Reseña de ¿El reino de los cielos sufre violencia?, de Miguel Reyes
En 1932, después del levantamiento campesino e indígena ocurrido en el occidente de El Salvador, el ejército y grupos paramilitares desplegaron una represión que dejó entre diez mil y treinta mil personas muertas. La historia salvadoreña terminó llamando a aquellos días simplemente La Matanza.
Alejandro Roy McNaught, misionero de la Central American Mission, estaba en El Salvador. Al escribir sobre lo sucedido lamentó la muerte de algunos creyentes, pero sostuvo que el gobierno debía exterminar al «enemigo común», el comunismo, y consideró que la respuesta estatal no había sido «demasiado severa».
Miles de muertos frente a una lectura religiosa que podía comprender —y hasta justificar— la represión.
Miguel Reyes recupera este episodio en ¿El reino de los cielos sufre violencia? Teologías y hermenéuticas en contextos de violencia y deja planteado uno de los problemas que atraviesa todo el libro: una manera de leer la Biblia puede ayudarnos a reconocer el sufrimiento o puede enseñarnos a no verlo. Puede acompañar la vida de quienes padecen violencia o proporcionar argumentos religiosos a quienes la ejercen.
Publicado por Ediciones Kairós en 2026, el libro reúne diez capítulos organizados en cuatro partes, además de un epílogo escrito por Nicolás Panotto. Reyes escribe desde Centroamérica, principalmente desde El Salvador y Guatemala, y desde allí conversa con la historia del cristianismo, la exégesis bíblica, la teología, el arte, la migración, el ecumenismo y la esperanza. El territorio desde donde piensa importa: las violencias de la región no aparecen como ejemplos que se agregan después a una teoría construida en otra parte. Son el lugar desde donde surgen las preguntas.
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Una Biblia que también ha servido para legitimar la violencia
El título nace de Mateo 11:12: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (RV60). Reyes advierte sobre lo que puede ocurrir cuando estas palabras se leen separadas de la vida y el ministerio de Jesús. La violencia comienza entonces a adquirir prestigio religioso: aparece el «hombre fuerte», se valida la severidad de los caudillos y los abusos dentro de las propias estructuras eclesiales pueden quedar revestidos de obediencia espiritual.
El problema viene de lejos. Reyes recorre la utilización de la Escritura durante la conquista para justificar la guerra contra los pueblos originarios y llega hasta las lecturas protestantes de La Matanza salvadoreña. Pero se cuida de distribuir culpas con demasiada rapidez. También examina a cristianos que participaron en movimientos revolucionarios latinoamericanos y encontraron en la Biblia motivos para legitimar la lucha armada.
Ese equilibrio es uno de los aciertos del libro. La violencia religiosa no queda adjudicada a una sola corriente teológica ni a un único sector político. Fundamentalismo, colonialismo, revolución y poder estatal pasan, cada uno a su manera, por el examen.
El capítulo dedicado a la historia salvadoreña lo muestra con particular claridad. Reyes coloca frente a frente fundamentalismo protestante, teología de la liberación y pentecostalismo. Reconoce lo que cada corriente aportó y examina aquello que produjo en contextos concretos. El fundamentalismo podía predicar salvación mientras permanecía al margen de las condiciones sociales que rodeaban una masacre. La teología de la liberación recuperó el compromiso con los pobres y la transformación histórica, aunque algunas de sus expresiones terminaron vinculadas con organizaciones que abrazaron la lucha armada. El pentecostalismo, muchas veces menospreciado desde ciertos espacios académicos, terminó ofreciendo a algunos pandilleros una de las pocas identidades capaces de disputar el lugar que ocupaba la pandilla.
Reyes no construye así una historia de héroes y villanos teológicos. Hace algo más difícil: examina las teologías por lo que llegan a producir cuando se encuentran con el poder, el miedo, la pobreza, la exclusión y la muerte.
Ese criterio atraviesa buena parte de las páginas siguientes. La interpretación bíblica no termina cuando establecemos correctamente el significado de un pasaje. También debe preguntarse qué clase de prácticas, relaciones y comunidades nacen de esa lectura.
¿Qué llamamos paz?
