En el artículo anterior conocimos al Samuel que nadie esperaba: el efraimita que no tenía sangre levítica, pero que terminó siendo la voz que Israel necesitaba; el niño que creció en el templo mientras los hijos del sacerdote lo corrompían desde adentro; el refundador que no perdió ni un minuto en denunciar a los que lo habían arruinado todo. Hoy seguimos el recorrido por este personaje con cuatro dimensiones que el texto del primer libro de Samuel desarrolla con una precisión literaria que merece ser leída despacio: su nombre, que la tradición ha malentendido desde siempre; su madre, que fue su formadora espiritual real mucho más que Elí; su crecimiento en contraste con la caída de los hijos del sacerdote; y la transición que él protagoniza, la más radical de la historia de Israel: del arca a la palabra como mediación de la presencia de Dios.

Comentario Bíblico Mundo Hispano – Tomo 5: Samuel
Comentario Bíblico Mundo Hispano – Tomo 5: Samuel es una herramienta seria de estudio bíblico escrita originalmente en castellano desde el contexto del mundo hispano. Integra el texto de la Biblia RVA, introducciones amplias, exégesis, artículos de interés, mapas y ayudas pastorales. Su valor está en combinar rigor bíblico, sensibilidad homilética y recursos prácticos para comprender mejor los libros de Samuel.
I. Su nombre es dios: la confusión que el texto no corrige y el nombre que sí importa
Hay un malentendido que el primer libro de Samuel produce deliberadamente y que ha viajado sin corrección a través de siglos de tradición religiosa. Cuando Ana da a luz a su hijo, el texto dice que lo llamó Samuel porque se lo había pedido a Yahvé, y esa frase, que suena como si fuera la etimología del nombre, no lo es. Samuel no significa “pedido a Dios”. Ese es el significado de Saúl, que en hebreo se escribe y se pronuncia de manera suficientemente parecida como para que la confusión sea casi inevitable. Samuel, en su raíz etimológica, significa “su nombre es Dios”, y esa diferencia, que parece un detalle de lingüística académica, tiene una profundidad teológica que define todo el personaje.
“Su nombre es Dios” quiere decir que en Samuel se va a reiterar la presencia de Dios entre el pueblo, que donde esté Samuel estará el nombre de Yahvé, que la vida de este hombre será en sí misma una manifestación de la presencia divina. Y eso es exactamente lo que el texto confirma a lo largo de su historia: “Yahvé estaba con Samuel”, dice el capítulo 3 con una sencillez que acumula un peso enorme; Samuel crecía ante Yahvé, repite el capítulo 2; y cuando el arca se pierde en la batalla de Afec, cuando el símbolo físico de la presencia de Dios en Israel queda en manos filisteas, Samuel se convierte en lo que el arca ya no puede ser: el arca ambulante de Yahvé, el lugar donde la presencia divina sigue disponible para el pueblo aunque los objetos sagrados hayan desaparecido.
El libro de Samuel tiene este patrón de nombrar algo y luego hacer una declaración teológica que los lectores confunden con el significado del nombre. Ocurre también con Ebenezer, esa piedra que Samuel erige tras la victoria sobre los filisteos y a la que llama “piedra de ayuda”. Todo el mundo cree que Ebenezer significa “hasta aquí nos ayudó el Señor”, porque eso es lo que Samuel dice cuando la coloca, pero esa es la declaración teológica del momento, no la etimología de la palabra. Ebenezer significa “piedra de ayuda”, y Samuel fue, en toda la extensión de ese nombre, la piedra de ayuda que Israel necesitaba cuando todo lo demás estaba cayendo.
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II. Ana: la mujer que formó al profeta que Elí no pudo criar
Hay una tendencia en la lectura tradicional de la historia de Samuel que le asigna a Elí el papel de mentor espiritual del niño, y que se basa en el hecho de que Samuel efectivamente creció en el templo de Siló bajo la supervisión del sacerdote. Pero el texto es más cuidadoso que esa lectura: cuando describe lo que Samuel aprendió de Elí, habla de cosas funcionales —las directrices del servicio en el templo, el manejo del santuario, incluso el discernimiento inicial de la voz profética en la escena del llamamiento—, mientras que cuando describe la relación de Samuel con Dios, con la radicalidad de su pertenencia y con la integridad de su servicio, el texto apunta en otra dirección.
