En distintos momentos de la historia, el poder político ha buscado legitimarse no solo mediante la ley o la fuerza, sino apropiándose del lenguaje religioso. Esta captura de la fe adquiere un carácter especialmente peligroso cuando se articula con tendencias autoritarias que concentran el poder, debilitan las instituciones democráticas y convierten la propaganda en herramienta cotidiana de control social. Como advierte Umberto Eco, el fascismo no siempre llega con uniformes y discursos explícitos; muchas veces emerge a través de prácticas simbólicas, nacionalismos emocionales y la construcción de enemigos internos (Eco, 2018).
En este contexto, la cercanía política e ideológica con el Estado de Israel debe analizarse críticamente. No se trata únicamente de relaciones diplomáticas, sino de una alineación que parece ignorar el sufrimiento de poblaciones civiles y las denuncias internacionales sobre violencia sistemática. La apertura a iniciativas relacionadas con excombatientes extranjeros bajo discursos de “labor social” en territorio nacional genera profundas preguntas éticas sobre soberanía, militarización simbólica y subordinación geopolítica. A ello se suma el debilitamiento de posicionamientos históricos vinculados a organismos internacionales de Naciones Unidas respecto a Palestina, revelando una política exterior cada vez más alineada con intereses estratégicos antes que con principios humanitarios.
Pero el problema no es únicamente geopolítico. También es profundamente simbólico y religioso. La instrumentalización de la fe se ha convertido en un recurso político cuidadosamente escenificado. La imagen pública de la primera dama —convertida mediáticamente en una especie de “esposa florero” que acompaña la narrativa gubernamental desde una estética emocional y aparentemente piadosa— refleja esta lógica de manipulación simbólica. La utilización de su fundación como plataforma de sensibilidad social mediática, acompañada de fotografías cuidadosamente construidas en hogares humildes, simulando cercanía con la pobreza mientras las estructuras que producen exclusión permanecen intactas, revela una política de espectáculo más que de transformación social.
Particularmente ofensiva resulta la teatralización de escenas de humildad, como compartir alimentos en ollas populares dentro de hogares precarizados, convertidos en escenarios para consumo mediático. La pobreza deja de ser una realidad dolorosa para convertirse en utilería política. Esto recuerda lo señalado por Guy Debord sobre la “sociedad del espectáculo”, donde la imagen sustituye la realidad y el sufrimiento humano se transforma en mercancía visual (Debord, 2008).
De igual manera, la fotografía tomada en una iglesia —difundida como símbolo de espiritualidad y cercanía con Dios— evidencia cómo la religión puede ser instrumentalizada para producir legitimidad moral. En términos de Pierre Bourdieu, se trata del uso del capital simbólico religioso para fortalecer una narrativa política (Bourdieu, 1999). Sin embargo, la tradición bíblica denuncia con fuerza este tipo de religiosidad vacía. Jesús confrontó duramente a quienes utilizaban la espiritualidad como mecanismo de apariencia mientras ignoraban la justicia y la misericordia.
Poder y abandono
Cuando las instituciones del Estado dejan de servir al pueblo y se convierten en mecanismos de persecución, propaganda o simulación, la democracia entra en un proceso de degradación profunda. Ministerios creados para garantizar derechos terminan funcionando como estructuras de vigilancia política y disciplinamiento ideológico. La violencia política ya no se expresa únicamente mediante la represión física, sino también a través del hostigamiento institucional, el silenciamiento de opositores y la utilización selectiva del aparato estatal.
Michel Foucault advertía que el poder moderno opera mediante dispositivos institucionales que controlan discursos y cuerpos (Foucault, 2002). En este sentido, la persecución política desde las carteras de Estado no constituye un exceso aislado, sino una tecnología de dominación.
Mientras tanto, la realidad social se deteriora. La crisis hospitalaria evidencia el colapso ético del Estado. Hospitales sin insumos, pacientes esperando atención en condiciones indignas, escasez de medicamentos y abandono de comunidades vulnerables —como ocurre en territorios amazónicos como Taisha— revelan una estructura donde la vida de los pobres parece valer menos. Esto constituye lo que Paul Farmer denominó “violencia estructural”: sistemas que producen sufrimiento de manera permanente y normalizada (Farmer, 2013).

Ética
Ética, de Dietrich Bonhoeffer, es el intento más maduro de pensar la fe en medio de un mundo quebrado, donde la reflexión ética no se queda en lo abstracto, sino que se encarna en la vida real; desde una mirada profundamente concreta, Bonhoeffer busca reconciliar a Dios con la historia, articulando una ética que nace de la experiencia, del conflicto y de la responsabilidad, convirtiendo su obra en un testimonio vivido de verdad y justicia en tiempos marcados por la guerra y la incertidumbre.
