Hace más de cien años, el movimiento de las mujeres logró algo que hoy damos por sentado: la entrada de las mujeres a la vida pública y política. Fue un camino de marchas, huelgas de hambre y movilizaciones que avanzaron país por país hasta conseguir el voto femenino en el continente. Pero conviene no idealizar ese logro en Abya Yala: el derecho no llegó a todas al mismo tiempo. En muchos países, las mujeres indígenas, afrodescendientes, pobres o sin educación formal quedaron excluidas durante años por requisitos de alfabetización, propiedad o ciudadanía.
En Perú, mis abuelas pudieron votar por primera vez en 1956. El derecho había sido reconocido legalmente en 1955, aunque todavía estaba limitado a las mujeres que supieran leer y escribir; el sufragio universal llegaría después. Ese fue parte de un proceso más amplio de reconocimiento de derechos en la vida pública: elegir a los líderes políticos, al presidente y a congresistas, tener propiedades, decidir casarse o no, controlar los embarazos, decidir sobre el propio cuerpo.
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Han pasado ya varias décadas desde entonces, décadas vividas entre la vigilancia constante y la acumulación de responsabilidades. Y en ese trayecto, las mujeres nos hemos vuelto a preguntar si todo lo ganado, como el voto, necesita seguir siendo defendido. Las que veníamos disfrutando de los logros de la lucha de las mujeres, ¿qué sucedió? ¿Nos cansamos? ¿Nos distrajimos? ¿Cómo ha sido que algunas mujeres ahora cuestionen si esos derechos ganados valen la pena? ¿Es que los movimientos de mujeres de izquierda y liberales abandonaron, en el camino, a las mujeres que decidieron casarse, formar una familia y que, a la vez, tuvieron que cargar con las responsabilidades del hogar y de la economía doméstica, todo eso bajo el nombre de la igualdad de género?
La doble carga
Las mujeres llevamos una doble carga: la expectativa social y la responsabilidad real. Se espera que llevemos la casa, que atendamos a los hijos e hijas, que aportemos económicamente, que guardemos silencio frente a la violencia en el hogar, que naveguemos a la vez el ámbito público y el privado sin cuestionarlo. Muchas de nosotras, en el camino de la maternidad, no tuvimos ni el tiempo ni el espacio para informarnos sobre lo que ocurría en el terreno de los derechos, porque ya cargábamos con la vida entera sobre nuestros hombros.
Mientras tanto, en la calle se fue construyendo un discurso más liberal sobre el cuerpo de las mujeres: el derecho a decidir no tener hijos, el aborto seguro, el no sufrir violencias ni agresiones en la calle y otras demandas que muchas veces han sido articuladas con mayor visibilidad por mujeres jóvenes, económicamente independientes, solteras y sin hijos. Fue ahí, en ese contraste, donde empezó a abrirse una brecha. En medio de esa brecha se instaló un mensaje distinto, marcado por el resentimiento y la disconformidad.
Era claro entonces que no todas las mujeres vivían la igualdad de la misma manera. La carga de haber optado por la maternidad comenzó a pasar doble factura; la igualdad, en el discurso, sonaba a justicia sin ver que esa palabra podía dar la espalda a mujeres que asumían una carga familiar y laboral que las oprimía doblemente. Por otro lado, la equidad mostraba que, si bien las mujeres tenemos todas las habilidades y capacidades para ser iguales a los hombres, existen diferencias biológicas, sociales e históricas que también deben ser reconocidas para corregir las desigualdades existentes.
Las mujeres se fueron dividiendo entre uno y otro bando. La falta de espacios de diálogo y entendimiento entre quienes optaban por constituir una familia, tener pareja, casarse y tener hijos, y quienes optaban por no hacerlo, abrió caminos distintos para entender qué significa ser mujeres.
Desde lo religioso, en las iglesias se insistía en que las mujeres debían, sobre todo, cuidar de los hijos e hijas; se hablaba de que la ausencia de las mujeres pasaba factura. Entregarse a la crianza era, sobre todo, proteger a la familia, mientras los hombres asumían cada vez menos responsabilidad dentro de la casa y quedaban al margen, con una paternidad ausente y/o violenta.