Ana lo había entregado a Yahvé para siempre antes de que naciera, lo había ofrecido con toda la ofrenda que los ritos exigían cuando tenía tres años, y luego regresaba cada año al templo a visitarlo con un vestido pequeño que ella misma le había confeccionado. En esas visitas anuales había conversaciones que el texto no transcribe, pero que el relato de Ana permite imaginar: la madre que le explicaba al niño por qué estaba ahí, lo que ella había pedido, lo que había prometido y lo que había cumplido; la historia de una esterilidad que se convirtió en fuente, de una humillación que se convirtió en canto, de un vacío que se llenó hasta tener cinco hijos más después de haberlo entregado a él.
Esa narrativa que Ana le construyó a Samuel año tras año es lo que Elí nunca pudo darle, porque Elí no tuvo con sus propios hijos la capacidad de transmitir lo que él mismo sabía. Lo que Samuel aprendió de Elí fueron funciones; lo que aprendió de Ana fue una manera de caminar con Dios. Y esa diferencia entre el conocimiento funcional del ministerio y la disposición interior que lo sostiene es exactamente la que el texto deja ver en el contraste entre Samuel y los hijos de Elí: los tres sabían lo que había que hacer en el templo, pero solo uno de ellos lo hacía delante de Yahvé y para Yahvé, porque solo a uno de ellos una madre le había injertado desde la cuna una manera de tratar con Dios que no depende del ambiente, sino de la convicción.
La fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.
III. El crecer y el caer: dos trayectorias que no pueden cohabitar para siempre
El texto del primer libro de Samuel construye el retrato de Samuel a través de una palabra que se repite con una regularidad que no puede ser accidental: crecer. El niño Samuel crecía ante Yahvé, dice el capítulo 2; crecía y se hacía grato a los ojos de Dios y de los hombres, repite el versículo 26; Samuel crecía y Yahvé estaba con él, confirma el capítulo 3.
Y cada una de esas afirmaciones sobre el crecimiento de Samuel aparece en el contexto de lo que estaban haciendo los hijos de Elí, como si el autor quisiera que el lector viera ambas trayectorias al mismo tiempo y entendiera que la historia de Israel no era solo una historia de decadencia, sino también, simultáneamente, una historia de renovación que estaba ocurriendo en silencio.
Porque ningún liderazgo que no contribuye al desarrollo del pueblo puede permanecer, y el libro de Samuel lo demuestra con una coherencia que se extiende más allá de los hijos de Elí hasta alcanzar a Saúl y a los reyes que vendrán después. La estructura del libro cruza siempre dos trayectorias: una que baja y una que sube, una que se aleja de Yahvé y una que se acerca, una que acumula poder para sí misma y una que lo pone al servicio de los demás. Y lo que el texto muestra con una lucidez todavía perturbadora es que esas dos trayectorias no pueden cohabitar indefinidamente: tarde o temprano, la que cae termina de caer y la que crece termina de emerger, aunque el proceso sea lento y aunque durante años parezca que nada está cambiando.
Samuel crece en un ambiente de corrupción sin corromperse, ministra junto a hombres que profanan el sacerdocio sin profanarse, sirve bajo las órdenes de un sacerdote que no pudo criar a sus propios hijos sin perder el respeto por ese sacerdote, y esa es una de las enseñanzas más difíciles que su historia ofrece: que el ambiente no determina el carácter, que la corrupción que nos rodea no tiene que ser la corrupción que nos define, que es posible crecer en un entorno roto sin quedar roto por él, siempre y cuando la raíz del crecimiento esté conectada a algo que el ambiente no controla.
IV. Del arca a la palabra: la transición más radical de la historia de Israel
El capítulo 4 del primer libro de Samuel narra una de las derrotas más catastróficas de la historia israelita, y lo hace con una economía narrativa que solo resalta lo esencial: Israel sale a pelear contra los filisteos, pierde la batalla, decide llevar el arca de la alianza al campamento creyendo que eso le dará la victoria, pierde la batalla de nuevo, pierde el arca, pierde a los dos hijos de Elí y pierde al sacerdote mismo, que muere al escuchar la noticia. En hebreo, el nombre del hijo que nace ese día —Icabod, que significa “sin gloria”— resume todo el capítulo: la gloria de Israel se fue.
Y, sin embargo, el arca no vuelve a Israel durante décadas. Queda primero en manos filisteas, luego en Quiryat Yearim, donde el texto dice que el pueblo lamentaba la ausencia de Yahvé durante veinte años, y Saúl, cuando llega al trono, nunca muestra ningún interés en recuperarla. Lo que esto significa teológicamente es que el símbolo físico de la presencia de Dios dejó de ser el vehículo principal de esa presencia, y que el vehículo que lo reemplazó fue la palabra, esa capacidad de Yahvé de comunicarse con su pueblo a través del profeta, que es exactamente el ministerio que Samuel inaugura en este período.
