Atravesamos un momento histórico confuso, marcado por cambios acelerados debido a la crisis climática, la secularización, la globalización y un nuevo escenario geopolítico que hace surgir nuevos rostros de la pobreza. Uno de ellos es el de la inmigración: para unos, una amenaza; para otros, una oportunidad de mejorar su calidad de vida. Como explica Alberto Ares, los flujos migratorios plantean serios interrogantes sobre nuestra forma de gestionar la diversidad dentro de las sociedades.1 Sin embargo, la inmigración bien gestionada también contribuye al desarrollo del país que la acoge, fomentando la inversión, el emprendimiento y el crecimiento sociocultural.
A finales de 2024, 123,2 millones de personas habían sido desplazadas forzosamente por persecuciones, conflictos, violencia, violaciones de los derechos humanos y otros acontecimientos que alteraron gravemente el orden público.2 Además, cerca de 8.000 personas murieron o desaparecieron durante 2025 en rutas migratorias,3 mientras que 304 millones residían en un país distinto al de su nacimiento en 2024.4 La inmigración es, por tanto, un fenómeno global que nos exige asumir una responsabilidad social, moral y pastoral.
Chile y otros países reciben hoy importantes flujos de inmigrantes y, junto con ese aumento, ha surgido un imaginario social que asocia inmigración con inseguridad y delincuencia. Las encuestas muestran percepciones ambivalentes: los inmigrantes son vistos tanto como trabajadores responsables como potenciales delincuentes.5 Esta contradicción refleja el miedo y la desinformación presentes en la sociedad. La prensa y las redes sociales han reforzado estereotipos negativos, vinculando la inmigración con el narcotráfico o la violencia urbana, aunque diversos datos muestran que los inmigrantes han estado subrepresentados en los índices generales de criminalidad.6 La criminalización se alimenta, en buena medida, más de prejuicios que de hechos.
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Un caso emblemático es el de Kilmar Armando Ábrego García,7 inmigrante salvadoreño de origen humilde, objeto de detenciones injustas y de un proceso de criminalización cuestionado. En 2019 se le vinculó con la MS-13 sobre la base de la declaración de un informante y de elementos como su vestimenta. Eso bastó para que las autoridades lo consideraran un peligro para la comunidad, aunque no tenía antecedentes penales. En marzo de 2025 fue deportado a El Salvador por un error administrativo, pese a que una orden judicial impedía enviarlo a ese país. Fue recluido en una cárcel de alta seguridad y, posteriormente, trasladado nuevamente a Estados Unidos, donde se presentaron nuevas imputaciones en su contra. Su historia muestra cómo el sistema migratorio puede criminalizar a una persona por su perfil social antes de que existan cargos judicialmente comprobados.
Diversas investigaciones muestran que la criminalización de la inmigración se construye mediante prejuicios injustificados y desconocimiento de las culturas migrantes, alimentados por coberturas mediáticas ideologizadas. La prensa chilena suele vincular la inmigración con la delincuencia, mientras que en las redes sociales se la relaciona con el deterioro de los servicios públicos.8 Sumada a una opinión pública mal informada, esta narrativa ha contribuido al aumento de la xenofobia, la exclusión y la estigmatización de las comunidades migrantes.
Esta realidad normalizada exige preguntarnos por la tarea mediadora de la Iglesia ante la criminalización de la inmigración. La Iglesia debe hacer frente a la injusticia y a la desigualdad, pues todos poseemos la misma dignidad. Si somos hijos e hijas de un mismo Padre, toda discriminación en los derechos fundamentales debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan de Dios. Como señala Gaudium et spes: «Luchen con energía contra cualquier esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales del hombre».9
En América Latina, los factores que fuerzan la inmigración pueden relacionarse con la globalización y el neoliberalismo. Esto demanda una interpretación de la fe que responda a la realidad de quienes más sufren. Para ello, propongo tres consideraciones teológicas.
1. El mercado y el sacrificio de vidas humanas
La primera consideración es el sacrificio de vidas humanas ligado a la movilidad forzada y a su estigmatización. Las economías globalizadas utilizan la inseguridad, que es, como dice Zygmunt Bauman, «por lejos el más decisivo instrumento de poder».10 El sistema económico neoliberal promueve la desigualdad y la precariedad laboral, pues, bajo la criminalización de la inmigración, se ofrecen condiciones de trabajo injustas, contrarias a una «economía del cuidado y del reconocimiento».11
Este sistema, que sacrifica la vida de los inmigrantes pobres, se opone a Cristo, que entrega su propia vida. La naturalización de ese sacrificio está relacionada con la criminalización, pues para algunos esas vidas ya no tienen valor. Tal pensamiento contradice al Dios de la vida.
Génesis 1:26-27 afirma que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, lo que nos concede una dignidad única. Por eso debemos sostener «el primado de la persona humana y la defensa de su dignidad más allá de toda circunstancia».12 Juan 3:16 declara: «Porque de tal manera amó Dios al mundo». Ese amor incluye a toda la humanidad, sin diferencias ni privilegios.
2. Imago Christi y deshumanización
La segunda consideración es la deshumanización: el proceso por el cual se despoja a una persona o comunidad de sus cualidades humanas, lo que puede derivar en discriminación, violencia y exclusión social. Como señala Élio Gasda: «Todo mal comienza con la negación de la humanidad del otro».13 El Código de la Alianza ya advertía: «No maltratarás al forastero, ni lo oprimirás» (Éxodo 22:21). No podemos tolerar que se criminalice a alguien simplemente por su color de piel o su procedencia.
