Ni guerra cultural ni silencio cómplice

Interior de una iglesia con la puerta abierta hacia una calle cubierta de carteles sobre dignidad, derechos y justicia social.

El desafío de discernir la misión cristiana hoy

“… la Iglesia no existe para sí misma ni para sus miembros,
sino como señal, agente y anticipo del reino de Dios…”

Lesslie Newbigin

Toda generación cristiana —evangélica, católica, ortodoxa, protestante u otra— necesita preguntarse de nuevo cómo vivir y anunciar el Evangelio en la cultura que le corresponde habitar. Esa pregunta ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes y seguirá acompañándola mientras las sociedades cambien y surjan nuevos desafíos para comprender al ser humano. No basta con confesar que Jesucristo es Señor; también es preciso discernir qué significa esa confesión en medio de las realidades culturales, sociales y políticas de cada tiempo.

En las últimas décadas, esta reflexión se ha vuelto más urgente. La creciente polarización política, los cambios antropológicos y los debates sobre identidad, familia, educación, sexualidad, derechos y libertad religiosa han llevado a muchos cristianos a preguntarse cuál debe ser su presencia en la vida pública. En ese contexto ha ganado fuerza una expresión que no nació en la teología ni en la misión de la Iglesia, pero que hoy circula con sorprendente naturalidad en púlpitos, congresos y redes sociales: batalla cultural.

No me refiero al necesario discernimiento cristiano de la cultura ni a la responsabilidad profética de denunciar cuanto amenaza la vida y la dignidad humana. Hablo de una narrativa que interpreta la sociedad como un escenario de confrontación permanente entre bandos irreconciliables, en el que el otro deja de ser un conciudadano con quien dialogar para convertirse en adversario, amenaza o enemigo. Esta visión, promovida inicialmente desde ámbitos políticos e ideológicos, ha encontrado eco en algunos sectores cristianos y con frecuencia se presenta como la forma más fiel de defender la fe, la familia o la civilización occidental.

No es difícil comprender su atractivo. En tiempos de incertidumbre ofrece certezas; frente a la complejidad, simplifica los conflictos; allí donde se perciben pérdidas, identifica responsables y convoca a la resistencia. Sin embargo, su capacidad para movilizar personas no demuestra su fidelidad al Evangelio. Lo que importa no es si esta estrategia produce influencia cultural o réditos políticos, sino si refleja el modo en que Jesús comprendió su misión, ejerció el poder y anunció el Reino de Dios.

Las palabras nunca son inocentes. La manera en que nombramos la realidad termina modelando también nuestra espiritualidad. La forma en que describimos la misión revela la imagen de Dios que llevamos dentro, la comprensión que tenemos de la Iglesia y el modo en que nos relacionamos con quienes piensan distinto. Antes de aceptar que la comunidad cristiana ha sido llamada a librar una batalla cultural, conviene preguntarse qué clase de Dios imaginamos cuando hablamos de guerras, qué tipo de Iglesia se forma en las trincheras y qué ocurre con el Evangelio cuando el adversario político termina siendo presentado como enemigo de la fe.

La tesis de este ensayo es sencilla. La misión cristiana no se comprende desde la lógica de la confrontación cultural, sino desde la encarnación, el discernimiento y el Reino de Dios. La Iglesia está llamada a participar activamente en la vida pública, denunciar cuanto deshumaniza, defender la dignidad de toda persona y anunciar con valentía el Evangelio. Pero debe hacerlo siguiendo a un Señor que no conquistó el mundo mediante la imposición, sino haciéndose carne; que no reunió discípulos para organizar una guerra cultural, sino para anunciar y encarnar la justicia, la paz, la ternura y la reconciliación del Reino de Dios.

Recibe nuestras lecturas por WhatsApp y Telegram

Acompaña las nuevas publicaciones de El Blog de Bernabé desde tu celular. Únete a nuestros canales de WhatsApp y Telegram y recibe artículos, ensayos, lecturas para la vida espiritual y recursos sobre fe, Biblia, misión y sociedad.

