Consideraciones en torno al liderazgo de la mujer en la iglesia

Por José Chacón, Costa Rica

Imagen: Pixabay
Motivación y contexto:

Las siguientes ideas son el aporte personal al conversatorio que se ha denominado:  ̈Simposio sobre la vocación de la mujer en el liderazgo de la iglesia ̈, organizado por la Federación de Iglesias Viña de Costa Rica.

El Movimiento de La Viña en Costa Rica nace de la mano de líderes provenientes de diferentes herencias eclesiásticas, la mayoría de las veces heredando y conservando las eclesiologías subyacentes. Tales herencias han contribuido a una estructuración muy variada del liderazgo ministerial. Asi, en algunas iglesias existe un liderazgo de la mujer más notorio que en otras. Sin embargo, como factor común, todas las iglesias de La Viña en Costa Rica se estructuran actualmente bajo un liderazgo eminentemente masculino, teniendo todas ellas pastores principales masculinos.

Una consideración teológica que debe anteceder a cualquier desarrollo del tema es que la pregunta que se plantea en el título del evento, a saber: ̈Simposio sobre la vocación de la mujer en el liderazgo de la iglesia ̈, debe encaminarse, mas bien, hacia la cuestión del lierazgo de la mujer. La pregunta por la vocación de la mujer es subjetiva y no apela a la teología, sino a otros campos de estudio como la psicología. Preguntarnos si las mujeres tienen vocaciones nos lleva irremisiblemente a una consideración patriarcal y machista del asunto. ¿Por qué no nos preguntamos si los hombres tienen vocación de liderazgo en la iglesia? Porque nuestra construcción social patrialcal no nos permite dudar de ello, pero sí nos permite poner en cuestión si las mujeres pueden tener vocación.

Todo ser humano puede tener vocación, sea éste un niño o una niña, un hombre o una mujer. La pregunta sobre la “vocación” en la mujer, nos remite lamentablemente a las preguntas sobre la tenencia o no de “alma” de los negros, los indígenas, las mujeres o los judíos en los diferentes y tristes capítulos de la historia. La pregunta que nos debe apremiar es si las mujeres pueden tener cargos de liderazgo en la Iglesia. ¿Pueden las mujeres ser fundadoras o pastoras principales? En este aporte, mis ideas procurarán partir de esa cuestión y no de la otra.

Finalmente es importante considerar que el presente documento está pensado para ser expuesto en un “diálogo” entre amigos, como se nos fue planteado en las reuniones de pastores precedentes. Es por eso que el formato y el lenguaje utilizado atienden a la idea de una charla más que a un trabajo formal. En todo caso, la bibliografía y citas estarán mencionadas al final de cada parágrafo indicado.

El culto a la mujer en el imperio romano:

Tanto los romanos como los griegos poseían una amplia gama de diosas a quienes veneraban. Lo femenino y lo divino no se contradecían. En ese contexto, las casas romanas debían mimetizar al imperio. Era una especie de reflejo, una pequeña Roma en casa. Todas las casas romanas veneraban a Hestia, simbolizada por el fuego, que debía permanecer encendido bajo la resposabilidad de las mujeres.

En el entorno religioso propiamente dicho, las vírgenes vestales fueron las primeras en trascender las restricciones que llevaban aparejadas las mujeres. En la medida que no estaban adscritas a ningún varón particular se les podía considerar como patrimonio de toda la comunidad. Al inicio el grupo estaba compuesto por 6 mujeres que habían sido escogidas antes de la pubertad. Debían permanecer virgenes hasta la edad de los 30 años, mientras servían en el templo. Al terminar ese periodo quedaban libres de su servicio religioso y podían casarse, proporcionándoseles una dote para ello (Isabel Gómez-Acebo, La mujer en los orígenes del cristianismo, Entorno socio- religioso del Siglo I).

Tanto en las casas, como en el templo, su función principal era la de mantener vivo el fuego sagrado. De la casa en el primer caso, del Estado en el segundo. El poder del hogar y del Estado estaba directamente relacionado con el “oficio”de las mujeres de mantener el fuego sagrado vivo, una especie de sacerdocio cultural.

