Zaqueo y la teología del prejuicio

Hombre de baja estatura subido a una escalera entre una multitud en ciudad latinoamericana, escena inspirada en Zaqueo y la teología del prejuicio en Lucas 19.

La primera interpretación que surge de una lectura rápida del encuentro entre Jesús y Zaqueo es la de un pecador arrepentido que se compromete a devolver lo robado y compartir sus bienes con los más pobres. En simples palabras, el relato trata de una historia de conversión instantánea.

Portada del libro

Prejuicio

EnPrejuicio, Flávio Duncan —referente del tercer sector y nominado al Premio Nobel de la Paz— desmonta con rigor y lenguaje accesible las múltiples caras de la discriminación contemporánea. Con testimonios reales y un enfoque pedagógico, examina homofobia, transfobia, xenofobia, misoginia, racismo e intolerancia religiosa, evidenciando cómo operan en Brasil y más allá. Es un libro directo y perturbador, llamado a cuestionar certezas y a revisar críticamente aquello que muchos creían comprender sobre el prejuicio.

Pero cuando hacemos el ejercicio de repasar el texto sin lecturas preconcebidas y nos detenemos a observar su estructura narrativa, sus elementos y sus tiempos verbales, entonces podemos percatarnos de que su incorporación en el evangelio de Lucas tal vez no tiene que ver con la idea del encuentro/conversión, sino más bien con una ética frente a los prejuicios y estereotipos.

Estoy seguro de que una segunda lectura es posible. El desafío es dar con los elementos clave que nos ayuden a plantear una interpretación que tal vez es poco popular, pero más fiel al contexto de la narración.

El significado del nombre Zaqueo ya nos da luces hacia dónde nos quiere dirigir el evangelista. Su nombre proviene del hebreo Zakki, que significa “justo”, “puro” o “inocente”.

Con gran astucia, el escritor del texto nos presenta rápidamente, en los tres primeros versículos del capítulo 19, los tres atributos (prejuicios) que estarán presentes en todo el relato sobre Zaqueo: jefe de los publicanos, rico y de pequeña estatura.

La terna —publicano, rico y pequeño— acompañará constantemente a este personaje. Será el peso que Zaqueo deberá cargar a lo largo de todo el capítulo 19 del evangelio de Lucas. Al lector solo le bastará con los primeros tres versículos para formarse una idea preconcebida de quién es este personaje y por qué necesita aproximarse a Jesús para dejar su vida vil y pecaminosa.

Ser jefe de publicanos, rico y además de estatura pequeña carga a Zaqueo con una connotación negativa que poco tendría que ver con la idea del Reino proclamado por Jesús. Su oficio per se ya nos sugiere que estamos frente a un hombre que frecuenta la usura para enriquecerse. ¿Por qué? Porque, en el imaginario común, todo publicano gestiona su labor de ese modo. Todos son iguales y Zaqueo no podría ser la excepción.

Es como si hoy nos pidieran que describamos en tres palabras lo que es un político, y concluyéramos en: mentiroso, oportunista y rico. ¿No es esa la forma en que viven los políticos en este siglo? ¿Quién se salva de esta etiqueta? ¿Quién podría alegar integridad en la política moderna?

O tal vez nos pidieran retratar en tres palabras cómo son las policías de nuestros países y las resumiéramos en: autoritarias, opresoras y corruptas. ¿Acaso existe algún policía que no utilice su poder para avasallar a otros? ¿No están todos contaminados por la corrupción? ¿Hay alguno que no utilice su influencia para fines personales?

Todos nosotros nos relacionamos con el mundo bajo ideas preconcebidas, prejuicios y arquetipos que pareciera que vienen “por defecto”, según la profesión u oficio que se ejerce. En el relato pasa lo mismo con Zaqueo. El evangelista, al detallarnos estas tres cualidades, nos advierte que nos encontramos frente a un personaje prejuiciado a priori.

