Franciscus, La Revolución de la Ternura - III Parte | Por José Chacón

FRANCISCUS es una serie de crónicas sobre la visita de un grupo de pastores y teólogos evangélicos (del Movimiento de La Viña) al Vaticano y su reunión con el Papa Francisco. Una serie que poco a poco irá desgranando, en formato literario, una experiencia con muchas enseñanzas y que reafirma la urgencia, el clamor, por un mundo menos dividido.


Primera parte: Franciscus, Via della Conciliazione | Por José Chacón
Segunda parte: Franciscus, Leitmotiv | Por José Chacón

Volvamos sobre nuestros pasos. Por la mañana habíamos desayunado algo liviano. Un par de tazas de café bien hecho y una rebanada de pan con marmellata di fragole fue todo lo que comí. Si, dos tazas de café bien hecho, doble ración de cafeína para un día en que debía estar doblemente despabilado. Despabilar era una buena palabra para ese día. Significa quitar pabilo, es decir la parte carbonizada de la mecha de una vela o una lámpara, para avivar la llama, para que se alumbre más, para que haya más luz. Y ciertamente nos esperaba un largo día en el que el carbón que empañaba una parte de nuestra llama, el tizne que opacaba parte de nuestra voz, iba a ser removido, comisionándonos como antorchas nuevas que iluminan, alumbran, dan a luz, cosas nuevas o hacen brillar, más bien, lo que era desde el inicio, lo que debió ser desde tiempos pretéritos. ¡Qué bueno y agradable es que los hermanos habiten en armonía! (Salmo 133:1).

Para el creyente anónimo, esos millones de seres que pueblan nuestras iglesias, ese ser que padece urgencias tan acuciantes como la sed o el hambre; el frío o la injusticia, la luz llega parpadeante y exigua, la voz de la justicia llega pálida y temblorosa, temerosa y débil. Para los cientos de millones de seres a quienes la fe no les ha llegado para iluminar sus laceradas pisadas terrenales y se les ha inculcado la penitencia de “cargar su cruz” mientras aguardan el fin de su existencia carnal para, por fin, saborear la paz y el gozo prometidos por el Maestro en su Evangelio; para ellos que siembran con lágrimas, es que la Iglesia debe “despabilar y despabilarse” constantemente y alzar la antorcha, más brillante que nunca, de la cooperación, la misericordia, el amor y la ternura.

Porque una casa dividida contra sí misma (Lucas 11:17) se derrumba, se apaga, enmudece, mengua, se extingue o se vuelve irrelevante. Y no lo digo yo, son palabras del Maestro. El griego del Nuevo Testamento usa la palabra piptó (πίπτω)que significa caer o derrumbarse.

Pero ahora se había abierto la puerta de la sala de audiencias. El Papa nos esperaba del otro lado. Para entonces ya intuíamos la sencillez del encuentro. Después de todo, nos sabíamos hombres y mujeres comisionados desde hacía muchísimos años, al servicio de nuestro Dios, cada uno desde su propia tierra. El grupo estaba conformado por pastores y teólogos de diferentes partes del mundo, representantes del Movimiento de La Viña: África, Asia, Europa, Latinoamérica, Norteamérica. Teníamos la certeza del mensaje que llevábamos. Porque conversar no significa transigir, porque dialogar no significa menguar. Antes bien, quien dialoga crece, quien sabe escuchar es escuchado. Porque ninguna paz, nunca, se ha logrado sin dialogo, sin escucha mutua o desde la trinchera del silencio y la separación.

La puerta de la sala de audiencias estaba abierta. Fuimos invitados a ingresar uno por uno, para que el Papa nos saludara de forma individual y ordenada, y para que cada uno tuviera tiempo de conversar con cierta privacidad. Él se apresuró a extenderme su mano. No, no hubo que inclinarse ni besar su mano ni su anillo. Él mismo evitó astutamente toda genuflexión. Mi mano derecha estrechó la suya, firme como la de un amigo. Su pesado anillo estaba cálido, signo de que muchas manos lo envuelven, quizás, con demasiada regularidad. Una mirada llena de vida y de intensidad, parecía expresar verdadero interés por saber quien era yo. No ensayé mi saludo, no aprendí frases ni salmodié elogios. Y ahí estaba yo, frente a Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco, en su tercer año de pontificado.

Y antes de poder proferir alguna palabra, una sobrecogedora sensación de amor profundo y nítida confianza me envolvió. Sé que Dios mismo, su amor multiforme, estaba con todos nosotros en ese lugar. El Papa sonrió. Yo sonreí. Dios sonrió. No es una exageración, creo firmemente que cuando las personas están dispuestas a imitar a Jesús en todos sus extremos, ahí está Dios sonriendo con su Phos Hilarón (Φῶς Ἱλαρόν), su luz gozosa. Indudablemente la luz que brillaba era la de Dios, opacando todo lo demás. Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos (Efesios 4:6).

