Reflexiones para semana Santa – Nuestra cuaresma

Por Ronald Rivadeneira, Ecuador

Imagen: Pixabay
La acuciante secularización de la sociedad ha relegado a la cuaresma a un espacio indeterminado de tiempo con un claro inicio: el fin del carnaval, y con un determinado final; el inicio de la semana santa.  La Semana Santa es de énfasis evangélico kerigmático, tanto para el catolicismo como para el protestantismo evangelical. Lamentablemente desde el discurso de la ignorancia confesional la cuaresma es de la “religión católica y nosotros los evangélicos no la celebramos”, repensar la palabra con énfasis en la cuaresma debería ser una necesidad misional de la iglesia, su origen en el siglo IV puede servir de pretexto para celebrarla de manera litúrgica en las diferentes confesiones cristianas, incluidos “nosotros los evangélicos”, sin embargo esta no fue bien comprendida y requiere una breve explicación de su profunda simbología basada en el número 40.

Fueron cuarenta años los que le tomaron a Israel llegar a la tierra prometida según el relato del Éxodo, cuarenta días los de la tentación de Jesús después de ser bautizado tal como la narran los evangelios. Durante la cuaresma en “nuestras iglesias evangélicas”[1] pocas son las menciones de los acontecimientos que sucedieron hace más de dos mil años atrás días antes de la llegada de Jesús a Jerusalén, los cultos dominicales en estos cuarenta días ni siquiera mencionan la palabra cuaresma por una noción de capital simbólico[2] “ganado” por el catolicismo y las iglesias históricas.

¿Porque reivindicar la cuaresma por lo menos de manera reflexiva en estas líneas?, sabemos que Jesús y sus seguidores se dirigían a Jerusalén, en el camino Jesús enseñaba, predicaba y hacía milagros como evidencia de su Reino; en la época existían rituales de purificación para poder entrar el templo, algunos de ellos a más de elaborados rituales exigían el cumplimiento de la purificación con un apartamiento ritual de la sociedad de cuarenta días. Jesús y sus seguidores no hacían estos ritos por la explicación que Jesús ofrece en relación a quién era Él. Sin embargo desde la mentalidad judaica todos los judíos en algún momento de su vida tenían que rendir un ritual de purificación.  Los cuarenta días iniciaron como  un tiempo de reflexión previo a los acontecimientos kerigmáticos que celebramos en Semana Santa.

No pretendo reflexionar de manera judaizante, pero es claro que se establece en el Nuevo Testamento la relación a manera de revelación con los paralelismos simbólicos del Antiguo Testamento. Así los cuarenta años en el desierto del pueblo de Israel y los cuarenta días en el desierto que permaneció Jesús, donde tanto el pueblo como Jesús fueron tentados, pero solo Jesús desde una elaborada narrativa en los evangelios no solo que vence las tentaciones sino que establece argumentos racionales de orden político, social y espiritual válidos como ejemplo para vencer las constantes tentaciones de sus seguidores.  El pueblo de Israel desde la narrativa del Antiguo Testamento no solo que sucumbe a las tentaciones del peregrinar, sino que también es impedido a entrar en la tierra prometida.

El número cuarenta entra en la tradición católica como un tiempo de restricciones simbólicas en busca de la santidad, surge después de una  época que valida la carne y la banalización de la vida en conductas sosegadas o libres; el carnaval se celebra de manera histórica con la anuencia de la iglesia católica como un tiempo con permiso de “pecar” para luego buscar de manera ritual y restrictiva de conductas la santidad en la cuaresma, si bien esta fue una interpretación religiosa de un determinado contexto histórico (siglo IV, siglo V), es claro que colocaba a la denominada Semana Santa como el clímax de los acontecimiento de redención del pueblo.

