoxas. Fue uno de los gestores del dialogo católico-luterano que dio como resultado la Declaración Conjunta sobre la Justificación. Lo observé detenidamente, mientras el inglés británico del pastor Mumford resonaba con confianza. El Cardenal Koch parecía un ser débil, pero en realidad es un hombre arriesgado y seguro de sí mismo. Aquella Declaración conjunta, firmada el 31 de octubre de 1999 en Augsburgo, fue un paso histórico que pulverizaba una de las grandes piedras de tropiezo entre ambas iglesias.
El séptimo punto de la Declaración es valiente y rompedor. Es una verdadera lástima que tantos creyentes ni siquiera sepan de la existencia de este documento. Muchos se sorprenderían si supieran que pueden encontrar estas palabras en el mismísimo sitio web oficial de la Santa Sede.
Sobre el autor:
José Chacón nació en San José de Costa Rica en 1978. Ha realizado estudios en Comunicación Colectiva, Biblia y Teología y Estudios del Mediterráneo Antiguo.
Es escritor, y conferencista. Ha sido profesor en varias universidades. Es autor de los libros «El Decálogo” , «Spiro», «Paradoxa”, «Libre, tener fe y no morir en el intento”, “Mysterium Salutis” y “Cambio de Planes”. Miembro del Foro de Diálogo Interreligioso de Costa Rica y egresado del Programa Internacional (IVLP) del Departamento de Estado (USA) en el tema de Diálogo Interreligioso. Ha estado involucrado en temas migratorios como embajador de ACNUR Centroamérica, es fundador de la Editorial Abyad, la agencia literaria Lectopatía, el Museo de la Empatía de Costa Rica y Letras de Costa Rica en Madrid. Actualmente vive en Costa Rica junto a su esposa Laura y sus dos hijos, Santiago y Paula.