Después de Juan de la Cruz y Simone Weil, Evelyn Underhill llega como una respiración distinta dentro de esta serie. Su profundidad no aplasta. Abre una puerta. Underhill conocía la tradición mística con rigor, pero una parte importante de su trabajo consistió en traducir esa tradición para personas que viven entre horarios, tareas, cansancio, trabajo, relaciones y preguntas reales.
Su libro La práctica del misticismo es «un libro pequeño para gente normal». La intención es clara: explicar qué puede ofrecer la mística a una persona común y bajo qué condiciones personas ordinarias pueden participar de esa experiencia espiritual. En The Life of the Spirit and the Life of To-day, Underhill insiste en hablar de la vida espiritual “en el lenguaje del momento” y en describirla como una vida posible “en el aquí y ahora”, no como una reliquia de otros siglos.
Evelyn Underhill no fue solo una estudiosa de la mística. Fue escritora, guía espiritual y líder de retiros dentro del mundo anglicano. King’s College London la reconoció como miembro distinguida en 1927 por su obra sobre la mística y su servicio a la Iglesia de Inglaterra; también la presenta como una de las figuras importantes de la dirección espiritual y los retiros en las décadas de 1920 y 1930. Su libro La mística, publicado originalmente en 1911, sigue siendo una obra clásica para estudiar la naturaleza y el desarrollo de la conciencia espiritual.
Underhill ayuda a comprender algo que la vida cristiana necesita recuperar: la espiritualidad no es una zona separada de la existencia. Es una forma de vivir despiertos ante Dios en medio de la vida ordinaria.
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1. Tomar en serio la vida que ya tenemos
La vida espiritual suele imaginarse como una versión mejorada de la vida: más silencio, más tiempo, más retiro, más orden. Underhill toma otro camino. No pregunta cómo huir de la vida diaria, sino cómo vivirla desde una profundidad mayor.
Su aporte sigue siendo actual. La espiritualidad cristiana no comienza cuando todo se calma. Comienza en la vida que ya tenemos: el cuerpo que se cansa, la casa que exige atención, el trabajo que consume energía, las conversaciones pendientes, las noticias que pesan, las responsabilidades que no desaparecen.
Underhill escribió La práctica del misticismo en el contexto de la Primera Guerra Mundial. En el prefacio reconoce que hablar de contemplación en tiempos de conflicto podía parecer fuera de lugar. Pero justamente allí afirma que una mística “práctica” no puede servir solo para tiempos tranquilos. Si se derrumba bajo la presión de los acontecimientos, queda reducida a un “juguete espiritual”.
Esa frase tiene filo para nuestro tiempo. Una espiritualidad que solo funciona cuando la agenda está despejada, cuando la casa está en silencio o cuando las emociones están ordenadas, todavía no ha aprendido a encarnarse.
Vivir la espiritualidad en la vida ordinaria empieza cuando dejamos de tratar lo cotidiano como interrupción y comenzamos a recibirlo como lugar de formación. El supermercado, el transporte, la oficina, la cocina, el hospital, el chat familiar, la reunión de trabajo, el cansancio del viernes: todo eso también educa el alma.
No basta con preguntarnos: “¿Tuve un momento con Dios hoy?”. También conviene preguntar: “¿Qué tipo de persona estoy llegando a ser en la manera en que respondo, escucho, compro, trabajo, descanso, discuto y cuido?”.

La práctica del misticismo
La práctica del misticismo, de Evelyn Underhill, presenta la vida espiritual no como evasión del mundo, sino como una forma más plena de habitarlo. La autora acerca el misticismo a la vida común, mostrando que la conciencia espiritual pertenece a toda persona y puede iluminar sus deberes, dolores y decisiones cotidianas. Es un libro breve y profundo para quienes buscan comprender cómo la experiencia de Dios puede integrarse con una vida activa, concreta y plenamente humana.
2. Educar la atención
Underhill entendió que la atención es una puerta espiritual. Antes de hablar de grandes experiencias, habla de una disciplina básica: aprender a recoger la vida dispersa.
