Por Rose Madrid Swetman
Lo que aprendí al salir de los espacios donde nació el dominionismo.
El domingo 17 de mayo, el National Mall, en Washington, D. C., fue la sede de un festival de oración de nueve horas llamado Rededicate 250, con motivo de los 250 años de la independencia de los Estados Unidos, el próximo 4 de julio. Fue apoyado por la administración Trump, parcialmente financiado con fondos públicos, y contó con la participación de miembros del gabinete como el secretario de Guerra, Pete Hegseth; el secretario de Estado, Marco Rubio; el presidente del Congreso, Mike Johnson; y Paula White-Cain, junto a Franklin Graham y una lista de líderes evangélicos. También se compartió un mensaje grabado del presidente Donald Trump. Las puertas abrieron a las nueve de la mañana y el programa duró hasta las seis de la tarde.
Paula White-Cain, directora de la Oficina de Fe de la Casa Blanca y consejera espiritual de Trump, describió el evento de forma sencilla: “Esto realmente se trata de rededicar el país a Dios”. Esa frase merece más que una lectura rápida. Significa algo específico. Y esa especificidad importa.
Pasé gran parte de mi vida adulta en espacios carismáticos. Conozco el calor de ese ambiente. Sé lo que se siente cuando la música sube y pareciera que el cielo toca la tierra por un momento. No escribo desde el desprecio. Escribo desde el dolor. Y desde una claridad que tomó años alcanzar.
Porque lo que ocurrió en el Mall, en Washington, D. C., no apareció de la nada. Fue construido teológicamente, de manera muy sutil, durante décadas. Y la mayoría de las personas que estuvieron allí, y muchos de los que lo vieron desde afuera, no tienen idea.

La utilización política de la Biblia
La utilización política de la Biblia, de Rafael Aguirre, examina con rigor cómo los textos bíblicos han sido empleados con fines políticos en distintos momentos y contextos históricos. A través de casos como Estados Unidos, Israel, Sudáfrica, América Latina y Reino Unido, el autor muestra usos diversos, tensos y a veces contradictorios de la Escritura. Es una obra seria y esclarecedora para comprender la vigencia pública de la Biblia más allá del ámbito estrictamente religioso.
Lo que realmente es la nueva reforma apostólica (NAR, por sus siglas en inglés)
Quizás nunca hayas escuchado el término nueva reforma apostólica (New Apostolic Reformation). En parte, eso es intencional. No es una denominación. No tiene membresías, ni oficinas centrales, ni una declaración de fe visible en una página web. Es un ecosistema teológico: un conjunto de ideas sobre autoridad espiritual, mandato divino y la naturaleza de la iglesia, que se ha infiltrado profundamente en el cristianismo carismático y pentecostal sin presentarse jamás por nombre.
Ese ecosistema fue construido en gran medida por un hombre: Charles Peter Wagner, misionólogo del Seminario Teológico de Fuller, en Pasadena, California, y teórico del crecimiento de iglesias, quien dedicó décadas a levantar la estructura teológica de lo que él creía sería una nueva forma de iglesia. En el centro estaba esta afirmación: “Dios está restaurando los oficios de apóstol y profeta a la iglesia por primera vez desde los primeros siglos del cristianismo”.
No se trata de títulos honorarios. Dentro del marco de la NAR, un apóstol posee autoridad espiritual real sobre iglesias, regiones y cultura. Y, crucialmente, esa autoridad no rinde cuentas a ninguna congregación, tradición o credo. Solo a Dios.
El propio Wagner fue explícito sobre la base teológica: “Nuestro mandato divino es hacer todo lo necesario, por el poder del Espíritu Santo, para retomar el dominio de la creación de Dios que Adán entregó a Satanás en el Jardín del Edén”. Esa frase contiene todo el programa.
Esto no es una reforma. No es un avivamiento en el sentido histórico, donde movimientos espirituales atravesaban a los pobres, marginados y olvidados, desafiando al poder establecido. Esto es la construcción de una nueva estructura de poder, vestida con el lenguaje del Espíritu.
El mandato de las siete montañas
Desde la restauración de la autoridad apostólica, Wagner y su red construyeron algo aún más concreto: el mandato de las siete montañas.