El prólogo del Evangelio de Juan nos presenta a Jesús como alguien que cruza fronteras y habita entre nosotros: «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1:14). Jesús experimentó la persecución, el desplazamiento y la criminalización; murió condenado como un criminal sin haber cometido delito alguno. Por eso se identifica con el migrante y la Iglesia debe actuar con misericordia, sin naturalizar su judicialización.
En palabras de Pedro Trigo, es desde una sensibilidad kenótica que se mira la realidad, no como espectador, sino como hermano que no aspira a ser servido, sino a servir.14 La Iglesia está llamada a ver en el inmigrante a un hermano y a reconocer en él la Imago Christi.
3. La denuncia profética y el pecado estructural
La tercera consideración es el pecado estructural: la existencia de estructuras sociopolíticas y económicas que perpetúan la injusticia, la desigualdad y el sufrimiento humano. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaron estas injusticias. Amós criticó con fuerza la acumulación de riquezas (5:10-12) y una religiosidad que no se enfrentaba a la injusticia social (5:21-23).
En el Nuevo Testamento, Santiago 5:1-6 critica a los ricos que oprimen a los trabajadores, indefensos ante la perversión de las instituciones. El pecado estructural incluye también la pobreza, la discriminación racial y la falta de acceso a la educación, la salud y la vivienda. Las estructuras se valen de la criminalización de la inmigración para negar ayuda al más pobre y expulsarlo de los países de acogida.
Jesús dice en Mateo 25:35-36: «Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; fui forastero y me recogiste». Este es su llamado a cuidar a los más vulnerables.
La Iglesia debe responder mediante servicios humanitarios que cubran necesidades básicas como el hospedaje y la alimentación. Facilitar hogares de tránsito y comedores comunitarios para los recién llegados evita que deban dormir en plazas o estaciones de metro y que su presencia sea asociada automáticamente con la delincuencia del lugar.
Un segundo servicio es la asesoría legal, destinada a apoyar la regularización migratoria y la obtención de documentos que permitan acceder a empleos formales con contrato. La informalidad laboral aumenta la vulnerabilidad de los inmigrantes y puede exponerlos a redes de explotación o economías delictivas.
Un tercer servicio es la integración cultural y comunitaria. Las actividades culturales, sociales y religiosas pueden generar redes de apoyo y facilitar el encuentro entre inmigrantes y comunidades locales. El conocimiento mutuo ayuda a superar la desconfianza y permite reconocerse como hermanos.
La criminalización y judicialización del inmigrante surge de la desconfianza y la desinformación, pero se consolida en estructuras sociales injustas. Ante esta situación, la teología latinoamericana nos desafía a observar la realidad con ojos críticos, juzgarla a la luz de la Palabra de Dios y actuar en favor de la dignidad humana.
El inmigrante es hoy un lugar teológico para la Iglesia y la sociedad. Reconocer en él a mi hermano y el rostro de Cristo abre una vía para construir juntos una comunidad más justa y fraterna.
- Alberto Ares, «Hijos e hijas de un peregrino: hacia una teología de las migraciones», Cuadernos Cristianisme i Justícia, n.º 206 (Barcelona, 2017), 7. ↩︎
- Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Global Trends 2024, Ginebra, 2025. ↩︎
- Organización Internacional para las Migraciones, «La OIM publica nuevos datos sobre casi 8.000 muertes de migrantes en 2025», 21 de abril de 2026, https://www.iom.int/es/news/la-oim-publica-nuevos-datos-sobre-casi-8000-muertes-de-migrantes-en-2025 ↩︎
- Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, International Migrant Stock 2024: Key Facts and Figures, 2025. ↩︎
- Adriana Chuaqui, Aldo Mascareño, Juan Rosas, César Gamarra, Sandra Quijada y Benjamín Lang, «El valor de la experiencia: dualidad y ambigüedad en la interacción entre migrantes y chilenos», Puntos de Referencia, n.º 698 (2024), 2, https://www.cepchile.cl/investigacion/el-valor-de-la-experiencia-dualidad-y-ambiguedad-en-la-interaccion-entre-migrantes-y-chilenos/ ↩︎
- Alex Callís y Matías Gómez, Corrientes subterráneas. Inmigración y delincuencia en Chile, informe 1, Universidad Central de Chile, 2023, 5-32, https://www.ucentral.cl/ucentral/site/docs/20230403/20230403125618/informe_corrientes_subterraneas.pdf ↩︎
- «Quién es Kilmar Ábrego García, el migrante deportado por error a El Salvador cuyo caso enfrenta a Trump con la justicia», BBC News Mundo, https://www.bbc.com/mundo/articles/cdj2ple9311o ↩︎
- Alex Callís y Matías Gómez, Corrientes subterráneas. Inmigración y delincuencia en Chile, 5-32. ↩︎
- Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n.º 76. ↩︎
- Zygmunt Bauman, Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2011), 61. ↩︎
- Magdalena León, «Cambiar la economía para cambiar la vida: desafíos de una economía para la vida», en Alberto Acosta y Esperanza Martínez, comps., El buen vivir: una vía para el desarrollo (Quito: Abya-Yala, 2009), 63. ↩︎
- Papa Francisco, Laudate Deum, exhortación aspostólica (Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 2025), 39, consultado el [7 de julio 2026], https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/20231004-laudate-deum.html
↩︎ - Élio Gasda, Capitalismo financiero, idolatría y sacrificios humanos como necropolítica, apuntes de clase, Análisis socio-teológico de la realidad latinoamericana, UCA, 15 de marzo de 2025, 59. ↩︎
- Pedro Trigo, Relaciones humanizadoras: un imaginario alternativo (Santiago: Universidad Alberto Hurtado, 2013), 214. ↩︎