La misión no se comprende como una batalla

Las metáforas son también formas de interpretar la realidad, ordenar nuestras prioridades y definir nuestra manera de actuar. Hablar de batalla cultural no consiste simplemente en adoptar una expresión llamativa; implica asumir una forma de comprender el mundo, de mirar a quienes piensan diferente y de entender la misión de la Iglesia. En este caso, tras el lema ideológico se esconde una cosmovisión que moldea la comprensión del poder, la verdad, el adversario y, finalmente, la propia misión de la Iglesia.

En el lenguaje de la batalla predominan los enemigos, los territorios por recuperar, las victorias y las derrotas. La sociedad termina dividida en bandos irreconciliables y el éxito se mide por la capacidad de neutralizar al adversario o conquistar espacios de influencia. Poco a poco, esa lógica deja de ser únicamente política y comienza a modelar también la espiritualidad.

No es casual que este lenguaje haya encontrado eco en una época marcada por la polarización. Las redes sociales recompensan la indignación, el debate público se alimenta del enfrentamiento y muchos liderazgos construyen su identidad señalando adversarios. En ese ambiente resulta fácil que la Iglesia termine respirando el mismo aire que pretende transformar.

El problema no radica en reconocer que existen profundas diferencias éticas, antropológicas o religiosas. Sería ingenuo negarlas. La dificultad aparece cuando la confrontación deja de ser una circunstancia y se convierte en la categoría desde la cual interpretamos toda la realidad. Entonces comenzamos a ver adversarios donde hay personas, amenazas donde existen oportunidades de diálogo y trincheras donde el Evangelio nos llama a tender puentes.

Toda comprensión de la misión nace de una determinada imagen de Dios. Si imaginamos a un Dios cuyo propósito principal consiste en derrotar adversarios culturales, organizaremos la vida cristiana alrededor del combate. Si contemplamos al Dios revelado en Jesucristo, que se acerca, escucha, sirve y entrega su vida por amor, nuestra presencia en el mundo adquirirá otro rostro. El criterio principal no es qué estrategia resulta más eficaz, sino qué imagen de Dios inspira nuestro testimonio.

Por eso, el debate sobre la batalla cultural no es, en el fondo, un debate político. Es un juicio teológico. Nos obliga a preguntarnos si la metáfora de la batalla expresa el corazón del Evangelio o si termina sustituyendo la lógica del Reino de Dios por la del antagonismo permanente. La respuesta solo puede encontrarse volviendo, una vez más, a la persona y a la misión de Jesús.

La misión comienza con la encarnación

El Evangelio no comienza con una declaración de guerra, sino con una presencia. «El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros» (Jn. 1:14). Dios no decidió transformar el mundo desde la distancia ni imponer su voluntad desde fuera de la historia. Entró en ella, asumió la fragilidad humana, habló nuestro lenguaje y recorrió los caminos de una cultura concreta.

La encarnación revela mucho más que el misterio de quién es Jesús; muestra también el modo en que Dios actúa y, por tanto, la forma de la misión de la Iglesia. La comunidad cristiana no ha sido enviada a situarse por encima de la sociedad, pero tampoco a confundirse con ella o aceptar sin discernimiento todo cuanto ocurre. Su vocación consiste en hacerse presente, escuchar, comprender y anunciar, desde dentro de la historia, la buena noticia del Reino. La cercanía no debilita la dimensión profética; al contrario, le impide convertirse en desprecio y evita que la fidelidad al Evangelio derive en hostilidad hacia las personas.

Jesús vivió en una sociedad atravesada por profundas divisiones religiosas, políticas y sociales. Sin embargo, nunca organizó su ministerio alrededor de la defensa de una identidad amenazada. Se acercó a quienes otros evitaban, compartió la mesa con personas consideradas impuras y devolvió dignidad a quienes habían sido excluidos. Su presencia no legitimó todas las prácticas de su tiempo, pero tampoco convirtió a las personas en enemigos culturales. Las confrontó con la verdad mientras las acogía con misericordia y las invitaba a la conversión.