Sin embargo, frente a esta crisis, el discurso gubernamental insiste en presentar indicadores macroeconómicos como símbolos de éxito. El aumento de las reservas internacionales es exhibido como logro económico, aunque dicho crecimiento ocurre paralelamente al incremento del endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional. Esta lógica reproduce una economía sostenida sobre deuda, sacrificando bienestar social en nombre de la estabilidad financiera. El costo real de estas políticas recae sobre la población empobrecida, mientras se profundiza la dependencia externa.
A ello se suma la desconexión discursiva de ciertos funcionarios públicos con la realidad cotidiana del país. Declaraciones superficiales, extravagantes o ridículas —como aquellas asociadas al denominado “skincare coreano” promovido desde discursos ministeriales en medio de crisis sociales profundas— revelan una élite política incapaz de comprender el sufrimiento de la población. Mientras hospitales colapsan y familias sobreviven entre apagones, desempleo y violencia, parte del poder parece habitar una burbuja estética y mediática ajena al dolor colectivo.
La mentira institucional también se manifiesta en el manejo de las crisis nacionales. En temas como la crisis energética, la narrativa oficial ha oscilado entre negaciones, justificaciones y explicaciones contradictorias. Esta construcción sistemática de discursos distorsionados produce una especie de mitomanía política donde la verdad pierde valor y la ciudadanía queda atrapada entre propaganda y desesperanza.
Desobedecer para creer
Frente a este escenario, la pregunta sobre la obediencia a las autoridades adquiere una dimensión profundamente ética y espiritual. Durante años, ciertos sectores religiosos han utilizado textos como Romanos 13 para exigir sumisión absoluta al poder político. Sin embargo, una lectura integral de las Escrituras demuestra que la obediencia nunca puede convertirse en complicidad con la injusticia.
La Biblia está atravesada por historias de resistencia: profetas denunciando reyes corruptos, comunidades enfrentando imperios y discípulos afirmando que “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29). La fidelidad a Dios implica confrontar sistemas que destruyen la vida.
Dietrich Bonhoeffer comprendió esto frente al nazismo: callar ante el mal es participar de él (Bonhoeffer, 2000). En América Latina, Gustavo Gutiérrez recordó que la fe auténtica exige una opción radical por los pobres y oprimidos (Gutiérrez, 2004). Del mismo modo, Franz Hinkelammert sostuvo que toda estructura que sacrifica vidas humanas en nombre del mercado o del poder termina convirtiéndose en una idolatría de muerte (Hinkelammert, 2005).
Por ello, el silencio de muchas iglesias resulta alarmante. Cuando comunidades de fe prefieren fotografiarse con el poder antes que denunciar el sufrimiento del pueblo, abandonan su vocación profética. La iglesia no puede convertirse en escenario de propaganda gubernamental ni en plataforma para legitimar injusticias.
El evangelio exige otra cosa: denunciar la corrupción, acompañar a las víctimas, defender la dignidad humana y confrontar toda estructura de muerte. La fe no puede reducirse a ceremonias vacías mientras niños desaparecen, hospitales colapsan y la pobreza es utilizada como espectáculo político.
Como plantea Jürgen Moltmann, una fe auténtica no puede separarse del sufrimiento humano ni de la esperanza de liberación histórica (Moltmann, 1977). Hoy más que nunca se necesita una espiritualidad encarnada, capaz de llorar con las víctimas y resistir frente al abuso del poder. Cuando la religión se arrodilla ante gobiernos injustos, deja de ser evangelio y se convierte en instrumento de dominación.
Referencias
Bonhoeffer, D. (2000). Ética. Editorial Trotta.
Bourdieu, P. (1999). Intelectuales, política y poder. Eudeba.
Debord, G. (2008). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos.
Eco, U. (2018). Contra el fascismo. Lumen.
Farmer, P. (2013). Pathologies of power: Health, human rights, and the new war on the poor. University of California Press.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Gutiérrez, G. (2004). Teología de la liberación: perspectivas. Ediciones Sígueme.
Hinkelammert, F. J. (2005). El sujeto y la ley: el retorno del sujeto reprimido. Editorial Universidad Nacional de Colombia.
Moltmann, J. (1977). El Dios crucificado. Ediciones Sígueme.
Rose-Ackerman, S. (2001). Corrupción y gobierno: causas, consecuencias y reforma. Siglo XXI Editores.