Aún recuerdo el día en que fue elegido. Yo me encontraba en mi oficina y seguía el proceso con entusiasmo. El cónclave inició el 12 de marzo del 2013 justo a las 5:40 de la tarde, hora romana. Un mes antes, el 11 de febrero, Benedicto XVI había anunciado su renuncia. El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, declaró que la renuncia tomó por sorpresa hasta a los colaboradores más cercanos del Papa. El mundo, católico y no católico, asistía con asombro y no poca curiosidad, al desarrollo histórico de la inusitada renuncia y la consecuente elección del sucesor de un Papa emérito. El 28 de febrero Joseph Ratzinger, Papa emérito Benedicto XVI, salió en helicóptero hacia Castel Gandolfo, el palacio veraniego de los papas. Desde ahí esperaría como cualquier otro creyente. Ratzinger no fue el primer Papa en dimitir, pero sí el primer Papa emérito.

El martes 12 de marzo, casi a las ocho de la noche, hora romana, hubo humo sobre la Capilla Sixtina. Esta vez fumata negra. Al día siguiente, 13 de marzo, en la tercera votación, hubo humo nuevamente. Eran las 11:40 de la mañana, hora de Roma. Fumata negra. Millones de personas, Papa emérito incluido, estaban en vilo. Quinta votación. A las 7:05 de la tarde se produjo la esperada fumata blanca sobre la Capilla Sixtina. Jorge Mario Bergoglio era tres veces primero. Primer Papa latinoamericano, primer Papa americano y primer jesuita en ser electo Obispo de Roma. El protodiácono, de apellido Tauran dio el anuncio oficial:



Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam



La multitud reunida en la Plaza de San Pedro explotó en júbilo. Los medios de comunicación mostraban a las personas abrazándose llenos de esperanza. Los comentaristas habían hecho sus cábalas sobre los papables. La gran multitud hizo silencio a la espera de que el anuncio continuara.

Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Eccleasiae Cardinalem Bergoglio Qui sibi nomen imposuit Franciscum.

La sorpresa fue mayúscula. Su nombre ni siquiera había sido mencionado. Los especialistas no lo habían incluido en la lista de los favoritos. Ninguneado por periodistas y expertos, Bergoglio elegía el nombre de Francisco, haciendo referencia a Francisco de Asís, quien habiendo nacido en la riqueza, decidió vivir bajo una estricta y humilde austeridad. Eligió la pobreza como forma de vida.

José Pablo Chacón –Le dije mientras seguíamos con las manos unidas- vengo de Costa Rica. ¡Ahh, Costa Rica! –dijo como en un susurro-. Le traje un pequeño obsequio. Es un libro que escribí hace un tiempo. Habla de la vida, del dolor, de la fe, de la falta de fe. Es una edición especial, para usted. Dentro también hay una carta, escrita a mano por mi esposa. Si no puede leer el libro, lea la carta. –Dije, mientras abría el libro y extraía la carta-. La carta mostraba una fotografía que mi esposa había pegado. En ella aparecíamos nosotros dos junto a nuestros hijos. El Papa miró la fotografía con atención. Lo haré.

Cuando todos estuvimos sentados el Papa avanzó y tomó asiento. Lo hizo de ultimo. El lugar era acogedor. Todas las sillas estaban a la misma altura, dispuestas en forma de rectángulo, sobre una enorme alfombra, de tal manera que todos podíamos vernos, como en la sala de una casa. En el fondo dos grandes bibliotecas repletas de libros de pasta blanca, separadas por una gran pintura en la que aparecía un Cristo resucitado y suspendido en el aire siendo adorado por dos ángeles. Justo debajo de él, un sarcófago abierto y junto al sarcófago, cuatro soldados romanos. Al principio creí que eran seres cansados, hastiados o aburridos. Pero luego observé que tres estaban dormidos y uno apenas despertaba mientras sucumbía al asombro del milagro. Se trata de La Resurrección, del pintor Pietro Perugino. Una obra que data del año 1499 y de la que se dice que la mayoría fue ejecutada por el famoso pintor Rafael, siendo aún asistente de Perugino. El nombre completo de la pintura es La Resurrección de San Francesco al Prato.

Fue John Mumford, el británico, quien primero tomó la palabra. Nos presentó y explicó brevemente el espíritu que nos motivaba a realizar esta visita. A la derecha del Papa estaba un sacerdote joven que le traducía al oído. El Cardenal Koch estaba al lado izquierdo de Francisco. El Cardenal Kurt Koch ha sido uno de los artífices del diálogo franco de la Iglesia católica con la Iglesia luterana y con las iglesias ortodoxas. Fue uno de los gestores del dialogo católico-luterano que dio como resultado la Declaración Conjunta sobre la Justificación. Lo observé detenidamente, mientras el inglés británico del pastor Mumford resonaba con confianza. El Cardenal Koch parecía un ser débil, pero en realidad es un hombre arriesgado y seguro de sí mismo. Aquella Declaración conjunta, firmada el 31 de octubre de 1999 en Augsburgo, fue un paso histórico que pulverizaba una de las grandes piedras de tropiezo entre ambas iglesias.

