Pilares de la fe anabautista: libertad de conciencia y de religión

En el panorama actual de los derechos humanos, la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea expresa en su artículo 10 un principio que hoy nos parece incuestionable: «Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión». Este derecho incluye la libertad de cambiar de creencia y de manifestarla pública o privadamente. Asimismo, se reconoce la objeción de conciencia como un derecho inalienable.

Aunque hoy estas palabras forman parte de las constituciones de la mayoría de las democracias occidentales, durante siglos fueron consideradas una herejía peligrosa y un acto de traición al Estado. Al conmemorar los 500 años del movimiento anabautista, debemos reconocer que esta libertad no fue un regalo del progreso natural de la historia, sino el fruto de una lucha de fe que costó miles de vidas.

Portada del libro

La Visión Anabaptista

La Visión Anabaptista presenta al anabaptismo no como una nota marginal de la Reforma, sino como uno de sus compromisos más radicales y fecundos. A partir de la lectura de Rufus M. Jones, el libro muestra cómo, pese a la persecución y el rechazo, los anabaptistas articularon principios decisivos para la modernidad cristiana: libertad de conciencia, voluntariedad de la fe y una clara distinción entre Iglesia y Estado. Leído hoy, el anabaptismo aparece como el germen de una sociedad cristiana libre, comunitaria y profundamente responsable ante Dios y la historia.

El largo invierno de la intolerancia

Para comprender la magnitud del aporte anabautista, debemos mirar hacia atrás. Los primeros cristianos sufrieron una persecución cruel durante los dos primeros siglos. Sin embargo, tras la unión del trono y el altar bajo el Imperio Romano, la situación cambió drásticamente. Durante más de mil años, la iglesia institucional no toleró ninguna forma de cristianismo que no se sometiera al Vicario de Roma, a sus dogmas y a sus ritos.

La Santa Inquisición no fue un error aislado, sino un tribunal religioso sistemático dedicado a proteger la fe mediante el castigo de los llamados «herejes». Lo más sorprendente —y trágico— es que la Reforma Protestante del siglo XVI no trajo de inmediato la libertad de conciencia a Europa. A pesar de sus declaraciones iniciales sobre la autoridad de la Escritura, los grandes reformadores (Lutero, Zuinglio y Calvino) terminaron siendo tan intolerantes como la iglesia que criticaban.

Se aferraron al modelo de iglesia de Estado, donde el gobernante decidía la fe de sus súbditos (cuius regio, eius religio). Aquellos que disentían —ya fueran católicos en tierras protestantes o protestantes «radicales» en cualquier lugar— enfrentaban el destierro o la muerte.

La resistencia en América Latina: el caso paraguayo

Esta herencia de intolerancia cruzó el océano. En España y en todos los países colonizados de América Latina, la religión católica romana fue la oficial y exclusiva. No fue hasta fechas muy recientes que se logró una verdadera apertura.

En el caso específico de Paraguay, la religión católica mantuvo su estatus oficial hasta la Constitución de 1992. Durante décadas, las iglesias evangélicas y otros grupos disidentes vivieron bajo una persecución que, aunque a veces era sutil, a menudo se tornaba violenta. Muchos pastores y misioneros recuerdan cómo sus locales de culto eran apedreados durante las reuniones, a menudo bajo la instigación de líderes religiosos locales que veían en la pluralidad una amenaza al orden establecido.

Esta memoria histórica nos ayuda a valorar la libertad de la que gozamos hoy y a entender por qué los anabautistas fueron tan radicales en su defensa de la separación entre Iglesia y Estado.

Los anabautistas: profetas de una fe libre

Mientras el mundo del siglo XVI se dividía en bloques de poder religioso, surgió un grupo que leyó el Evangelio con ojos diferentes. Los anabautistas fueron los únicos que defendieron consistentemente que la fe no puede ser heredada, comprada ni impuesta.

Su postura no nacía de una teoría académica, sino de una convicción bíblica profunda. Para ellos, el cristianismo era una cuestión de compromiso voluntario. Argumentaban que, si la fe es un don de Dios, es metafísicamente imposible crearla mediante la coacción o la obligación.

Esta visión chocaba frontalmente con el bautismo de infantes, que en aquella época funcionaba como un registro civil que obligaba al niño a ser parte de la iglesia y del Estado al mismo tiempo.

Los anabautistas fueron los «pioneros que alzaron la voz en el desierto». Su teología del martirio no buscaba el sufrimiento, sino que aceptaba el costo de la libertad. Creían firmemente en el amor universal, un corolario de la no violencia que les impedía usar la espada para defender su doctrina. Si Cristo no obligó a nadie a seguirle, ¿quién era el hombre para hacerlo en Su nombre?

