Impulsar la vida de otros: Howard Thurman, pastor, mentor y acompañante espiritual

Howard Thurman, pastor y mentor espiritual, en una imagen editorial sobre liderazgo cristiano, vida interior y acompañamiento espiritual.

Luego de mirar al Thurman niño frente al mar y al intérprete de aquello que él llamó «los desheredados», este tercer movimiento de la serie nos conduce al Thurman pastor, mentor y acompañante espiritual. Desde sus primeros años de ministerio, cuando fue ordenado como pastor bautista en Daytona Beach y luego llamado a servir en Mount Zion Baptist Church, en Oberlin, Ohio, Thurman comenzó a integrar la predicación, la enseñanza, el descubrimiento vocacional y el desarrollo de la vida interior. Esa unión maduraría con los años y sería reconocida como una de sus contribuciones más fecundas.

En nuestro recorrido por la vida de Thurman nos encontramos ya en 1932. Ese año se trasladó a Washington D. C. para ocupar la cátedra de Religión en la Universidad Howard, donde fue nombrado primer decano de la Capilla Rankin en 1936. Durante la década de 1940, la capital era un hervidero de activismo a favor de los derechos civiles. Muchos de sus protagonistas eran intelectuales de la Universidad Howard, y la influencia de Thurman puede vincularse con ese momento. En 1943 se le pidió que recomendara a un estudiante para fundar intencionalmente una nueva iglesia en San Francisco. Para sorpresa de todos, él mismo respondió al llamado. En 1944 cofundó la Church for the Fellowship of All Peoples, considerada la primera iglesia de Estados Unidos establecida intencionalmente como interracial, intercultural e interreligiosa. Fue pensada como un espacio para cultivar relaciones auténticas entre personas separadas por fracturas raciales, en medio de la guerra mundial. Thurman entendía que el camino hacia la comunidad requería experiencias repetidas de encuentro, adoración, conversación y reconocimiento mutuo.

La Church for the Fellowship of All Peoples fue un laboratorio espiritual de convivencia. En esta comunidad cristiana, la liturgia vibrante, el silencio, la oración y el compañerismo se convirtieron en ejercicios de reconciliación. En 1953, Thurman aceptó el puesto de decano de Marsh Chapel, en Boston University. Llegó a ser el primer afroamericano en ocupar una posición de ese tipo en una universidad predominantemente blanca. Desde allí continuó predicando incansablemente. Ese mismo año, la revista Life lo reconoció como uno de los doce líderes religiosos más importantes del país. Enseñó, viajó, publicó algunos de sus trabajos más importantes y ejerció un ministerio de presencia en la vida de jóvenes estudiantes como Martin Luther King Jr.1

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Esta faceta de Thurman es fundamental para entender su legado. Su concepción de la formación del liderazgo era orgánica: ayudaba a los jóvenes llamados a entrar en contacto con su propia interioridad. Los orientaba a explorar aquello que él llamaba «el sonido de lo genuino», «el sentimiento de plenitud» o esa zona profunda del consentimiento personal donde una persona descubre a qué vale verdaderamente la pena entregarle la vida.

En su libro Disciplines of the Spirit, Thurman explora las disciplinas que sostienen la vocación: el compromiso, que ordena la vida después de la conversión; el crecimiento, que nos permite tomar conciencia del yo como yo ante mis crisis, mis riesgos de fallar y mis posibilidades de triunfar; el sufrimiento, que genera sabiduría porque forma parte de nuestra experiencia humana y del ejercicio de nuestra libertad; la oración y el silencio, que afinan la percepción y auscultan la voz divina; y la reconciliación, que desplaza del centro nuestro propio ego para intentar entender a otros y ser entendidos por ellos.

Por eso, su influencia en los líderes del movimiento por los derechos civiles tuvo una textura particular. Más allá del púlpito que ocupó, de la cátedra donde enseñó o de la iglesia donde sirvió, fue guía espiritual para un movimiento que, ante todo, necesitaba un pastor. Su presencia ayudó a sostener a quienes se encontraban en la frontera entre la acción pública y el desgaste interior. En una época de violencia racial, amenazas, cárcel, marchas y decisiones difíciles, la lucha encontró en Thurman un alma dispuesta a escuchar con empatía a los demás.

