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domingo, 21 de junio de 2020

La importancia de hospedar

Por P. T. Cofré, Chile y Ecuador
“No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.   Hebreos 13:2
Tenía 6 años de edad, y llevaba un corte de cabello unisex estilo “taza”, típico entre niñas y niños de los 80s en Chile.  Tuvimos que mudarnos de país. Papá, que había perdido su empleo en un régimen totalitario, tuvo que emigrar a buscar mejores condiciones de vida para su familia a Argentina. De un día para otro nos encontramos en un país diferente, el calor del verano era sofocante, había mosquitos que hacían banquete de mi sangre dulce. Y había gente, mucha gente y yo me sentía tan pequeña, tan diferente.

Un 24 de diciembre luego de algunas combinaciones de transporte, llegamos a una casa donde todos nos saludaron amablemente, hablaban fuerte, reían aún más fuerte y tenían un acento tan distinto que hacía eco en mis oídos. Todo era fiesta, a las 12 en punto hubo cohetes y luces en el cielo, había gritos de alegría en todos lados, los vecinos iban y venían, tomaban clericó (un tipo de ponche) con pan dulce y reían. Yo no estaba acostumbrada a ese tipo de celebraciones. En mi pequeño pueblo y sobretodo en mi familia éramos más quietos. Pero entre toda la algarabía hubo algo que captó mi atención, los regalos, ¡sobretodo porque había uno para mi! Por fin… ¡algo que me conectaba a esa nueva realidad! Feliz rompí el papel y me encontré un camión de tolva para niño. Mi rostro de insatisfacción, reveló que yo era una niña… en la mañana siguiente recibí un regalo de “niña”…

En ese cambio de país fui, por primera vez, consciente de mí, en un mundo desconocido y toda mi identidad estaba siendo confrontada. Ellos hablaban diferente, vestían diferente, me veían diferente incluso yo siendo niña, fui confundida por un varón.  De ser alguien alegre y juguetona, me transformé en una niña sombría y quieta. No sabía cómo moverme en un contexto lleno de “amenazas” por tan solo el hecho de que todo era extraño y yo no sabía cómo actuar. Todo era un cambio, sin embargo hubo personas que caminaron con nuestra familia en ese período. Esa familia tan diferente, tan ruidosa y tan alegre nos hospedó por un tiempo en su casa y tuvieron la paciencia de introducirnos en su mundo. Recuerdo a don Alfonso Salamanca, el dueño de casa, nos sentaba a su lado y nos explicaba a mi hermano y a mí, el uso de algunos aparatos domésticos, nos explicaba con paciencia que significaban las palabras nuevas, de donde venían razas que antes no habíamos visto. ¡Incluso nos enseñaron que un alfajor era una golosina de niños!

No debe haber sido fácil para ellos recibir una familia con niños, un par de veces nuestro balón rompió maseteros de cerámica que la señora Luisa vendía. Dos niños pequeños jugando en ese pequeño patio podían ser una real amenaza a su estilo de vida. Durante ese tiempo, mi identidad estaba mareada, me sentía extraña, pero gracias a esas personas que nos brindaron refugio hasta encontrar nuestra propia casa, logramos ser parte de ese nuevo engranaje social donde parecía imposible encajar.  Quizá nosotros no fuimos necesariamente ángeles que ellos hospedaron, pero estoy segura que ellos fueron nuestros ángeles mientras nos acostumbrábamos a la nueva vida en un nuevo país.

Las palabras extranjero y extraño comparten la misma raíz. Ser extranjero es ser diferente, ser como niños que no saben, tener costumbres distintas, hacer las cosas de una manera distinta, ¡incluso palabras iguales tienen significado diferente!

Mi historia no pasó más allá de ser un evento anecdótico en mi vida, casi una aventura. Sin embargo hay miles de familias, de personas migrando en el mundo en este mismo instante. Muchos de ellos lejos de tener una experiencia agradable están viviendo verdaderos traumas. Padres e hijos separados, personas discriminadas por su acento, por su forma de ser, por ser extraños. Personas que luego de tener una casa con todas las comodidades, han tenido que dormir en la calle simplemente porque no tienen en sus vidas una familia como los Salamanca. Niños que son desarraigados de sus juegos de su zona de confort, de algo tan básico como sus comidas y sus sabores y sus colores. Ellos no han tenido un recibimiento de alegría, de abrigo, de techo, de esperanza, de saber que pronto estarán bien. A esto debemos agregar que la gran mayoría de quienes emigran no lo hacen por voluntad propia, sino más bien por una realidad de violencia, de falta de alimentos, de falta de derechos básicos en su propio lugar de nacimiento y que van en búsqueda de un mejor estilo de vida. Sin embargo cuando el lugar que les recibe es hostil esta transición es mucho más compleja y a veces imposible.

El texto bíblico nos muestra movimientos de personas todo el tiempo, Jesús mismo nació en un establo porque no tuvo quien hospedara a sus padres en la ciudad en la que estaban. (Lucas 2:1-7) Más tarde incluso tuvieron que salir huyendo hacia Egipto, amenazados por la persecución de un rey (Mateo 2: 13-15). Y huir no es lo mismo que preparar un equipaje bien pensado en que guardan ropa apropiada, documentos de identificación, dinero etc.  Muchos se ven obligados a salir con lo que llevan puesto.  Y así como Jesús vivió la migración en condiciones pésimas, son miles de familias, niños y niñas migrantes, que no tienen donde recostar cabeza, no saben que comerán mañana, que sus pies están llenos de ampollas que duelen por la caminata con zapatos no apropiados, que por las noche anhelan que llegue pronto el día porque tienen frio, que sus rostros que antes habían sido tersos, ahora lucen agrietados por el sol quemante, y no tienen quien les hospede, quien les cuide, quien les ayude en la transición y les enseñe.

Pero siendo honestos, entregar refugio quizá no es fácil. No cualquiera abriría las puertas de su hogar a gente extraña, solo familias como los Salamanca están dispuestos a recibir a personas extranjeras a pesar de lo que esto pueda implicar. Solo una compasión comprometida que proviene de Dios, es la única capaz de actuar con tanto amor. Hospedar es un mandato del Padre que nos invita a vencer los mensajes xenófobos que escuchamos a menudo, a vencer el egoísmo y a cuidar al otro con amor. La Biblia en su canon de leyes  (Deut. 10:18; 24:17-21,  Éxodo 22: 21) tenía leyes humanitarias que se ocupaban de los más desprotegidos y entre ellos se incluía a los extranjeros.

Quizá no se puede pedir lo mismo a la sociedad, pero nosotros somos llamados a hacerlo como parte de nuestra vida nacida de Dios el Padre. Solo quienes conocen al Padre y tienen conexión íntima con el, pueden conocer su voluntad y su voluntad es que cuidemos al desprotegido. No solo esperemos hospedar ángeles, ¡sino también anhelemos ser esos ángeles que reconfortan a un extranjero!

Meditemos:

¿Qué tengo yo como para poder hacer sentir a un extranjero bienvenido?
¿Qué espacios podría proveer nuestra iglesia local para dar cobijo al extranjero?
¿De qué forma podría ser bendición asi como hemos sido bendecidos?

Sobre la autora:  

P. T. Cofré es chilena, egresada del Seminario Teológico Bautista de Santiago Chile. Obtuvo su Maestría en Estudios Teológicos en el Eastern Baptist Theological Seminary de Philadelphia. Ex Rectora del Instituto Teológico Bautista Nacional de Chile. En la actualidad es la Directora Académica del Seminario Teológico Bautista del Ecuador, Sede Quito.

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