El versículo 4 refuerza la idea de que nada se encuentra a favor de Zaqueo, ya que el obstáculo por el cual no podía ver a Jesús no necesariamente radica en su estatura, sino más bien en la multitud que rodeaba a Jesús. Es una genialidad del evangelista que anteponga a la multitud y no la estatura de Zaqueo como razón inicial del impedimento para estar cerca del Maestro.

No es Zaqueo y su pequeñez lo que obstaculiza su proximidad a Jesús, sino más bien los que se encuentran más cerca de él. ¿Algo querrá decirnos Lucas con esta sutileza? ¿Será que el motivo por el cual muchos no logran acceder a Jesús es por causa de quienes amurallan y blindan su mensaje, más que por la vida misma de quienes desean oírle?

A todas luces, no son los discípulos ni quienes rodean al Maestro los gestores del encuentro entre Zaqueo y Jesús. No son ellos los que proponen, sino más bien un sencillo y casi olvidado árbol que estuvo ahí para posibilitar el vínculo.

¿Será aquel pequeño árbol que se encuentra en ese lugar, inmóvil, austero y sin hambre de protagonismo, quien nos entrega la verdadera lección? ¿Las comunidades de fe somos más parecidas a la multitud o al sicómoro en cuanto a ser facilitadoras para el encuentro con Jesús?

Luego del primer diálogo, Jesús le pide a Zaqueo permitirle visitar su casa.

En este segundo escenario, Lucas vuelve a interpelar al lector sobre el tema central de la historia: los prejuicios frente a otras realidades descartadas.

En el versículo 8 se lee lo siguiente:

“Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham”. Lucas 19:8-9.

La versión RV60 traduce el verbo “dar” en tiempo presente: “doy a los pobres”. Otras versiones, en una traducción más osada, cambian el tiempo verbal a futuro, como lo hace la NTV: “Señor, daré la mitad de mi riqueza a los pobres”.

Las herramientas exegéticas nos permitirán darnos cuenta de que el verbo “dar” (δίδωμι – didomi) en el griego bíblico se encuentra en tiempo presente iterativo; es decir, la acción ejecutada por Zaqueo es una acción habitual y constante, no futura.

En otras palabras, el acto de generosidad de Zaqueo no surgió luego de una posible conversión en el encuentro con Jesús, sino que más bien él ya venía ejecutando estos actos de “dar a los pobres” incluso desde antes de que el Maestro fuera a visitar su hogar. Practicar el desprendimiento no fue un acto post encuentro.

Tal vez el significado del nombre de Zaqueo no sea simplemente un accidente etimológico, sino que más bien este hombre “justo” ha sido perjudicado y prejuiciado tanto por la multitud que no le permitía ver a Jesús, como también por los lectores que hemos cargado en él la historia de un hombre que, antes del encuentro con Jesús, no tenía nada bueno que ofrecer.

Es por eso que, parafraseando a Zaqueo, tal vez su respuesta sea un grito de defensa frente a sus juzgadores: “Señor, siempre he dado la mitad de mis bienes a los pobres, y siempre que descubro algún fraude o discrepancia lo restituyo el cuádruple”.

El despreciable Zaqueo es generoso y atento para tratar al pobre con dignidad. Es un hombre que hace honor a su nombre y, de alguna forma, Jesús lo sabía desde un principio.

¿Y si el Maestro intencionalmente decide visitar su hogar para enseñarnos que detrás de un prejuicio social existe una historia de generosidad? ¿No es labor de la comunidad de fe llenar de valor a quienes la religión les ha cerrado sus puertas?

¿Cuántos Zaqueos (justos) hoy son excluidos de nuestras congregaciones solo por una historia mal contada, un estigma social o simplemente un prejuicio infundado?

Esta segunda lectura o propuesta interpretativa hoy enriquece mucho más la teología pastoral, especialmente en la forma en que las comunidades de fe se acercan o permiten que otros tengan un encuentro con el mensaje de Jesús.

Zaqueo no es la historia de un hombre que debe encontrarse con Jesús para convertirse, sino más bien la historia de un hombre justo que ha sufrido la marginación social.

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