Diversos estudios han documentado que las tareas cotidianas del hogar y de cuidados siguen recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. También existen investigaciones sobre las diferencias entre la educación mixta y la educación diferenciada por sexo, aunque sus resultados no son concluyentes y varían considerablemente según el contexto y la metodología. Estudios comparativos recientes, de hecho, advierten que las diferencias observadas pueden reducirse o desaparecer cuando se controlan otros factores.
La pregunta permanece: ¿qué ocurre con el tiempo, los recursos y las oportunidades de las mujeres cuando entran en espacios donde todavía se espera que asuman responsabilidades distintas de las de los hombres? ¿Será que a los hombres se les sigue educando para competir con nosotras?
De dónde viene la derecha
Para entender el crecimiento del apoyo de algunas mujeres a la derecha política, hay que volver al origen de los términos. “Izquierda” y “derecha” nacieron durante la Revolución francesa. En la Asamblea, quienes defendían un poder monárquico fuerte se ubicaban a la derecha del presidente, mientras los sectores favorables a transformaciones políticas más profundas se ubicaban a la izquierda. Con el tiempo, aquellas posiciones dieron nombre a tradiciones políticas mucho más diversas y complejas.
Las corrientes situadas en los extremos de ese espectro han ido cambiando con la historia. Dentro de lo que hoy se denomina derecha radical o ultraderecha aparecen, según los contextos, elementos como el ultranacionalismo, la defensa de jerarquías sociales, el autoritarismo y la exaltación del liderazgo fuerte.
Durante los años ochenta y noventa, movimientos de derecha y distintos populismos aprovecharon las crisis económicas y la desconfianza en los sistemas políticos. En Abya Yala, el retorno a gobiernos elegidos después de años de dictaduras coincidió, además, con reformas de mercado y discursos que identificaban esas transformaciones con el “progreso”.
El caso del Perú bajo Alberto Fujimori es particularmente doloroso para las mujeres. Una de las violaciones más graves de aquel período estuvo vinculada al Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar. El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de Naciones Unidas señaló que al menos 314.000 mujeres y 24.000 hombres fueron esterilizados dentro de aquella política, la mayoría pertenecientes a poblaciones indígenas, rurales, pobres o analfabetas. El mismo Comité ha reconocido casos de esterilización forzada como violencia de género y discriminación interseccional; la Comisión Interamericana de Derechos Humanos también ha documentado prácticas coercitivas y discriminatorias dirigidas especialmente contra mujeres indígenas y campesinas.
El nuevo populismo de derecha también canaliza la rabia pública contra gobiernos de izquierda que, según sus críticos, no han conseguido generar crecimiento económico o responder a problemas cotidianos. Eso puede desplazar a votantes hacia opciones que ofrecen trabajo, mercado, seguridad y crecimiento como respuestas a los problemas sociales. Sus alianzas con sectores religiosos conservadores, incluidos grupos evangélicos en distintos países, también forman parte de esta reorganización política.
Hay un fenómeno más amplio que merece atención: partidos de derecha radical que históricamente tuvieron un electorado predominantemente masculino han ido ampliando su apoyo entre las mujeres. La investigación política reciente muestra que algunos de estos movimientos han trabajado deliberadamente su representación femenina y han combinado posiciones familiares conservadoras con mensajes dirigidos específicamente a mujeres.
La seguridad ciudadana ocupa un lugar central en muchos de esos discursos. Para algunas mujeres que viven con el miedo cotidiano a la violencia, la promesa de orden y mano dura puede producir la sensación de que una política más estricta en la calle también protegerá la vida dentro del hogar.
La “tradwife” y la idealización de la maternidad
La figura de la “tradwife”, la esposa tradicional, es también una expresión de privilegio económico que abre brechas entre las mujeres. El ideal de una mujer que administra el hogar, cuida a las y los hijos, cocina y mantiene una imagen impecable, proyectando bienestar, está asociado con frecuencia a mujeres que cuentan con suficientes recursos económicos para sostener ese estilo de vida.
