Hay una mujer que el éxodo no puede explicarse sin ella. Y, sin embargo, la hemos explicado a ella sin el éxodo.
Su nombre es María. En hebreo, Miriam. La primera mujer en toda la Escritura a quien el texto llama explícitamente profeta. La que tomó el tamboril cuando Israel cruzó el mar y le enseñó al pueblo a adorar antes de que existiera un sacerdote, un tabernáculo o una liturgia codificada. La que cuatrocientos años después del éxodo todavía era recordada por Miqueas como parte inseparable de la comitiva divina que Yahvé envió para liberar a Israel: mandé delante de ti a Moisés, a Aarón y a María (Miqueas 6,4). No Moisés solo. Los tres.

Miriam, la hermana de Moisés
Miriam, la hermana de Moisés: La niña que protegió un libertador presenta la historia de Miriam desde su infancia valiente hasta su papel como profetisa y líder en el éxodo. El libro retrata a una mujer cuya sensibilidad espiritual y decisiones tempranas influyeron en el destino de su pueblo. A través de una narrativa accesible e inspiradora, invita a reconocer el valor del liderazgo femenino y la acción de Dios en vidas aparentemente discretas.
Y, sin embargo, lo que la tradición ha conservado de Miriam no es su profecía, sino su lepra. No su canto, sino su crítica. No su protagonismo en la liberación, sino su momento de mayor fragilidad. Lo que hemos hecho con Miriam es exactamente lo que la cristiandad posterior hizo con María Magdalena: tomar a una mujer decisiva, apostólica, insustituible, y reducirla al episodio más oscuro de su trayectoria hasta que ese episodio se convirtiera en su identidad. María Magdalena fue convertida en prostituta. Miriam fue convertida en la mujer que se atrevió a cuestionar a Moisés y pagó el precio.
Hoy nos adentramos en un personaje que también tiene sus sombras, como las tienen todos los que cargan una misión real. Pero las sombras no son el personaje. Son el fondo sobre el que el personaje se recorta. Y el personaje de Miriam —cuando se lo lee sin los filtros que miles de años de lectura patriarcal han depositado sobre ella— es el de una mujer cuyo protagonismo en la liberación de Israel fue tan determinante, tan enraizado en la memoria colectiva, que ni la preeminencia aplastante de Moisés pudo borrarlo del todo.
I. El testimonio de Miqueas: cuando Dios recuerda lo que los hombres olvidan
Hay un dato que debería perturbarnos profundamente y que, sin embargo, pasamos por alto con una facilidad que ya de por sí es sintomática. Cuatro siglos después del éxodo —si aceptamos la cronología más conservadora, entre cuatrocientos y seiscientos años después de los eventos del desierto— el profeta Miqueas recoge en el capítulo seis de su libro el discurso de un Yahvé que llama a juicio a los montes y a los cerros, que entabla pleito con Israel y que, en medio de ese pleito, enumera los beneficios que ha otorgado a su pueblo. El primer bien: yo te saqué del país de Egipto. El segundo: te rescaté de la esclavitud. El tercero —y aquí está el dato que nos sacude—: mandé delante de ti a Moisés, a Aarón y a María.
Moisés, Aarón y María. No Moisés solo. No Moisés con Aarón como vocero. Los tres. Una comitiva triple de envío divino. Una misión tripartita donde una mujer es nombrada en el mismo aliento que el legislador más grande de Israel. Y esta memoria no es reciente: tiene siglos de antigüedad cuando Miqueas la recoge. Lo que significa que durante cuatrocientos años de historia, la tradición popular de Israel guardó el nombre de Miriam como parte inseparable de la gesta liberadora.
Esto solo debería hacernos preguntar: si cuatro siglos de historia —con toda la tendencia patriarcalizante que se va imponiendo progresivamente sobre los textos— no pudieron eliminar a Miriam de la memoria del éxodo, ¿qué tan central fue su protagonismo original? ¿No será que lo que tenemos en los textos canónicos es ya el resultado de una reducción, de un proceso de invisibilización, y que la Miriam histórica tuvo un peso en la liberación que la redacción final de los textos no logró, ni quiso del todo, borrar?
La evidencia no se detiene en Miqueas. Números 26,59 y 1 Crónicas 5,29 la incluyen en genealogías donde las mujeres simplemente no aparecen. Las genealogías bíblicas son registros de varones, eslabones de cadenas patrilineales. Que Miriam aparezca en ellas no es un detalle menor: es una anomalía que habla de una memoria tan arraigada, de un protagonismo tan insoslayable, que ni los redactores más comprometidos con la ideología patriarcal pudieron omitirla sin producir una ruptura visible en el relato. Y los documentos extracanónicos del período postexílico mencionan la existencia de grupos que se identificaban como las hijas de María: mujeres que reconocían en el liderazgo de Miriam un linaje espiritual del que querían ser herederas.