La mujer en el judaísmo:

Este protagonismo no lo compartía el judaísmo, al menos de forma inicial. Las mujeres no eran consideradas portadoras de lo sagrado, debían celebrar sus fiestas religiosas por separado y no se les reservaba ningún puesto de importancia dentro del desarrollo cultual del templo.

El judaísmo rabínico sostenía que los preceptos que Dios había dado al pueblo en el Sinaí no afectaban por igual a varones y mujeres. Dividieron éstos en positivos, la acción obligada y negativos, lo que no se debía de hacer; sólo estos últimos debían ser cumplidos por ambos sexos.

La caída del templo impidió seguir con un ritual que excluía a las mujeres pero se crearon unos nuevos en las sinagogas como no reconocerlas para formar parte del quorum necesario para orar en grupo.

Pero el desarrollo teológico posterior plantea serios problemas, ya que existen grandes desavenencias entre la Misnah y el Talmud babilónico. Mientras uno permitía a la mujer tocar el shofar o leer el libro de Ester en Purim, el otro tratado se los prohibía rotundamente (Judith Wegner, Chattel or person. The status of women in the Mishnah, Oxford University Press, N. York 1988, p. 158).

En las comunidades judías de Asia Menor podemos encontrar una primera figura legal y estructural de liderazgo femenino. A esa figura se la denominaba archisinagogos, que equivale a lider general de sinagoga. La lista de mujeres con estos cargos se hace muy larga y la encontramos en Creta, Tebas, Tracia, Venosa, Venecia, Roma o Malta. Bernadette Brooten ha investigado ampliamente la figura y, a través de sus investigaciones podemos conocer los nombres de hasta 21 mujeres que ostentaron cargos en las antiguas sinagogas.

Nacimiento de la iglesia:

La iglesia nace en casas. Y las casas romanas, tanto judías como paganas configuraban la misma noción en la que la mujer era la responsable de mantener el fuego sagrado encendido. Al leer el libro de los Hechos y las cartas paulinas se puede descubrir una correlación entre los términos ekklesía y oikós (casa). De ahí la frecuente fórmula apostólica “la iglesia en la casa de…”, demostrando la amplia proliferación de la iglesia en casa (E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella 2001. p. 355 ss).

Dentro de este marco, la importancia concreta de la mujer se refiere tanto a la fundación de iglesias domésticas cuanto a su mantenimiento y promoción (Hch 16,15;12,12; Rom 16,5). El desarrollo del cristianismo debe mucho a las iglesias en casas. El movimiento misionero estaba sostenido por esta figura. Las casas-iglesias eran lugar de acogida, instrucción y financiación para el avance misionero. Es de importancia capital subrayar el papel de las mujeres como fundadoras, patrocinadoras y sustentadoras de las iglesias en casa. Mientras los apóstoles y otros hombres hacían su trabajo en un ambiente público (Puerta del Templo o plazas) las mujeres sustentaban la vida espiritual y material de las iglesias en casas.

Los collegia religionis causa:

En el mundo romano no solo emergía una nueva expresión del judaísmo como germen del cristianismo. También proliferaban cientos de agrupaciones de diversas espiritualidades que se reunían periodicamente. La legislación romana creó una figura bajo la cual podían legalizarse todas estas agrupaciones. A esta figura se le llamaba collegia. Eran asociaciones de derecho privado, que podían tener carácter profesional, religioso o funerario. Se debían basar en la solidaridad de sus miembros y en la asistencia recíproca. Debían elegir un representante y contribuir a la “caja” con una ofrenda mensual. El Imperio podía controlar estas asociaciones, desintegrando las que se convertían en amenazas o apoyando aquellas que contribuían solidariamente a los mas necesitados de la sociedad. No es de extrañar que las casas-iglesia tomaran poco a poco la determinación de convertirse en collegia para estar bien integradas en la sociedad romana. Las distintas investigaciones sugieren que la mayor parte de los collegia cristianos nacían primero como casas- iglesia de familias ricas y luego se legalizaban, permitiendo en muchas ocasiones a las mujeres ser las representantes legales de cada una de ellas. Esto se debe, sobre todo, porque muchas mujeres que habían enviudado se transformaban en pater familias y, al convertirse al cristianismo, ponían todas sus posesiones a la orden de la comunidad. Legalmente eran las dueñas y las representantes, eclesiológicamente eran las fundadoras y las sustentaban espiritual y economicamente (E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella (2001), p. 196-200). Un ejemplo claro puede ser la función de Marta y María como promotoras, patrocinadoras y sustentadoras de reuniones espirituales en su casa. Aún cuando Lázaro era el varón de la familia (de hermanos) ellas fungían como las convocantes, organizadoras (Marta) y sutentadoras de la vida espiritual (María).