Las mujeres de sectores populares, mientras tanto, trabajan jornadas completas y además se ocupan de la casa. Muchas son, precisamente, las cuidadoras y trabajadoras de limpieza que otras mujeres contratan para cuidar a sus hijas e hijos, mientras construyen en las redes sociales una imagen impecable de la vida doméstica.
En la política ocurre algo parecido. En distintos contextos, algunas mujeres que llegan al poder recurren a imágenes asociadas con la maternidad, la protección familiar y el cuidado, al mismo tiempo que proyectan firmeza y autoridad. Estudios recientes sobre liderazgos femeninos de la derecha radical han observado precisamente esa combinación entre maternidad, familia, protección y liderazgo fuerte.
La seguridad pública se conecta así con la paz del hogar. En determinados discursos políticos y religiosos, el voto se organiza alrededor de una idea de familia donde el hombre continúa ocupando el lugar de cabeza. Algunas iglesias han sostenido durante años esa estructura, manteniendo a las mujeres en un lugar subordinado.
Muchas mujeres terminan votando a partir de una combinación de economía, religión, experiencias familiares, seguridad y posición social. Para algunas madres, las ideas feministas sobre la libre decisión y el derecho al aborto no necesariamente se traducen en un lenguaje de “seguridad” frente a sus preocupaciones cotidianas. Quieren proteger a sus familias, tener estabilidad y vivir sin miedo, y esos asuntos pueden influir en su cercanía con candidatos conservadores y, en algunos contextos, con movimientos de ultraderecha.
La maternidad se presenta entonces como eje de la sociedad, y cuidar del hogar y de la familia como algo honorable. Pero sigue siendo una imagen atravesada por el privilegio, porque la mayoría de las mujeres también tiene que trabajar para sostener a su familia. Al mismo tiempo, el discurso de derecha insiste en que las ideas liberales han ignorado a las madres y esposas. Y hay una pregunta que los movimientos de mujeres no deberían evadir: ¿en qué momentos dejamos de escuchar suficientemente esas experiencias?
El voto femenino y el apoyo a Keiko Fujimori en el Perú
El caso peruano es más complejo de lo que parece a primera vista. En 2021, una encuesta del Instituto de Estudios Peruanos realizada unas semanas antes de la segunda vuelta mostraba que el 36,6 % de las mujeres declaraba intención de votar por Keiko Fujimori, frente al 32,1 % de los hombres. Su respaldo era particularmente alto en los sectores socioeconómicos A/B, donde alcanzaba el 52,1 %, mientras descendía al 26,4 % en los sectores D/E.
En 2026, Fujimori volvió a postular y ganó la presidencia para el período 2026–2031 frente a Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú. El Jurado Nacional de Elecciones proclamó oficialmente su victoria el 3 de julio, con 9.223.396 votos frente a 9.173.755.
Una encuesta de CPI realizada antes de la segunda vuelta mostraba también una diferencia por sexo: Fujimori obtenía un 34,7 % entre las mujeres y un 30,2 % entre los hombres. En el caso de Sánchez ocurría lo contrario: 25,2 % entre las mujeres y 33,1 % entre los hombres.
Pocos días antes de la toma de posesión, otro estudio de Ipsos encontró que el 71 % de los encuestados consideraba que Fujimori merecía una oportunidad para gobernar, independientemente de si había votado por ella. Entre los hombres la cifra alcanzaba el 74 % y entre las mujeres el 68 %.
Estos datos dificultan una lectura simplista. No se trata de que las mujeres voten por Keiko solamente porque es mujer. Tampoco existe una relación automática entre ser mujer y apoyar políticas favorables a los derechos de las mujeres. Las variables económicas, territoriales, religiosas, familiares y de seguridad atraviesan también esas decisiones.
Keiko Fujimori ha utilizado con claridad el lenguaje de la familia y la seguridad. En la campaña de 2026 reivindicó el legado político de su padre y proyectó una imagen de firmeza frente al crimen, pero también incorporó con fuerza su identidad familiar. Sus hijas participaron públicamente en actividades y cierres de campaña, incluso llamando a apoyar la candidatura de su madre.