Testimonios de una convicción inquebrantable

Los registros históricos del siglo XVI están llenos de declaraciones que hoy leemos como precursoras de los derechos humanos:

  • Conrad Grebel (1524): «El Evangelio y sus adherentes no deben ser protegidos por la espada, ni deben protegerse a sí mismos».
  • Balthasar Hubmaier (1524): En su obra Sobre los herejes y su quema, lanzó una de las frases más valientes de su tiempo: «Los asesinos de herejes son los peores herejes de todos… pues condenan al fuego a quienes Cristo vino a buscar y salvar».
  • Kilian Aurbacher (1534): «Nunca es justo obligar a nadie en materia de fe, sea cual fuere su creencia, sea judío o turco… el pueblo de Cristo es un pueblo libre».
  • Menno Simons: «La fe es un don de Dios… No puede ser impuesta sobre un hombre por una fuerza externa o por la espada».

El Salmo 24:1 como declaración política

Para los anabautistas, el texto del Salmo 24:1 —«Del Señor es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan»— no era solo una frase devocional. Era un acto de resistencia.

Al declarar que la tierra es del Señor, le quitaban al Rey y al Papa el derecho de ser dueños de las conciencias. Adorar al Dios del salmista implicaba una protesta contra las autoridades políticas que trataban de usurpar el dominio divino sobre el alma humana.

Como escribió Peter Walpot, nadie debe tomar lo que es de Dios. Esta lealtad suprema a Jesucristo les daba la libertad de ignorar las fronteras y las prohibiciones estatales para predicar el mensaje que ardía en sus corazones.

Creer sin imposición en el siglo XXI

Hoy, tras 500 años, el pilar de la libertad de conciencia sigue siendo vital, pero enfrenta nuevos desafíos. Ya no tememos a la Inquisición, pero sí a la tentación de la hegemonía.

La tentación del poder. Existe hoy una tendencia, en ciertos sectores evangélicos, a querer «recristianizar» la sociedad mediante leyes impositivas. Los anabautistas nos enseñan que imponer principios bíblicos por la fuerza del Estado —como leyes que obliguen a exhibir los Diez Mandamientos o ritos obligatorios en escuelas públicas— es, irónicamente, anti-evangélico. La fe que vale es la que convence, no la que vence.

Iglesia y Estado. Debemos defender la separación de estas instituciones, no para sacar a Dios de la vida pública, sino para proteger la pureza de la Iglesia. Cuando la Iglesia se vuelve el brazo moral del Estado, pierde su capacidad de ser una voz profética.

Respeto a la diversidad. La libertad que pedimos para nosotros debemos garantizarla para los demás. El testimonio de los anabautistas —que incluso defendieron que no se debía perseguir a los musulmanes («turcos») en pleno siglo XVI— nos desafía a ser defensores de los derechos de todas las minorías.

Una fe de elección. En un mundo de tradiciones vacías, el anabautismo nos invita a redescubrir la fe como una decisión personal y diaria. No somos cristianos por nacimiento, sino por seguimiento voluntario a la persona de Jesús.

La libertad que heredamos y la responsabilidad que asumimos

El legado anabautista no pertenece al pasado ni se limita a una conmemoración histórica. Nos interpela hoy, cuando la libertad de conciencia vuelve a ponerse a prueba bajo formas más sofisticadas de presión cultural, política y religiosa. La historia demuestra que incluso las reformas bien intencionadas pueden reproducir estructuras de coerción cuando olvidan que la fe, por su propia naturaleza, no puede ser decretada.

La experiencia de la Iglesia de Estado —en Europa y en América Latina— revela que cuando el poder civil define la ortodoxia, la conciencia se convierte en un territorio vigilado. Frente a ello, los anabautistas insistieron en que la autoridad última pertenece a Dios, y que toda obediencia humana es relativa cuando pretende ocupar el lugar de la conciencia iluminada por el Evangelio.

Esta convicción transforma también nuestra comprensión de la misión. Evangelizar no es presionar ni imponer, sino testimoniar con coherencia, confiando en que la fe nace del encuentro libre con Cristo. Del mismo modo, la objeción de conciencia deja de ser un privilegio individual para convertirse en una responsabilidad ética frente a sistemas que contradicen la dignidad humana.

Finalmente, en un mundo donde millones de creyentes aún viven bajo persecución, la libertad que disfrutamos no puede ser administrada con indiferencia. Nos corresponde ejercer una solidaridad activa, informada y comprometida, que traduzca la memoria histórica en acciones concretas a favor de quienes no pueden vivir su fe sin riesgo.

La pregunta que queda abierta no es solo qué creemos, sino cómo defendemos hoy la libertad que otros pagaron con su vida.

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