Confrontación previa a la separación de los ministerios:

Cuando Pablo se refiere a las casas-iglesia aun no se había dado la separación de los ministerios. Hubo un conflicto que debemos leer con esta clave. El conflicto lo podemos encontrar en Hechos 6. Es un enfrentamiento entre los judíos de habla hebrea y los judíos de habla griega. Su discusión tiene que ver con la división de las tareas y ministerios.

Por una parte estaba Santiago y la comunidad de habla hebrea. A ellos se les asigna el ministerio de la oración. Por otra parte estaba Esteban y los judíos de habla griega a quienes se les delega el ministeiro de la “mesa”. Los primeros eran mas conservadores, de estratos socioeconómicos más bajos, se exigían la circuncisión y no estaban acostumbrados a la participación de las mujeres en cargos de poder, ya que provenían de las escuelas judías más sectarias; los segundos mucho más abiertos, provenientes de estratos socieconomicos más altos, estaban acostumbrados al rol de la mujer en cualquier tarea de la sociedad ya que provenían de las facciones del judaísmo de la diáspora, más cosmopolita.

Fijémonos en el grupo de habla griega, también denominado “Grupo de los siete”, acostumbrados a que las mujeres participasen en las sinagogas y en las comidas. Lucas hace una referencia expresa a las hijas de Felipe, que profetizaban y pertenecían a este grupo; además, como los helenistas estaban acostumbrados, no veían ninguna restricción en la participación de las mujeres en la celebración del “partimiento del pan”. Por otro lado, en Hch 12,12-17 se dice que los helenistas estaban reunidos en la casa de María y allí es hacia donde Pedro se dirige tras ser liberado de la prisión por el Ángel del Señor, diciéndoles que se lo anuncien a Santiago y sus hermanos. Los hebreos en cambio no estaban acostumbrados a nada de esto, y así surge el conflicto y la división de ministerios, con la consiguiente marginación de la mujer pues los servicios, que en un principio se entendían como una diakonia abierta a todos, van a ir siendo reservados a los varones, alejándose así de la primera postura cristiana que no admitía la superioridad de unos sobre otros.

El verdadero conflicto no es entre hombres y mujeres, sino entre la sinagoga (en la facción hebraísta conservadora) y la comunidad cristiana (la naciente comunidad marcada por el liderazco de Jesús) o, dicho de otra forma: Sinagoga Vs. Iglesia. Convirtiéndose este conflicto en la norma paradigmática en lo relativo a los roles de poder en la iglesia. La homologación entre Templo judío e Iglesia (obviamente cristiana), Sinagoga e Iglesia, da como resultado una homologación entre Sacerdocio judío (patriarcal y excluyente) y pastoral cristiana, donde ya no hay diferencia entre hombre y mujer y todos son uno en Cristo (Gálatas 3:28); entre Moisés y Jesús o, si se quiere: Entre Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, lo cual, evidentemente, crea confusiones y equivocos enormes en la eclesiología.

La mujer y el estigma de la herejía:

Desde el inicio de la Iglesia Imperial, se persiguió la herejía. Esa persecución se asocia directamente con la hejemonía del poder. Un solo poder, una sola línea sucesoria y una sola forma de hacer iglesia.

Para cuando la Iglesia se hace imperial, la sociedad romana había dado grandes “avances” en la legislación relativa a la mujer. En el fondo eran grandes retrocesos en sus derechos. La iglesia, como hemos visto, no iba aparejada con ese proceso restrictivo. Pero la imperialización de la Iglesia se vio en la necesidad de “resguardar” el orden de poder, incluyendo a la mujer como sujeto de herejía.

Pasado el tiempo, la cristiandad fue adaptándose a las nociones romanas y los estereotipos sobre el sexo femenino.