Después de su divorcio, Fujimori también encontró otra forma de trasladar el lenguaje matrimonial hacia la política cuando afirmó: “Estoy casada con el Perú”. La frase mueve el foco desde su situación personal hacia un relato de entrega y compromiso con el país.
Fujimori ejerce derechos que fueron conquistados a lo largo de la historia por movimientos de mujeres: votar, competir por el poder político, ocupar el máximo cargo del Estado y divorciarse. Sin embargo, su identidad política no se construye alrededor del movimiento feminista ni de sus luchas históricas. Desde una lectura feminista, esa distancia puede resultar funcional a un sistema patriarcal: una mujer puede ejercer esos derechos sin convertir la defensa de esos mismos derechos en parte central de su proyecto político.
Desde una mirada teológica y política
Buena parte de lo que presento hasta aquí también tiene una dimensión teológica. Uno de los sistemas que intervienen en esta discusión suele llamarse complementarismo: la idea de que hombres y mujeres fueron creados para cumplir roles distintos y complementarse. Bajo ese marco, al hombre le corresponde liderar en el hogar y en la iglesia y, en algunos discursos, también en la vida pública, mientras que a la mujer le corresponde apoyar, cuidar y seguir.
Esta enseñanza se apoya en un conjunto de pasajes bíblicos que muchas iglesias conservadoras leen como mandatos literales, más que como textos situados en su propio contexto histórico. A las esposas se les pide someterse a sus esposos “como la iglesia se somete a Cristo” (Efesios 5:22–24). Al esposo se le describe como “cabeza” de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia (1 Corintios 11:3). A las mujeres se les pide ser “cuidadoras del hogar”, entregadas al esposo, a los hijos y a la casa (Tito 2:5).
La maternidad misma se presenta como el propósito central de la mujer, apoyándose en el mandato de “fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28) y en la idea de que los hijos son una recompensa y una bendición (Salmo 127:3–5). Algunas iglesias llevan esto todavía más lejos, enseñando que las parejas cristianas deben rechazar los métodos anticonceptivos y aceptar tantos hijos como Dios disponga, una postura conocida como el movimiento “Quiverfull”.
No son siempre creencias privadas que quedan dentro de las decisiones de la pareja y la familia. En comunidades que sostienen estas interpretaciones, se predican desde el púlpito, se repiten en las redes sociales y en libros de crianza, y se enseñan a las y los niños como parte del orden natural y divino de la vida.
Con el tiempo, estas enseñanzas pueden moldear la manera en que las mujeres mismas entienden la autoridad: un hombre que lidera puede percibirse como normal, seguro o bíblico; una mujer que lidera puede ser aceptada, sobre todo, cuando adopta un estilo firme y decidido culturalmente asociado con el liderazgo masculino.
Esto puede contribuir a explicar un patrón que a primera vista parece contradictorio: mujeres que sostienen estos valores apoyando liderazgos masculinos fuertes. Y cuando una mujer llega al poder, se espera con frecuencia que demuestre las mismas características: decisión, mano dura frente al crimen, control emocional, cálculo y firmeza.
En sectores de iglesias conservadoras no solo existe preferencia por hombres en determinados cargos; también puede existir preferencia por un estilo de liderazgo percibido como masculino. Las mujeres que consiguen destacar dentro de ese sistema pueden adaptarse a esos códigos en lugar de cuestionarlos.
La relación entre religión, género y derecha radical ha comenzado a recibir mayor atención académica precisamente porque estas dimensiones no funcionan de manera aislada. Familia, maternidad, autoridad, identidad religiosa y orden social aparecen entrelazados en distintos movimientos contemporáneos.
Por eso, la participación de las mujeres dentro de estos marcos puede resultar difícil de transformar, sobre todo cuando la política convierte al movimiento de mujeres y al pensamiento feminista en adversarios culturales. Desde la teología política, el papel de las mujeres en el crecimiento de la ultraderecha resulta central para comprender cómo vuelve a discutirse el lugar de las mujeres en la sociedad.

