Franciscus, Via della Conciliazione - I Parte | Por José Chacón

FRANCISCUS es una serie de crónicas sobre la visita de un grupo de pastores y teólogos evangélicos (del Movimiento de La Viña) al Vaticano y su reunión con el Papa Francisco. Una serie que poco a poco irá desgranando, en formato literario, una experiencia con muchas enseñanzas y que reafirma la urgencia, el clamor, por un mundo menos dividido.
Via della Conciliazione - Ciudad del Vaticano
La Guardia Suiza permitió sin vacilar que el vehículo entrara a la Ciudad Estado del Vaticano. La furgoneta negra, propiedad del Pontificio Concilio para la Unidad de los Cristianos avanzó confiadamente, Vaticano adentro, hasta culminar en una gran plaza. Llovía levemente sobre Roma. Frente a nosotros el Palacio Apostólico, el Palacio de los Papas. En él han habitado y reinado por siglos los líderes supremos de la Iglesia romana.

La noche anterior habíamos recibido la notificación de que seríamos recogidos por los personeros del Pontificio Concilio para la Unidad de los Cristianos justo en la significativa Via della Conciliazione (Vía de la conciliación). Una avenida de 500 metros de longitud que conecta la Plaza de San Pedro con el Castel Sant’Angelo en la ribera occidental del río Tiber. Fue construida entre pugnas y altercados políticos luego de que el Papa Pío IX declarara sentirse un prisionero en el Vaticano. Esta frase fue dicha en el contexto de la ocupación que sufrió el Vaticano por parte del Reino de Italia durante el siglo XIX. ¿Se sentirá Francisco prisionero en el Vaticano? ¿O se sentirá prisionero del Vaticano?

Yo pensaba contínuamente en la elección del lugar para el primer contacto, podría ser un sitio elegido al azar, por comodidad o cercanía, eso es cierto. Pero ¿y si encerraba, mas bien, una elección completamente intencionada, por parte de nuestros anfitriones? La conciliación podría ser un mensaje, una especie de consigna, una clave. Entonces decidí creerlo: La Via della Conciliazione era una clave hermenéutica mediante la que deberíamos interpretar todo lo que acontecería en los siguientes días.

Llegamos con aplomo a la Avenida y, con una puntualidad asombrosa, vimos aparecer la furgoneta vaticana debidamente rotulada. De ella descendió con cierta dificultad Monseñor ** apoyaba su cuerpo en un paraguas negro que manejaba ágilmente con su mano izquierda. A primera vista parecía un débil y octogenario religioso que caminaba con cierta dificultad.

A mi me pareció haberlo visto antes, quizás era solo mi imaginación, pero dos días atrás yo contemplaba detenidamente, entre empellones y llamadas de atención: “¡No cameras!, ¡no pictures please!”, los frescos de la Capilla Sixtina, la capilla de la Basílica de San Pedro. Ese día cientos de visitantes de todas partes del mundo deambulaban erraticamente por los entresijos que dejaban entre sí las personas, todas con la mirada extasiada y el cuello incómodamente retorcido, apuntando hacia la famosa bóveda. Pero no hace demasiado, justo el 13 de Marzo del 2013, esta misma capilla, con estos mismos frescos, estaba cerrada a cal y canto, conteniendo al Cónclave del Colegio Cardenalicio para la elección de un nuevo Papa. La Sede de Pedro no se encontraba vacante esta vez, la Iglesia aun contaba con un Papa vivo. Una suerte de cesación voluntaria que, sin embargo, no implicaba dejar de ser Papa. Benedicto XVI contemplaba a la distancia el abrumador despliegue noticioso de la elección de su propio sucesor. 
A mi me pareció ver al hombre del paraguas. Casi estaba seguro que era el, o alguien misteriosamente parecido ¿Cuántos hombres se parecerán a él dentro de la Ciudad Pontificia? Un paraguas en la mano, dentro de la Capilla Sixtina, eso me llamó la atención. Sobre mi cabeza el maravilloso “trasero blanco” del Dios creador del sol y la luna, que se gira violentamente luego de proferir la orden para que aparezcan las dos lumbreras mayores (Génesis 1:16), dejando al descubierto el voluptuoso e increado espacio existente in posteriori parte spine dorsi. Intuí el diálogo teológico en la cabeza de Miguel Angel mientras se debatía si Dios tenía trasero o si, por el contrario, Dios no necesitaría de uno. Pero Miguel Angel sucumbió gracilmente al antropomorfismo, inmortalizando una imagen de Dios que nos persigue hasta nuestros días.

En el periodo en que la Sede de Pedro se encuentra vacante, un cardenal asume la dirección de la Iglesia, se trata del Camarlengo (del germánico kamarling, camarero). En cuyo caso se acuña una medalla con su escudo de armas. Dos llaves cruzadas, una de oro y otra de plata, y un ombrellino o un gran paraguas (¡Si, un paraguas!) que cubre las llaves solas, es decir, un espacio vacante.

De regreso a la Via della Conciliazione, Monseñor nos saludó con una gentileza sobrecogedora. Uno a uno fuimos saludados e invitados a tomar un asiento dentro de la furgoneta. Cuando todos los espacios estuvieron ocupados, nos percatamos de que Monseñor no tenía sitio. Entró al vehículo ayudado por su paraguas y decidió sentarse en el suelo. La espontánea reacción del grupo entero sobrevino casi violentamente. Todos ofrecimos nuestro cómodo asiento al anciano Monseñor. Insistimos con vehemencia hasta que su voz segura y amigable a la vez zanjó el dilema de una vez por todas: Voi siete i nostri ospiti!!! (¡Ustedes son nuestros invitados!). Así emprendimos el camino hacia nuestro encuentro con Francisco, un grupo de pastores y teólogos evangélicos sentados cómodamente en nuestros asientos, junto a nuestro católico anfitrión sentado en el suelo de la furgoneta. Todo apenas estaba por comenzar.

Sobre el autor:
José Chacón es de Costa Rica, ha realizado estudios de Periodismo, Biblia y Teología. Es autor de los libros "El Decálogo, un canto de adoración" y "Spiro". Fundador de la Comunidad Interludio.


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