Uno de estos estereotipos era la “debilidad” natural de las mujeres, la “fragilidad” y la “ligereza” de su espíritu (imbecillitas mentis), que quedaba sancionada en el derecho romano y que se traducía en una situación legal de inferioridad de la mujer con respecto al hombre (infirmitas sexus). Esto se manifestaba en numerosas privaciones de su capacidad jurídica (Vid. S. Solazzi, “Infirmitas aetatis” e “infirmitas sexus”, en Scritti di diritto romano, III, Nápoles 1960, pp. 357-77).

Someterse a la autoridad de las mujeres, intelectual o socialmente, ponía en aprietos a los líderes de las comunidades cristianas. Los ponía en aprietos legales, sociales y económicos. Bajo esas circunstancias, la teología cristiana imperial, se vio obligada a plantear argumentos que pudieran respaldar las nociones romanas sobre la mujer, en pro de evitar un descalabro, una revuelta o una pérdida de honor y de poder paulatino.

Un ejemplo de ese desarrollo del pensamiento cristiano puede aleccionarnos al respecto. Juan Crisóstomo (s. IV-V), teólogo importante de la iglesia antigua, escribió un tratado en contra de la practica ascética de los “matrimonios espirituales”, que consistía en la convivencia sin relaciones sexuales. El escribe:

“Igual que cuando alguien captura a un león orgulloso y de mirada altiva, le corta la melena, le rompe los dientes, le corta las uñas y le convierte en un especimen desgraciado y ridículo (…) así esas mujeres convierten a los hombres que capturan en presas fáciles del mal. Los hacen débiles, airados, vergonzosos, despreocupados, irascibles, insolentes, inoportunos, innobles, rudos, serviles, tacaños, temerarios y tontos. En resumen, las mujeres toman todas sus corruptas costumbres femeninas y las imprimen en las almas de los hombres” (J. Crisóstomo, Contra los que habitan con virgenes 11).

Con todo, la participación de la mujer en el liderazgo de las diversas iglesias y expresiones cristianas no dejó de existir. No cabe en este documento hacer una exposición de cada una de esas expresiones y movimientos, por motivos de tiempo y formato. Sin embargo podemos resumir que es a partir del siglo II que la Iglesia comienza a constituirse en una comunidad jerárquica, gobernada conforme a criterios patriarcales, que aspira a presentarse como un sistema “respetable” ante la sociedad grecoromana y su consiguiente “acomodo” a su legislación.

Efectos interpretativos del estigma herético:

Producto de todo lo anterior, el desarrollo interpretativo de la Iglesia bajo la clave patriarcal dio como resultado un sin fin de exégesis forzadas y retorcidas que impactaron severamente nuestra sociedad cristiana. Podemos ver, entonces, que la dirección estigmatizante hacia la mujer y su consecuente marginación en el liderazgo de la iglesia no discurre de la marginación a laintegración, sino todo lo contrario: de la integración a la marginación.

Malas traducciones que han creado una cultura machista:

La mujer como “ayuda idónea”. El Génesis no describe a la mujer como una simple ayuda o un simple complemento del hombre. La frase que la describe es”Ezer Kenegdo” que significa literalmente “Auxilio o salvación frente a él”. El resultado de la mala traducción es la concepción de la mujer como una “segundo de abordo”, una “ayudante” del hombre. Gana menos dinero, y tiene menos derechos.

La mujer como bien económico: Cuando en Isaías se describe a la mujer que daría a luz al Salvador, no describe a una mujer “virgen” sino a una niña que no ha tenido menstruación o una joven que no se ha casado. La palabra hebrea que se usa para virgen es “betullah”, pero el texto de Isaías utiliza la palabra “almah”, muy distinta. El énfasis en la virginidad es erróneo, el autor de Isaías pone el acento en el milagro de que una mujer no casada conciba y no en el valor de la virginidad. El resultado de esta mala traducción es ese énfasis enfermizo en el valor de la mujer basado en su virginidad. Si es virgen vale más, si al casarse ya no lo es, vale menos. Los padres de la antigüedad concebían la virginidad de sus hijas como un bien por el que el hombre pagaría para casarse con ella (la dote). Muchas agresiones machistas están basadas en esto. Y no solo por parte de sus parejas, sino por parte de sus padres, quienes ante un embarazo prematuro son capaces de agredir emocional, patrimonial o físicamente a sus hijas.