En La práctica del misticismo, describe la “recolección” como una educación de la atención. La define como el sometimiento de la atención al gobierno de la voluntad. No lo presenta como una rareza reservada para especialistas religiosos, sino como un primer paso en la formación de la conciencia humana.
Esto resulta muy contemporáneo. Vivimos con la atención rota. Saltamos de una notificación a otra, de una urgencia a otra, de una preocupación a otra. El alma termina convertida en una habitación llena de ventanas abiertas.
Para Underhill, la vida espiritual requiere reunir lo que está fragmentado. La oración no es solo hablar con Dios. También es permitir que Dios vuelva a ordenar nuestra mirada.
La atención cristiana no consiste en mirar intensamente cualquier cosa. Consiste en aprender a mirar desde el amor. Ver a una persona sin reducirla a su utilidad. Ver el trabajo sin convertirlo en ídolo. Ver la creación sin tratarla como simple recurso. Ver el dolor ajeno sin pasar de largo. Ver la propia vida sin autoengaño.
Underhill habla de practicar esto “día tras día”, recuperando la atención errante y renovando la sencillez de la mirada. En una cultura entrenada para la reacción inmediata, esa práctica tiene algo contracultural.
Una forma sencilla de comenzar sería esta: antes de abrir el teléfono en la mañana, guardar un minuto de silencio; antes de responder un mensaje difícil, respirar y pedir lucidez; antes de terminar el día, mirar qué ocupó más espacio interior. La atención revela nuestros amores. También puede empezar a sanarlos.
3. Ordenar el deseo
Underhill no reduce la espiritualidad a concentración mental. Para ella, la atención y el deseo van juntos. La vida espiritual no pregunta únicamente qué miramos. También pregunta qué queremos.
En La práctica del misticismo, al hablar de “amor y voluntad”, Underhill afirma que el camino interior exige simplificar el carácter, reunir las fuerzas dispersas del alma y orientarlas hacia un centro. Dicho de otra forma: una persona puede estar muy ocupada en asuntos religiosos y seguir interiormente desordenada.
La dispersión no siempre se ve como caos. Muchas veces tiene apariencia de productividad. Podemos hacer mucho, hablar mucho, publicar mucho, servir mucho, opinar mucho y, aun así, vivir partidos por dentro.
Underhill empuja hacia una pregunta más honesta: ¿qué centro está organizando mi vida?
Puede ser Dios. También puede ser la imagen personal, el reconocimiento, el miedo, la aprobación, el resentimiento, el control, la nostalgia, la ansiedad por pertenecer. Cada centro forma una espiritualidad distinta.
La vida ordinaria revela nuestros verdaderos centros: lo que nos irrita, lo que nos roba paz, lo que defendemos con demasiada fuerza, lo que no soportamos perder, lo que buscamos cuando nadie mira. Underhill no invita a una espiritualidad decorativa, sino a una conversión del deseo.
Ordenar el deseo no significa dejar de amar la vida. Significa aprender a amar sin posesión. Trabajar sin adorar el rendimiento. Servir sin convertir el servicio en identidad. Cuidar sin controlar. Descansar sin culpa. Creer sin usar a Dios para proteger el ego.
La espiritualidad ordinaria se vuelve profunda cuando Dios deja de ser un tema y empieza a ser el centro que reorganiza la forma de vivir.
4. Orar con toda la vida, no solo con una parte religiosa de nosotros
Underhill tenía una comprensión amplia de la oración. En The Life of the Spirit and the Life of To-day, rechaza reducirla a un solo acto. La oración incluye adoración, dependencia, alegría, paz, oscuridad, contrición, deseo y comunión con la realidad eterna.
Esta amplitud importa mucho. Hay personas que creen que oran mal porque no siempre sienten devoción. Otras abandonan la oración porque sus emociones no encajan con el lenguaje religioso disponible. Underhill permite pensar la oración como el lugar donde la vida entera comparece ante Dios.
Orar en la vida ordinaria no siempre tendrá forma de retiro, liturgia extensa o silencio prolongado. También puede tomar forma de lucidez en medio del ruido, fidelidad en una tarea pequeña, humildad en una conversación, resistencia ante la desesperanza, gratitud sin espectáculo.
