Hay personajes bíblicos cuya importancia se reconoce de inmediato, y hay otros que cargan una trascendencia enorme que la historia ha sabido minimizar con una habilidad que ya resulta sospechosa. Samuel es del segundo tipo. No es profeta de los que tienen libro propio, no es rey ni legislador, no inaugura ninguno de los grandes relatos que la memoria colectiva del pueblo cristiano suele conocer de memoria, y, sin embargo, sin Samuel, Israel habría terminado siendo exactamente lo que el libro de los Jueces anuncia con esa fórmula desoladora que se repite como un estribillo: cada uno hacía lo que bien le parecía.
Samuel es, en toda la extensión del término, el refundador de Israel, el hombre que apareció cuando el sistema religioso estaba tan corrompido que ya no había nada que salvar desde adentro, y que lo hizo sin pertenecer al sistema, sin tener ninguna credencial que lo habilitara para hacerlo y sin perder ni un minuto en deslegitimar a los que lo habían arruinado.
Con este artículo iniciamos una nueva serie dedicada a este personaje que la iglesia evangélica latinoamericana necesita leer con urgencia, no como ejemplo piadoso de un niño que oyó la voz de Dios en el templo —que es la única manera en que suele aparecer en los libros de escuela dominical—, sino como el retrato de un proyecto de renovación que sale de los márgenes del sistema, que desafía la lógica del estatus religioso como condición del acceso a Dios, y que nos pregunta, con una incomodidad que el texto no suaviza, si la iglesia de hoy se parece más a Samuel o a los hijos de Elí.

Comentario Bíblico Mundo Hispano – Tomo 5: Samuel
Comentario Bíblico Mundo Hispano – Tomo 5: Samuel es una herramienta seria de estudio bíblico escrita originalmente en castellano desde el contexto del mundo hispano. Integra el texto de la Biblia RVA, introducciones amplias, exégesis, artículos de interés, mapas y ayudas pastorales. Su valor está en combinar rigor bíblico, sensibilidad homilética y recursos prácticos para comprender mejor los libros de Samuel.
I. Israel quería ser como todas las naciones: el pecado que Samuel vino a detener
Toda la historia de Israel puede resumirse en una frase que el primer libro de Samuel coloca en el capítulo 8, versículo 5, con una crudeza que el lector devoto tiende a pasar por alto: queremos un rey como todas las naciones. Esa frase no es solo la solicitud de un cambio político; es la declaración de rendición de un pueblo que ha decidido abandonar la identidad que lo hacía diferente y disolverse en el modelo que lo rodeaba, que quiere ser como todos los demás, que ya no soporta la incomodidad de ser distinto.
Porque Israel era distinto, y no solo en su teología, aunque eso ya era suficientemente revolucionario. El Dios de Israel era un Dios que no estaba con el faraón, sino con los esclavos; que no escuchaba al gobernante que subía al altar del poder, sino que escuchaba el gemido del pueblo que sufría, y que solo le prestaba oídos al gobernante en la medida en que ese gobernante también suplicaba junto al pueblo sufrido. En todas las religiones antiguas, los dioses estaban con los reyes; en Israel la cosa era exactamente al revés, y ese dato, que parece teológico, tiene consecuencias políticas, económicas y sociales que el proyecto original de Yahvé hizo concretas en la estructura misma de la nación.
Israel no tenía rey porque el rey de Israel era Yahvé, y eso significaba que el poder no estaba centralizado en una persona, sino distribuido en los ancianos de las tribus, setenta representantes de todas las familias de Israel que funcionaban como una asamblea de gobierno. No había ejército permanente, no había palacio, no había sacerdotes instalados en las cercanías del poder como élite religiosa al servicio del monarca, como ocurría en todos los reinos vecinos. La economía estaba regulada por el jubileo, esa institución que cada cincuenta años reseteaba el sistema completo: los esclavos eran libres, las tierras volvían a sus dueños originales, las deudas se perdonaban. Era imposible, en el diseño de Dios, que existieran familias ricas de manera permanente o que alguien pudiera acumular tierra y siervos más allá de ese ciclo que lo devolvía todo a cero.
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Ese era el sueño, la alternativa radical que Israel tenía que encarnar ante las naciones para que las naciones preguntaran por qué eran así. Y Samuel viene precisamente en el momento en que ese sueño está a punto de morir, en que Israel ha perdido tan progresivamente su identidad que ya se parece más a Canaán que al pueblo que cruzó el mar. El libro de los Jueces es el registro de ese deterioro, y sus últimos capítulos —con sus matanzas, sus idolatrías, sus violaciones colectivas y sus sacerdocios corrompidos— son el cuadro clínico de un pueblo que ya no sabe quién es ni a quién sirve.