El concepto de “cabeza” en Pablo: El ultimo ejemplo que quiero exponer debe ser desarrollado con más detenimiento y amplitud por sus consecuencias directas, ya no solo en la construcción social de lo femenino, ni en el desarrollo de lo religioso, del concepto de pureza y santidad en la mujer, sino en el impacto que ha tenido en el liderazgo de la mujer en la iglesia.

El esposo como cabeza de la esposa y de la familia

La frecuencia con la que se dice que el hombre es la cabeza-autoridad de la esposa hace pensar que es imposible ponerla en duda y regresar al texto bíblico para corroborar dicha noción. Al regresar a la Biblia, no encontramos ninguna afirmación explícita acerca del varón como autoridad de la mujer. Tal afirmación, mas bien, es heredada de la legislación romana (como ya hemos anotado) y ha traído la supresión de derechos y libertades de las mujeres. La Biblia no afirma tal cosa.

El origen de esta idea nació con los arrianos, quienes negaban la deidad de Jesucristo y lo subordinaban a Dios. Ellos pensaban que Jesús no poseía ninguna característica deífica y, por tanto, no concebían la Trinidad como viable. La Trinidad ayuda a comprender el caracer comunitario de Dios. Al desconocer la relación hipostatica solo queda concebir una relación de subordinación, una relación de poder.

Para los arrianos, así como Cristo está “subordinado” a la autoridad del Padre, la mujer está “subordinada” a la autoridad del hombre. Y esta concepción de subordinación encontró las condiciones sociales y legales (derecho romano) en las que asirse y arraigar.

Esa enseñanza es común hasta el día de hoy. Muchos hombres cristianos exigen obediencia de sus esposas con el argumento de que Dios los ha elegido como sus “cabezas”. La confusión aparece cuando encontramos textos bíblicos que se refieren al hombre como “cabeza”, sin tomar en consideración una interpretación técnica e histórica del lexico utilizado.

Efesios 5:23 y 1 Corintios 11:3

Estas son las dos unicas citas en las que podemos encontrar la mención en cuestión. Algo destacable es el inusitado peso que se le ha dado a solo dos textos y el resultado eclesiológico que de ellos se deriva.

Un acercamiento desde el castellano no nos ayudará mucho. Lo que nos aportará comprensión es el acercamiento desde el el griego técnico y contextual.

Recordemos que Pablo era judío y su pensamiento, teología y literatura parten de “lo judío” del primer siglo. La palabra griega que Pablo utliza para referirse a “cabeza” es kephale (κεφαλὴ) que literalmente significa “origen, fuente o procedencia”. El hebreo utliza la palabra rosh con el mismo sentido, como en rosh ha shana o año nuevo judío.

Ni en griego ni en hebreo la palabra tiene un sentido de autoridad o jerarquía. El primer mes del año no tiene autoridad sobre el último, por ejemplo. Ni en los clásicos, ni en la LXX ni en el Nuevo Testamento encontramos la palabra griega κεφαλὴ con un sentido de gobierno, autoridad o jerarquía.

Las palabras griegas de connotación jerarquica, o denotantes de poder o autoridad son otras, como por ejemplo: archon que significa “jefe” o “principal”. También el griego utliza la palabra oikodespotes, que significa “patriarca” o el principal de la familia. Incluso podemos encontrar la palabra hegeomai, que significa “lider” o el que va delante o el que establece lo que debe ser. Un detalle muy importante, pasado por alto, es que Pablo no utlizó ninguna palabra que denotara jerarquía o autoridad al referirse a la relación entre hombre y mujer, sino otra que carece por completo de ese significado.

Esto excluye la idea de que haya una línea de mando, autoridad o jerarquía entre el varon y la mujer. Pablo utiliza deliberadamente una palabra que evita esa interpretación. Algunos principios bíblicos generales se verían forzados o violentados al hacer esa incorporación interpretativa:

Dios y Cristo son iguales y co-eternos. Dios no es superior a Cristo, Cristo creaba junto al Padre desde el principio de los tiempos. Pero sí es su cabeza en el sentido del léxico griego y hebreo mencionado. Dios es la “cabeza” de Cristo porque su manifestación en forma de hombre es derivada. El origen de la manifestación del Dios hecho hombre es Dios mismo, por lo tanto Dios es “cabeza” origen del Jesús y del Cristo revelado y trabajan juntos en unidad sin jerarquía (Juan 1:1-3). La idea de que Dios es la autoridad de Cristo es herética, arriana.

