Ilustración editorial de una niña palestina entre ruinas en Gaza, rodeada de escombros, cuadernos y edificios destruidos.

Una reflexión teológica decolonial desde los pueblos crucificados de Palestina

Durante décadas, la palabra “genocidio” fue considerada excesiva, radical o incluso prohibida cuando se aplicaba a la realidad palestina. Analistas, organizaciones de derechos humanos, académicos y líderes religiosos denunciaron de manera sostenida la destrucción de vidas palestinas, el desplazamiento forzado de comunidades enteras, el bloqueo de Gaza, la expansión de asentamientos en Cisjordania y la negación de derechos fundamentales. Sin embargo, buena parte de la comunidad internacional evitó emplear el término que el derecho internacional reserva para los crímenes más graves contra la humanidad.

El 23 de junio de 2026, ese lenguaje cambió. La Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel concluyó que existen motivos razonables para afirmar que las autoridades israelíes y las fuerzas de seguridad israelíes han cometido genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como crímenes de guerra en Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental. El informe documenta que aproximadamente el 30% de las víctimas mortales registradas en Gaza entre 2023 y 2025 fueron niños, además de señalar la destrucción sistemática de infraestructura sanitaria, educativa y comunitaria esencial para la supervivencia de la población palestina.

Al fin lo llamaron genocidio.

Pero el asunto teológico no se agota en el nombre que recibe el crimen. Lo que queda delante de nosotros es por qué tantas iglesias, gobiernos y sectores religiosos siguen sosteniendo relaciones políticas, económicas y simbólicas con un proyecto estatal acusado por organismos internacionales de cometer uno de los delitos más graves contemplados por el derecho internacional.

Recibe nuestras lecturas por WhatsApp y Telegram

Acompaña las nuevas publicaciones de El Blog de Bernabé desde tu celular. Únete a nuestros canales de WhatsApp y Telegram y recibe artículos, ensayos, lecturas para la vida espiritual y recursos sobre fe, Biblia, misión y sociedad.

La teología frente al sufrimiento de los pueblos

La teología cristiana no puede comenzar en los palacios del poder, sino en los lugares del sufrimiento. Esa fue una de las intuiciones fundamentales de la teología de la liberación latinoamericana. Gustavo Gutiérrez insistió en que Dios se revela desde la historia concreta de los pobres y excluidos. Del mismo modo, Jon Sobrino habló de los “pueblos crucificados”: aquellos sobre cuyos cuerpos se construyen los privilegios de otros.

Si aplicamos esta categoría a Palestina, la imagen resulta dolorosamente evidente. Gaza se ha convertido en un inmenso territorio de sufrimiento humano. Hospitales destruidos, escuelas reducidas a escombros, niños amputados, familias desplazadas una y otra vez, y una generación entera marcada por el trauma conforman una realidad documentada por múltiples organismos internacionales.

Desde una perspectiva bíblica, el Dios revelado en las Escrituras no se identifica con los imperios ni con los ejércitos. Se identifica con las víctimas. El éxodo, los profetas y el ministerio de Jesús muestran de manera consistente a un Dios que escucha el clamor de quienes sufren opresión.

Por ello, cualquier teología que justifique la muerte masiva de niños, el desplazamiento forzado de poblaciones o la destrucción sistemática de la vida comunitaria se coloca en contradicción directa con el testimonio bíblico.

Colonialismo, sionismo y poder

Una lectura decolonial obliga a examinar no solo los acontecimientos militares actuales, sino también las estructuras históricas que los hacen posibles.

Diversos pensadores palestinos y estudiosos del colonialismo han interpretado la experiencia palestina como una forma contemporánea de colonialismo de asentamiento. Bajo esta perspectiva, la expansión permanente de colonias israelíes en Cisjordania no constituye simplemente un conflicto territorial, sino un proceso sistemático de apropiación de tierras y sustitución demográfica.

La propia ONU ha denunciado reiteradamente la expansión de asentamientos y el aumento de la violencia de colonos contra comunidades palestinas. En junio de 2026, Naciones Unidas advirtió que grupos de colonos israelíes podrían ser incluidos en listas internacionales por violaciones graves contra niños palestinos.

Conviene distinguir entre judaísmo y sionismo.