II. Elí: el retrato físico de un sistema en decadencia
El texto de 1 Samuel construye el retrato de Elí con tres datos físicos que el autor coloca en momentos distintos de la narrativa, pero que forman un cuadro completo cuando se los lee juntos: era muy anciano, se estaba quedando ciego y era pesado, gordo, torpe en sus movimientos. Esos tres datos no son simplemente una descripción realista de un sacerdote viejo: son la imagen del sistema religioso israelita en ese momento histórico, envejecido, sin visión, incapaz de moverse con agilidad ante las realidades que lo rodean.
Y el paralelo que el texto construye entre Elí y sus hijos profundiza esa imagen de una manera que incomoda todavía más, porque sus hijos —que técnicamente son sacerdotes, que tienen el título, el cargo y la posición— son descritos como impíos, como hombres que no conocían a Yahvé ni las normas del sacerdocio, que se apropiaban de las ofrendas del pueblo por la fuerza y que, además, cometían inmoralidades con las mujeres que servían a la entrada del santuario. La combinación es exactamente la que el texto quiere que el lector vea: el cargo sin la vida, el título sin la consagración, la posición religiosa sin el carácter que debería sostenerla.
Elí lo sabe. Les llama la atención a sus hijos, les dice que lo que están haciendo es malo, que los pecados contra Dios no tienen intercesor. Y ellos no le hacen caso, porque el texto añade un dato que cierra el círculo: Yahvé había decidido quitarles la vida.
Hay un punto en el deterioro espiritual de un individuo y de un sistema desde el cual ya no hay vuelta atrás, porque ya nadie escucha, ya nadie atiende, ya la voz que viene de afuera les vale absolutamente lo mismo que la que viene de adentro. El libro de los Jueces describe esa condición con exactitud: cada uno hacía lo que bien le parecía, y esa frase, que suena a libertad, es en realidad la descripción de un pueblo que ya perdió el norte.
La pregunta que este retrato le hace a la iglesia evangélica latinoamericana no es cómoda: ¿cuánto del cuadro de Elí reconocemos en nosotros mismos? Una iglesia que ha crecido numéricamente hasta representar el cuarenta y cinco por ciento de la población en países como El Salvador, pero que no ha logrado mover los indicadores de pobreza, violencia e injusticia de manera significativa; una iglesia que celebra la gloria que cayó en el culto del domingo mientras la vida de la comunidad sigue igual de rota el lunes, es una iglesia que se parece más a Elí que a Samuel, más al sistema que produce el problema que al personaje que llega a resolverlo.
La fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.
III. El efraimita en el templo: la consagración como actitud y no como sangre
El primer versículo del primer libro de Samuel introduce a Samuel con un dato genealógico que el lector contemporáneo tiende a pasar por alto, pero que en el contexto cultural de Israel resultaba escandaloso: Samuel es hijo de Elcaná, de la tribu de Efraín. No de Leví. Lo que significa que Samuel no tenía ningún derecho legal ni ritual de estar en el templo, no podía acercarse al arca, no podía realizar sacrificios, no podía acceder a ninguno de los espacios sagrados que la ley reservaba exclusivamente para los hijos de Leví. El sacerdocio, según la Torá, era indefectiblemente levítico, y Samuel no era levita.
Y, sin embargo, está ahí, ministrando en el santuario de Siló, al lado de Elí, aprendiendo los caminos de lo sagrado desde niño, porque su madre Ana lo había consagrado a Yahvé antes de que naciera con el voto del nazareato, la misma forma de consagración que también había marcado a Sansón. Lo que su sangre no podía darle, su consagración lo cubría. Lo que su tribu le negaba, su entrega personal lo abría. Y en ese detalle aparentemente técnico está uno de los argumentos teológicos más radicales de toda la Escritura: el acceso a Dios no es asunto de estatus, sino de actitud del corazón; no de posición religiosa, sino de consagración; no de a qué familia pertenecer, sino de a quién decidir pertenecer.
Esa lógica, que Samuel encarna desde su nacimiento, es la misma que recorrerá toda la Biblia hasta llegar a Jesús, quien dirá que los samaritanos —ese pueblo que para el judaísmo de su época era religiosamente maldito— pueden estar más cerca del reino que los sacerdotes y los levitas que pasan de largo junto al hombre herido en el camino. El samaritano que se detiene no tiene credenciales: tiene compasión. Y la compasión, en la lógica del evangelio, abre puertas que ningún estatus puede abrir y que ningún título puede reemplazar.
IV. Lo que Samuel no hace: el refundador que no pierde tiempo en criticar
Hay algo en el texto que resulta extraordinario cuando uno se detiene a notarlo: en toda la historia de Samuel, este nunca habla mal de Elí ni de sus hijos. No los denuncia públicamente, no abandona el santuario con un discurso de protesta, no construye su identidad sobre la base de la diferencia con lo corrompido que estaba el sistema que lo rodeaba. Elí está ahí, haciendo lo que puede hacer con lo poco que le queda, y Samuel hace lo suyo. Los hijos de Elí están cometiendo las abominaciones que el texto describe con detalle, y Samuel sigue levantándose de madrugada para abrir las puertas del santuario y cuidar el arca.