Por eso prefiero hablar de discernimiento y evangelización de la cultura antes que de batalla cultural. Discernir significa reconocer que en toda cultura conviven signos de la gracia y manifestaciones del pecado, semillas del Reino y dinámicas que deshumanizan. Evangelizarla no consiste en conquistarla, sino en servirla con el Evangelio: acompañar sus búsquedas, denunciar sus injusticias y anunciar, mediante palabras y acciones, la vida nueva revelada en Jesucristo.

La autoridad de la Iglesia no nace de su capacidad para conquistar espacios de poder, sino de su disposición a encarnar aquello que proclama. Antes de preguntarse qué territorios debe recuperar, necesita preguntarse entre quiénes está llamada a vivir y qué sufrimientos humanos está llamada a compartir. Allí comienza, todavía hoy, la misión de Dios.

El Reino no se anuncia desde las trincheras

El centro de la predicación de Jesús no fue una ideología, un programa político ni una cruzada moral. Fue el Reino de Dios. “El reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!” (Mr. 1:15). Desde ese horizonte comprendió su misión y dio sentido a cada uno de sus gestos.

El Reino cuestionó las estructuras religiosas, sociales y políticas que negaban la vida. Jesús denunció la hipocresía, desenmascaró los abusos del poder y defendió a los más vulnerables. Su mensaje fue, sin duda, profundamente contracultural. Pero existe una diferencia decisiva entre esa actitud y la lógica de la batalla cultural. Jesús nunca organizó su ministerio alrededor de la oposición a determinados grupos humanos. Su propósito no era imponerse a los adversarios, sino hacer presente una nueva manera de vivir bajo el señorío de Dios.

Por eso, la identidad de la Iglesia no puede definirse únicamente por aquello que rechaza. Existe, ante todo, para anunciar una buena noticia. Cuando el combate desplaza al anuncio, la confrontación termina eclipsando la esperanza y la defensa de determinados valores corre el riesgo de ocupar el lugar del Evangelio.

El Reino de Dios continúa interpelando las idolatrías de todas las épocas —y a sus pretendidos dioses—. Denuncia el consumismo, el individualismo, la violencia, la corrupción, la explotación y toda forma de desprecio por la dignidad humana. También cuestiona aquellas visiones antropológicas que reducen o distorsionan el valor de la persona. Pero lo hace con una lógica distinta a la del antagonismo permanente. Su propósito no es vencer enemigos, sino abrir caminos de conversión, reconciliación y vida.

Importa, entonces, discernir qué Reino está llamada la Iglesia a hacer visible en medio de la sociedad. Cuando ese horizonte orienta su misión, cambia también el tono de su presencia pública. La comunidad cristiana deja de definirse por las amenazas que denuncia para reconocerse por la esperanza que anuncia.

Una Iglesia que discierne

La alternativa a la batalla cultural no es el silencio, la indiferencia ni la renuncia a las propias convicciones. La Iglesia está llamada a participar activamente en la vida pública. Sin embargo, su primera tarea es discernir: escuchar antes de responder, comprender antes de juzgar y buscar la acción de Dios en una realidad siempre más compleja que nuestros propios esquemas.

Ninguna cultura puede identificarse plenamente con el Reino de Dios, pero tampoco es completamente ajena a él. En todas conviven semillas de gracia y expresiones del pecado, signos de esperanza y dinámicas que necesitan ser transformadas. Por eso, el discernimiento exige humildad. Quien solo busca enemigos termina viendo amenazas por todas partes; quien aprende a discernir descubre también los anhelos, las preguntas y las búsquedas donde el Espíritu ya está obrando.

La Iglesia no llega al mundo como quien posee respuestas para una sociedad incapaz de ofrecer verdad alguna, sino con la convicción de que el Evangelio ilumina toda la realidad y, precisamente por ello, puede escuchar sin miedo, dialogar sin perder su identidad y dar testimonio de la vida nueva en Cristo.

El libro de los Hechos ofrece una imagen elocuente de este camino. Ante una de las mayores tensiones de la comunidad cristiana, los discípulos no respondieron con una guerra contra quienes pensaban distinto. Se reunieron, dialogaron, escucharon sus diferentes voces y buscaron juntos la dirección del Espíritu, hasta poder afirmar: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hch. 15:28). El discernimiento comunitario precedió a la decisión.

