«¡Viva Cristo Rey!»: cuando una confesión de fe se convierte en consigna política

Cartel editorial con el mapa de Colombia y la frase «¡Viva Cristo Rey!», inspirado en propaganda política histórica y la relación entre fe cristiana y poder.

«¡Viva Cristo Rey!» ha regresado a las tribunas del poder. Lo proclamó el presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, al concluir su discurso de posesión el pasado 7 de agosto, y lo ha repetido después en otras intervenciones oficiales. La expresión pertenece a la tradición cristiana, pero cuando sale de los labios de quien ejerce el poder político adquiere otras resonancias. Sobre todo en Colombia, donde ese grito conserva una memoria histórica que no deberíamos olvidar.

La historia aconseja prudencia. La expresión tiene raíces religiosas y cobró especial fuerza después de que Pío XI instituyera la fiesta de Cristo Rey en 1925. Poco después se convirtió en el célebre grito de los cristeros mexicanos durante el conflicto de 1926-1929. Muchos creyentes lo pronunciaron como confesión de fe, incluso ante la muerte.

Pero la historia también muestra su lado oscuro. «¡Viva Cristo Rey!» pasó, en determinados momentos, de confesión religiosa a consigna de combate político. Apareció entre sectores católicos tradicionalistas durante la Guerra Civil española y también forma parte de nuestra dolorosa memoria colombiana.

Durante las décadas de violencia partidista del siglo XX en Colombia, la religión llegó a mezclarse peligrosamente con las identidades políticas. Sectores conservadores marcharon bajo símbolos religiosos y grupos armados actuaron al grito de «¡Viva Cristo Rey!». No conviene olvidar esa historia precisamente ahora, cuando la expresión vuelve a escucharse desde las más altas instancias del poder político colombiano.

Y ahí está mi preocupación. El problema no es gritar «¡Viva Cristo Rey!». El problema es quién lo grita, desde dónde lo grita, para qué lo grita y qué proyecto político pretende legitimar con ese nombre.

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«Cristo es Rey» puede ser una confesión de nuestra fe. Claro que sí. Pero precisamente por eso Cristo no puede convertirse en jefe ideológico de un gobierno, de un partido o de la mal llamada «batalla cultural». El Reino de Dios trasciende nuestras derechas e izquierdas, nuestros nacionalismos y nuestras trincheras. Por eso distingo ese «¡Viva Cristo Rey!» del Cristo que un día quisieron proclamar rey y se retiró.

La historia colombiana debería habernos enseñado algo: cuando Cristo se convierte en bandera de un bando político, tarde o temprano terminamos defendiendo la bandera y olvidándonos de seguir a Cristo. Se corre el riesgo de convertir en reyes a los jefes políticos del bando que lo grita.

¿Recuerdan Juan 6:15? «Se dio cuenta Jesús de que pretendían llevárselo para proclamarlo rey, y se retiró de nuevo al monte él solo». Yo, por mi parte, prefiero retirarme con él antes que quedarme entre quienes convierten en reyes a los que pretenden gobernar en su nombre. Porque una cosa es confesar que Cristo es Rey y otra, muy distinta, coronar nuestros proyectos políticos con el nombre de Cristo.

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