Esa actitud no es ingenuidad ni complicidad: es una comprensión profunda de que la alternativa de vida no se construye deslegitimando a los que ya fallaron, sino siendo lo que ellos no fueron. El que se la pasa denunciando la corrupción ajena rara vez tiene tiempo de construir algo propio, y la energía que se gasta en señalar lo malo del sistema que lo precede es energía que ya no estará disponible para hacer lo que el momento necesita. Samuel refunda Israel no porque destruya lo que Elí dejó, sino porque hace algo completamente distinto, porque encarna una manera de ser en la que la consagración es real, la palabra es confiable y el servicio no está al servicio del propio beneficio.
Y hay algo más en esa actitud silenciosa que conviene subrayar: la renovación real nunca anuncia demasiado lo que va a hacer antes de hacerlo. Samuel no llega al santuario de Siló proclamando que él va a arreglar lo que Elí arruinó. Llega como un niño que su madre entregó, que aprende, que sirve, que está disponible, y en esa disponibilidad —no en ningún discurso sobre su misión— es donde Dios deposita la Palabra que va a cambiar la historia de Israel. La próxima vez que Yahvé habla en ese santuario después de un largo silencio, no lo hace a través de Elí, sino a través del niño efraimita que no tenía credenciales para estar ahí y que era, sin embargo, la única persona en todo el recinto verdaderamente disponible para escuchar.
V. El pecado del estatus y la conspiración del altar: una crítica a la iglesia de hoy
El retrato de los hijos de Elí —sacerdotes en cuanto al título, impíos en cuanto a la vida— tiene un equivalente contemporáneo que el texto de Samuel nos obliga a reconocer aunque nos incomode. Es la transacción que existe entre muchas comunidades de fe y sus líderes, donde la congregación exige excelencia moral al pastor a cambio de respeto y obediencia, y el pastor, para sostener ese respeto, vende una imagen de perfección que no corresponde a la realidad de su vida interior. Es una conspiración cómoda para ambas partes: la congregación tiene su figura de autoridad intachable y el pastor tiene su posición asegurada, y los dos fingen que el precio que pagan por ese arreglo es razonable, hasta que algo se rompe y la gente dice se me cayó del altar, sin entender que lo que se cayó no fue el pastor, sino la ficción que ambos habían construido juntos.
Samuel propone un modelo radicalmente distinto, y lo hace no con un manifiesto, sino con una vida: la autoridad espiritual no viene de la perfección moral, sino de la encomienda recibida y de la fidelidad a esa encomienda en el camino, que es muy diferente de haber llegado a la perfección. Pablo lo dice con una honestidad que debería aliviar a más de un líder: de los pecadores yo soy el primero, y esa declaración no le quitó ni un centímetro de su autoridad apostólica porque esa autoridad nunca dependió de su aptitud moral, sino de su llamado y de los dones con que ese llamado fue equipado. Lo que sí se exige —y Samuel también lo encarna— es que la consagración sea real, que el servicio no esté al servicio del beneficio propio y que la ética no sea un performance, sino una búsqueda genuina aunque imperfecta.
La iglesia que no aprende a distinguir entre el estatus y la consagración, entre el título y la vida, entre la posición religiosa y la actitud del corazón, seguirá produciendo Ofnis y Finés con funciones de Samuel, y se preguntará por qué el arca se la siguen llevando los filisteos.
No es el caos el que hunde a Samuel, sino Samuel el que levanta el caos
Hay una frase que contiene la teología entera del personaje: no es el estado caótico de Israel el que hunde a Samuel, sino el estado espiritual de Samuel quien levanta el estado caótico de Israel. Esa inversión —que el caos no define al llamado, sino que el llamado transforma el caos— es la enseñanza más urgente que Samuel tiene para la iglesia contemporánea.
Una iglesia que espera condiciones favorables para actuar, que se lamenta del entorno corrupto como si ese entorno fuera la excusa para no hacer nada, que mira a sus Elís y a sus hijos de Elí y concluye que en este ambiente nada puede crecer, esa iglesia ha entendido la situación exactamente al revés. El caos no es el contexto desfavorable que impide la renovación: es el escenario que la hace necesaria y que le da a la renovación toda su relevancia. Samuel no aparece a pesar del caos, sino en el medio del caos, y es precisamente ese caos el que hace de su consagración silenciosa algo que Israel no puede ignorar.
En el próximo artículo de esta serie seguiremos el recorrido por la historia de Samuel, la voz que Yahvé depositó en un niño efraimita sin credenciales, y veremos qué hace esa voz cuando finalmente llega el momento de hablar. Por ahora, la pregunta que este primer artículo deja abierta es suficientemente grande: ¿nos parecemos a Samuel o a los hijos de Elí, y sabemos honestamente la diferencia entre los dos?