Del mismo modo, del Logos (Cristo), salió el ser humano (Adam, en término genérico), porque Dios dijo: “Hagamos al ser humano (Adam) a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:27). Cristo intervino en la creación del primer ser humano, y de éste último se generó la primera mujer, no señalando algún tipo de inferioridad, sino simplemente, denotando que eran ambos, varón y mujer, de la misma esencia, imagen y sustancia. Por lo tanto, Dios es la cabeza u origen del Cristo revelado, el Verbo es la cabeza u origen del ser humano y el varón es, según Génesis, el origen o cabeza de la mujer, no porque él la haya creado o porque tenga autoridad sobre ella, sino porque uno fue primero que el otro.

Cristo, en otro orden de cosas, es la cabeza de la iglesia porque de él y desde él se origina y funda ella. Cuando el Nuevo Testamento quiere denotar la jerarquía y autoridad de Cristo sobre la iglesia, utiliza la idea de la “piedra angular”, no la de cabeza. La noción de “piedra angular” es ya frecuente en el Antiguo Testamento (Job 38:6, Salmo 118:22, Isaías 26:16 etc). Notemos como el texto de Isaías 26:16 deja clara la noción de autoridad mediante la frase “piedra angular”:

Isaías 28:16 Nueva Versión Internacional (NVI)

16 Por eso dice el Señor omnipotente: «¡Yo pongo en Sión una piedra probada!, piedra angular y preciosa para un cimiento firme; el que confíe no andará desorientado.

La idea de “cabeza” no describe el cimiento o la potencia que sostiene, sino lugar o fuente de origen. Así como enero no es el cimiento de abril, ni la semana se sostiene por el lunes, la mujer no es sostenida por el hombre, sino que es, según Génesis, posterior en tiempo a él. Así lo utiliza el mismo Pablo en Colosenses 1:18

18 Él es la cabeza (κεφαλὴ) del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero.

Eso implica, aplicado al hombre y la mujer, que ontológicamente tienen la misma esencia, son iguales, y sustancialmente idénticos, es decir, son Adam (Génesis 5:2), en hebreo la palabra “adam” significa literalmente “humanidad”.

Pablo retoma esta idea en 1 Corintios 11:11-12

1 Corintios 11:11-12 Nueva Versión Internacional (NVI)

11 Sin embargo, en el Señor, ni la mujer existe aparte del hombre ni el hombre aparte de la mujer. 12 Porque así como la mujer procede del hombre, también el hombre nace de la mujer; pero todo proviene de Dios.

El apóstol está deslindándose del desarrollo legal y cultural grecorromano: “ni el varón es sin la mujer ni la mujer es sin el varón”.

Luego, en el versículo 12, su argumentación final es que si bien es cierto la primera mujer Dios la formó desde el primer hombre, también es verdad que todos los hombres nacen de la mujer y todo, finalmente, procede de Dios.

Notemos como hay una coherencia evidente en toda la literatura paulina:

1 Timoteo 5:14: “Quiero pues, que las que son jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen la casa; que ninguna ocasión den al adversario para maldecir”. Aquí las mujeres son comisionadas a oikodespotein “gobernar” (Gr. οἰκοδεσποτεῖν) las casas, aun cuando sean casadas.

Habiendo exclarecido el problema que planteaba la palabra “cabeza” referida al hombre en su relación con la mujer, queda también salvada la idea de que, así como en la casa la autoridad es el hombre, también en la iglesia la mujer debe estar subordinada al varón. Dicha idea no emana del Nuevo Testamento.

Evidencia literaria y arqueológica del liderazgo de la mujer en la antigüedad:

En el capítulo titulado «Mujeres presbíteros», Kevin Madigan y Carolyn Osiek (Ordained Women in the Early Church, Johns Hopkins University Press) exponen la evidencia de 37 textos e inscripciones antiguos referentes a mujeres pastoras o que ejercen roles de liderazgo en la iglesia primitiva. Las dos palabras más frecuentes son “presbitera” y “episcopa”, ambas pudiendo ser traducidas como “pastora”. A continuación menciono varios ejemplos citados, a excepción de fractio panis, por los dos autores en su investigación.

