Para fines pedagógicos, el ciclo de vida de las plantas y los árboles puede describirse en cinco etapas: siembra, germinación, florecimiento, crecimiento y fructificación. Cada fase requiere cuidados específicos de riego, luz y nutrientes para que la planta pueda florecer y dar fruto.
Este proceso puede aplicarse también a los seres humanos, no solo en lo que respecta a la biología, sino como imagen del desarrollo espiritual de niños, niñas, adolescentes y adultos. Para que la vida humana se desarrolle plenamente, al igual que la vida vegetal, son necesarias una nutrición, iluminación, oxigenación e irrigación adecuadas.
Para que la vida florezca de manera integral y no aislada, una comunidad necesita ciertas características relacionadas con las etapas del ciclo vital. Conviene mirar cada una de ellas a la luz de las Sagradas Escrituras. Para ello, las hemos agrupado en tres etapas.
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Siembra y Germinación de la Semilla
En la parábola del sembrador (Lucas 8:11-15, NVI), Jesús nos regala una hermosa enseñanza sobre las etapas de este ciclo vital. Para que la siembra sea exitosa, el sembrador debe asegurar que la tierra esté lista para recibir la semilla. Pero, en ocasiones, la tierra puede ser árida o estar llena de piedras y espinos que, en nuestras comunidades, se manifiestan como corazones endurecidos, heridos o sin esperanza. Por eso, estamos llamados a preparar bien la tierra, con ternura, paciencia y mucho amor.
Para que la semilla germine, también se necesita un ecosistema adecuado. El calor, el agua y el aire son indispensables para que la vida florezca. De igual modo, en nuestras comunidades de fe necesitamos generar un entorno de ternura, comprensión y empatía, sin hacer acepción de personas (Santiago 2:9, NVI), en el que cada persona encuentre un sentido de pertenencia, se sienta acogida y no juzgada, bienvenida y no rechazada, comprendida y no ignorada. La mejor semilla que tenemos es la ternura de la Palabra de Dios; pero, si nuestra comunidad no la practica, la semilla no germinará.
Florecimiento y Crecimiento
En la vida vegetal, el florecimiento es un proceso natural mediante el cual una planta pasa de la producción de hojas y tallos a la fase reproductiva, desarrollando capullos que se abren para dar paso a las flores. Así como fueron necesarios distintos cuidados durante la siembra y la germinación, en esta etapa también es indispensable asegurar la nutrición, oxigenación, iluminación e irrigación de quienes forman parte de nuestras comunidades de fe.
Nutrir la vida con la ternura de la Palabra de Dios es esencial en esta etapa de desarrollo. Mostrar a un Dios compasivo, amoroso, tierno, protector y sensible a nuestro dolor es vital para que cada flor prospere en un jardín de ternura, rodeada de relaciones de cuidado con otros miembros de la comunidad.
Mientras la Palabra de Dios es nuestro alimento espiritual, la oración es el oxígeno indispensable para la vida. A través de ella podemos presentarnos ante nuestro Papito celestial, sin temores ni vergüenza. Él nos escuchará y responderá conforme a su voluntad (Mateo 7:7-8, NVI). Durante esta etapa, cada persona se desarrollará de manera particular, como las muchas especies, formas y colores que existen en la naturaleza.
Fructificación
La fructificación es el proceso natural mediante el cual una planta produce frutos y semillas a partir de sus flores. Es la etapa final de su ciclo reproductivo y tiene el propósito biológico de asegurar la supervivencia de la especie. En esta fase, cada persona está lista para dar el fruto esperado y poner en práctica los dones y talentos que Dios le ha dado.
Cada especie da fruto a su propio tiempo. El Salmo 1:3 lo expresa así: “Es como árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan…”. En Marcos 4:8 vemos que la semilla sembrada en buena tierra dio fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno. Pero ¿cuál es el fruto que Dios espera de nosotros? La respuesta está en Gálatas 5:22-23 (NVI): “…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio…”.
Si Dios sembró en nuestros corazones la semilla de la ternura de su Palabra, ese único fruto brotará de manera natural en la acogida, el cuidado y la protección de nuestros vecinos, especialmente de los miembros más jóvenes de nuestras comunidades de fe: los niños, niñas y adolescentes.
Preguntémonos: ¿estamos sembrando la ternura de Dios a través de nuestras actitudes, comportamientos y palabras? ¿Es nuestra comunidad un ecosistema idóneo para el florecimiento de la vida?
Preguntas para la reflexión pastoral
¿Qué caracteriza a una comunidad donde la vida puede florecer?
¿Cómo fortalecer las relaciones de cuidado dentro de nuestras iglesias?
¿Qué prácticas comunitarias favorecen la inclusión, la participación y el sentido de pertenencia?
Serie especial
Pastoral de la Ternura
Continúa explorando reflexiones sobre el cuidado, la protección y las comunidades de fe donde la vida puede florecer.
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