Shalom de Dios y no la paz del imperio
Una lectura responsable de la Biblia nos obliga a situarnos en un lugar y tiempo específicos. De ahí que las pregunta e inquietudes del contexto puedan iluminar el texto de diversas formas. De ahí también que el texto nos provea de respuestas que, en otro tiempo y otro lugar, pasarían desapercibidas. ¿Qué tiene que ver la enseñanza de la Justificacion paulina en la carta a los Romanos con nuestros contextos violentos? ¿Cómo la vivencia de la justicia de Dios puede guiarnos en momentos de tensión y sufrimiento? A continuación, sugiero una de las formas en que Pablo puede darnos luz en medio de situaciones de violencia.1

La teología de la reconciliación en las cartas de san Pablo
La teología de la reconciliación en las cartas de san Pablo, de Juan Manuel Granados, ofrece una lectura rigurosa y pedagógica de la reconciliación paulina como acto transformador y recreador de Dios en Cristo. El libro no solo clarifica el concepto, sino que muestra con solvencia cómo la exégesis precede y fundamenta la reflexión teológica, evitando abstracciones desligadas del texto bíblico. Es una obra sólida para quienes buscan pensar la teología paulina desde la Escritura y no al margen de ella.
La Justificación trae para el pueblo de Dios la vivencia del shalom divino, el cual más que ausencia de guerra es un estado de florecimiento y bienestar de las diferentes áreas de la vida del pueblo de Dios. En ese sentido, Juan Manuel Granado Rojas dice que “el vocabulario de la justificación, junto al de la paz, alude, más bien, a la paz mesiánica anunciada en el AT, es decir, a una paz que es don y consecuencia del restablecimiento del pueblo de Dios”.2
La propuesta paulina de paz es una confrontación directa a la pax romana que la propaganda del imperio promulgaba.3 El escrito de Epícteto es un buen ejemplo de dicha propaganda: “César nos proporciona una gran paz porque ya no hay guerras ni batallas ni mucho bandidaje ni piratería, sino que en cualquier época se puede viajar, navegar de Oriente a Poniente”. Sin embargo, la pax romana era una paz originada en la violencia y la subyugación de pueblos. Como bien lo notan N. T. Wright y Michael Bird: “La gran paz romana fue una paz creada y sostenida por la violencia despiadada”.4
En cambio, el shalom paulino tenía su origen en la justicia que viene de Dios por la cual se transforma a los injustos en hacedores de justicia (Ro 6:13), imagen que daba continuidad a la visión de los profetas bíblicos como Isaías, quién escribió: “La justicia morará en el desierto y en la tierra fructífera habitará la rectitud. El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto. Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en serenos lugares de reposo” (Is 32:16-18).5 La pacificación para los justificados, por tanto, no proviene de la fuerza de algún imperio humano sino del Espíritu transformador de la justicia revelada en Cristo (Ro 8). Además, como Gorman señala: “para las víctimas de violencia política o doméstica en la antigua Roma, como los esclavos, la promesa que la iglesia sería un espacio seguro de shalom era sin duda parte de su atractivo”,6
Como en el primer siglo, los imperios de este mundo también están tentados en lograr la paz con base en la opresión y la violencia. En Latinoamérica, se está muy susceptible a intentar lograr procesos de pacificación a partir de la fuerza de gobiernos dictatoriales, o a través del uso excesivo de la violencia por parte del poder militar y policial. Sin embargo, aunque este tipo de acciones tengan algún tipo de resultados a corto plazo, no producen la paz de Dios.7 Para que Latinoamérica goce de un estado de bienestar genuino hace falta la mediación transformativa de la justicia de Dios o, como el salmista expresa de forma espléndida, que la justicia y la paz se besen (Sal 85:10). Solo a través de ella, los pueblos latinoamericanos encontrarán paz, la verdadera paz.
- El siguiente texto es un estracto editado de mi tesis de maestría, “Análisis del concepto ‘Justificación’ en la Nueva Perspectiva de Pablo a la luz de la teología evangélica latinoamericana” (Tesís de maestría, Seminario Teológico Centroamericano, 2025). ↩︎
- Juan Manuel Granados Rojas, La teología de la reconciliación en las cartas de san Pablo (Estella: Verbo Divino, 2016, versión Kindle). ↩︎
- Epícteto, Discursos, Paloma Ortíz García, trad., Disertaciones por Arriano (Madrid: Grados, 1993), 3.13.9. Véase, también, J. A. Staples, “Empire”, en Dictionary of Paul and His Letters: A Compendium of Contemporary Biblical Scholarship, segunda edición, ed. Scot McKnight (Downers Grove: IVP, 2023, versión eBook). ↩︎
- N. T. Wright y Michael F. Bird, Jesus and the Powers: Christian Political Witness in an Age of Totalitarian Terror and Dysfunctional Democracies (Grand Rapids: Zondervan, 2024, versión Kindle). Véase, el testimonio de Tácito: “Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático pillaje, dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las riquezas y la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz al sembrar la desolación”. Tácito, Agricola, trad., J. M. Requejo, Agríçola, Germania, Diálogo sobre los Oradores (Madrid: Gredos, 2008), 30. Nótese que esta actitud imperial puede estar detrás de la enseñanza paulina en Ro 5:3-5; 8:35; 8:38. Nótese también el quejido humano y cósmico (Ro 8:22-23) que es una clara alusión al gemido del pueblo de Israel ante la violencia imperial de Egipto en el Éxodo (Éx 6:5). ↩︎
- Gorman, Romans, 149. ↩︎
- Un Espíritu que no es el “espíritu conquistador imperial” sino el Espíritu del mesianismo sacrificial de Jesús (Ro 8:11). Gorman, Romans, 49. ↩︎
- Esto es lo que Harink quiere expresar al releer Ro 4:4-5 de la siguiente manera: “Ahora bien, para el que alcanza el destino histórico-mundial (siempre en “la causa piadosa” frente a la impía) luchando por él con sus propias fuerzas, el resultado (heredar el mundo y ser una gran figura entre las naciones) no puede considerarse un don otorgado graciosamente, sino la recompensa debida por toda la estrategia política y el poder militar gastados: algo por lo que brindar. Pero para el que no se esfuerza por alcanzar el destino divinamente prometido por sus propias fuerzas, sino que confía en la gracia de Dios para lograrlo y concederlo como un don (incluso a los “impíos”), esa confianza en sí misma es participar en la justicia de Dios, ser justo, hacer la justicia de Dios en el mundo”. Douglas Harink, “Romans: A Treatise on Justice?”, Direction 44/1 (2015): 30-42. ↩︎