La cuaresma como tiempo intermedio nos debe invitar a reflexionar en el peregrinar de Jesús;  su vida de ministerio fue una caminata hacia Jerusalén en la centralidad de la celebración judía; la pascua, es decir Jesús se dirigió  cuál flecha dirigida a un blanco hacia Jerusalén en la semana de la pascua. Para ello Jesús tuvo que conminar con palabras disonantes a su discípulo Pedro[3], esto porque según sus palabras, para los acontecimientos de esa semana Él vino al mundo.

No es una invocación a una ritualidad irreflexiva y restrictiva, es una invitación a pensar en Jesús el peregrino que durante su vida pública direcciono su caminar hacia los acontecimientos de Jerusalén, pensar en la cuaresma, es pensar en ese peregrinar y es hacernos peregrinos, no solo centrarnos en los hechos relevantes de Semana Santa, sino también en cómo se llegaron a ellos.

Las reflexiones escritas por el teólogo Harol Segura para cada día de cuaresma han sido un peregrinar refrescante; la ausencia de celebración de este tiempo litúrgico en las iglesias evangélicas de la denominación en las que he sido invitado a predicar ha sido otro en el que he podido reivindicar nuestra cuaresma como un llamado constante a la santidad. Algunas iglesias y denominaciones son más habidas a celebrar la cuarentena de sus feligreses a los cuáles los apartan y separan bajo el discurso de proteger la “sana doctrina” en vez de una cuaresma de justicia; ese es otro tema y algo de eso también hay en este personal peregrinar de cuaresma de este año.

Los acontecimientos narrados en los evangelios que colocan a la Semana Santa como el clímax kerigmático de salvación fueron escritos cuarenta años después por el evangelio de Marcos[4];  una coincidencia histórica que nos habla que las primeras comunidades compartieron el peregrinar de Jesús y los acontecimientos de esa semana desde la oralidad durante cuarenta años; no estaría mal pensar que nuestra cuaresma es hablar de Él ahora, de su caminar y claro está, también de los hechos acaecidos hace más de dos mil años atrás en una semana violenta que por su significancia espiritual nosotros los creyentes la llamamos Santa.

Nuestra cuaresma por lo tanto no se restringe a cuarenta días o a cuarenta años, no estaría mal que nuestras iglesias evangélicas la celebren desde la liturgia, sin embargo nuestra cuaresma es dar testimonio de Él no solo con nuestras palabras, sino también con nuestras acciones. Que nuestra ritualidad no sea una santidad fingida en un período de tiempo determinado (la Semana Santa, ya que la cuaresma paso sin pena ni gloria), sino una santidad que se aparta de la injusticia y  la violencia, si no nos aparta de esa injustica y violencia  nos colocaría en esa semana hace más de dos mil años atrás al lado de quienes lo torturaron y lo crucificaron, y no de los pocos que estuvieron con Jesús. 

Notas

[1] Hablando con un sentido de identidad y pertenencia a toda denominación evangélica con énfasis en el Kerigma, a pesar de nuestros diversos énfasis eclesiológicos. El Kerigma es comprendido como las buenas nuevas de salvación en el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo.

[2] Capital simbólico, desde la sociología (Pierre Bourdieu)  alude a aquellas representaciones simbólica atribuidas o pertenecientes a un grupo.

[3] Jesús le pide a Pedro apartarse (Mateo 16:23) llamándolo Satanás.

[4] El primer evangelio escrito data de cuarenta años después de la ascensión de Jesús, diversos autores como Etienne Charpentier, Kidd Ramírez, José E. Ramírez;  entre otros nos presentan información historiográfica a favor de esta postura.

Sobre el autor:

Ronald Rivadeneira es Licenciado en Antropología Aplicada, Magister en Estudios Sociales con mención en Sociología por la Facultad Latinoamericana de Estudios Sociales (FLACSO). Es pastor Bautista desde hace 18 años, ex Decano del Seminario Bautista del Ecuador Facultad Quito. Actualmente es Presidente de la Asociación de Iglesias Bautistas de Pichincha y miembro del Comité Ejecutivo de la Convención Bautista Ecuatoriana.



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