El tiempo litúrgico de la Cuaresma constituye, en la tradición cristiana, un itinerario espiritual orientado a la conversión y al discernimiento. No se trata únicamente de un período penitencial, sino de un momento en el que la comunidad creyente vuelve a escuchar la memoria bíblica de la liberación para releer su propia historia a la luz de la acción de Dios. El símbolo del desierto —tan central en la espiritualidad cuaresmal— evoca ese espacio donde el pueblo experimenta vulnerabilidad y prueba, pero también aprende a reconocer que la fidelidad de Dios continúa abriendo caminos de vida.

Las mujeres en el movimiento de Jesús
Las mujeres en el movimiento de Jesús de Elsa Tamez relee los relatos del Nuevo Testamento desde la perspectiva de las mujeres que formaron parte activa del movimiento de Jesús y de las primeras comunidades cristianas. A partir de una lectura bíblica situada en la experiencia latinoamericana, la autora muestra cómo estas voces femeninas participaron en la transmisión y proclamación del evangelio. El libro invita a recuperar esa memoria y a repensar la fe cristiana reconociendo el papel de las mujeres en la historia de la Iglesia.
En este contexto, los salmos ocupan un lugar privilegiado dentro de la oración de la Iglesia,1 porque conservan la memoria poética de las intervenciones divinas en la historia de Israel y permiten que esa memoria siga alimentando la fe de las comunidades creyentes. Los salmos no solo recuerdan acontecimientos del pasado; también revelan las múltiples voces a través de las cuales el pueblo ha interpretado y proclamado la acción de Dios en su historia. En ellos aparecen, junto a las voces proféticas y litúrgicas, otras voces que emergen desde la experiencia concreta de la comunidad y que participan activamente en la transmisión de la memoria de la liberación.2 Entre esas voces se encuentran también las de las mujeres, cuya presencia en diversos relatos y cantos bíblicos revela su participación en la proclamación y celebración de las acciones salvadoras de Dios. Sus palabras, cantos y gestos forman parte de la memoria espiritual del pueblo y contribuyen a mantener viva la conciencia de que la liberación experimentada en la historia no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad que sigue siendo recordada, interpretada y anunciada dentro de la vida comunitaria.
En medio de esta composición aparece un fragmento particularmente significativo en los versículos 11–12, del Salmo 68. El texto hebreo afirma:
Adonai yitten ’omer; hammebaśśerôt ṣābāʾ rāb.
Una traducción cercana al original podría expresarse así: “El Señor da la palabra; las mujeres que anuncian la buena noticia son una gran multitud”. El versículo comienza con una afirmación teológica fundamental: “El Señor da la palabra”. El sustantivo hebreo ’omer designa una proclamación pública. En la tradición bíblica, la palabra de Dios no se entiende como un discurso abstracto, sino como una palabra eficaz que irrumpe en la historia y convoca a su proclamación dentro del pueblo.3
El elemento más llamativo del versículo aparece en la expresión hammebaśśerôt, derivada de la raíz hebrea bśr, cuyo significado fundamental es “anunciar una buena noticia”. En la traducción griega de la Biblia hebrea, esta raíz será asociada con el verbo euangelizō, del cual deriva el término euangelion, “evangelio”.4 Desde el punto de vista filológico, resulta decisivo que la forma utilizada en el salmo está en femenino plural, lo que indica que el texto se refiere explícitamente a mujeres que anuncian la buena noticia.5
La investigación bíblica contemporánea ha destacado la relevancia de este detalle. Elisabeth Schüssler Fiorenza observa que varios textos bíblicos conservan huellas de tradiciones en las que las mujeres desempeñaban un papel activo en la proclamación pública de la acción de Dios dentro de la comunidad.6 El Salmo 68 constituye uno de esos textos donde la gramática misma del pasaje preserva la memoria de esa participación.
Este versículo refleja además una práctica cultural ampliamente documentada en el antiguo Cercano Oriente. Después de acontecimientos interpretados como intervenciones liberadoras de Dios, las mujeres salían al encuentro de la comunidad para celebrar y proclamar el acontecimiento mediante cantos y danzas.7 Este patrón aparece en varios textos bíblicos. En Éxodo 15, Miriam conduce a las mujeres en un canto que celebra la liberación del pueblo tras el paso del mar; de manera semejante, en Jueces 5, Débora entona un himno que interpreta teológicamente la derrota del ejército opresor. Estos cantos no constituyen simples expresiones festivas. Como señala Phyllis Trible, se trata de momentos en los que las voces femeninas articulan una interpretación teológica de los acontecimientos que marcan la historia del pueblo.8
El Salmo 68 parece situarse dentro de esta tradición de proclamación femenina. Las mujeres que anuncian la buena noticia son descritas como ṣābāʾ rāb, expresión que suele traducirse como “gran ejército”. Sin embargo, el término hebreo ṣābāʾ posee un campo semántico más amplio y puede designar también una multitud organizada o una gran asamblea movilizada.9 En el contexto poético del salmo, esta expresión permite resignificar el lenguaje militar característico del mundo antiguo. Mientras los “reyes de los ejércitos” aparecen en retirada, el protagonismo del relato se desplaza hacia quienes proclaman la liberación.
