Esta semana leí la noticia de la muerte de Maximino Cerezo Barredo, el sacerdote claretiano y pintor conocido como “el pintor de la liberación”, y algo en mí regresó a los primeros días de este proyecto. Falleció el 20 de febrero, a los 93 años, en España, tras una vida dedicada al arte cristiano en América Latina, donde sus murales marcaron iglesias, comunidades y generaciones enteras. Mientras recorría los obituarios, comprendí que no estaba leyendo solo la despedida de un artista comprometido con la teología de la liberación, sino el cierre de una etapa que también atraviesa los orígenes de Bernabé.

Cuando inicié este espacio, todavía no tenía una línea editorial tan definida. Había intuiciones, preguntas, convicciones sueltas. Y varias de las imágenes que ilustraron los primeros artículos y portadas de redes sociales eran dibujos y pinturas de Cerezo Barredo. No fue una decisión estratégica; fue una afinidad profunda. Sus Cristos campesinos, sus comunidades indígenas rodeando la mesa, sus escenas bíblicas atravesadas por la historia latinoamericana decían algo que yo intentaba escribir sin lograrlo del todo: que la fe no es una idea flotando en el aire, sino una presencia encarnada en la vida concreta de los pueblos.
Mino no pintaba escenas religiosas como quien reproduce un catálogo de estampas devocionales. Su obra era una toma de posición. En sus murales el pueblo no aparece como telón de fondo, sino como sujeto. Jesús no es un personaje distante, sino alguien que comparte la suerte de los trabajadores, de las mujeres del mercado, de las comunidades desplazadas. La Biblia no se queda en el pasado; irrumpe en la historia contemporánea. Esa manera de mirar no es neutral, y tampoco lo era su pintura.
Con el tiempo entendí que aquellas imágenes estaban moldeando el tono de Bernabé más de lo que yo imaginaba. Si este proyecto insiste en leer la tradición cristiana desde América Latina, si se atreve a preguntar por el vínculo entre fe y justicia, si desconfía de una espiritualidad desentendida de la realidad social, es en parte porque desde el inicio estuvo acompañado por una estética que ya había resuelto esa tensión. Cerezo Barredo había encontrado un lenguaje visual para afirmar que el Evangelio no puede separarse de la historia concreta de los pobres.

La noticia de su muerte ha sido contada en distintos medios como la despedida del “pintor de la liberación”. El rótulo puede simplificar, pero apunta a algo verdadero: su obra dialogó con la teología de la liberación y la tradujo en imágenes accesibles, comunitarias, intensas. No era propaganda, era convicción. Y esa convicción se veía en los colores, en los rostros, en la composición coral de sus murales. Había denuncia, pero también esperanza; había conflicto, pero también resurrección.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que Bernabé nació con esa paleta de fondo. Antes de tener un manifiesto editorial, ya estaba respirando un imaginario donde la fe tenía rostro latinoamericano y donde la historia no era un obstáculo para la espiritualidad, sino su lugar natural. No copié su estilo ni pretendí imitar su trazo, pero aprendí de su postura: el cristianismo que no toca la carne de la historia termina convertido en decoración.
Por eso esta despedida no es solo un gesto de admiración a un artista que vivió más de nueve décadas. Es también un acto de memoria personal. Reconocer que hubo influencias, que hubo imágenes que ayudaron a afinar la mirada, que hubo un sacerdote-pintor que, sin saberlo, acompañó el nacimiento de un proyecto digital al otro lado del océéano. Nombrarlo ahora es una manera de hacer justicia a esa historia compartida.
Mino deja murales en paredes de iglesias y centros pastorales, pero también deja una manera de entender el arte como servicio a la comunidad y a la fe encarnada. Si Bernabé sigue insistiendo en que la teología debe dialogar con la realidad social, si continúa explorando la tradición cristiana sin desprenderla de sus implicaciones públicas, es porque en sus primeros pasos ya había aprendido a mirar a través de una paleta que no temía mezclarse con el polvo del camino.
Gracias, Mino. Tu pintura no fue un adorno en nuestros inicios. Fue una escuela silenciosa.