- Los hechos de Felipe 1,12,8-9 (s. IV-V): El contexto es el de un hombre y una mujer sufriendo en el infierno: «Entonces yo fui a apartar al perro, pero Miguel me dijo: Déjales, porque también blasfemaron contra los presbíteros varones (presbyteroi), mujeres presbíteras (presbytides), eunucos, diáconos, diaconisas (diakonissai) y vírgenes…»

- El martirio de Mateo 28 (origen desconocido): «Y en ese momento Mateo designó presbítero al rey (basileus), de treinta y siete años, y designó diácono al hijo del rey, de diecisiete años, y designó presbítera (presbytida) a la esposa del rey…»

- La presbítera Ammion (Frigia, s. III): «El obispo Diogas en memoria de Ammion la presbítera».

- Artemidora, presbítera (Egipto, s. II-III): «(Momia) de Artemidora, hija de Mikkalos y madre Paniskiaine, presbítera, descansó en el Señor».

- Epískopa Q (Roma, s. IV-V): «Aquí yace la mujer venerable, obispa Q (uenerabilis fem[ina] Epískopa Q), Enterrada en paz hace cinco [años]… +Olibrio».

- Marcia la presbítera (Poitiers, s. IV-V): «Marcia la presbítera (presbyteria) hizo (ferit) la ofrenda (obblata) junto con Olibrio y Nepote».

- Flavia Vitalia, presbytera (Solín [Dalmacia; Croacia], 425): «el hombre más noble de Cesar, I, Teodosio, compró [una tumba] de la matrona Flavia Vitalia, la santa presbítera»

- Fractio Panis (Roma, s. I-II): Este fresco no fue expuesto por Madigan y Osiek en su libro pero debería haberse hecho. Este fresco de las catacumbas de Priscilla contiene una escena de gente sentada a la mesa y partiendo el pan. La interpretación más viable es la de una liturgia liderada por tres pastoras.

- Kale Presbytis (Sicila, s. IV-V): «Aquí yace Kale, presbítera, que vivió cincuenta años de manera intachable. Falleció en la decimonovena kalenda de octubre».

- Leta la presbítera (Calabria [Italia de sur], s. IV-V): La parte pertinente de la inscripción dice: «Sagrada en su buena memoria, Leta la presbitera vivió cuarenta años, ocho meses y nueve días».

Conclusiones prácticas:

- Habiendo comprendido que el rol de la mujer en el liderazgo de la iglesia discurrió desde su completa integración en las iglesias-casa hasta su subordinación en la Iglesia Imperial, debemos cooperar en la enmienda de dicho devenir erróneo levantando todas las restricciones para la completa integración de la mujer en el liderazgo de la iglesia.

- Habiendo comprendido que en la antigüedad hubo mujeres pastoras, fundadoras de iglesias, presbíteras y líderes en general, debemos animar a nuestro Movimiento a liberar el liderazgo femenino en términos de plantación de iglesias.

- Habiendo estudiado algunos de los errores de interpretación y traducción en textos relativos al rol de la mujer, debemos corregir dichas interpretaciones y fomentar, como Movimiento de iglesias, una cultura no patriarcal, no machista y, de esa forma, contribuir a la eliminación de la violencia contra la mujer.

- Como todo lo anterior supone un cambio de paradigma para buena parte de nuestra sociedad, se hace necesario el esfuerzo del Movimiento por organizar conferencias, seminarios, cursos y demás actividades que fomenten la integración total de la mujer en el liderazgo de la iglesia.

- Para asegurarnos de la viabilidad del punto anterior, propongo que, añadida a las diferentes comisiones existentes en la Federación de Iglesias Viña de Costa Rica, se integre una comisión de asuntos para la promoción del liderazgo de la mujer en la iglesia.

Sobre el autor:
José Chacón es de Costa Rica, ha realizado estudios de Periodismo, Biblia y Teología. Es autor de los libros "El Decálogo, un canto de adoración" y "Spiro". Fundador de la Comunidad Interludio.



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