No somos folklore: somos un pueblo que busca liberación

Ventana en barrio latinoamericano mostrando en pantalla un concierto masivo, contraste entre espectáculo global y vida cotidiana nocturna.

Reflexión pastoral desde América Latina

Hace poco vimos a Bad Bunny aparecer en el escenario del Super Bowl. Para muchos fue motivo de orgullo: “un latino en el evento más grande del entretenimiento global”. Para otros, una señal de avance cultural. Yo lo miré con distancia y también con dolor, porque ese show no expresa las verdaderas aspiraciones de nuestro continente.

Portada del libro

La sociedad del espectáculo

EnLa sociedad del espectáculo, Guy Debord sostiene que la experiencia directa ha sido desplazada por su representación, y que el capitalismo ha llevado el fetichismo de la mercancía a colonizar toda la vida social. La historia, afirma, ha transitado del ser al tener y del tener al parecer, hasta el punto en que las relaciones humanas quedan mediadas por imágenes. El espectáculo no es solo acumulación de imágenes, sino una forma de relación social que sustituye la acción viva por identificación pasiva.

No nos engañemos: aparecer en un estadio mayoritariamente blanco, financiado por capital corporativo y sostenido por una maquinaria publicitaria multimillonaria, no es un acto de liberación. Es integración al mercado. Es quedar absorbidos por el mismo sistema que ha producido nuestras pobrezas, nuestras migraciones forzadas y nuestras violencias estructurales. Eso no dignifica la causa latinoamericana; la empaqueta, la vuelve vendible y la transforma en una etiqueta más dentro del consumo global.

El problema no es el artista. El problema es lo que simboliza ese momento. Somos aceptados mientras bailamos, mientras cantamos, mientras entretenemos; pero no cuando pensamos, no cuando denunciamos, no cuando exigimos justicia. Seguimos siendo el continente “alegre”, “sabroso”, “emocional”: útil para el espectáculo, prescindible cuando se trata de salarios dignos, territorios saqueados, cuerpos explotados o democracias frágiles.

Vivimos en lo que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo: una realidad donde todo se vuelve imagen, mercancía y consumo.1 El espectáculo no es solo entretención; funciona como forma de dominación. Convierte el sufrimiento en contenido y la resistencia en estética. La presencia latina en estos escenarios no altera el sistema: lo embellece. No lo desarma: lo legitima. El mercado aprendió a exhibir diversidad sin modificar las estructuras que producen desigualdad.

Esa lógica también ha penetrado nuestras comunidades de fe. En muchas iglesias reproducimos el mismo esquema: abundancia de música y emoción, entusiasmo constante, pero escasa conciencia histórica; alabanza intensa, poco análisis; espiritualidad visible, compromiso estructural débil. Hemos permitido que el cristianismo se convierta en show, y el show no salva.

Jesús no vino a entretener multitudes; vino a confrontar poderes. El evangelio no nació en estadios patrocinados, sino en caminos polvorientos, en mesas con pobres, en cuerpos rotos, en comunidades perseguidas. Cuando Satanás le ofrece “todos los reinos del mundo y su gloria” (Mateo 4:8–10), Jesús rechaza el trato. Rechaza lo que hoy celebramos con demasiada facilidad: visibilidad a cambio de silencio, fama a cambio de docilidad, plataforma a cambio de renunciar a la palabra profética.

El Reino de Dios no se construye con dinero del poder. Crece desde abajo.

Por eso la teología latinoamericana sostiene que la fe cristiana nace en la praxis liberadora de los pobres. Gustavo Gutiérrez afirmó que la teología no surge del confort, sino del compromiso histórico.2 Jon Sobrino habló del pueblo crucificado: mayorías empobrecidas que cargan en sus cuerpos el pecado estructural del mundo.3 Enrique Dussel mostró cómo la modernidad se edificó negando al Otro —colonizado, explotado, descartado— y cómo el capitalismo global prolonga esa negación.4

Confundir representación con liberación es un error costoso. Que un artista latino ocupe el centro del espectáculo global no acerca a nuestras comunidades a la justicia; más bien confirma que el mercado sabe absorber diferencias y convertirlas en producto.

Hay algo que casi nadie formula con claridad: los artistas no existen para salvar a nadie. Existen para entretener. No se trata de un juicio moral, sino de una descripción estructural. El sistema del espectáculo vive de atención, no de transformación; de aplausos, no de procesos; de instantes virales, no de cambios históricos.

Esperar liberación desde el escenario equivale a trasladar nuestra esperanza al mercado. El mercado no libera; administra deseos.

La Escritura es directa: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6:24). No hay alianza posible entre el Reino y el capital.

Como pastores y líderes latinoamericanos debemos afirmarlo sin rodeos: nuestra dignidad no depende de vitrinas globales. Nuestra esperanza no nace del reconocimiento del Norte. Nuestra fe no necesita validación comercial. Somos un pueblo con memoria de esclavitud y vocación de éxodo; herederos de comunidades que han resistido; hijos e hijas de una historia atravesada por cruz y resurrección.

Nuestra espiritualidad no es folklore. Es lucha y organización. Es ternura encarnada y pensamiento crítico. Es comunidad que cuida. Es fe que incomoda. Celebramos la alegría, sí, pero con conciencia. Cantamos, sí, pero sin anestesia. Creemos, sí, tomando partido.

El evangelio no nos llama a convertirnos en un producto cultural atractivo. Nos llama a ser cuerpo de Cristo en medio del dolor del mundo. Eso no cabe en un halftime show. Se aprende caminando con los crucificados de la historia.

Notas

  1. Guy Debord, La sociedad del espectáculo (Valencia: Pre-Textos, 2010), 37–45. ↩︎
  2. Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación. Perspectivas (Salamanca: Sígueme, 1975), 15–32. ↩︎
  3. Jon Sobrino, Jesucristo liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret (Madrid: Trotta, 1991), 43–61. ↩︎
  4. Enrique Dussel, 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del mito de la modernidad (La Paz: Plural, 1994), 55–78. ↩︎

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