En la colección Life as Prayer and Other Writings, publicada como reimpresión de textos reunidos en Collected Papers of Evelyn Underhill, aparecen ensayos como “Life as Prayer”, “The degrees of prayer”, “Thoughts on prayer and the divine immanence” y “The inside of life”. Los títulos ya muestran una intuición central: la oración no pertenece solo al margen devocional de la existencia; toca el interior de la vida.
Esto no elimina los tiempos concretos de oración. Al contrario, los vuelve más importantes. Un minuto de atención real puede sostener mejor el día que muchas palabras dichas en automático. Un pequeño hábito diario puede abrir más espacio interior que una emoción intensa que se desvanece rápido.
La oración no nos saca de la realidad. Nos devuelve a ella con otro centro.
5. Volver al mundo con más amor, más adoración y más responsabilidad
Underhill nunca entendió la contemplación como evasión. En La práctica del misticismo, dice que la experiencia espiritual profunda no aísla a las personas del dolor y del esfuerzo común; más bien les da una vitalidad renovada.
Esta idea corrige dos deformaciones frecuentes. La primera es una espiritualidad sin mundo: mucha interioridad, poca justicia, poca compasión concreta, poca responsabilidad histórica. La segunda es un activismo sin fuente: mucha causa, mucha urgencia, mucho desgaste, poca adoración, poca raíz interior.
Underhill conocía esa tensión. En el último capítulo de The Life of the Spirit and the Life of To-day, aborda la relación entre vida espiritual y orden social, reconociendo el peso que había ganado el evangelio social entre jóvenes y clérigos de su tiempo. Su respuesta no fue escoger entre oración y servicio, sino sostener ambas cosas con mayor profundidad.
En otro pasaje del mismo libro, vincula una vida equilibrada con tres movimientos: Dios como Espíritu trascendente e interior, la oración como atención amorosa, y el trabajo desinteresado junto con la fraternidad como expresión de los ideales humanos. Esa tríada tiene fuerza para hoy: adoración, atención y servicio.
Por eso también importa su obra Worship. Publicada en 1937, estudia la adoración cristiana en su sentido profundo como respuesta humana a lo eterno. Para Underhill, la adoración no es un añadido estético de la fe. Es una escuela del deseo. Nos descentra. Vuelve a poner en el corazón que la vida no gira alrededor de nosotros.
La vida ordinaria necesita adoración porque el ego se reorganiza rápido como centro. Necesita comunidad porque la espiritualidad aislada puede volverse fantasía. Necesita servicio porque el amor que no toca el mundo se queda incompleto.
Underhill ayuda a vivir una fe más integrada: contemplativa sin ser escapista, práctica sin ser superficial, interior sin ser individualista, activa sin perder el centro.
Una espiritualidad para el lunes
La cuestión de fondo no es si podemos tener experiencias espirituales extraordinarias. Es si podemos vivir el lunes de otra manera.
Evelyn Underhill no rebaja la vida espiritual para hacerla accesible. La vuelve más exigente. Porque si Dios puede encontrarse en la vida ordinaria, entonces nada queda fuera de su luz: ni el modo en que usamos el tiempo, ni el trato que damos a otros, ni la forma en que descansamos, ni la manera en que respondemos al sufrimiento, ni el centro desde el cual trabajamos.
La espiritualidad cristiana cotidiana no necesita fabricar una vida paralela. Necesita abrir los ojos, educar la atención, ordenar el deseo, orar con toda la existencia y volver al mundo con más amor responsable.
Underhill lo entendió bien: la profundidad espiritual no se mide por la distancia que tomamos de la vida, sino por la manera en que Dios va transfigurando la vida que ya tenemos.
Referencias
Evelyn Underhill, La práctica del misticismo.
Evelyn Underhill, The Life of the Spirit and the Life of To-day.
Evelyn Underhill, La mística.
Evelyn Underhill, Worship.
Evelyn Underhill, Collected Papers of Evelyn Underhill.
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