Aún no lo podíamos creer. La sorpresa no dejaba de invadirnos. Nuestro gran maestro en la cárcel. Lo veíamos allí, en una celda oscura, andrajoso, maloliente. Cada día lo visitábamos, intentando ayudarlo a olvidar, al menos por unos instantes, su penuria. Una penuria que traía aún más dolor cuando recordábamos sus razones. Las personas buenas, aquellas que buscan abogar por una mejor vida, son acalladas, encerradas, maltratadas, tenidas por locas. A los golpes, de la forma que sea, son llamadas al silencio. Se transforman en juguetes de aquellos y aquellas que lo único que quieren es mantener acolchados tronos para apoyar sus cuerpos excedidos de lujos.
Aquel día llegamos, como todos los anteriores, y comenzamos a reportar los últimos acontecimientos. Le transmitíamos a Juan los saludos de la gente, quienes nunca se olvidaban de él y de sus palabras. De quienes lo siguen esperando con profunda esperanza.
Pero ese día pasó algo distinto. Sus ojos se iluminaron. Parecía que, por un momento, todo el sufrimiento quedaba de lado. Fue cuando le hablamos de aquel nazareno que estaba haciendo revuelo por todos lados. Las historias eran muchas: que era un guerrero que estaba movilizando a la gente del pueblo para batallar contra los enviados del imperio, que era un milagrero y sanador, que podía trasladarse de un pueblo a otro en un pestañear de ojos sin que nadie lo viera, ¡hasta que caminaba por el agua!
Más allá de lo extraño que pareciera todo esto, Juan quedó atónito. Balbuceaba algo para sí, pero no podíamos entenderle. En un momento levantó la voz: “¡Es él al que estamos esperando!”, nos pareció escucharle decir. Al principio nos miramos extrañados, como preguntándonos si era eso lo que habíamos oído. Pero después nos lo confirmó. Y ahí sí que nos asombramos. ¿Podía ser ese personaje siniestro aquel que representara la expectativa de cientos de años en nuestra tradición? Nos sorprendía, y mucho. Ciertamente nos costaba digerirlo. Pero si lo decía Juan…
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¡Casi nos echó de la celda! “¡Vayan, vayan, averigüen más!”, nos decía insistentemente. Así que allí fuimos. En el camino, nos preguntábamos con el grupo: ¿cómo sería este personaje? Hicimos todo tipo de elucubraciones, de fantasías épicas y lecturas políticas. Pero ciertamente nos llevamos una gran sorpresa. Preguntando aquí y allá, dimos con ese nazareno. Era todo, menos lo que habíamos pensado. Era uno más de la gente. Casi no podíamos distinguirlo entre la multitud. Su ropa no era ni de rey ni de soldado. Bastante sucia y andrajosa, por cierto. Y tenía aspecto de haber estado varios días caminando, lo que contradecía la fantástica hipótesis de su traslación mágica de un pueblo a otro.
Al encontrarlo, fuimos directo a él. Le dijimos que nos enviaba Juan. Al pronunciar ese nombre, su semblante cambió. Su rostro reflejó gran alegría, también extrañeza, pero siempre con una mirada profunda, de esas donde los ojos se encogen como si estuviera pensando en algo más. Hasta me pareció ver un brillo cristalino en esos ojos, de esos que se forman cuando las lágrimas se contienen. Nos preguntaba por él, sobre cómo se encontraba. Mientras le contestábamos, su mirada se fijaba directamente en nuestros ojos. Reflejaba atención, entendimiento, compasión. ¡Por momentos hasta me cohibía! Su sensibilidad era profunda. Era mucho menos de lo que la gente decía, pero precisamente en ello mucho más de lo que pudimos haber imaginado.
Intentamos salir un poco de la hipnosis de dicho encuentro y plantear de una vez la razón por la que habíamos sido comisionados: “¿Eres tú el que estamos esperando?”. El nazareno nos mira, ahora con cierto rostro de curiosidad. Cubre su rostro y vemos en él, así de refilón, una risa cómplice. Vuelve a subir la cabeza. Su respuesta nos dejó atónitos. Esperábamos que nos trazara una línea genealógica que demostrara su linaje, que expusiera su sabiduría y sus conocimientos teológicos e históricos para dar respuesta a nuestra pregunta. Pero no fue así. Sus palabras fueron escuetas: miren lo que está sucediendo, lo que le sucede a la gente, lo que sienten, dicen, expresan, gritan, claman, lo que ellos y ellas viven… y saquen sus propias conclusiones.
Se hizo un silencio.
Un silencio que duró unos segundos, en el intento de digerir lo que dijo. Pero fueron segundos eternos, donde nuestra mente se revolucionó al máximo para buscar, en todo lo que nos habían enseñado sobre la ley, la fe, la historia, la teología, si algo de lo que dijo tenía algún sentido.
Mientras nos quedábamos allí, pensando, medio mareados, la gente seguía llegando, por lo cual Jesús debió irse. Pobre, ¡lo llevaban de un lado a otro! Pero él feliz. La misma sonrisa de siempre, disfrutando las compañías, las apretujadas, los llamados. A lo lejos nos saluda y nos mira con rostro de “me gustaría charlar más, pero esto es lo que debo hacer”.
Retomamos el camino de regreso con mis compañeros. La verdad es que no hablamos mucho; en realidad, casi nada. Es como que quedamos pensando en lo acontecido. Fuimos con muchas expectativas, para intentar develar uno de los misterios más importantes de la historia de nuestro pueblo y de nuestra fe. Pensábamos escuchar una exposición teológica que fundamentara alguna posible respuesta a nuestro interrogante. Y ciertamente la obtuvimos, pero no de la manera que esperábamos.
Vinimos a encontrarnos con este nazareno, de origen dudoso, con historias extrañas a su alrededor, representante de un estilo de vida no muy confiable. Tal vez, si no hubiésemos tenido esta experiencia y nos hubiésemos guiado solo por los comentarios de algunas personas, habríamos descartado de cuajo toda posibilidad de que este personaje fuera una opción a tener en cuenta. Pero ese encuentro nos dejó algo especial. Su mirada, su presencia, sus gestos, su amor, todo ello fue clave para dejarnos pensando, buscando en caminos nunca antes tenidos en cuenta. Ahora, ¿por qué no nos contestó que sí o que no de una vez? ¡Menuda ensalada mental nos dejó! Si quería dejarnos pensando, lo logró. ¿Encontraremos la respuesta? ¿Seguiremos esperando? Lo importante es que nos quedamos con la pregunta. Una pregunta que él mismo suscitó.
Vemos a un Jesús que se despojó de su condición de absoluto para abrir un “espacio pedagógico”, revalorizando el lugar de los propios enviados para alcanzar la respuesta a sus interrogantes. Pudo haber sido concreto, pero no lo fue. Abrió un espacio de diálogo, un espacio de preguntas. Y no de cualquier pregunta, sino de aquellas que remiten a cuestiones centrales de la fe, de la vida de un pueblo, de la historia. La pregunta misma sobre quién es Dios. Las respuestas no son abstractas, no son absolutas, no son taxativas. La historia, en toda su complejidad y profundidad, no solo es el escenario de la revelación, sino su contenido mismo.