El texto realiza así una inversión simbólica significativa: la fuerza decisiva no está en los ejércitos ni en el poder de los reyes, sino en la proclamación de la buena noticia. Como señala Athalya Brenner, este tipo de escenas bíblicas revela que la memoria de la liberación se preserva muchas veces a través de voces que emergen desde espacios aparentemente marginales dentro de la estructura social.10
El versículo siguiente refuerza esta inversión narrativa: “Los reyes de los ejércitos huyen, huyen, mientras la mujer de la casa reparte el botín”. En los relatos de guerra del antiguo Cercano Oriente, el reparto del botín simbolizaba la consolidación de la victoria. En el salmo, sin embargo, el poder militar se disuelve mientras la vida cotidiana vuelve a organizarse en el espacio doméstico. El texto desplaza el centro del relato desde la lógica de la guerra hacia la restauración de la vida comunitaria. Como ha señalado Carol Meyers, estos desplazamientos narrativos permiten visibilizar la manera en que las mujeres participan en la reconstrucción de la vida social después de los momentos de crisis.11
La tradición bíblica conserva diversos momentos en los que el canto femenino se convierte en espacio de proclamación de la acción de Dios. Las figuras de Miriam y Débora muestran cómo las mujeres participan activamente en la interpretación teológica de los acontecimientos liberadores. En el Nuevo Testamento, el Magníficat de María (Lucas 1,46–55) puede comprenderse dentro de esta tradición ya existente. El canto de María retoma el lenguaje de los himnos bíblicos de liberación y proclama que Dios derriba a los poderosos y levanta a los humildes. Como observa Raymond Brown, el Magníficat se inscribe claramente dentro de la tradición bíblica de cantos que celebran la acción transformadora de Dios en la historia.12
Leído en el horizonte del tiempo cuaresmal, el Salmo 68 adquiere una resonancia particularmente significativa. La Cuaresma prepara a la comunidad creyente para volver a escuchar el anuncio central de la fe: que Dios sigue actuando en la historia para abrir caminos de vida allí donde parecen imponerse la violencia, la injusticia o la muerte. En este itinerario espiritual, el salmo recuerda que la palabra de Dios no permanece encerrada en el pasado, sino que irrumpe nuevamente en la historia cada vez que la comunidad reconoce los signos de liberación que Dios suscita en medio de su pueblo y se atreve a proclamarlos.
Desde esta perspectiva, el pasaje invita también a reconocer con mayor claridad el lugar que ocupan las mujeres en la memoria bíblica de la liberación. El texto no las presenta como figuras secundarias, sino como portadoras del anuncio. Ellas son quienes proclaman públicamente la buena noticia. Desde los cantos de Miriam, que celebra la liberación después del paso del mar, hasta la voz profética de Débora que interpreta la derrota del poder opresor, y el canto de María que anuncia al Dios que derriba a los poderosos y levanta a los humildes, la Escritura conserva una tradición en la que las mujeres aparecen como voces que interpretan la historia desde la perspectiva de la acción liberadora de Dios.
En este sentido, el Salmo 68 realiza un gesto teológico significativo: en medio de un lenguaje marcado por imágenes de guerra y poder, el centro de la escena se desplaza hacia quienes anuncian la buena noticia. Mientras los reyes y sus ejércitos aparecen en retirada, son las voces de las mujeres las que proclaman que la liberación ha tenido lugar. El poder que domina y oprime se dispersa; la palabra que anuncia la vida permanece.
Leído desde el camino cuaresmal, este texto adquiere una fuerza profundamente profética. La esperanza no se sostiene en las lógicas del poder ni en las estructuras que producen violencia, sino en la capacidad del pueblo para reconocer y proclamar los signos de vida que Dios continúa suscitando en la historia. Allí donde las voces que anuncian la liberación se levantan, allí donde la memoria de la justicia se mantiene viva y allí donde la comunidad se atreve a proclamar la dignidad de la vida frente a toda forma de opresión, la palabra de Dios sigue resonando.
Por eso, el Salmo 68 nos recuerda que la buena noticia no nace del poder de los imperios, sino de las voces que anuncian la vida en medio de la historia. Voces que muchas veces han surgido desde los márgenes, desde la experiencia concreta de las comunidades y desde la palabra de mujeres que, como en la antigua tradición bíblica, continúan proclamando que la liberación de Dios sigue siendo posible. Allí donde esas voces se levantan y anuncian esperanza, la Escritura reconoce el eco de aquella proclamación antigua: una multitud que anuncia la buena noticia de la vida.
Notas
- Hans-Joachim Kraus, Psalms 60–150 (Minneapolis: Fortress Press, 1993), 87–92. ↩︎
- Marvin E. Tate, Psalms 51–100 (Dallas: Word Books, 1990), 182–186. ↩︎
- Kraus, Psalms 60–150, 90. ↩︎
- Frank-Lothar Hossfeld y Erich Zenger, Psalms 2 (Minneapolis: Fortress Press, 2005), 178. ↩︎
- Ibid., 179. ↩︎
- Elisabeth Schüssler Fiorenza, But She Said (Boston: Beacon Press, 1993), 118–120. ↩︎
- Claus Westermann, Praise and Lament in the Psalms (Atlanta: John Knox Press, 1981), 206. ↩︎
- Phyllis Trible, Texts of Terror (Philadelphia: Fortress Press, 1984), 29–30. ↩︎
- Tate, Psalms 51–100, 184. ↩︎
- Athalya Brenner, The Israelite Woman (Sheffield: JSOT Press, 1985), 52–55. ↩︎
- Carol Meyers, Discovering Eve (New York: Oxford University Press, 1988), 137–139. ↩︎
- Raymond E. Brown, The Birth of the Messiah (New York: Doubleday, 1993), 348–352. ↩︎