El Salvador ofrece un escenario particularmente complejo para responder.
Durante años fue presentado como uno de los países más violentos del planeta. Desde 2019, las políticas de seguridad impulsadas por el gobierno de Nayib Bukele redujeron drásticamente los homicidios y la violencia pandilleril. Reyes reconoce ese cambio, pero pone atención en su costo: encarcelamiento masivo, denuncias de violaciones a los derechos humanos, detenciones arbitrarias y nuevas formas de violencia estatal. Una sociedad puede reducir sus homicidios y todavía tener pendiente una conversación mucho más amplia sobre la paz.
Guatemala muestra otro rostro del mismo conflicto. Una población mayoritariamente cristiana convive con desigualdades económicas, exclusión étnica, pobreza, desnutrición y las heridas de una larga guerra interna. La presencia estadística del cristianismo, por sí misma, dice poco sobre cuánto del Reino está siendo vivido.
Aquí adquiere peso una de las categorías centrales del libro: shalom.
En su lectura del Jubileo, Reyes trabaja la inclusión, la reconciliación y el reposo. El shalom abarca las relaciones entre personas, familias y sociedad, e incorpora también la relación con la tierra. Por eso lo pone en conversación con el Buen Vivir latinoamericano. La paz deja de ser simplemente la ausencia de disparos y pasa a incluir justicia, dignidad, cuidado de la creación y condiciones de vida que hagan posible el bienestar colectivo.
La distinción importa. Un Estado puede conseguir orden mediante el miedo. Un ejército puede someter a sus adversarios. Una sociedad puede llamar paz al silencio producido por la fuerza. Reyes encuentra en el contraste paulino con la pax romana una manera de cuestionar esa identificación.
Su relectura de la justificación sigue la misma dirección. La doctrina no queda encerrada en la relación jurídica entre Dios y el individuo. Quien participa de la justicia de Dios está llamado a practicarla. La justificación tiene consecuencias sociales: produce personas y comunidades capaces de trabajar por la pacificación.
El desarrollo sobre el perdón será, probablemente, uno de los puntos que más conversación genere. Reyes sostiene, en diálogo con Miroslav Volf y Elsa Tamez, que el perdón puede romper la cadena de violencia y venganza, pero aclara que no sustituye la justicia. Aplicar esa convicción a sociedades heridas por pandillas, fuerzas de seguridad, guerras y violencia estatal abre preguntas difíciles. Conviene que sea así. El libro tiene más valor cuando obliga a discutir sus propuestas que cuando se lo lee buscando recetas políticas.
Cuando el enemigo puede convertirse en prójimo
Durante los años de mayor presencia pandilleril en El Salvador, algunas iglesias descubrieron algo que las políticas públicas difícilmente podían ofrecer: una identidad nueva.
Miguel Reyes recoge experiencias de comunidades que acompañaron a miembros de pandillas en procesos de abandono de la violencia y reinserción social. En ese contexto aparece la imagen de la «tercera salida». Para muchos pandilleros, el horizonte parecía reducirse a dos destinos: cárcel o muerte. Algunas iglesias abrieron una tercera posibilidad.
Ese dato obliga a mirar al pentecostalismo salvadoreño desde un lugar diferente. Reyes estudia las afinidades entre la fuerte identidad comunitaria pentecostal, la conversión como ruptura con una vida anterior, su disciplina moral y la experiencia espiritual que acompañaba ese cambio. Las mismas pandillas podían llegar a reconocer la conversión evangélica como una salida legítima. La iglesia podía convertirse, en ciertos casos, en un espacio donde dejar de ser aquello que la violencia había hecho de una persona.
Esa experiencia prepara el terreno para uno de los ejercicios hermenéuticos más memorables del libro: la lectura del buen samaritano desde las sociedades violentas de Centroamérica.
Estamos demasiado acostumbrados a la parábola. El samaritano se ha convertido en sinónimo de persona bondadosa y con ello hemos perdido parte del escándalo del relato. Para los oyentes de Jesús, judíos y samaritanos arrastraban una historia de antagonismos religiosos, políticos y étnicos. El personaje que actúa con misericordia pertenece precisamente al grupo del cual muchos habrían esperado lo contrario.