El séptimo punto de la Declaración es valiente y rompedor. Es una verdadera lástima que tantos creyentes ni siquiera sepan de la existencia de este documento. Muchos se sorprenderían si supieran que pueden encontrar estas palabras en el mismísimo sitio web oficial de la Santa Sede.



Al igual que los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado. Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran fuente de división.

El décimo noveno punto contiene una de las frases más explosivas de toda la declaración: Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. El numeral 22 continúa decididamente: Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Y el remate, en el párrafo 25, para júbilo de los luteranos, remacha con contundencia: Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo.

El Papa tomó la palabra en un italiano con graciosos ribetes argentinos. El sacerdote de la derecha traducía todo al inglés. Francisco se inclinó levemente hacia delante y empuñó las palabras sin previo aviso.

Nunca olviden a los pobres –comenzó a decir, mientras hacía un recorrido con su mirada, persona a persona-. ¡No se puede entender el Evangelio sin los pobres! Jesús vino a los pobres, a los necesitados, a los enfermos. Necesitamos entender a los pobres para entender el Evangelio.

Yo pensaba en la sencillez de su aspecto, pero no perdía palabra. Sé cuando alguien habla con pasión, cuando alguien habla desde el corazón.

Cuando hacemos conciencia sobre la pobreza, rápidamente se nos acusa de comunistas. Pero no se trata del comunismo o del capitalismo, sino del reino de Dios. Los pobres necesitan nuestra atención, nuestro amor, nuestro cuidado, y sólo a través de ellos podemos entender el Evangelio.

Eso me partió el corazón. Igual que cuando, en la Universidad Nacional de Costa Rica, Gustavo Gutiérrez, ese gigante de la teología latinoamericana, padre de la Teología de la Liberación, rasgara mi conciencia desde aquella tribuna y me obligara a ver el mundo “desde el reverso de la historia”. ¡Hace tantos años de eso! Mis ojos lloraron esta vez. De los pobres, habló mucho de los pobres. Un caudaloso impulso me recorrió como nunca antes. Me sentí más latinoamericano que nunca, más evangélico que nunca, más cristiano que nunca. Pero me dolían sus palabras. Me dolían porque desde mi Centroamérica y desde mis ojos evangélicos he visto a los pobres de los que él hablaba; me dolía que, incluso si yo fuera europeo y católico, los pobres de allá fuera seguirían siendo los pobres del mundo. Nuestros pobres.

La Biblia dice que no puedes servir a dos amos. –Continuó con un halo de euforia-. El problema no es el dinero en sí mismo, sino que perdamos el corazón por el dinero: ¡El diablo viene a través de la billetera!

Y justo cuando dijo que el diablo venía a través de la billetera, Francisco introdujo su mano derecha por dentro de la sotana, hurgando en el bolsillo de su pantalón. Para lograr hacerlo, tuvo que estirar su pierna derecha, dejando al descubierto su zapato negro. La punta arrugada y la suela maltrecha me impresionaron. No sé si los demás lo vieron, pero yo lo noté. Estoy seguro que no había un solo zapato nuestro que fuera más barato que el que se asomó por debajo de la sotana papal.

Son tres, podríamos decir, las principales formas en que el diablo trata de ganar nuestros corazones. La primera es el dinero, la segunda es la vanidad, la tercera es el orgullo. Cuando la iglesia piensa que se ha hecho rica, ese momento es el comienzo de su caída. El verdadero tesoro de la Iglesia no son los edificios, sino el Espíritu, los Pobres, nuestros corazones. Puede parecer insensato, pero hay una pobreza del hombre rico: es cuando él piensa que puede salvarse con dinero, cuando piensa que puede tener todo a través del dinero y las posesiones, pero nunca está lleno, nunca está satisfecho.

La conversación apenas comenzaba. Nos habían dicho que la reunión tardaría unos 20 o 30 minutos. Sin embargo, no hubo un solo instante de silencio durante casi dos horas seguidas. Hubo un momento en el que el Papa levantó la voz y sonrió con perspicacia: ¡Gálatas estúpidos! –Dijo, haciendo referencia a Gálatas 3:1ss-. Empezaba a hablar de lo que él cree que el Espíritu Santo está diciendo hoy a la Iglesia.

Sobre el autor:
José Chacón es de Costa Rica, ha realizado estudios de Periodismo, Biblia y Teología. Es autor de los libros "El Decálogo, un canto de adoración" y "Spiro". Fundador de la Comunidad Interludio.


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