El judaísmo es una tradición religiosa milenaria, diversa y profundamente rica. El sionismo, en cambio, es una ideología política moderna surgida en el siglo XIX, con múltiples corrientes internas. Mientras algunos sectores sionistas defendieron originalmente un proyecto nacional judío compatible con la convivencia, otras corrientes desarrollaron visiones exclusivistas que han considerado la presencia palestina como un obstáculo para la consolidación de un Estado definido prioritariamente en términos etnonacionales.

La crítica teológica y ética no debe dirigirse contra el pueblo judío ni contra la fe judía, sino contra cualquier ideología política que coloque la supremacía de un grupo humano por encima de la dignidad universal de todos los pueblos.

El silencio de muchas iglesias

Uno de los fenómenos más desconcertantes para el cristianismo contemporáneo es el apoyo incondicional que numerosas iglesias continúan otorgando al Estado de Israel.

En muchos casos, este respaldo no surge de un análisis ético ni de una reflexión sobre derechos humanos, sino de interpretaciones escatológicas desarrolladas principalmente en ciertos sectores del dispensacionalismo moderno. Estas interpretaciones identifican automáticamente las acciones del Estado contemporáneo de Israel con los propósitos redentores de Dios.

Sin embargo, tal identificación plantea serios problemas teológicos.

El Israel bíblico y el Estado moderno fundado en 1948 no son realidades equivalentes. Ningún Estado contemporáneo puede reclamar inmunidad moral apelando a textos bíblicos. Los profetas de Israel denunciaron precisamente la injusticia cometida por los propios gobernantes israelitas. La elección divina nunca fue presentada como licencia para la opresión.

Cuando las iglesias guardan silencio frente al sufrimiento palestino mientras condenan injusticias similares en otros contextos, se produce una peligrosa incoherencia ética. La cruz deja de ser signo de solidaridad con las víctimas y se convierte en instrumento de legitimación del poder.

Gaza, Cisjordania y el Líbano

La tragedia no se limita a Gaza.

En Cisjordania continúan registrándose desplazamientos forzados, demoliciones de viviendas y expansión de asentamientos. Organizaciones internacionales han documentado procesos que diversos expertos describen como formas de limpieza étnica y fragmentación territorial sistemática.

Al mismo tiempo, los conflictos regionales han alcanzado al Líbano, donde operaciones militares israelíes han provocado graves consecuencias humanitarias para la población civil, incluyendo afectaciones significativas a niños y comunidades vulnerables. UNICEF informó en mayo de 2026 que, pese al cese al fuego acordado en abril, al menos 59 niños habían sido muertos o heridos en una sola semana en Líbano.

La narrativa que presenta estas acciones exclusivamente como medidas de seguridad no alcanza para explicar la magnitud de la devastación observada sobre poblaciones civiles y estructuras esenciales para la vida.

Una palabra profética para nuestro tiempo

La función profética de la Iglesia no consiste en bendecir imperios ni en justificar Estados. Consiste en anunciar justicia y denunciar opresión.

Cuando los niños son asesinados, cuando hospitales son destruidos, cuando escuelas desaparecen bajo los escombros y cuando una población entera es sometida a condiciones incompatibles con una vida digna, la Iglesia está llamada a hablar.

No porque Palestina sea moralmente perfecta.

No porque Hamás esté exento de responsabilidad por actos condenables.

No porque los israelíes carezcan de derecho a vivir seguros.

Sino porque el Evangelio exige que la dignidad humana sea defendida sin excepciones.

Lo que quedará para la historia no será solamente la fecha en que organismos de Naciones Unidas usaron finalmente la palabra genocidio.

También quedará registrada otra cuestión: dónde estaba la Iglesia cuando los niños morían.

Y si tuvo el valor de ponerse al lado de los crucificados de su tiempo.

Referencias

Informe de Naciones Unidas — Independent International Commission of Inquiry on the Occupied Palestinian Territory, including East Jerusalem, and Israel. “The essence of childhood has been destroyed”: Israel’s deliberate targeting of Palestinian children in the Occupied Palestinian Territory since 7 October 2023. Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Ginebra, 23 de junio de 2026.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acerca de:

Suscríbete y mantente informado

Suscríbete y recibe nuevas reflexiones que ponen en diálogo la fe, el cristianismo y la misión.

Unete a nuestros canales

Te puede interesar