Dios recuerda lo que los hombres olvidan. O, más precisamente: Dios recuerda lo que los hombres deciden olvidar. Y en Miqueas 6,4, Yahvé mismo corrige el registro, devuelve a Miriam al lugar que nunca debió abandonar y nos obliga a preguntarnos qué hemos hecho con las mujeres que Dios envió.
La fe encarnada en personas concretas, en su tiempo y sus tensiones.
II. La hermana en la orilla: cuando una palabra cambia la historia
La primera aparición de Miriam en la narrativa bíblica no viene acompañada de su nombre. El texto de Éxodo 2 la llama simplemente la hermana. Pero esa designación, que en apariencia la reduce, en realidad la define. Porque en toda la narrativa bíblica, Miriam no será llamada esposa ni madre. Será siempre hermana. Y ese título —aparentemente menor en una cultura donde lo máximo que puede ser una mujer es madre o esposa— en el caso de Miriam se convierte en categoría ministerial. La hermana no es la que pertenece a un varón. La hermana es la que comparte una misión con él.
La escena es conocida, pero raramente leída con la atención que merece. El niño Moisés flota en una cestilla de papiro calafateada con betún y pez —el texto usa exactamente el mismo vocablo que en el relato del arca de Noé, porque lo que está ocurriendo es un nuevo comienzo, una nueva arca de salvación— y entre los juncos, apostada a lo lejos para ver qué pasaría, está ella. La hermana. Miriam.
Y entonces habla. En un relato donde hasta ese momento nadie ha pronunciado una palabra, la primera voz humana que actúa es la de Miriam. La hija del faraón exclama al ver al niño; pero es Miriam quien toma esa exclamación y la convierte en bisagra histórica: ¿Quieres que vaya y llame a una nodriza hebrea para que te críe al niño? En esa pregunta está contenido todo el destino de Israel.
Porque lo que Miriam está haciendo no es simplemente conseguirle una nodriza a su hermano. Está garantizando que Moisés, criado en la corte del faraón, formado en los códigos del poder egipcio, educado en la lengua y la cultura del opresor, mantenga sin embargo un nexo con el pueblo oprimido. La nodriza hebrea es la madre de Moisés. Y es Miriam quien tiende ese puente. Sin ella, Moisés podría haber sido completamente egipcio. Sin su intervención, el hombre que liberará a Israel no habría tenido el vínculo identitario con Israel que lo convertiría en su liberador. Miriam no da a luz físicamente a Moisés, pero da a luz al Moisés que Israel necesitaba.
Este es el patrón que se repetirá a lo largo de toda la narrativa del Éxodo: Miriam como la que mantiene el nexo, la que cuida la identidad, la que preserva la conexión entre el líder y el pueblo al que ese líder fue enviado a servir. Y cuando leamos más adelante su crítica a Moisés en Números 12, esta clave —Miriam como guardiana de la identidad hebrea de Moisés— nos dará una perspectiva radicalmente distinta de lo que normalmente se ha leído como una rebeldía destructiva.
III. La profeta del canto: Miriam y la teología como celebración
Éxodo 15,20–21. Cuatro versículos. Sin previo aviso, sin ninguna introducción que lo prepare, el texto nos entrega el título más subversivo que puede darse a una mujer en el Antiguo Testamento: María la profeta. No la hermana del profeta. No la mujer del profeta. La profeta. La nabi’ah. El mismo título que portarán Débora, Hulda y la esposa de Isaías. El mismo título que en el Nuevo Testamento portarán las hijas de Felipe. El mismo título que en toda la tradición bíblica designa a quien recibe la palabra de Dios y la comunica al pueblo con autoridad.
Y lo que hace Miriam al recibir ese título es tomar el tamboril, convocar a todas las mujeres y conducir al pueblo en el canto más antiguo de la Escritura: Cantad a Yahvé, espléndida es su gloria, caballo y jinete arrojó en el mar. Este himno —que muchos exégetas serios consideran el núcleo original del capítulo 15, anterior y más primitivo que el extenso canto atribuido a Moisés que lo precede— no es un acto artístico. Es un acto profético. Y la distinción importa.
El profeta, en la tradición bíblica, no es primariamente el que predice el futuro. El profeta es el que desvela la realidad. El que quita el velo, el que descubre lo que está tapado, el que revela al pueblo quién es el verdadero protagonista de la historia. Y eso es exactamente lo que hace Miriam con su canto: en el momento de mayor euforia colectiva, cuando el pueblo acaba de cruzar el mar y podría caer en la tentación de atribuir la gloria a Moisés —al líder carismático que los condujo— Miriam toma el tamboril y redirige toda la atención: no es Moisés, es Yahvé. Caballo y jinete arrojó en el mar. El sujeto del canto es Dios.
El general romano Escipión, cuenta la tradición, contrató a un esclavo para que durante todo su desfile triunfal le repitiera al oído una sola frase: acuérdate de que solo eres un hombre. Miriam hace lo mismo con Israel, pero desde la fe y no desde la filosofía estoica. Les recuerda que lo que acaba de ocurrir no es una hazaña humana: es una visitación divina. El acto profético de Miriam es devolverle al pueblo el punto de referencia que la emoción y la celebración pueden desplazar.
Aquí está la primera maestra de adoración en la historia de Israel. La primera directora del culto. La pionera de todos esos adoradores que el Antiguo Testamento celebrará siglos después: Asaf, Jedutún, los hijos de Coré, el propio David. Antes de que existiera el tabernáculo, antes de que Aarón fuera ungido sumo sacerdote, antes de que el culto se institucionalizara en ritos y liturgias codificadas, Miriam tomó un tamboril y le enseñó a Israel que la respuesta primaria y correcta ante los actos de Dios es la adoración. No la reflexión teológica sistemática. No la organización eclesiástica. El canto. La celebración. El reconocimiento encarnado, sonoro, corporal de que Yahvé actúa en la historia.
Una iglesia que canta sin saber qué celebra, que tiene ritmos sin teología, que tiene escenografía sin revelación, ha perdido exactamente lo que Miriam portaba. La profecía de Miriam no es que predijo el futuro: es que interpretó el presente. Le dijo al pueblo lo que acababa de ocurrir y quién lo había hecho. Eso, y no otra cosa, es la adoración verdadera.
IV. Números 12: la crítica como acto de custodia — una relectura
Números 12 es el texto que la tradición ha usado para reducir a Miriam a una conspiradora celosa. Es el pasaje que se cita cuando alguien quiere justificar la exclusión de las mujeres del liderazgo, cuando alguien necesita un ejemplo bíblico de mujer que se extralimitó y recibió su castigo. Es el capítulo de la lepra, de la sanción divina, del correctivo sobrenatural. Y, sin embargo, cuando se lo lee con los ojos limpios de los prejuicios que la tradición ha depositado sobre él, emerge un cuadro mucho más complejo y mucho más honesto.
El versículo uno nos dice que María habló con Aarón criticando a Moisés a propósito de la mujer cusita que había tomado por esposa. El texto tiene dos niveles que hay que distinguir con cuidado: el nivel de fondo y el nivel de forma. El nivel de forma —el rostro visible de la crítica— es la pregunta del versículo dos: ¿Es que Yahvé solo ha hablado por medio de Moisés? ¿No ha hablado también por medio de nosotros? Eso suena como competencia por el liderazgo, como rivalidad fraternal, como la ambición de quien quiere más poder del que le ha sido asignado.
Pero el nivel de fondo —lo que está a la raíz de la preocupación de Miriam— es la mujer cusita. Y aquí la lectura se complica de manera productiva. Moisés, según los capítulos anteriores del Éxodo, había repudiado a Séfora. Y ahora, en el camino hacia la tierra prometida, había tomado por esposa a una mujer cusita, de probable origen egipcio. Para Miriam, esto no es una anécdota doméstica. Es una señal de alarma teológica y política. Moisés, el hombre que no tiene identidad hebrea —que fue criado como egipcio, que fue confundido con un varón egipcio incluso por personas que lo vieron actuar— Moisés está eligiendo de nuevo lo egipcio. Y Miriam, que desde la orilla del Nilo cuida que su hermano mantenga el nexo con su pueblo, ve en ese matrimonio la misma amenaza que vio cuando era niña: que Moisés pierda la identidad que lo hace apto para liderar a Israel.
¿Es válida esa preocupación? Sí. ¿Está equivocada la forma en que la expresa? También sí. Y el texto no absuelve a Miriam de la forma: la sanción divina es real, la lepra es real, la exclusión temporal del campamento es real. Pero tampoco la condena sin matices. Porque Miriam, a diferencia de todos los otros murmuradores que aparecen en el libro de Números, no lleva su crítica al pueblo. No convierte su observación en una crisis política. Habla con Aarón —en el ámbito más restringido del liderazgo, en el círculo más íntimo de la tríada dirigente— y no moviliza a la comunidad en contra de Moisés. Eso no es traición: es preocupación responsable, ejercida de manera equivocada.
Y luego viene algo que la tradición casi nunca enfatiza: Yahvé oyó. No fue Moisés quien actuó. El texto lo dice con una precisión significativa: Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra. La humildad de Moisés no es flojera de carácter ni ausencia de fuerza —el hombre que de un golpe mató a un egipcio, el hombre que defendió solo a las hijas de Reuel frente a varios pastores, no es un hombre blando—. La humildad es la cualidad del que tiene poder y renuncia a usarlo para su propio beneficio. Moisés tenía todo para aplastar a Miriam: la autoridad divina respaldándolo, el pueblo reconociéndolo, la prerrogativa del liderazgo establecido. Y no hizo nada. Yahvé actuó. Y cuando Yahvé actuó y la lepra cayó sobre Miriam, Moisés intercedió: Oh Dios, cúrala, por favor. Cinco palabras. La oración más corta de toda la Escritura. Y en esas cinco palabras está la definición más exacta de lo que es el verdadero liderazgo: el que tiene poder para destruir y elige usar ese poder para sanar.
V. La restauración: el pueblo no partió hasta que ella volvió
El relato de Números 12 no termina con la lepra. Termina con una frase que el texto coloca con una deliberación que no es accidental: el pueblo no partió hasta que Miriam fue readmitida. Siete días estuvo excluida del campamento. Siete días Israel detuvo su marcha. Un pueblo en tránsito, con una agenda divina, con una promesa que cumplir, esperó. No porque Yahvé lo ordenara explícitamente, sino porque el peso de la presencia de Miriam en la comunidad era tal que su ausencia hacía al pueblo incapaz de continuar.
Aquí está la reivindicación final que el texto mismo otorga a Miriam. No termina con su exclusión. Termina con su restauración. Y esa restauración no es solo personal —no es solo la curación de la lepra—: es también comunitaria. Israel le dice a Miriam, con su espera, que no puede caminar sin ella. Que su liderazgo no es prescindible. Que la comunidad de la liberación tiene un hueco de la forma exacta del cuerpo de Miriam y que, mientras ella no regrese, el pueblo permanece incompleto.
Esto es lo que la tradición eclesiástica posterior ha negado sistemáticamente: que la comunidad de fe tiene una forma específica que requiere la presencia activa de las mujeres, no como ornamento ni como apoyo logístico, sino como liderazgo, como profecía, como voz que reorienta al pueblo cuando pierde el norte. Cuando la iglesia celebra a la mujer únicamente en el Día de la Madre, cuando le otorga reconocimiento como madre pero no como profeta, está repitiendo exactamente el error que hemos cometido con Miriam: reduciéndola a su función biológica y negándole su función ministerial.
El liderazgo verdadero, nos enseña este episodio final, no es el que excluye a quienes lo cuestionan. Es el que los restaura. Moisés no aprovechó la sanción divina para deshacerse de su hermana mayor. No usó el correctivo de Yahvé como oportunidad para consolidar su poder eliminando una voz incómoda. Intercedió por ella, la esperó, la readmitió. Y ese gesto es también profético: el verdadero liderazgo no necesita estar conspirando contra nadie, no necesita echarle zancadillas a la competencia, no necesita una comunidad donde solo una voz sea válida. El verdadero liderazgo es suficientemente seguro de sí mismo como para incluir, restaurar y esperar.
Lo que le debemos a Miriam
Hay una deuda pendiente con Miriam. Una deuda colectiva, eclesial, teológica. Le debemos el reconocimiento de que el éxodo no fue una hazaña de un solo hombre, sino el resultado de un liderazgo tripartito donde una mujer tuvo un protagonismo que cuatrocientos años de historia no pudieron borrar. Le debemos la recuperación de su título: la primera profeta de Israel, la primera directora de adoración, la primera mujer a quien el texto bíblico otorga una voz que mueve la historia.
Le debemos también una lectura más justa de su momento más vulnerable. Números 12 no es el relato de una mujer que enloqueció de envidia y fue castigada por Dios. Es el relato de una mujer que mezcló una preocupación legítima con una forma equivocada de expresarla, que recibió un correctivo proporcional y que fue restaurada a su lugar en la comunidad antes de que el pueblo pudiera continuar su camino. Esa es una historia mucho más compleja, mucho más humana y mucho más útil para la iglesia que la caricatura de la mujer celosa que hay que usar como advertencia.
Y le debemos, sobre todo, la aplicación consecuente de lo que su figura representa: que Dios llama a hombres y mujeres con la misma autoridad soberana, que dice yo envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María sin ningún matiz que sugiera que el envío de María era de segunda categoría. Una iglesia que priva a las mujeres del reconocimiento de su protagonismo ministerial no está siendo fiel a la Escritura: está repitiendo el pecado del patriarcado que intentó —y no del todo logró— enterrar a Miriam bajo el peso de Moisés.
Miriam tomó el tamboril. Todas las mujeres la siguieron. Y cantó: Cantad a Yahvé, espléndida es su gloria. Ese canto lleva siglos esperando ser escuchado en toda su amplitud. Es hora de que la iglesia aprenda a escucharlo.


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