Este aspecto resulta especialmente pertinente para el liderazgo latinoamericano de hoy. El pueblo latinoamericano, de aquí y de allá, vive en medio de urgencias pastorales, migratorias, económicas, familiares y generacionales. Sus líderes suelen convertirse en traductores, consejeros, gestores de crisis, predicadores, organizadores comunitarios y paños de lágrimas ante dolores ajenos. En ese ritmo, la vida interior puede quedar abandonada. Hacen falta espacios sostenidos de formación y dirección espiritual, círculos de discernimiento, redes de cuidado y formas de acompañamiento mutuo.

Una iglesia latinoamericana que acompaña a sus líderes necesita abrir espacio para que el alma de esos líderes pueda hablar sin miedo. Hacen falta grupos de pacto, casas pastorales con salas abiertas y horarios flexibles, tiempo destinado a conversaciones transparentes donde la oración se mezcle con las carcajadas, donde se aprenda a respetar los silencios y a enseñarlos, donde se discierna el compromiso y se pueda nombrar lo que es cansancio; espacios donde, al escuchar la voz de Dios, sea posible aguantar la presión histórica del momento.

Allí puede nacer una autoridad espiritual más serena, menos dependiente del reconocimiento institucional, más cercana al pueblo y más atenta al Espíritu. A ese tipo de altar comunitario podremos llevar nuestros frecuentes complejos de inferioridad, nuestras ansias desmedidas de poder y las pequeñas, tontas y efímeras rencillas de liderazgo que tanto abundan.

Thurman fue pastor del alma pública de los desheredados: de quienes lo rodeaban en el movimiento por los derechos civiles, de quienes acompañó como decano de Marsh Chapel en Boston University y de quienes compartieron con él la vida de la Church for the Fellowship of All Peoples, en San Francisco. En ese legado vemos su sueño de crear una comunidad basada en la diversidad reconciliada. ¿Puede servirnos esto como ejemplo en tiempos de polarización extrema como los que estamos sufriendo? Confío en que sí. Así como requerimos teólogos públicos, también necesitamos pastores: cuidadores del alma pública.

Referencias

Eisenstadt, P. (2021). Against the Hounds of Hell: A Life of Howard Thurman. University of Virginia Press.

Thurman, H. (1949). Jesus and the Disinherited. Abingdon Press.

Thurman, H. (1979). With Head and Heart: The Autobiography of Howard Thurman. Harcourt Brace Jovanovich.

ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:

Un sueño en el corazón: Howard Thurman y el sentido de una vida fecunda

Ricos desheredados: Howard Thurman, intérprete de la realidad de su tiempo

Impulsar la vida de otros: Howard Thurman, pastor, mentor y acompañante espiritual

  1. En septiembre de 1958, Martin Luther King Jr. y Howard Thurman se reunieron en el Hospital Harlem de Nueva York, donde King se recuperaba de las heridas sufridas tras ser apuñalado por una mujer con problemas de salud mental mientras firmaba libros en una tienda local. Aproximadamente cinco semanas después de aquel encuentro, King le escribió a Thurman para agradecerle sus consejos y plantearle una pregunta decisiva: «¿Y ahora qué camino debo seguir?».
    Según Taylor Branch, a esa hospitalización le siguió un «período de relativa quietud único en toda su vida adulta», marcado por una reducción significativa de sus compromisos públicos. Eisenstadt, Peter (2021), Against the Hounds of Hell: A Life of Howard Thurman, p. 290.
    Tras su recuperación, King planificó y realizó un viaje a la India durante los primeros meses de 1959. Aquel recorrido guardaba semejanzas con el que Thurman había emprendido dos décadas antes: ambos buscaban espacios de diálogo y reflexión que fortalecieran la lucha no violenta. ↩︎

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