Reyes traslada esa tensión a su propio contexto: ¿qué ocurre si el samaritano tiene el rostro del pandillero?
Ya no estamos hablando del extraño simpático que ayuda a una persona herida. Reyes dirige la mirada hacia quien lleva tatuajes asociados a la pandilla, hacia aquel a quien el discurso público ha convertido en amenaza y, en ocasiones, prácticamente en una «no persona». Jesús deja abierta la posibilidad de que precisamente ese sujeto despreciado pueda actuar como prójimo.
La operación hermenéutica funciona porque devuelve a la parábola algo de su filo original. El prójimo puede aparecer del lado en que nuestras clasificaciones morales no esperaban encontrarlo.
Eso no borra el delito ni romantiza al victimario. Obliga a conservar su humanidad.
El mismo desplazamiento aparece cuando Reyes escribe sobre migración. La violencia expulsa personas de sus territorios; el desplazamiento rompe familias y comunidades; el camino migratorio las expone a nuevas agresiones. Frente a esa experiencia, el autor habla del Dios migrante, de un Reino de migrantes y de un Reino migrante. La frontera deja de ser una categoría absoluta cuando la comunidad cristiana se reconoce a sí misma dentro de una historia de peregrinaciones, desplazamientos y hospitalidad.
La paz comienza a adquirir entonces rostros concretos: el exmiembro de una pandilla que intenta empezar nuevamente, el extranjero que atraviesa una frontera, la persona que fue convertida en enemiga y la comunidad cristiana que decide acercarse en vez de observar desde lejos.
Imaginar una sociedad que todavía no existe
El capítulo dedicado al arte cambia el registro del libro, pero no abandona su preocupación central.
En diálogo con Walter Brueggemann y David Suazo, Reyes entiende la tarea profética como una forma de revelar aquello que los discursos dominantes ocultan y abrir la imaginación hacia aquello que todavía no existe. El arte puede mostrar el dolor que una comunidad ha aprendido a ignorar. También puede contradecir el presente.
Entre los ejemplos que utiliza aparece Milena Forero, artista e ilustradora colombiana y creadora del proyecto Espiritualidad en libertad, cuyas obras se encuentran en Instagram como @panderetamilennial. Reyes se detiene en sus ilustraciones sobre violencia sexual. La exposición artística de aquello que ocurre dentro de las comunidades rompe el silencio que protege a los perpetradores y concede valor al dolor de las víctimas. Para Reyes, Forero representa además una imaginación capaz de dibujar otra realidad: una sociedad donde la violencia no gobierne y las armas puedan convertirse en instrumentos de bendición.
Esta sección ayuda a comprender mejor lo que el libro entiende por pacificación. Trabajar por la paz exige capacidad para imaginar algo distinto del orden existente. Si una sociedad considera inevitable la violencia, la desigualdad o la exclusión, termina administrándolas. El arte puede romper esa resignación.
El libro desemboca por esa misma ruta en Rubem Alves.
Reyes encuentra en Romanos 5 una esperanza que mira hacia una experiencia pasada del amor de Dios, actúa en el presente y se orienta hacia el futuro. Alves le permite hablar de la imaginación como fuerza que hace posible vivir anticipadamente aquello que todavía esperamos. La esperanza, así entendida, tampoco funciona como anestesia frente al sufrimiento. Reyes la describe marcada por trabajo, resistencia, dolor y perseverancia. El sufrimiento impide convertirla en triunfalismo; la esperanza impide convertir el sufrimiento en destino.
Quizá aquí se perciba mejor la unidad de un libro formado, en buena medida, por trabajos desarrollados en distintos momentos. El propio volumen indica que varios capítulos proceden de artículos anteriores, editados y actualizados para esta publicación. Esa procedencia se nota: los registros cambian, algunos capítulos son más exegéticos, otros históricos y otros ensayísticos; ciertas ideas reaparecen más de una vez. Pero existe una preocupación que consigue mantenerlos juntos: cómo leer la Biblia y hacer teología cuando la violencia forma parte de la experiencia cotidiana de nuestros pueblos.