Uno de los testimonios que más hacen falta en nuestro tiempo consiste, precisamente, en recuperar esa práctica. En una sociedad donde abundan las trincheras ideológicas, la Iglesia está llamada a convertirse en un espacio donde sea posible escuchar sin descalificar, disentir sin romper la comunión y buscar juntos la voluntad de Dios. Una comunidad así no solo anuncia el Reino; lo hace visible.

Una misión más grande que cualquier batalla

La Iglesia no puede renunciar al discernimiento crítico de la cultura ni permanecer indiferente frente a las ideologías, las estructuras o las prácticas que lesionan la dignidad humana. Su vocación profética sigue siendo indispensable allí donde la vida es despreciada, la verdad manipulada y la justicia convertida en privilegio.

Pero una cosa es ejercer el discernimiento profético y otra muy distinta dejar que la misión quede atrapada en la lógica de la confrontación permanente. De ser así, quienes más se benefician son los proyectos políticos que necesitan alimentar esa polarización, mientras el Evangelio pierde su libertad profética y la Iglesia corre el riesgo de quedar subordinada a intereses ajenos a su misión.

Jesús nunca llamó a sus discípulos a conquistar una cultura. Los envió a ser sal de la tierra, luz del mundo y levadura en la masa. Son imágenes de una presencia que transforma desde dentro, no de una ocupación del espacio público mediante la imposición. El Reino crece como la semilla, fermenta como la levadura e ilumina como la luz: su fuerza no reside en el dominio, sino en la capacidad de generar vida.

Esta postura no implica ingenuidad. La fidelidad al Evangelio produce tensiones y, con frecuencia, despierta la oposición de quienes se benefician de la injusticia. La Iglesia está llamada a denunciar con valentía cuanto degrada la vida humana. Sin embargo, el conflicto aparece como consecuencia de esa fidelidad, no como el punto de partida de su misión. Jesús no salió en busca de enemigos; fueron los poderes amenazados por el Reino quienes terminaron enfrentándose a él.

También nuestra generación necesita discernir cómo habitar la vida pública. No se trata de escoger entre la presencia y la ausencia, ni entre el compromiso y la indiferencia, sino entre dos maneras de comprender la misión: la lógica de la confrontación o la lógica del Reino. De esa elección dependerán el tono de nuestro testimonio, la calidad de nuestra presencia y la credibilidad del Evangelio que anunciamos.

Estoy convencido de que la Iglesia seguirá siendo profundamente contracultural cuando defienda la dignidad de toda persona, cuide de los más vulnerables, denuncie la injusticia y anuncie la esperanza del Reino de Dios. Pero esa vocación no necesita apropiarse del lenguaje de la guerra para ser fiel a Jesucristo.

El proyecto de Jesús no consistió en organizar una batalla cultural, sino en anunciar la llegada del Reino de Dios. Un Reino que transforma sin imponerse, confronta sin deshumanizar, reconcilia sin uniformar y vence no por la fuerza del poder, sino por el poder del amor. Esa sigue siendo, dos mil años después, la misión de la Iglesia. El camino que conduce al Reino pasa por la cruz antes que por la conquista.

7 respuestas

  1. Esclarecedora alternativa que impacta no solo la narrativa, sino el plan de acción en cómo interpretamos lo que vemos y vivimos.
    Gracias por esta nota, una puerta a analizar/nos desde lo que sale de cada corazón, a la luz del ejemplo de Jesús.
    Nada más lejos de la «tibieza» y nada más cerca de la verdadera transformación.
    Gracias Harold!

  2. Un texto muy bien logrado y de inspiración. Creo mantenerlo ampliando tres aspectos (a) las denominadas batallas culturales y la captura denominacional de las iglesias; (b) las ideologías de extrema derecha y el carácter conservador de la predicación evangélica. No es iglesia confesante ni es iglesia profética; (c) Es batalla porque pretende recrear un enemigo (político) y es cultural porque su bandera es destruir cualquier manifestación de cambios.

  3. Gracias por el gran aporte, la Iglesia no esta llamada a ganar adeptos, sino hermanos de camino que descubren día a día lo rico del Reino

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar