Las manos sobre el poder

Pastores y clérigos cristianos levantan las manos en oración detrás de una Biblia abierta con una espada encima, mientras aviones de guerra vuelan al fondo, simbolizando la relación entre fe, poder político y guerra.

Hace unos días circuló una fotografía tomada en el Despacho Oval. En ella aparecen varios pastores evangélicos rodeando a Donald Trump. Las cabezas están inclinadas, las manos reposan sobre sus hombros y la escena tiene la solemnidad de un pequeño ritual religioso. Oran por él y por las tropas estadounidenses en un momento en que el conflicto con Irán vuelve a ocupar titulares internacionales.

La imagen podría pasar desapercibida si no fuera por el contexto. La oración en sí misma no debería sorprender dentro del cristianismo. Durante siglos los creyentes han orado por quienes ejercen autoridad pública. Sin embargo, hay momentos en los que ese gesto adquiere otro significado. La oración deja de aparecer como una intercesión crítica por quienes gobiernan y comienza a percibirse como un respaldo simbólico.

Portada del libro

Guerra justa en el siglo XXI

Guerra justa en el siglo XXI, editado por Luis Feliu Bernárdez, revisa la tradición ética que desde Agustín, Tomás de Aquino y Vitoria ha reflexionado sobre cuándo puede justificarse la guerra. La obra muestra cómo esas ideas teológicas influyeron en el derecho internacional y en la búsqueda de límites morales al uso de la violencia. El libro invita a reconsiderar si esa larga discusión sigue ofreciendo criterios para juzgar los conflictos del siglo XXI.

Esa ambigüedad no nació en Washington. Tiene raíces profundas en la historia cristiana. Cuando el cristianismo pasó de ser una fe perseguida a convertirse en religión cercana al poder imperial durante la época de Constantino, comenzó una relación que nunca ha sido sencilla. A partir de ese momento la fe dejó de estar únicamente en los márgenes del imperio y empezó a aparecer también en palacios, tribunales y campos de batalla. Con el tiempo surgieron escenas que hoy resultan familiares: líderes religiosos bendiciendo campañas militares, gobernantes invocando el nombre de Dios antes de entrar en guerra, ejércitos convencidos de que su causa tenía un significado sagrado.

No hace falta exagerar para reconocer que esa historia dejó huellas profundas. Las cruzadas medievales, las empresas coloniales europeas o las guerras modernas en las que capellanes acompañaban tropas muestran una tensión recurrente: la facilidad con la que el lenguaje religioso puede ofrecer legitimidad moral a decisiones políticas extremadamente violentas. Cada época encuentra sus propias palabras para hacerlo, pero el mecanismo suele ser parecido. Cuando el poder militar se rodea de símbolos religiosos, la violencia puede adquirir una apariencia de causa justa.

La tradición cristiana, sin embargo, nunca ha hablado con una sola voz sobre estos asuntos. Algunos pensadores intentaron establecer límites éticos al uso de la fuerza. Agustín de Hipona, en el siglo V, reflexionó sobre las condiciones bajo las cuales una guerra podría considerarse moralmente justificable. Siglos más tarde, Tomás de Aquino sistematizó esas ideas en lo que después se conocería como la teoría de la guerra justa. Otros teólogos han cuestionado incluso esa tradición. El menonita John Howard Yoder, por ejemplo, sostuvo que el evangelio apunta hacia una ética profundamente distinta, en la que la comunidad cristiana no puede legitimar la violencia del poder político.1

Lo que vuelve inquietante la escena reciente no es únicamente la presencia de pastores en un despacho presidencial. Lo que despierta preguntas es la proximidad entre la oración religiosa y decisiones que implican fuerza militar. Cuando la religión aparece demasiado cerca de ese tipo de decisiones, surge inevitablemente la pregunta por su papel real. ¿Está actuando como una voz moral que introduce límites al poder o se ha convertido en un lenguaje que lo respalda?

El problema no es la oración en sí. Las comunidades de fe han acompañado la vida pública durante siglos. El problema surge cuando la religión deja de examinar críticamente el poder y empieza a envolverlo con un lenguaje sagrado.

El relato cristiano sitúa el centro de su fe en una historia marcada por el conflicto entre poder y verdad. Jesús vivió bajo la dominación del Imperio romano y su destino final fue una ejecución política. Según la tradición cristiana, en su muerte coincidieron los intereses del poder imperial y de las autoridades religiosas de su tiempo. Ese dato debería bastar para introducir cierta cautela cada vez que la fe se instala con demasiada comodidad cerca de los centros de poder.

Las imágenes de líderes religiosos rodeando a gobernantes siempre han generado debate dentro del cristianismo. No porque la fe deba retirarse de la esfera pública, sino porque la cercanía con el poder suele producir un efecto conocido: la religión pierde parte de su capacidad crítica. Cuando eso ocurre, la fe deja de cuestionar decisiones políticas y comienza a proporcionar un lenguaje que las justifica.

La historia latinoamericana conoce bien esa dinámica. Durante décadas hemos visto sacerdotes bendiciendo batallones, pastores respaldando proyectos políticos violentos o líderes religiosos guardando silencio ante abusos de poder. También existen historias distintas: comunidades cristianas que denunciaron injusticias y pagaron un precio alto por hacerlo. Esa tensión forma parte de la memoria religiosa del continente.

Vista desde esa historia más amplia, la fotografía del Despacho Oval vuelve a poner sobre la mesa un dilema antiguo. La tentación de bendecir al poder nunca desaparece del todo. Cada generación cristiana enfrenta la misma decisión: permitir que la fe se convierta en un lenguaje que legitima decisiones políticas o mantenerla como una conciencia crítica frente a cualquier forma de poder.orma de poder.

Las escenas como la que vimos recientemente no deberían leerse solo como un episodio de la política estadounidense. Funcionan también como un espejo para el cristianismo contemporáneo. Obligan a pensar qué ocurre cuando la religión se instala demasiado cerca del poder y pierde la distancia necesaria para examinarlo.

La tradición cristiana siempre ha invitado a orar por quienes gobiernan. La pregunta que permanece abierta es qué significa esa oración cuando las decisiones del poder implican violencia, guerra o sufrimiento humano.

Porque cuando la fe se aproxima demasiado al poder, la historia muestra que el riesgo no es pequeño: la religión puede terminar bendiciendo aquello que debería examinar con mayor cuidado.

  1. Sobre la tradición cristiana de la guerra justa y sus debates éticos, véanse las entradas “War”, “Augustine” y “Medieval Political Philosophy” en la Stanford Encyclopedia of Philosophy, así como estudios introductorios sobre ética de la guerra en la tradición cristiana. ↩︎

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