Su mayor fortaleza quizá esté allí. Reyes no intenta producir una teoría total sobre la violencia. Pone distintas tradiciones, doctrinas y prácticas cristianas delante de sus consecuencias históricas y pregunta qué hacen con la vida del otro.
Después de Gaza
Nicolás Panotto recoge ese hilo en el epílogo, «Hermenéuticas y teologías “después” de Gaza», y lleva la discusión hacia un terreno más abiertamente político.
Partiendo de Johann Baptist Metz y de la memoria del sufrimiento después de Auschwitz, Panotto sostiene que determinados acontecimientos históricos deben alterar nuestra manera de hacer teología. Gaza aparece dentro de esa reflexión como expresión de estructuras coloniales y lógicas que aceptan ciertas vidas como sacrificables.
Su crítica se dirige de manera particular al sionismo cristiano. Panotto cuestiona la identificación teológica entre el Israel bíblico y el Estado moderno de Israel cuando esa identificación termina legitimando determinadas agendas políticas. Amplía luego su análisis hacia imaginarios evangélicos vinculados con la Ventana 10/40, la «guerra espiritual» y concepciones del Reino formuladas desde categorías bélicas.
El tono del epílogo es más frontal que el de buena parte del libro y algunas de sus tesis seguramente producirán desacuerdo. Eso no rompe la obra. Más bien somete su argumento central a una prueba contemporánea: si la Biblia ha sido utilizada antes para justificar conquista, represión y guerra, ninguna generación cristiana puede suponerse inmune a repetir la operación.
Panotto termina regresando al shalom. Frente a una paz definida por dominación o eliminación del enemigo, propone una paz vinculada con convivencia, justicia, cuidado y posibilidad de vida.
Gaza queda así colocada al final de una trayectoria que comenzó muchas páginas antes con La Matanza de 1932. Cambian el territorio, los actores y las circunstancias. Permanece la disputa por el lenguaje religioso con el que nombramos a las víctimas, a los enemigos y a Dios.
Por qué vale la pena leer este libro
Recomiendo ¿El reino de los cielos sufre violencia? por su lugar de enunciación. Reyes hace teología desde Centroamérica. El Salvador y Guatemala no sirven como decorado para teorías importadas: proporcionan las heridas, contradicciones, experiencias e iglesias desde las cuales la Biblia vuelve a ser leída.
Lo recomiendo por su desconfianza frente a la inocencia ideológica. El libro puede cuestionar el fundamentalismo protestante sin convertir automáticamente a la teología de la liberación en su contrario virtuoso. Puede valorar la función social del pentecostalismo sin idealizarlo. Puede reconocer la disminución de los homicidios y al mismo tiempo discutir qué entendemos por paz.
También por la forma en que acerca la exégesis a la calle. El Jubileo entra en conversación con las pandillas y el Buen Vivir; el buen samaritano puede tener tatuajes; la justificación paulina deja de ser una discusión encerrada en categorías forenses y comienza a preguntarse por la justicia que practicamos.
Y lo recomiendo porque devuelve a la iglesia una responsabilidad que a veces preferiría delegar. Una comunidad puede leer la Biblia, cantar, predicar y celebrar sus cultos mientras la violencia organiza la vida a pocos metros de sus puertas. Reyes obliga a mirar qué ocurre cuando la fe sale de allí y se encuentra con víctimas, victimarios, migrantes, personas encarceladas, mujeres que han sufrido violencia, comunidades excluidas y sociedades cansadas de vivir bajo el miedo.
No todas las páginas tienen la misma fuerza. La procedencia diversa de los ensayos produce reiteraciones y cambios de registro; algunas propuestas teológicas quedan más desarrolladas que otras, y determinadas aplicaciones —sobre todo alrededor del perdón, la violencia política y las tesis del epílogo— merecen ser discutidas con cuidado. Nada de eso disminuye mi recomendación. Un libro teológico que entra en asuntos de esta magnitud debería provocar conversación y desacuerdo.
¿El reino de los cielos sufre violencia? vale la pena precisamente porque rehúsa permitir que la lectura de la Biblia permanezca protegida de sus consecuencias.
Si nuestras iglesias leen tanto la Biblia, ¿qué clase de comunidades está produciendo esa lectura?