La idea sostiene que existen siete esferas de la sociedad:
- Familia
- Religión
- Educación
- Gobierno
- Medios de comunicación
- Artes y entretenimiento
- Negocios
Y que Dios ha llamado a los cristianos a tomar dominio sobre cada una de ellas.
No a servir dentro de ellas. No a ser sal y luz en ellas. Sino a ocupar las cumbres y gobernar desde arriba hacia abajo.
Esto no es el llamado histórico de los cristianos a buscar el bienestar de la ciudad, amar al prójimo en medio de las diferencias y procurar justicia en la vida pública. Ese llamado sí lo reconozco. Ese llamado también lo comparto. Esto es otra cosa.
Un académico define el Mandato de las Siete Montañas como “la idea teocrática de que los cristianos son llamados por Dios a ejercer dominio sobre todos los aspectos de la sociedad tomando control de las instituciones políticas y culturales”. El llamado a “recuperar la cultura” no es metafórico. Es literal.
Dentro de la cosmovisión NAR, el cambio cultural no es político ni social; es una misión sobrenatural. Los opositores no simplemente están equivocados. Posiblemente estén bajo influencia demoníaca. Las elecciones se convierten en guerras espirituales. El pluralismo es una debilidad. El compromiso es traición. La coexistencia es capitulación.
Lesslie Newbigin advirtió que cuando la iglesia confunde su momento cultural con el Reino de Dios, pierde la capacidad de dar testimonio de algo más allá de sí misma. Estamos viendo esa advertencia hacerse realidad frente a nuestros ojos. Él escribió que el llamado de la iglesia era ser señal, instrumento y anticipo del Reino, no colocarse por encima de él.
Esto es otra cosa.
Un movimiento mucho más grande de lo que parece
Una encuesta realizada en enero de 2024 encontró que el 41 % de los cristianos estadounidenses y el 55 % de los evangélicos estaban de acuerdo con la idea de que Dios quiere que los cristianos estén sobre las siete montañas de la sociedad.
Esto no es un movimiento marginal. Es una posición mayoritaria dentro del evangelicalismo estadounidense. Y la mayoría de quienes la sostienen ni siquiera saben que tiene nombre.
¿Quién es Lance Wallnau?
Wallnau es el principal traductor de la «teología» de las siete montañas para las masas. El hombre que hizo el dominionismo accesible, compartible y políticamente movilizador. Tiene el instinto de un experto en mercadotecnia y la confianza de un apóstol. Una combinación poderosa.
En 2016 hizo algo teológicamente preciso e históricamente trascendental: declaró que Donald Trump era una “figura tipo Ciro”. La referencia apunta al rey persa mencionado en Isaías 45: un gobernante pagano usado por Dios para cumplir propósitos divinos a pesar de sus fallas morales.
El argumento es elegante por su utilidad: Dios usa vasos imperfectos. Por lo tanto, cuestionar moralmente al líder no es discernimiento profético, sino falta de discernimiento espiritual. Ese no es un argumento nuevo. Es el argumento más antiguo que los autoritarios siempre han necesitado de la iglesia.
Toda legitimación religiosa del poder corrupto ha requerido a alguien que explique por qué esta vez las reglas normales de carácter y rendición de cuentas no aplican. Wallnau entregó exactamente ese argumento a millones de creyentes carismáticos en el momento preciso.
“Invadiendo Babilonia”
Junto a Bill Johnson, Wallnau publicó Invading Babylon: The 7 Mountain Mandate, llamando explícitamente al liderazgo cristiano como única respuesta al supuesto deterioro moral.
El título no es accidental. No están pidiendo participar en Babilonia; están llamando a invadirla.
El ataque al Capitolio en Washington, D. C.
Para el 6 de enero de 2021, líderes, ideas y retórica de la NAR habían influido fuertemente en miles de cristianos que viajaron a Washington. Muchos participaron en guerra espiritual mientras ocurría la insurrección, orando por la reinstalación de Trump mientras el Capitolio era violentado. Wallnau tenía programado hablar en un evento allí. Fue cancelado debido al disturbio.
Las personas que atravesaron esas puertas cargando cruces de madera y banderas “Appeal to Heaven” no estaban confundidas. Fueron formadas. Y así es como se ve esa formación desde adentro.
La traducción “pasión”
De todas las puertas de entrada a la «teología NAR», la más silenciosa es quizá la más peligrosa.
Brian Simmons, profundamente conectado con Bill Johnson y la red Bethel, produjo lo que llamó The Passion Translation, presentada como una nueva traducción de la Biblia que captura “el corazón de Dios”. Está listada en aplicaciones bíblicas junto a versiones como la NIV, ESV y NRSV. Cualquiera podría asumir que está leyendo simplemente otra traducción más.
No lo es.
The Passion Translation no es una traducción. Es un documento teológico disfrazado de traducción.
Por ejemplo, donde Pablo escribe sencillamente “Gracia y paz a ustedes”, Simmons lo convierte en: “Decretamos sobre sus vidas las bendiciones de la gracia divina y la paz sobrenatural”.
Pablo nunca dijo “decretamos”.
Ese lenguaje pertenece al vocabulario NAR: autoridad apostólica hablada sobre las vidas de otros.
El problema más profundo
Cuando cambias lo que la gente cree que la Biblia dice, cambias lo que creen que Dios quiere. Y cuando lo que Dios quiere coincide perfectamente con un programa político, eso no es revelación. Es secuestro de la palabra de Dios.
Andrew Whitehead y Samuel Perry, cuyos estudios sobre nacionalismo cristiano son de los más rigurosos disponibles, argumentan que, en su esencia, el nacionalismo cristiano busca preservar un orden social específico donde todos —cristianos y no cristianos, nacidos en el país e inmigrantes, blancos y no blancos, hombres y mujeres— reconozcan “su lugar correcto” dentro de la sociedad.
La NAR no es todo ese proyecto. Pero le dio su pneumatología: le dio al dominionismo una teología del Espíritu. Hizo que la conquista pareciera avivamiento y que la toma de instituciones pareciera una oración contestada.
Lo que estamos viendo
Estamos viendo las consecuencias:
- Derechos electorales debilitados
- Independencia judicial comprometida
- Los cuerpos de mujeres, inmigrantes y personas vulnerables tratados como territorios a ocupar
- Instituciones democráticas debilitadas precisamente cuando más se necesitan
La caricatura que circula esta semana —jueces de la Corte Suprema levantando una bandera confederada en pose tipo Iwo Jima mientras aplastan la Ley de Derechos Electorales— no es hipérbole. Es descripción.
La colina ya fue tomada. Ellos ya estaban allí.
Otra tradición carismática sí existe
Pasé años en esos espacios. He estado en habitaciones donde la música era intensa, la presencia de Dios parecía real y el hambre espiritual era genuina. No creo que toda persona formada en el cristianismo carismático haya sido absorbida por el dominionismo.
“Conozco demasiadas personas para quienes el mover del Espíritu significó exactamente lo contrario: acercarse a los pobres, a los márgenes, al trabajo costoso de amar a quienes el imperio preferiría descartar”.
Esa tradición existe. Es más antigua, más profunda y más extraña que la NAR.
Incluye el avivamiento de Azusa Street, liderado por William J. Seymour, un predicador negro hijo de antiguos esclavos, que reunió personas de todas las razas en Los Ángeles en 1906. Incluye a los Padres y Madres del Desierto, quienes huyeron de la iglesia constantiniana porque entendían lo que ocurre cuando el Espíritu se amarra al imperio.
Incluye toda comunidad carismática que ha entendido Pentecostés no como un mandato para el poder, sino como una inversión del poder:
El Espíritu derramado sobre toda carne,
jóvenes teniendo visiones,
ancianos soñando sueños,
esclavos y libres recibiendo el mismo don.
El verdadero problema
La NAR no es una distorsión reciente de algo antes puro. La tentación del dominio siempre ha estado presente.
Lo que Wagner, Wallnau, Simmons y Johnson hicieron fue construir la infraestructura que la volvió escalable, digital, musical y políticamente útil para un momento histórico específico. Nombrarlo no es un acto de hostilidad hacia el cristianismo carismático. Es un acto de amor hacia él.
Que tengamos el valor de llamar las cosas por su nombre. Que sepamos distinguir entre el movimiento del Espíritu y el movimiento del imperio. Que al final se nos encuentre entre aquellos que lavaron pies en lugar de plantar banderas.