El contraste que el texto construye entre el capítulo 4 y el capítulo 7 es deliberado y devastador: en el capítulo 4, Israel va a la guerra llevando el arca y pierde todo; en el capítulo 7, Israel va a la guerra sin el arca, pero con Samuel intercediendo y la palabra de conversión en el corazón del pueblo, y gana. La liturgia sin conversión no produce victoria. Los objetos sagrados sin la relación que deberían simbolizar no producen la presencia que representan. Y Samuel lo sabe, porque lo que él le dice al pueblo antes de la batalla del capítulo 7 no es “lleven el arca”, sino “vuélvanse a Yahvé de todo corazón”, quiten los dioses extraños, fijen el corazón en él y sírvanle solo. La revolución de Samuel no es litúrgica, sino espiritual; no es de objetos, sino de actitudes; no es de rituales, sino de conversión genuina.
V. Servir bajo órdenes: la disciplina que el ministerio suele olvidar
Hay una frase que el texto repite sobre Samuel de manera significativa, precisamente porque también podría resultar incómoda: Samuel servía a Yahvé a las órdenes del sacerdote Elí. No a las órdenes de Yahvé directamente, no de manera autónoma e independiente como muchos que dicen que sirven a Dios y con eso justifican no rendir cuentas a nadie, no someterse a ninguna estructura, no reconocer ninguna autoridad humana por encima de ellos. A las órdenes de Elí, que tenía todas las deficiencias que el texto ya ha descrito en detalle: anciano, ciego, incapaz de corregir a sus propios hijos, demasiado complaciente con sus subordinados.
Y, sin embargo, Samuel sirve bajo sus órdenes. Porque la Escritura, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, construye siempre el ministerio dentro de estructuras de rendición de cuentas, dentro de comunidades y jerarquías que pueden ser imperfectas, pero que son el lugar donde el carácter se forma y donde el servicio adquiere su dimensión real. Jesús mismo comenzó su ministerio público solo después de que Juan el Bautista fue encarcelado, porque mientras Juan estaba activo Jesús no compitió con él ni intentó parecer independiente: esperó, se sometió al bautismo de Juan y asumió el ministerio cuando el que había preparado el camino ya no podía continuar. Ese es el modelo que el texto propone con una consistencia que no deja mucho espacio para la interpretación cómoda: el que quiere servir bien aprende primero a servir bajo órdenes.
En el caso de Samuel, hay algo más que subraya la madurez de esa actitud: cuando recibe una palabra profética sobre el juicio que Yahvé va a ejecutar sobre la casa de Elí, Samuel no la proclama de manera que humille o exponga al anciano. La guarda. Y solo cuando Elí mismo le pide que no le oculte nada de lo que Dios le dijo, Samuel le transmite la palabra completa, sin suavizarla, pero también sin amplificarla. La palabra profética en Samuel no es un instrumento de poder ni una herramienta de posicionamiento: es una responsabilidad que se ejerce con una sobriedad que el texto describe como respeto, incluso cuando la palabra que hay que decir es dura.
La palabra que libera y el peligro de despreciarla
El texto del primer libro de Samuel comienza con Israel carente de palabra —“la palabra de Yahvé era rara en aquellos días”, dice el capítulo 3— y termina el bloque de la vocación profética con Israel lleno de palabra: “se reveló Yahvé mediante la palabra a todo Israel”, dice el capítulo 4. Samuel es el puente que une esos dos estados, el instrumento a través del cual la palabra vuelve a Israel después de un silencio que el sistema religioso corrompido había producido. Y la palabra, en el hebreo bíblico, no es solo comunicación: es acción, es evento, es la fuerza que realiza lo que dice, como lo expresa Isaías cuando escribe que la palabra de Dios no regresa vacía, sino que hace todo lo que Yahvé quiere.
Lo que Israel aprendió en el período de Samuel es que el acceso a Dios no depende de los objetos sagrados ni de la liturgia correctamente ejecutada, sino de la disposición del corazón que recibe la palabra y la toma en serio. Cuando Israel llevó el arca creyendo que eso le garantizaba la victoria, perdió. Cuando Israel se convirtió de corazón y escuchó la palabra que Samuel les proclamó, ganó. Y esa lección, que el texto de primer Samuel construye con una claridad que no necesita comentario adicional, sigue siendo decisiva para una iglesia que tiende a confiar más en sus rituales, sus objetos, sus ceremonias y sus credenciales institucionales que en la conversión real y en la escucha genuina de la palabra que Dios sigue hablando.

