Por Harold Segura, Colombia y Costa Rica
Adviento, Esperanza que transforma
Dibujo de Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación |
La alegría no ha sido una virtud acentuada por la pastoral cristiana. Ni la liturgia, ni la teología (que es otra forma de liturgia) la han reconocido con toda su magnitud. Por el contrario, en muchos casos, hablar de fe es llamar a todo lo que contradiga la alegría: el dolor sacrificial, la ascesis y el desprendimiento de todos los placeres terrenales (todo lo que produzca alegría). ¿No ha sucedido así por muchos siglos?
Para los antiguos griegos existían tres virtudes que contribuían a la formación de un ciudadano perfecto: la justicia, la fortaleza y la templanza. Platón añadió una más, la prudencia. Después la fe cristiana, siempre interesada en entablar diálogos con las filosofías de su momento (en este caso con los estoicos), consideró que esas cuatro virtudes morales eran las que contribuían a desarrollar una vida bienaventurada. A las virtudes anteriores se agregaron después tres virtudes teologales (porque se refieren a Dios): la fe, la esperanza y la caridad.
Pero, ni las virtudes cardinales, ni las teologales incluyeron la alegría. La dejaron afuera, quizá por considerar que un aspirante a la santidad debía ser circunspecto y conducirse con sobriedad y decoro. Incluso los viejos monjes llegaron a discutir acaloradamente si Jesús se rió alguna vez.
Pero, ¿acaso es posible vivir cristianamente sin disfrutar y expresar la alegría? Juan el Bautista, desde el vientre de su madre Elizabet «saltó de alegría» (1.44).

COMENTARIOS: