«Escarbé con mis propias manos hasta llegar a lo que quedaba. Era mi niña: la reconocí por su blusa, sus tenis y el pantalón».1
Hay testimonios que deberían impedirnos seguir indiferentes. La historia de aquella madre que tuvo que buscar con sus propias manos los restos de su hija no es un episodio aislado. Es parte de una realidad que atraviesa a México: miles de familias siguen buscando2 a sus seres queridos mientras los colectivos de búsqueda realizan tareas que deberían corresponder al Estado.
Detrás de cada persona desaparecida hay un nombre, un rostro, una familia y una historia interrumpida. Por eso, frente a esta tragedia, no basta con preguntar qué está haciendo el Estado.
También debemos preguntarnos: ¿qué tiene que decir el evangelio ante esta realidad? Y de ahí surge otra pregunta: ¿qué está haciendo la iglesia?
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Una fe que habla de la vida
En buena parte del cristianismo contemporáneo, especialmente en determinados sectores evangélicos, la defensa de la vida se ha convertido en una bandera central del discurso público.
Pero aquí aparece una contradicción difícil de ignorar: podemos hablar apasionadamente de la defensa de la vida en determinados debates y, al mismo tiempo, permanecer indiferentes ante familias que llevan años buscando a sus hijos, hijas, padres o hermanos.
Podemos indignarnos ante determinadas amenazas contra la vida y guardar silencio frente a otras. Una defensa selectiva de la vida corre el riesgo de dejar de ser verdaderamente ética.
El evangelio no presenta la vida como una abstracción. En los relatos de Jesús, la dignidad de las personas concretas importa: quienes sufren, quienes son excluidos y quienes han quedado al margen de la sociedad.
Si afirmamos que toda persona posee una dignidad inviolable, entonces la desaparición de una persona también debería pesar en nuestra manera de entender y vivir la fe.
La desaparición también es una herida espiritual
La desaparición desborda el ámbito jurídico. Fractura a las familias y al tejido social.
Quienes buscan viven muchas veces entre la esperanza y el duelo. Preguntan, recorren instituciones, organizan búsquedas y, en demasiadas ocasiones, terminan haciendo aquello que las autoridades no hicieron.
Ante estas familias, la iglesia tiene una responsabilidad que no puede reducirse a ofrecer una oración.
Orar importa. Pero acompañar pastoralmente no consiste en explicar rápidamente el dolor ni en ofrecer respuestas religiosas prefabricadas; mucho menos en pedir resignación a quienes tienen derecho a exigir verdad y justicia.
Acompañar significa permanecer. Significa escuchar, sostener la incertidumbre y reconocer que algunas heridas no necesitan explicaciones religiosas, sino presencia humana.
Una tradición que no puede mirar hacia otro lado
El evangelio tampoco puede reconciliarse con una espiritualidad indiferente frente al sufrimiento. Esta convicción hunde sus raíces en la tradición profética de Israel, donde se denunciaron la violencia, la explotación y el abuso del poder.
Por eso, cuando una sociedad normaliza la violencia, la iglesia no puede limitarse a administrar consuelo. Debe aprender nuevamente a mirar.
Alzar la voz ante esa realidad no convierte a la iglesia en un partido político ni reduce el evangelio a una plataforma ideológica. Es algo más elemental: si creemos en un Dios que defiende la dignidad humana, nuestra fe también debe tomar partido por quienes han sido despojados de ella.
Tres responsabilidades
Si el evangelio anuncia una vida que reconoce la dignidad de cada persona, entonces la iglesia no puede quedarse únicamente en el terreno de las declaraciones. Esa convicción debe traducirse en prácticas concretas.
Visibilizar. Reconocer que la desaparición de una persona no es una tragedia privada, sino una herida que atraviesa a toda la sociedad.
Acoger. Convertir los espacios de fe en lugares de escucha y dignidad para las familias, sin imponer explicaciones dogmáticas ni exigir resignación.
Alzar la voz. Usar su presencia pública para exigir verdad, justicia y mecanismos eficaces de búsqueda.
Los colectivos de búsqueda no deberían tener que sustituir al Estado. Y las iglesias tampoco. Pero sí pueden caminar junto a quienes buscan.
¿Dónde está la iglesia?
Es más sencillo hablar sobre la vida que acompañar a una familia que busca a su hija.
Es más sencillo predicar sobre esperanza que permanecer junto a alguien que lleva años esperando.
Es más sencillo explicar teológicamente el sufrimiento que sentarse al lado de quien no encuentra respuestas.
Pero precisamente allí se pone a prueba nuestra fe. Cuando una madre busca a su hija, cuando una familia escarba la tierra intentando encontrar respuestas, cuando un colectivo vuelve a salir porque las instituciones no lo hicieron, la iglesia tiene que preguntarse dónde está.
No basta con decir que creemos en la vida. Tenemos que preguntarnos de qué vidas estamos hablando, junto a quiénes estamos dispuestos a permanecer y qué estamos dispuestos a hacer cuando defender la vida deja de ser una consigna y se convierte en una exigencia concreta de justicia.
Acompañar a quienes buscan a sus ausentes no es un gesto de caridad religiosa. Es una responsabilidad cristiana.
Recuperar el sentido público de la fe pasa por negarnos a la indiferencia. Ninguna vida es descartable. Ninguna familia debería enfrentar sola la búsqueda y el dolor. Exigir verdad y justicia también forma parte de nuestra responsabilidad cristiana.
La tragedia de las desapariciones en México deja a la iglesia ante una pregunta difícil de esquivar: ¿dónde estamos cuando quienes buscan necesitan que alguien camine con ellos?
Notas
- Revista Puntanegra, «La violencia golpea a todo México: Madre encuentra los restos de su hija de 4 años después de su desaparición», publicación en Facebook, 3 de febrero de 2025. ↩︎
- Al momento de consultar el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), el 30 de agosto de 2026 a las 10:36 a. m., se registraban 132.834 personas desaparecidas y no localizadas en México. El RNPDNO es administrado por la Comisión Nacional de Búsqueda y sus cifras se encuentran en actualización constante, por lo que pueden variar de una consulta a otra. Fuente: Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). ↩︎

